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Boris Vallejo: de Conan al Minage

Descubrí a Boris Vallejo a través de una portada de Conan y no pude quitarme de la cabeza la pregunta de cómo alguien pintaba así. Décadas después, ese mismo ilustrador aparecía en la portada de uno de los mejores discos de Mónica Naranjo. Que dos cosas tan distintas encajen tan bien dice bastante sobre el alcance de su arte.

Ilustración fantástica al estilo de Boris Vallejo: figura heroica con musculatura imposible iluminada por una luz dramática sobre fondo oscuro

Fue una portada de Conan. No recuerdo el título del libro ni cuándo exactamente, pero sí recuerdo el impacto de ver aquella ilustración y no saber muy bien qué hacer con ella. La figura era imposible —proporciones que ningún cuerpo humano tiene— y al mismo tiempo convencía del todo. La musculatura, la luz, la tensión. Era pintura fotorrealista al servicio de la fantasía más desatada, y funcionaba de una forma que yo no había visto antes con esa intensidad.

Busqué la firma. Boris Vallejo.

Un peruano que conquistó la ilustración americana

Boris Vallejo nació en Lima en 1941 y estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú antes de emigrar a Nueva York a principios de los sesenta. Llegó sin hablar inglés y con la intención de abrirse camino como artista. Lo que siguió es uno de esos recorridos que en retrospectiva parecen inevitables pero que en el momento debieron de requerir una determinación considerable.

En los setenta y los ochenta, el mercado americano de ficción de género —fantasía épica, ciencia ficción, terror— tenía una relación muy especial con sus portadas. Las novelas de bolsillo de Conan, Tarzán, John Carter de Marte o Elric competían en los estantes por la atención del lector, y lo hacían principalmente a través de sus cubiertas. Un buen ilustrador podía hacer que un libro se vendiera. Vallejo se convirtió en uno de los más demandados de esa generación.

El referente inmediato es Frank Frazetta, el maestro que había establecido el lenguaje visual del bárbaro fantástico en las décadas anteriores. Frazetta era gestual, oscuro, con una energía casi instintiva en el trazo. Vallejo fue en otra dirección: más fotorrealista, más luminoso, con una atención al detalle que venía directamente de su formación académica. Los dos son extraordinarios y los dos son distintos, aunque se les cite juntos con tanta frecuencia que a veces parece que son el mismo artista.

La técnica que hace que todo lo demás tenga sentido

Lo que distingue a Vallejo de muchos ilustradores del género es la solidez técnica. Trabaja al óleo, sobre superficies rígidas, y gran parte de sus obras parten de referencias fotográficas que él mismo dirige. Durante décadas, él y su pareja, la ilustradora Julie Bell, han posado como modelos para sus propias pinturas. Eso explica buena parte de la convicción anatómica de las figuras: no son inventadas, son construidas.

El resultado es una hiperrealidad que no cae en lo grotesco porque tiene una base real. Los cuerpos son imposibles en la escala de lo cotidiano pero convincentes en la escala del mito. Es exactamente lo que el género pide: una representación del deseo y del poder que exagera sin mentir.

Julie Bell merece en este contexto su propio reconocimiento. Su estilo comparte familia con el de Vallejo pero tiene una identidad propia —las figuras en su obra tienen una fuerza y una presencia que va más allá de la decoración—, y sus colaboraciones conjuntas son de las piezas más interesantes que han producido los dos. Tengo un libro de ilustraciones de ambos que sigo abriendo de vez en cuando, no por nostalgia sino porque cada vez que lo hago encuentro algo en lo que no me había fijado.

El giro que no me esperaba

Años después de descubrir a Vallejo a través del Conan, me encontré con su nombre en un sitio completamente distinto: la portada de Minage, el disco de Mónica Naranjo publicado en 1998.

Minage es uno de los mejores discos que ha hecho Naranjo —dramático, cinematográfico, con una personalidad visual y sonora muy marcada— y la elección de Vallejo para la portada tiene, en retrospectiva, toda la lógica del mundo. El universo estético de Mónica Naranjo de aquella época no era tan diferente del universo de Vallejo: figuras poderosas, poses deliberadas, una teatralidad sin complejos que asume que lo monumental es válido. Que alguien tomara esa decisión y que funcionara tan bien dice algo sobre el alcance real de su lenguaje visual.

Esa portada es, para mí, el argumento más elegante contra el desprecio fácil al arte de pulpa. Vallejo no era el ilustrador de los libros de Conan. Era un artista con un lenguaje propio que funcionaba igual de bien en la fantasía épica que en el pop español de finales de los noventa. La diferencia la pone el contexto, no la obra.

Por qué vale la pena mirarlo de verdad

Boris Vallejo tiene la mala suerte de ser demasiado bueno en un género que mucha gente no se toma en serio. La ilustración comercial, la fantasía épica, las portadas de novelas de bolsillo —hay un esnobismo cultural que descarta todo eso de un vistazo sin mirar demasiado.

Es una lástima, porque la técnica está ahí para quien quiera verla. El control de la luz, la anatomía, la composición, la capacidad de construir una imagen que impacta en el primer segundo y que aguanta el escrutinio más detallado. Eso no es fácil. No es accidental. Es el resultado de décadas de trabajo de alguien que aprendió a pintar en una escuela de bellas artes de Lima y terminó definiendo la imaginería fantástica de toda una generación.

Si no lo conoces más allá del nombre, búscalo con calma. Empieza por el Conan. Termina, si puedes, en la portada de Minage.

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