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    <title>PAIGAR</title>
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    <description>Portal de Apuntes, Ideas, Garabatos, Artilugios y Retrofuturismo</description>
    <lastBuildDate>Sun, 09 Aug 2026 07:44:35 GMT</lastBuildDate>
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      <title>Buscando a Tom en Bilbao (VI): Equilibrio</title>
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        Serie de ilustraciones a carboncillo sobre atmósfera ámbar que persigue el deseo masculino con Bilbao como escenario. Sexta entrega: los gestos que no se fotografían, el martes cualquiera, lo cotidiano donde vive el amor que dura.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/galeria-homoerotica-bilbao-8-1200.jpg" alt="Ilustración a carboncillo de dos hombres en los muelles del Nervión, trazo sucio sobre papel sepia"></p>
<p>Las otras galerías cuentan los momentos que se recuerdan. Esta cuenta los que se viven. Un paseo un sábado por la mañana, el taxi de vuelta a casa, el día de surf en la playa. No hay drama, no hay arco narrativo. Solo uuna vida cotidiana.</p><p>Hay en estas imágenes una belleza que es casi invisible de puro cotidiana. Un selfie improvisado. Dos hombres que corren bajo la lluvia con un periódico por paraguas, riendo como críos. Las vistas de la ciudad desde el balcón. El chiste compartido en una visita al centro comercial.</p><p>Son los gestos que no se fotografían. Las instrucciones del mueble que no encaja, el paseo por el Casco Viejo, los ratos de lectura en la biblioteca. El paraguas que se comparte bajo la lluvia. El espacio de una terraza compartida con Bilbao entero a los pies y la conversación de siempre que nunca aburre.</p><p>Quedarse — la galería anterior — es una decisión. Equilibrio es lo que pasa después de esa decisión, todos los días, sin épica. Y es exactamente ahí donde vive el amor que dura: no en el gesto grande, sino en el abrazo en medio de la calle del Ensanche, un miércoles a las siete de la tarde, camino de ningún sitio en particular.</p><hr><p><em>Sexta de ocho galerías. 28 ilustraciones originales. Técnica mixta digital: carboncillo y grafito sobre atmósfera bilbaína.</em></p>]]>
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      <pubDate>Sun, 09 Aug 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>Casarse con un extranjero en España: el examen que hay que aprobar para que crean en tu amor</title>
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        Mi marido ya tenía la residencia concedida, así que pensé que casarnos sería el trámite fácil. Lo que no imaginaba es que acabaríamos sentados, separados, respondiendo un examen sobre nuestra propia vida para demostrarle al Estado que lo nuestro era de verdad.
      </description>
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/casarse-extranjero-espana-1200.jpg" alt="Dos alianzas de oro sobre un montón de documentos oficiales sellados y apostillados, en la mesa de madera de un registro civil español"></p>
<p>Cuando decidimos casarnos, di por hecho que la parte difícil ya estaba superada. Mi pareja llevaba tiempo en Bilbao, tenía su permiso de residencia tramitado por arraigo laboral, cotizaba, pagaba sus impuestos, existía a todos los efectos para la Administración. Ingenuo de mí, pensé que casarnos sería el trámite fácil: ir al juzgado, pedir fecha y presentarnos un día a pronunciar el "sí, quiero".</p><p>El papeleo fue largo, sí, pero esa no fue la verdadera sorpresa. La sorpresa llegó después, y es la razón por la que escribo esto cuatro años más tarde: descubrir que querer casarse no bastaba. Que, en algún momento del proceso, tendríamos que sentarnos por separado y convencer a un funcionario de que nuestra relación era auténtica. El Estado no solo nos pedía documentos. Nos pedía demostrar que nos queríamos.</p><h2>El papeleo, en corto</h2><p>Vayamos rápido con la parte administrativa, porque es útil pero no es lo importante. Cualquier pareja que se case por lo civil necesita la solicitud del Registro Civil, el certificado literal de nacimiento de cada uno —si has nacido en Euskadi se pide cómodamente por JustiziaEus—, el empadronamiento de los dos últimos años y el DNI o pasaporte. Cuando tu pareja es extranjera, a eso se suman los documentos de su país, cada uno legalizado con la apostilla de La Haya y traducido por un traductor jurado, más el certificado de capacidad matrimonial que acredita que está libre para casarse: un papel que caduca a los seis meses y que a menudo depende de un consulado lento, con lo que el trámite se estira semanas o meses.</p><p>Lo que más me chirriaba es que mi pareja ya tenía la residencia resuelta. El Estado ya había decidido que podía vivir y trabajar aquí, que formaba parte de esto. Y aun así, para casarnos, volvíamos casi a la casilla de salida, como si su presencia legal en el país no contara nada a la hora de reconocer que dos personas querían compartir su vida.</p><h2>El examen de conocimiento mutuo</h2><p>Pero lo que de verdad me removió no fue el papeleo. Fue el examen. Un día nos citaron en el juzgado, nos separaron y, cada uno por su lado, tuvimos que responder a un cuestionario sobre nosotros mismos, sobre el otro y sobre nuestra vida en común. Última película que habíais visto juntos. Comida favorita del otro. Último regalo que le habías hecho. La idea, en teoría, es cotejar las respuestas y cazar a las parejas que no se conocen de nada.