Cómo envejecer en un oficio que nunca había envejecido
Los desarrolladores que empezamos a finales de los noventa somos la primera generación de la historia que está envejeciendo en este oficio. No hay manual, no hay tradición, no hay abuelos que nos cuenten cómo se hace. Y lo cierto es que estamos disfrutándolo bastante.

Tengo más de cincuenta años y sigo escribiendo código para vivir. Esto, en cualquier otra profesión, sería la cosa más aburrida del mundo. Un abogado de cincuenta está en su mejor momento. Un médico, lo mismo. Un arquitecto, ni te cuento, que muchos a esa edad ni siquiera han terminado su edificio importante. Pero en desarrollo web la cosa cambia. Cuando dices que llevas en esto desde finales de los noventa y que sigues activo, la mirada que recibes oscila entre la compasión y la curiosidad antropológica. Vaya, otro de los que sobrevivió. Como si fueras la última cuagga del zoológico.
He pensado bastante sobre por qué pasa esto, y creo que la respuesta es bastante divertida cuando uno la mira con calma. La razón es que somos los primeros en hacer esto. Los primeros en envejecer programando webs. La web tiene poco más de treinta años en su versión utilizable, y los que entramos al oficio cuando todo era HTML estático y tablas con bordes invisibles para maquetar somos, literalmente, la primera generación que llega a la cincuentena habiendo dedicado su vida laboral a esto. Antes de nosotros, nadie. No hay abuelos del oficio. No hay maestros jubilados. No hay un Picasso del div al que peregrinar. Estamos inventando cómo se envejece en esta profesión sobre la marcha.
Pioneros sin querer serlo
La cosa es que nadie firmó para esto. Cuando empezamos a finales de los noventa, lo último que pensábamos era que estábamos abriendo camino a algo. Nos limitábamos a maquetar páginas con FrontPage o, los más valientes, con Notepad y un libro de HTML al lado. Vimos aparecer Netscape, sufrimos a Internet Explorer 6 con la dignidad del que sufre una desgracia natural, navegamos por la web con Lynx desde una terminal de Linux porque no había otra cosa, y enviamos formularios cuyos resultados llegaban por correo electrónico porque los formularios bien hechos en servidor eran ciencia avanzada. Todo lo que hacíamos era cacharreo. Pero ese cacharreo, sin que nadie nos avisara, se convirtió con los años en una profesión, y luego en un sector entero, y luego en una parte central de la economía mundial. Y nosotros, sin movernos demasiado del sitio, pasamos de ser los frikis del barrio a ser veteranos de un oficio millonario.
Lo curioso es que la profesión, al haber crecido tan deprisa, no ha tenido tiempo de desarrollar una tradición. En medicina hay toda una jerarquía cultural construida durante siglos: residentes, adjuntos, jefes de servicio, eméritos. En arquitectura hay maestros, estudios consolidados, premios honoríficos al final de la carrera. En el desarrollo web, lo más parecido a un emérito es un señor con barba canosa que mantiene un proyecto de software libre desde 2003 y al que pocos saben colocar en el mapa. La estructura simplemente no existe. Nos hemos quedado fuera de cuadro porque nunca se dibujó el cuadro.
Haber estado ahí, que no es poco
Si me paro a pensarlo con calma, una de las cosas que más satisfacción me da a estas alturas es la sensación de haber formado parte, aunque sea modestamente, del crecimiento de internet. No hablo de haber inventado nada importante, ni de aparecer en ninguna historia oficial del medio. Hablo de algo más pequeño y más bonito: haber estado ahí cuando todo se estaba inventando. Haber montado las primeras webs de algún cliente que no tenía ni idea de qué era una página web. Haber visto cómo aquello pasó de ser una curiosidad para frikis a ser la herramienta principal con la que se comunican empresas, instituciones, comunidades enteras.
Cada página que dejé funcionando hace veinte años, cada cliente al que ayudé a entender que internet no era una moda pasajera, cada formulario que conseguí que llegara correctamente al destinatario después de pelearme media tarde con caracteres especiales, todo eso forma parte, en una proporción microscópica pero real, del internet que tenemos hoy. La web que ahora todos usamos para todo se ha construido sumando millones de pequeñas contribuciones de gente como yo, programadores anónimos que fueron levantando una pieza tras otra sin saber que estaban levantando algo enorme. Eso, mirado desde la cincuentena, es bastante para sentirse orgulloso. No es poesía, es contabilidad emocional honesta: he dedicado media vida a esto y la cosa funciona. Cuando veo a un crío usando una web para hacer los deberes pienso, sin ninguna grandilocuencia, yo también puse un par de ladrillos en este edificio. Y me parece suficiente.
En mi mejor momento, que leches
Y dicho todo esto, hay otra cosa que conviene decir bien clara. A los cincuenta y tantos, en la mayoría de oficios serios, uno está en su mejor momento. Un abogado con esta trayectoria es el que llevan los casos importantes. Un arquitecto con esta edad es el que firma los proyectos que de verdad cuentan. Un cirujano de esta edad es al que pides cuando el asunto es delicado. Y la pregunta razonable es: ¿por qué un desarrollador web con veinticinco años de oficio no iba a estar exactamente en el mismo sitio? Pues lo está. Lo estoy. No voy a ir por la vida disculpándome por seguir ejerciendo cuando, francamente, nunca había trabajado mejor.
Hago en seis horas lo que antes me costaba doce, no porque haya menos energía sino porque no me pierdo en rodeos. Diagnostico problemas en minutos que a cualquier persona con menos kilómetros le costarían días, no por listo sino por base de datos personal acumulada bug a bug. Hablo con clientes de cualquier sector con la naturalidad de quien ha visto pasar empresas, modelos de negocio, modas y desgracias variadas. Sé qué tecnologías merecen la pena y cuáles van a desaparecer en tres años. Sé cuándo aceptar un proyecto y cuándo decir que mejor no, que no encaja. Sé escribir código limpio, mantener webs ligeras, decirle que no a un page builder que va a generar basura, recomendar un sitio estático cuando lo razonable es un sitio estático. Si todo esto, sumado, no es estar en el mejor momento, no sé qué será.
La buena noticia
Cuando uno se para a pensarlo en serio, lo que estamos haciendo los veteranos del oficio en este momento histórico es bastante interesante. Estamos descubriendo, sobre la marcha y sin instrucciones, qué significa envejecer haciendo este trabajo. Estamos probando opciones, improvisando trayectorias, mezclando oficios. Algunos abren agencias. Otros se especializan tanto que se vuelven imprescindibles para tres clientes muy concretos. Otros enseñan, escriben, mantienen proyectos personales, dan charlas. Cada uno improvisa su manera de seguir aquí.
Esa improvisación, vista en perspectiva, es el manual que les estamos dejando a los que vienen detrás. La generación que tiene ahora treinta años va a poder mirarnos a nosotros dentro de quince y decirse ah, así se hace, así se sobrevive, así se sigue siendo útil sin perder la cabeza. Habremos sido sus maestros sin querer, igual que fuimos pioneros sin querer. Es una responsabilidad bonita y también un poco cómica, porque en el fondo la mayoría seguimos haciendo lo mismo que hacíamos a los veintitantos: cacharrear con código, intentar que las webs carguen rápido y discutir de vez en cuando si esta vez sí ha llegado el momento de aprender Rust o vamos a esperar otros dos años. Hay peores maneras de cumplir años. Esta, la verdad, la recomiendo bastante.


