Por qué creo que las versiones nuevas de la bandera LGTBIQ+ son un error
Soy parte del colectivo y estoy convencidísimo de que la bandera arcoíris clásica es perfecta tal y como está. Las versiones recientes con triángulos y colores añadidos no suman, restan. Y lo digo desde el cariño y desde el oficio de quien lleva años trabajando con identidad visual.

Voy a meterme en un jardín que sé que es jardín. Pertenezco al colectivo LGTBIQ+ y voy a defender una postura que dentro del propio colectivo no comparte todo el mundo: que la bandera arcoíris clásica de seis franjas, esa que se estableció a finales de los ochenta y que llevamos décadas usando con éxito en todo el mundo, es perfecta tal y como está. Que las versiones recientes —la Progress Pride diseñada por Daniel Quasar en 2018 y la Inclusive Progress Pride de Valentino Vecchietti, posterior— no suman, restan. Y que el camino para incluir a todas las identidades del colectivo no pasa por meter más colores y más triángulos en la bandera, sino justamente por lo contrario.
Empiezo por dejar claro lo que no estoy diciendo, porque en este tema cualquier argumento se malinterpreta a la mínima. No estoy diciendo que las personas trans, las personas racializadas, las personas intersexuales o las personas que conviven con el VIH no merezcan visibilidad y respeto. Por supuesto que la merecen. Estoy diciendo exactamente lo contrario: estoy diciendo que la merecen bajo el mismo símbolo que el resto, y no bajo símbolos cada vez más fragmentados que terminan transmitiendo la idea opuesta a la que pretenden transmitir. Lo importante, para mí, es que estemos juntos. Lo último que necesitamos es construir guetos visuales dentro del propio movimiento.
Lo que la bandera de seis franjas ha conseguido
Vale la pena recordar lo que hemos logrado con la bandera clásica antes de proponer reemplazarla. Gilbert Baker la diseñó originalmente en 1978 con ocho franjas, se simplificó después a seis por razones prácticas de fabricación, y desde finales de los ochenta esa versión simplificada se ha convertido en uno de los símbolos políticos más reconocibles del planeta. No es ninguna exageración. Cualquier persona, en prácticamente cualquier país del mundo, identifica esas seis franjas horizontales como referencia al movimiento LGTBIQ+. Eso es un logro descomunal de comunicación visual.
Y ese logro tiene consecuencias prácticas que la gente subestima. Cuando una ciudad quiere mostrar apoyo, pinta un paso de cebra con las seis franjas y ya está. Reconocible al instante. Cuando un bar quiere señalar que es un espacio amigable, cuelga la bandera y el mensaje llega. Cuando alguien quiere llevar la pertenencia o el apoyo encima, una pulsera de seis colores basta. Cuando un ayuntamiento decora un banco del parque, lo divide en seis franjas y todo el mundo entiende. Esa reproducibilidad universal —en cualquier soporte, a cualquier escala, con cualquier técnica, incluso a mano— es la consecuencia directa de un diseño extraordinariamente simple. Seis franjas horizontales. Seis colores básicos. Imposible hacerlo mal.
Pocas marcas, banderas o símbolos políticos en la historia han conseguido un nivel de implantación así. Y conviene mirarlo con la perspectiva del oficio: si llevas años trabajando con identidad visual, sabes lo difícil que es construir un símbolo que cualquier persona del mundo reconozca y que cualquier persona del mundo pueda reproducir sin instrucciones. Los pocos símbolos que han logrado eso —la cruz roja, el símbolo de la paz, la bandera olímpica— son tesoros que no se tocan. La bandera arcoíris está en esa categoría. Y la estamos tocando.
Lo que las versiones nuevas añaden y lo que hacen perder
La Progress Pride de Daniel Quasar añade a la bandera clásica una cuña triangular en el lateral izquierdo, con cinco colores: blanco, rosa y azul claro por la comunidad trans, marrón y negro por las personas racializadas y por quienes han muerto a causa del VIH. La Inclusive Progress Pride de Vecchietti va un paso más allá y añade dentro del triángulo un triángulo amarillo con un círculo púrpura en su interior, símbolo de la comunidad intersexual. Cada elemento responde a una intención impecable: dar visibilidad explícita a colectivos que históricamente han sido invisibilizados incluso dentro del propio movimiento. Quien las diseñó tenía buenísimas razones. Eso no lo discute nadie sensato.
El problema no son las intenciones. El problema es el resultado. Y el resultado, mirado con ojos de diseñador, es un símbolo significativamente peor que el original. Lo que era un patrón geométrico simple, simétrico y replicable se convierte en un diseño asimétrico y direccional, donde existe un delante y un detrás. Lo que se podía pintar con seis brochazos horizontales en cualquier muro ahora requiere un trazado más complejo, con triángulos y, en la versión más reciente, otro triángulo con un círculo dentro. Lo que cualquier ayuntamiento podía implementar sin guía de marca ahora exige proporciones específicas, ángulos precisos y una paleta ampliada. Y lo que cualquier persona reconocía al instante en cualquier rincón del mundo se convierte en algo que, fuera de los círculos militantes, mucha gente directamente no sabe identificar.