</p><p>El problema es que una relación real no cabe en un test. ¿La última película? En este mundo de plataformas y maratones en el sofá, muchas veces ni recuerdo la del día anterior, entre otras cosas porque la vi medio dormido. ¿Comida favorita? Yo mismo sería incapaz de elegir una sola, así que difícilmente va a acertar mi pareja. ¿El último regalo? Uno piensa en el último objeto de cierto valor; el otro se acuerda de que ayer le compraste un regaliz en el quiosco porque te hacía ilusión verlo sonreír. Las dos respuestas son verdad. Ninguna coincide.</p><p>Salimos del juzgado y, ya en la calle, nos pusimos a comparar lo que habíamos contestado. Nos reíamos, porque habíamos divergido en unas cuantas cosas y algunas eran directamente cómicas. Pero era una risa nerviosa, de esas que tapan otra cosa. Porque, por muy ridículo que pareciera todo aquello, sabíamos perfectamente que de esas respuestas dependía algo muy serio.</p><h2>Un cuestionario no mide una relación</h2><p>Y aquí está el fondo del asunto: ¿qué demuestra en realidad saber la comida favorita de alguien? Prácticamente nada. Conozco parejas de treinta años que no la sabrían decir, y en cambio dos desconocidos con la voluntad de defraudar pueden aprenderse un cuestionario entero en una tarde de café. El examen premia la coincidencia y la memoria, no el vínculo. Alguien que ha ensayado responderá mejor que quien lleva media vida junto a la otra persona y nunca ha necesitado ponerle etiqueta a nada.</p><p>Por eso el sistema falla dos veces. Es humillante, porque te obliga a exhibir la intimidad como quien enseña facturas. Pero además es un mal detector: mide precisamente lo que un fraude bien preparado puede fingir, y castiga lo que una relación de verdad muchas veces no tiene, que es un guion común aprendido de memoria. Un instrumento que se equivoca con los honestos y se deja engañar por los tramposos difícilmente puede ser la herramienta adecuada para decidir quién tiene derecho a casarse.</p><h2>La entrevista con la jueza</h2><p>Luego llegó la entrevista. Varias preguntas sobre nosotros, sobre cómo nos habíamos conocido, sobre nuestros planes de futuro. Yo, mientras respondía, solo era capaz de pensar en una cosa: si a esta señora no le convence algo de lo que decimos, tiene en su mano restringir mi derecho a casarme con la persona que quiero. No un trámite menor, no un retraso: mi derecho.</p><p>Salió bien. Todo salió bien, y hoy lo cuento casi como una anécdota. Pero la sensación de aquel día no se me ha borrado: la de estar pidiendo permiso para algo que debería ser mío por defecto. Una pareja española va al Registro, entrega sus papeles y se casa. A nosotros nos tocó, además, aprobar. Demostrar. Convencer.</p><h2>Bajo sospecha</h2><p>Entiendo la lógica. Existen los matrimonios de conveniencia, y toda esta maquinaria —la audiencia reservada, el interrogatorio por separado— nació para detectarlos, con su base legal y su razón de ser. El sistema no da por hecho que casarse con un extranjero sea anormal; parte de que ciertos matrimonios merecen un escrutinio especial porque, estadísticamente, es ahí donde puede aparecer el fraude. Sobre el papel, suena razonable.</p><p>El problema es lo que eso significa para quienes no defraudamos nada. Partíamos bajo sospecha. La carga de convencer recaía entera sobre nosotros, y ninguna pareja que encaje en la foto habitual pasa por ese filtro ni tiene que ganarse un derecho que a otros se les concede sin preguntas. Puedo entender la intención y seguir pensando que el precio acaban pagándolo los inocentes, sometidos a una prueba que, como decía, difícilmente distingue lo que dice medir.</p><h2>Cuatro años después</h2><p>Hoy lo cuento sin rencor. Nos casamos, seguimos juntos, y aquel examen y aquella entrevista han quedado reducidos a una historia de sobremesa. El tiempo relativiza casi todo, y este también.</p><p>Pero relativizarlo no es darlo por bueno. Que a mí me saliera bien no arregla el diseño de fondo. Sigue habiendo parejas pasando ahora mismo por lo mismo, con el estómago encogido por si el día de la entrevista contestan "regaliz" cuando tocaba contestar "reloj". Ojalá algún día casarse con quien uno quiere, venga de donde venga, sea simplemente eso: ir al juzgado, decir que sí y volver a casa casados. Sin aprobado, sin sospecha y sin la sensación de haber tenido que demostrar lo que a otros nunca les piden.</p>]]>
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      <pubDate>Sat, 08 Aug 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>La pregunta que nadie hace al contratar un hosting</title>
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        Cada web vive en un servidor real, enchufado a una red eléctrica real. Comparamos precio, espacio y velocidad al elegir hosting, pero casi nunca preguntamos de dónde sale esa electricidad. Debería ser una pregunta tan básica como cualquier otra.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/hosting-verde-1200.jpg" alt="Nave de un centro de datos con hileras de servidores, iluminada por la luz cálida del atardecer que entra por un ventanal industrial, con una represa hidroeléctrica visible a lo lejos en el paisaje"></p>
<p>Cuando alguien contrata un alojamiento web suele comparar el precio, el espacio de almacenamiento, la velocidad, el soporte técnico o, quizá, el país donde está el centro de datos por eso del RGPD. Es una lista de criterios razonablemente larga. Y sin embargo hay una pregunta que casi nunca aparece en ella: ¿con qué energía funciona ese servidor? Damos la electricidad por hecha, como si fuera un fluido neutro y homogéneo que llega igual a cualquier enchufe del planeta. No lo es, ni de lejos.</p><h2>Un servidor no es una nube, es una nave industrial</h2><p>La palabra "nube" ha hecho un daño considerable a la manera en que pensamos la infraestructura digital. Habla de algo ligero, etéreo, casi inmaterial, cuando en realidad detrás de cada web hay una nave industrial con filas de servidores metálicos, sistemas de refrigeración trabajando sin descanso y un consumo eléctrico enorme a fin de mes. Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos consumieron en 2024 alrededor del 1,5% de toda la electricidad del planeta, una cifra que crece cerca de un 12% cada año y que la propia agencia prevé que roce el 3% en 2030 empujada por la inteligencia artificial. No es un porcentaje marginal, y va a ir a más.</p><p>Ya escribí sobre lo que pasa cuando esa maquinaria trabaja de más sirviendo <a href="https://www.paigar.eu/basura-digital-wordpress/">código inflado, plugins redundantes y page builders que generan basura</a>. Pero aquel artículo hablaba de cuánta electricidad se consume. Este habla de otra cosa: de dónde sale esa electricidad, que importa exactamente igual y que casi nadie mira.</p><h2>La huella depende de dónde enchufas, no solo de cuánto gastas</h2><p>Aquí está el detalle que se nos escapa con facilidad: un centro de datos alimentado por carbón y otro alimentado por energía hidroeléctrica o nuclear pueden consumir la misma cantidad de kilovatios-hora para servir exactamente la misma web, y aun así dejar una huella de carbono que difiere en un orden de magnitud. La eficiencia del código —cuántos recursos pide una página— y el origen de la energía que los sirve son dos variables independientes. Puedes tener la web más ligera del mundo corriendo sobre la red eléctrica más sucia del mundo, y puedes tener una web mediocre corriendo sobre energía limpia.</p><p>Optimizar el código sin mirar el enchufe es resolver solo la mitad del problema.</p><h2>Por qué casi nadie pregunta</h2><p>Parte de la explicación es que la información no está a mano. Muchos proveedores hablan de sostenibilidad con árboles plantados, certificados de compensación o compromisos genéricos, pero sin explicar de dónde procede realmente la electricidad que alimenta sus centros de datos. No digo que esos mecanismos no tengan ningún valor —algunos lo tienen, y de forma legítima—, sino que sin ese dato concreto de origen no hay manera de distinguir el compromiso real del gesto de cara a la galería. Y como el cliente medio, o incluso el desarrollador medio, no tiene forma sencilla de comprobarlo, la pregunta simplemente deja de hacerse.</p><p>Hace unos años pasaba algo parecido con la jurisdicción de los datos. Nadie preguntaba en qué país vivían sus copias de seguridad hasta que el RGPD normalizó la pregunta y la convirtió en un criterio de contratación tan legítimo como el precio. Creo que al origen energético del hosting le falta exactamente ese empujón: pasar de curiosidad de nicho a pregunta estándar.</p><h2>Qué preguntar de verdad</h2><p>No hace falta ser ingeniero energético para exigir respuestas concretas. Un proveedor que se toma esto en serio puede decir, con nombres y apellidos, qué tecnologías de baja emisión de carbono alimentan sus centros de datos —hidroeléctrica, nuclear, eólica, solar— y no solo repetir la palabra "renovable" como un mantra. Puede explicar si compensa las emisiones que no evita y, si lo hace, con qué estándar de certificación independiente, porque no es lo mismo un sello reconocido como Gold Standard que una compensación autodeclarada sin verificación externa. Y puede decir también qué cargas de cómputo intensivo excluye de su infraestructura —minería de criptomonedas, renderizado en clúster, entrenamiento masivo de modelos— o bajo qué condiciones las admite.</p><p>Esas tres preguntas —qué energía, qué compensación, qué cargas se permiten— son perfectamente respondibles por cualquier proveedor serio. Si un proveedor no puede o no quiere contestarlas con claridad, esa propia ambigüedad ya es la respuesta.</p><h2>Un dato de coherencia, no un titular</h2><p>En mi caso, cuando trasladé este blog de proveedor, comprobé esas tres cuestiones antes de contratar. El proveedor que elegí fue Alwaysdata, que publica esa información con suficiente detalle: sus centros de datos en Francia se alimentan de energía hidroeléctrica y nuclear, compensa lo que no evita con certificación Gold Standard, y declara explícitamente que no aloja minería de criptomonedas, renderizado en clúster ni computación intensiva de ese tipo. No lo menciono porque sea el único proveedor que lo haga —seguro que no lo es—, sino porque creo que cualquier proveedor serio debería ofrecer ese mismo nivel de transparencia. Elegirlo tampoco tiene ningún mérito especial por mi parte: yo no genero esa electricidad, solo decidí tener ese criterio al contratar.</p><p>La alarma que me interesa hacer sonar no es "mirad qué verde soy". Es más simple y más incómoda: la próxima vez que contrates un hosting, o que encargues una web a alguien, <strong>pregunta de dónde sale la electricidad que la sirve</strong>.</p>]]>
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      <pubDate>Fri, 07 Aug 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>El niño que escribía Junajo</title>
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        De pequeño escribía mi nombre con las letras cambiadas y leía «Archines» en lugar de Arniches con toda la convicción del mundo. ¿Tuve una dislexia leve que nadie diagnosticó, o simplemente fui un niño normal haciendo cosas de niño? Cuarenta años después, ni yo lo sé.