Cualquier manual básico de identidad visual te dirá que un buen símbolo cumple tres criterios fundamentales: tiene que ser reconocible, tiene que ser memorable y tiene que ser reproducible en cualquier soporte. La bandera de seis franjas cumple los tres con sobresaliente. Las versiones nuevas, aunque están cargadas de buena voluntad y de información política valiosa, fallan justamente en esos tres puntos. Son menos reconocibles fuera del activismo, son menos memorables porque incorporan demasiados elementos a la vez, y son notablemente menos reproducibles en soportes pequeños o en aplicaciones simples.
El argumento de fondo: meter no es incluir
Pero hay un argumento más profundo que el puramente técnico, y es el que más me importa. La idea de que para incluir a un grupo hay que añadir su símbolo específico al símbolo general parte de una premisa que a mí me parece equivocada. Parte de la idea de que la bandera de seis franjas no representaba ya a las personas trans, ni a las personas racializadas, ni a las intersexuales, ni a las que conviven con el VIH. Y eso, sinceramente, no es verdad. La bandera arcoíris siempre ha sido, desde el primer minuto, la bandera de toda la diversidad sexual y de género. Las personas trans estaban dentro. Las personas racializadas estaban dentro. Todas las identidades, orientaciones y realidades estaban dentro de esas seis franjas, porque las seis franjas no representan a un subconjunto: representan al conjunto entero.
Cuando alguien decide que para visibilizar un colectivo concreto hay que añadir su parcela específica al símbolo común, lo que está diciendo implícitamente es que el símbolo común no le incluía. Y eso, además de no ser cierto, tiene consecuencias preocupantes. La primera, que fragmenta visualmente al movimiento en parcelas separadas, justo lo contrario de lo que hace falta. La segunda, que abre la puerta a una lógica imparable: si las personas trans necesitan su cuña, y las intersexuales su círculo, ¿por qué no las personas asexuales su franja, las pansexuales otra, las poliamorosas otra más? El movimiento es enorme y diverso, y si empezamos a representar cada identidad con su elemento gráfico propio, terminamos con una bandera que es un mosaico interminable y, paradójicamente, ya no representa a nadie porque ha dejado de ser legible.
La inclusión real no se hace metiendo elementos en el símbolo. Se hace asegurándose de que dentro del símbolo común caben, son visibles y son respetadas todas las realidades del movimiento. Eso es trabajo cotidiano: presencia en discursos, en organización, en programación de actividades, en visibilidad mediática, en cargos de representación. Eso es lo que hace que un colectivo se sienta incluido. No el añadido gráfico. El añadido gráfico es, en muchos casos, una manera barata de aparentar inclusión sin haber hecho el trabajo que la inclusión real exige.
Lo que sí se puede hacer
No se trata, evidentemente, de prohibir nada. Cada cual tiene derecho a usar la bandera que le represente, a coexistir cuántas versiones se quiera, a defender el símbolo que sienta más cercano. Yo defiendo simplemente que la bandera de seis franjas se mantenga como símbolo común y de referencia, y que las versiones específicas que han ido surgiendo con los años —la trans, la intersexual, la asexual, la bisexual, la pansexual y todas las demás— se usen, cuando se quiera usar, como banderas específicas de cada identidad, complementarias a la común, no como pretendientes a sustituirla.
Cuando hay que mostrar la unidad del movimiento, las seis franjas. Cuando alguien quiere mostrar específicamente su identidad concreta, su bandera específica. Las dos cosas a la vez no se anulan, se complementan. Y la una no necesita comerse a la otra. En manifestaciones, en pasos de cebra, en bancos de parque, en banderines colgados de balcones para el orgullo, en logos institucionales, en cualquier sitio donde se trate de representar al movimiento entero, la bandera de seis franjas hace su trabajo perfectamente. No necesita ayuda. La ayuda que necesita el movimiento se le da por otras vías, las que importan de verdad. La bandera ya está bien. Está más que bien. Es uno de los mejores símbolos que ha producido la lucha por los derechos en el último medio siglo, y lo razonable, lo cariñoso y lo políticamente sensato es cuidarlo, no rediseñarlo cada pocos años.
Sé que esta postura no es popular en algunos sectores del propio movimiento, y sé que escribirlo me va a costar alguna que otra discusión. Pero llevo años pensándolo y lo digo desde el cariño hacia todas las personas del colectivo, sin ninguna excepción. Justamente porque las quiero a todas dentro, defiendo el símbolo que ya nos tiene a todas dentro. Y porque he trabajado lo suficiente con identidad visual para saber lo que cuesta construir un símbolo universal, lo último que haría sería romper uno que ya funciona. La rueda, cuando es buena, no se reinventa. Se hereda con gratitud y se cuida. Esta es muy buena. Vamos a cuidarla.