      </description>
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/junajo-dislexia-1200.jpg" alt="Cuaderno escolar de cuadrícula de los años ochenta sobre un pupitre de madera, con un nombre escrito a lápiz y algunas letras flotando sobre el papel"></p>
<p>Junajo. Así, con la ene y la a bailando fuera de su sitio, es como escribía mi nombre de pequeño. Juanjo se convertía en Junajo con una naturalidad absoluta, porque yo lo veía bien. Mi madre no. Mi madre me corregía siempre, y de aquello sacó una frase que se convirtió en una de sus preferidas durante años: «fíjate si eras tonto de pequeño que no sabías ni escribir tu nombre». La repetía como quien cuenta una gracia, en las comidas, delante de quien hiciera falta. A mí nunca me hizo ninguna. Nunca me reí con ella. Siempre me pareció un ataque innecesario e injusto, porque todos, absolutamente todos, hemos tenido que aprender para saber. Nadie viene al mundo sabiendo escribir su nombre. Solo que a algunos, además, nos lo recuerdan durante años.</p><p>Me he acordado de Junajo hace poco, sin venir a cuento, y de ahí ha tirado el hilo hasta un puñado de recuerdos que siempre había guardado por separado y que ahora me da por juntar. Porque si lo pienso, aquel niño de las letras cambiadas dejó algún rastro más.</p><h2>Archines, con toda convicción</h2><p>Fue en algún curso entre quinto y octavo de EGB. Lo sitúo con precisión porque el profesor era Tomás, y eso me sirve de calendario mental. Aquel día me mandó leer un texto en voz alta delante de toda la clase, una práctica habitual en la época que no sé si sigue haciéndose. Sospecho que no, o no tanto, y a lo mejor tampoco pasa nada. Yo creo que leía bastante bien. Fluido, con entonación, sin trabarme. Hasta que llegué a un nombre que no conocía: Carlos Arniches.</p><p>Leí todo el texto y terminé satisfecho de mi actuación. Lo que no supe hasta el final es que, en cada una de las tres o cuatro veces que aparecía el nombre del escritor, yo había leído «Archines» con la mayor de las convicciones. Ni una duda. Ni un titubeo. Archines, Archines y Archines. Solo cuando acabé, Sergio, un compañero de clase, se dirigió al profesor para señalar el detalle: pero si pone «Arniches». La respuesta de Tomás fue que no importaba, y ahí quedó la cosa.</p><p>Con los años he entendido lo que pasó. Yo no leía letra a letra: reconocía las palabras que ya conocía y las disparaba de un vistazo. Pero «Arniches» era nuevo para mí, no tenía dónde encajarlo, así que lo leí como pude, reordenando las letras hasta darles una forma que mi cabeza aceptara. Que me perdone don Carlos, porque con los años he llegado a conocer y respetar su obra. Aquel día, sin embargo, era solo un montón de letras sin dueño, y mi cerebro las barajó a su antojo.</p><h2>La izquierda que siempre tengo que pensar</h2><p>Hay otra prueba en el expediente, y esta sigue viva. Nunca he sabido distinguir la izquierda de la derecha con soltura. Arriba y abajo son inequívocos, instantáneos, no requieren ningún esfuerzo. Pero izquierda y derecha me obligan a un pequeño cálculo interno, a un instante de duda, y aun así todavía hoy los confundo de vez en cuando. Y no es solo teoría: más de una vez, con alguien indicándome «gira a la derecha» desde el asiento del copiloto, he girado hacia el lado contrario con total seguridad, tan convencido como cuando leía Archines.</p><p>Sospecho que la cosa viene de más atrás, de un problema con las direcciones en general. Todavía hoy, cuando escribo a mano una ge o una efe minúsculas, el trazo de abajo me sale hacia el lado contrario del que debería, porque es el que me pide la mano. Lo he hecho toda la vida y no he conseguido corregirlo: simplemente, mi mano decide que el rabito va para el otro lado y no hay manera de convencerla. Con la izquierda y la derecha, en cambio, he aprendido a disimular. He tenido cincuenta años para pulir el truco, así que ese instante de duda antes de mover el volante ya casi no se nota. Casi.</p><h2>¿Tengo dislexia? No lo sé</h2><p>Si sigo tirando del hilo, aparecen más cosas pequeñas. Al deletrear en voz alta, por ejemplo, me cuesta un mundo distinguir la ce de la de, y eso que no se parecen en nada, ni en la forma ni en el sonido. Y luego está el oído: nunca he sabido distinguir el sonido de la elle del de la ye.</p><p>Y aquí, sin embargo, es donde la hipótesis empieza a hacer aguas. Porque no distinguir la elle de la ye no tiene el menor mérito ni el menor misterio: es lo que hace hoy la inmensa mayoría de los hispanohablantes, que pronunciamos las dos igual sin que a nadie se le ocurra ver ahí un síntoma de nada. No hace falta ningún trastorno para eso; basta con haber nacido hablando castellano.</p><p>Y así, de golpe, la mitad de mis pruebas se desvanecen entre los dedos. Cabe también la otra posibilidad, la más sencilla y la que probablemente debería tomarme más en serio: que nunca tuviera absolutamente nada. Que fuera un niño normal haciendo cosas de niños —cambiar letras, leer palabras nuevas a ojo, tardar años en asentar la izquierda y la derecha— y que cuatro, o seis, o los recuerdos que sean, dispersos a lo largo de media vida, no signifiquen gran cosa. Uno reúne rarezas sueltas, las alinea con paciencia y de repente cree ver un patrón. Pero a lo mejor solo hay rarezas.</p><p>Puede que tuviera un grado leve de algo, lo bastante como para autogestionarlo sin enterarme. O puede que no. En mi entorno, en cualquier caso, no se hablaba de estas cosas: yo nunca oí la palabra dislexia hasta mucho después, y desde luego a nadie se le habría ocurrido aplicármela. Uno era despistado, o soñador, y a otra cosa.</p><p>No pretendo, a estas alturas, hacerme un autodiagnóstico cuarenta años tarde. Solo intento averiguar, con los pocos recuerdos que guardo, quién era aquel niño.</p><h2>Un diagnóstico en cada clase</h2><p>Y de aquí salto a un jardín en el que quizá no debería entrar, así que lo dejo en pregunta. Por lo que oigo a amigos con hijos, en cada clase hay hoy al menos un disléxico y algún caso de TDAH. Y no puedo evitar preguntarme si no habremos pasado de no diagnosticar nada a querer ponerle nombre a todo.</p><p>Que quede claro, porque el terreno resbala: detectar dificultades de aprendizaje me parece estupendo, y a mí de niño no me habría venido nada mal. La duda es otra. Quizá el umbral a partir del cual decidimos que algo es un problema convendría revisarlo. Y no tengo nada claro que el sistema, después de repartir etiquetas, tenga medios para atender todo lo que él mismo diagnostica.</p><p>No tengo respuesta. Solo la sensación incómoda de que a veces confundimos nombrar con resolver, y de que un niño con una etiqueta y sin apoyos no está necesariamente mejor que un niño sin etiqueta que aprende a apañárselas. Ni peor. Simplemente no lo sé, y desconfío de quien lo tenga demasiado claro.</p><h2>La alumna en prácticas</h2><p>El año pasado tuve una alumna en prácticas. Antes de empezar me avisaron, con ese tono de quien te entrega una instrucción de manejo, de que tenía dislexia. Cuatro meses después, tras la convivencia diaria y la supervisión constante de su trabajo, puedo decir una cosa: si no me lo hubieran dicho, jamás lo habría imaginado. Ni un indicio. Trabajaba perfectamente, que era, al fin y al cabo, lo único que yo tenía que evaluar.</p><p>Al principio pensé que a lo mejor el aviso sobraba. Luego me acordé de mí mismo, de esa milésima de duda antes de girar el volante que llevo media vida disimulando, y entendí que quizá era justo lo contrario. Que si no se le notaba nada no era porque no hubiera nada, sino porque había aprendido a que no se notara. Como yo. Como, imagino, tanta gente que carga con su pequeña rareza y ha construido, ladrillo a ladrillo, las estrategias para que el mundo no la vea.</p><h2>Reordenar las letras</h2><p>Me hace gracia que aquel crío incapaz de ordenar las letras de su propio nombre acabara dedicándose, entre otras cosas, a escribir. La vida tiene estos giros. Y me quedo con la imagen de aquel día en clase, leyendo «Archines» tres veces seguidas con total aplomo y llegando al final satisfecho de mi lectura. Puede que, en el fondo, todos avancemos así: reordenando las letras que todavía no entendemos y creyendo, mientras tanto, que las estamos leyendo bien.</p>]]>
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      <pubDate>Thu, 06 Aug 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>El mapa que se encoge</title>
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        En casa vivo en una realidad de aceptación tan completa que casi no la noto. Pero cada vez que, como pareja gay, abro un mapa para planear un viaje, el mundo se vuelve un poco más pequeño que el de cualquier pareja heterosexual.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/mapa-que-se-encoge-1200.jpg" alt="Dos hombres de espaldas ante el ventanal de un aeropuerto al anochecer, con un panel de destinos iluminado al fondo"></p>
<p>Salgo de casa por la mañana en Uribarri, paseando al perro y en algún momento del camino le cojo la mano a mi pareja para equilibrarme al recoger los desperdicios. No pasa absolutamente nada. Nadie gira la cabeza, nadie baja la voz, ningún camarero duda al vernos entrar juntos y pedir dos cafés. Esa nada es, en realidad, un lujo enorme, y como todos los lujos que se disfrutan a diario, ha dejado de sentirse como un lujo para convertirse en el aire que respiro. Vivo en una ciudad y en un país donde ser quien soy no cuesta nada. Hasta que hago la maleta.</p><h2>El privilegio que casi no se nota</h2><p>Cuesta explicar hasta qué punto uno se acostumbra a la seguridad. Llevo años midiendo mi vida en Bilbao sin la calculadora que tantos otros llevan puesta desde niños: sin pensar si tal calle, tal bar o tal comentario van a traer problemas. Esa despreocupación es la conquista de mucha gente, y precisamente por eso se vuelve invisible. En parte es herencia: otros pelearon antes que yo, en condiciones mucho más duras, y me dejaron un terreno ganado que no siempre recuerdo agradecer. Pero no todo fue herencia. A mi generación, que se hizo adulta con la Transición aún reciente, también le tocó pelear por su parte de esa libertad, y esa pelea la viví de cerca. La libertad de hoy no me la encontré puesta como quien hereda un piso amueblado: buena parte la levantamos entre varias generaciones a la vez, y a la mía le tocó su tramo de obra.</p><p>El problema de esa comodidad es que deforma la percepción del mundo. Desde aquí es fácil creer que el planeta entero avanza en la misma dirección, que lo de mi barrio es la norma y no la excepción. La televisión, las series, las bodas de los amigos, todo confirma esa sensación de que el debate ya está ganado. Y en buena parte de Europa occidental lo está. Pero Europa occidental es un pañuelo si lo pones sobre un globo terráqueo.</p><p>Viajar es una de las cosas que más me gustan en el mundo. De hecho, terminé dedicándole un blog entero: <a href="https://www.bilbonauta.com/" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Bilbonauta<span class="visually-hidden"> (abre en ventana nueva)</span></a>. Y viajar tiene la virtud incómoda de recolocarte en tu sitio. Te recuerda que el aire que respiras en casa no se respira igual en todas partes, y que la frontera entre lo cotidiano y lo prohibido a veces está a solo tres horas de avión.</p><h2>Cuando viajaba solo, el mundo no preguntaba</h2><p>Durante muchos años viajé solo, y solo se viaja de una manera curiosamente cómoda para un hombre gay: nadie te pregunta nada. Un hombre que aparece solo en un hostel de Ammán, en una excursión por los templos de un país cualquiera o en la barra de un bar de Estambul es una página en blanco. La gente le supone, por defecto, heterosexualidad, y esa suposición funciona como una capa de invisibilidad que uno no ha pedido pero que le protege.</p><p>Recuerdo varias conversaciones efímeras en las que se dio por hecho que en casa me esperaba una mujer, o una novia, o nada, y en las que no me molesté en corregir a nadie. No era un armario, era simple economía de la conversación: para un intercambio de veinte minutos con alguien a quien no vas a volver a ver, el dato era irrelevante. Otras muchas veces la cuestión ni siquiera asomó. Un hombre viajando solo es, para el mundo, un misterio que a casi nadie le apetece resolver.</p><p>Esa discreción no me pesaba porque no la había elegido; venía de serie con el formato del viaje. Y ahí está la trampa. Uno puede pasarse años creyendo que viaja como un hombre libre cuando en realidad viaja como un hombre indescifrable, que no es lo mismo. La libertad de verdad se mide en los momentos en los que uno es perfectamente legible y aun así no pasa nada.</p><h2>Dos cepillos y una cama de matrimonio</h2><p>Todo cambia cuando el viaje deja de ser en singular. Dos hombres que llegan juntos a una recepción pidiendo una habitación con cama de matrimonio, ya no son una página en blanco: son una frase completa, y en algunos lugares del mundo una frase incómoda. El momento del mostrador, ese trámite banal que una pareja heterosexual resuelve sin pensar, se convierte para nosotros en una pequeña prueba de temperatura del país en el que estamos.</p><p>He aprendido que el detalle más revelador no suele ser una ley ni una mirada, sino algo tan doméstico como una cama. En bastantes hoteles de países hostiles, dos hombres que reservan juntos se encuentran con que les han preparado dos camas separadas, o con que les ofrecen añadir un colchón supletorio, como si compartir cama fuera un malentendido que conviene corregir de oficio. Las grandes cadenas internacionales suelen hacer la vista gorda y dar la cama doble sin comentarios, precisamente porque cobran en la moneda universal de la discreción. Pero el gesto está ahí, y uno lo nota.</p><p>No es miedo, exactamente. Es la conciencia repentina de haberte vuelto visible en un sitio donde la visibilidad tiene un precio que en casa hace décadas que nadie paga. Y es también la certeza incómoda de que la persona que tienes al lado, a la que quieres, se ha vuelto visible contigo. Viajar solo era jugarme mi propia tranquilidad; viajar en pareja es jugarme la de dos.</p><h2>Sesenta y cuatro países donde seríamos delito</h2><p>Conviene poner números a la sensación, porque los números ayudan a no exagerar ni a minimizar. Según ILGA World, que lleva el recuento más serio que existe, sesenta y cuatro Estados miembros de la ONU siguen castigando por ley las relaciones consentidas entre personas del mismo sexo en 2025. No hablo de países donde te miran raro: hablo de países donde lo que hago en casa sin pensarlo constituye técnicamente un delito.</p><p>Dentro de esa cifra hay una escala que va de lo simbólico a lo atroz. En muchos sitios la pena es cárcel, desde unos meses hasta la cadena perpetua. Y en una docena escasa de países la pena prevista es la muerte: en la mayoría es una amenaza sobre el papel, con moratorias de décadas, pero en algunos, con Irán a la cabeza, se ejecuta de verdad.</p><p>Y el mapa se mueve, además, y no siempre hacia adelante: cada año algún país despenaliza y algún otro endurece sus leyes. Uno actualiza su lista mental de destinos como quien revisa el parte meteorológico, salvo que aquí lo que cambia no es si va a llover, sino si sería o no legal darle un beso a tu pareja en la calle.</p><h2>La geografía de la discreción</h2><p>Ahora bien, entre la ley y la realidad del viajero hay un margen enorme, y sería deshonesto no reconocerlo. Casi ninguno de esos sesenta y cuatro países va a la caza del turista extranjero por lo que haga puertas adentro de su habitación. Existe toda una geografía de la discreción, una zona gris donde miles de parejas como la mía viajan cada año sin incidentes, amparadas en un pacto tácito que se podría resumir en "no preguntes, no lo cuentes".</p><p>Dubái es el ejemplo perfecto de esa contradicción. Sobre el papel, las penas son durísimas; en la práctica, hace años que no hay constancia de turistas detenidos por conducta privada, y la ciudad funciona con una tolerancia no escrita hacia el visitante internacional que se mantenga invisible. Catar, en cambio, demostró durante el Mundial de 2022 que su margen es mucho más estrecho: hubo detenciones y abusos documentados por Human Rights Watch pese a todas las promesas oficiales de bienvenida. Y en ambos sitios el manual es el mismo: nada de muestras de afecto en público, nada de símbolos, las aplicaciones de contactos bloqueadas y accesibles solo con VPN, cuidado con lo que publicas mientras estás allí.</p><p>Y aquí está, para mí, el verdadero coste, el que no aparece en ninguna estadística. No es tanto el riesgo de acabar en un calabozo, que es remoto, como la obligación de volver a plegarme. De regresar, por unos días, a esa discreción que dejé atrás hace mucho y que ya no me pertenece. Ir a esos países es aceptar meterme de nuevo en un armario que ya no es mi talla, y hacerlo, además, arrastrando a mi pareja conmigo. Hay destinos preciosos que descarto no por miedo a lo que puedan hacerme, sino por pereza y por dignidad de tener que fingir.</p><h2>Un mundo más pequeño que el de cualquier pareja</h2><p>Así que, sin haberlo convertido nunca en una regla escrita del cien por cien, por norma general acabamos restringiendo nuestros viajes a países donde se respetan los derechos LGTBI. No es higiene emocional sin más; hay también un punto de activismo, aunque no sea de pancarta. Me niego a dejar mis divisas, mi tiempo y mis vacaciones en la caja de gobiernos que no reconocen mis derechos, y esa negativa es una forma de coherencia por muy invisible que resulte. No cambia nada a gran escala, lo sé, pero es la única palanca que tengo en la mano y prefiero usarla. Preferimos gastar lo que tenemos, que es limitado, en lugares donde podamos ser exactamente lo que somos en Uribarri, es decir, nada del otro mundo. Y esa decisión, repetida viaje tras viaje, tiene una consecuencia muy concreta: nuestro mapa es más pequeño que el de una pareja heterosexual.</p><p>Es una frase que da vértigo cuando la escribes. Dos personas que se quieren, con los mismos ahorros, las mismas vacaciones y las mismas ganas de ver mundo que cualquier otra pareja, disponen sin embargo de un planeta recortado. Continentes enteros pasan a la categoría de "mejor no", no por sus fronteras ni por sus visados, sino por lo que sus códigos penales opinan sobre el contenido de nuestra maleta emocional. El mundo, que a los veinte años me parecía infinito y abierto de par en par, resulta tener una letra pequeña que solo se lee cuando viajas acompañado.</p><p>No quiero cerrar esto con una moraleja luminosa, porque sería mentira y porque en este blog intento no mentirme. El mapa se ha encogido, y punto. Pero también es verdad que sigue siendo un mapa enorme, lleno de sitios donde entrar en un hotel de la mano no cuesta nada, y que el simple hecho de poder elegir dónde es seguro querernos es, en sí mismo, una forma de esa libertad que en casa doy por sentada. A veces la libertad no consiste en poder ir a todas partes, sino en no necesitar ir a los sitios que no nos quieren. Con eso, de momento, viajamos bastante lejos.</p>]]>
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      <pubDate>Wed, 05 Aug 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>Este blog no gana dinero, y ese es exactamente el plan</title>
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        Un amigo me preguntó cómo monetizaba este blog. La respuesta fue corta: no lo hago. Ni anuncios, ni patrocinios, ni siquiera métricas. Sobre el precio de escribir por gusto en un internet que ya no entiende ese concepto.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/blog-sin-monetizar-1200.jpg" alt="Un pequeño quiosco de madera iluminado desde dentro en una calle vacía al anochecer, rodeado de enormes vallas publicitarias encendidas"></p>
<p>Estábamos hablando Javi y yo de la tarjeta sanitaria europea, de por qué caduca cuando caduca y de quién decidió que ese plazo y no otro era el razonable. Y entonces solté una de mis frases marca de la casa, esa que mis amigos ya me ven venir de lejos: "pues justo el otro día hablaba yo de eso en mi blog".</p><p>Javi se rió, porque ya me la ve venir. "Últimamente hablas mucho del blog, le estás metiendo caña". Y entonces, sin transición, la pregunta que a estas alturas parece obligatoria: "¿y cómo lo monetizas?"</p><p>Le contesté la verdad, con certeza y hasta con cierto orgullo: no lo monetizo. No hay anuncios. No hay enlaces de afiliado. No hay patrocinios, ni newsletter de pago, ni botón de café, ni nada que se le parezca. Se quedó mirándome como quien espera la segunda parte del chiste. No había segunda parte.</p><p>Y luego, ya en casa, pensé que esa conversación de treinta segundos daba para un artículo entero. Porque lo interesante no es mi respuesta. Lo interesante es que la pregunta se haya vuelto tan automática, y que se la haga incluso alguien que me conoce bien.</p><h2>Lo que cuesta escribir aquí</h2><p>Conviene empezar por lo concreto, porque no quiero que esto suene a pose de asceta digital. Este blog cuesta dinero. El dominio, el alojamiento en un proveedor europeo pequeño y honesto, unos euros más por guardar las imágenes en algún sitio. Casi cien euros al año, que es lo que gasta cualquiera en un par de meses de suscripciones que ni recuerda haber contratado. Poco, pero cuesta.</p><p>Lo caro es el tiempo. Escribir un artículo decente me lleva horas. Documentarme, corregirme, tirar a la basura el primer párrafo tres veces, buscar la imagen, revisar el enlace roto que llevaba dos años ahí. Nadie me paga por eso. Nadie me lo pide. Nadie me lo va a agradecer, en parte porque —ya llegaremos— no tengo forma de saber si alguien lo lee.</p><h2>Un hobby como cualquier otro, solo que este escribe</h2><p>Aquí es donde la conversación suele desatascarse, cuando propongo el marco correcto: esto es un hobby. Y todos los hobbies cuestan dinero.</p><p>Mi marido practica tiro con arco. Entre el material, las licencias federativas, las clases y ese ritual sagrado de sustituir un arco perfectamente funcional por otro que apunta un milímetro mejor, se gasta bastante más de lo que me gasto yo aquí. A nadie se le ocurriría preguntarle cómo monetiza el tiro con arco. Nadie le sugiere que abra un canal de reseñas de flechas, ni que meta publicidad entre diana y diana.</p><p>Lo mismo vale para quien paga un gimnasio al que va tres veces por semana, para quien se apunta a clases de cocina, para quien colecciona vinilos, cuida un huerto urbano o restaura muebles viejos en el garaje. Y sí, también para quien fuma: hay quien se gasta en tabaco en un mes lo que este blog me cuesta en un año, y ese gasto ni se cuestiona ni se rentabiliza.</p><p>El hobby se justifica solo. Consiste precisamente en hacer algo porque te apetece hacerlo, sin que medie una hoja de cálculo. Que el mío consista en escribir, y que lo que escribo acabe publicado en una dirección web accesible desde cualquier parte del mundo, no lo convierte en otra cosa. Lo convierte en un hobby con puerta abierta.</p><h2>Por qué no quiero saber cuánta gente me lee</h2><p>Este es el punto donde la gente me mira raro de verdad, más incluso que con lo de la publicidad. Este blog no tiene analítica. Ni Google Analytics, ni una alternativa respetuosa con la privacidad, ni un contador discreto en el pie de página. Nada. No sé cuántas visitas recibo. No sé qué artículo funciona mejor. No sé si alguien llegó ayer buscando algo y se quedó a leer, o si esto lo lee exactamente una persona que soy yo cuando reviso las erratas.</p><p>Es deliberado, y lo he contado alguna vez. Sé perfectamente cómo instalar métricas; es literalmente parte de mi trabajo. Precisamente por eso sé lo que pasa después.</p><p>Lo que pasa es que empiezas a escribir para el número. Descubres que los artículos sobre un tema concreto rinden mejor y, sin darte cuenta, el siguiente va sobre eso mismo. Descubres que los títulos de una determinada forma atraen más clics y tus títulos empiezan a parecerse entre sí. Descubres que el artículo largo y raro que te hacía ilusión no lo lee nadie, y dejas de escribir artículos largos y raros. El panel de estadísticas no te obliga a nada, pero te susurra constantemente, y a la larga se le hace caso.</p><p>Sin métricas, en cambio, solo queda un criterio: si el texto me interesa a mí. Publico sobre coming out tardío y sobre la distorsión de imagen en televisores de tubo. Sobre la baldosa bilbaína y sobre relatos de ciencia ficción. Sobre soberanía digital y sobre una revista de 1998 que apareció en una caja. No hay nicho, no hay línea editorial, no hay coherencia comercial posible. Un cajón desastre, exactamente lo que quería.</p><p>Escribir sin saber si te leen es un poco como cantar en la ducha. Y cantar en la ducha, resulta, es de las pocas actividades verdaderamente libres que nos quedan.</p><h2>Cuándo internet dejó de ser un sitio y pasó a ser un negocio</h2><p>Hace veinte años nadie me habría preguntado cómo monetizaba mi blog. La pregunta habría sonado tan extraña como preguntarle a alguien cómo monetiza su diario de viajes o su colección de postales.</p><p>El internet de entonces estaba lleno de páginas personales que no querían nada de ti. Webs con fondos horribles, listas de enlaces a los sitios de tus amigos, secciones de "sobre mí" escritas en primera persona con una sinceridad que hoy daría vergüenza ajena. Aquello no era rentable y no pretendía serlo. Era gente hablando en público porque le apetecía hablar en público.</p><p>Lo que ocurrió después lo he visto ocurrir despacio, año a año, desde dentro. Primero llegaron los anuncios, y de pronto cada visita a una página valía una fracción de céntimo para alguien. Después llegaron las redes, que nos enseñaron a todos a contar seguidores como quien cuenta dinero. Después vino la costumbre de escribir pensando en el buscador antes que en el lector, y empecé a encontrarme recetas de tortilla precedidas de mil palabras sobre la infancia de la autora en un caserío que probablemente no existía. Y ahora buena parte de lo que sale en las búsquedas son textos que nadie quiso escribir y que nadie quiere leer, ahí solo porque al final del túnel hay un céntimo esperando.</p><p>En ese paisaje, una página que no vende nada, no rastrea a nadie y no mide su propio éxito no es solo inusual. Es prácticamente ininteligible. De ahí la pregunta de Javi, que no era una impertinencia sino un reflejo. Ha aprendido, como todos, que las cosas en internet están ahí para sacar algo.</p><h2>Si no pagas con dinero, pagas con privacidad</h2><p>Y ese es el punto que más me importa de todo esto, porque la alternativa a pagar el dominio y el alojamiento de mi bolsillo nunca fue "que sea gratis". La alternativa era que lo pagases tú, sin enterarte y sin firmar nada.</p><p>Poner publicidad aquí significaría instalar rastreadores de terceros que te siguen fuera de esta página. Poner analítica invasiva significaría construir un perfil tuyo que yo no necesito. Mover esto a una plataforma "gratuita" significaría regalarle a esa plataforma lo único valioso que hay en la ecuación: tu atención, tus datos y, de paso, mi texto, que pasaría a ser combustible de su modelo de negocio.</p><p>Esos casi cien euros al año son, entre otras cosas, el precio de no tener que hacerte nada de eso. Es una cifra sorprendentemente pequeña para lo que compra. Compra que puedas leer esta frase sin que se dispare una subasta en tiempo real por tu globo ocular. Compra que yo pueda escribir la siguiente sin calcular su rendimiento.</p><h2>Una rareza bastante concurrida</h2><p>Me gusta ser una rareza. Lo digo sin ninguna coquetería: he pasado gran parte de mi vida siéndolo en asuntos considerablemente más serios que la publicación web, y he aprendido a encontrarle el gusto.</p><p>Pero conviene no confundir la invisibilidad con la extinción. Ahí fuera hay muchísima gente haciendo exactamente esto. Blogs personales que nadie promociona. Wikis caseras sobre asuntos incomprensibles. Sitios dedicados a un solo tema durante quince años. Gente publicando en su propio dominio, con su propio diseño imperfecto, sin cookies y sin embudos de conversión. El movimiento IndieWeb tiene nombre y comunidad; los directorios y los anillos de enlaces han vuelto; los lectores de feeds siguen funcionando perfectamente para quien los quiera usar.</p><p>Lo que ocurre es que el internet comercial nos pasa por encima. Ocupa los buscadores, ocupa los timelines, ocupa la conversación entera, y desde debajo de todo eso cuesta ver que hay una capa de web sin monetizar que sigue viva y que probablemente sea más grande de lo que sospechamos. No aparece en las estadísticas porque, en muchos casos, ni siquiera lleva estadísticas.</p><p>Así que la respuesta completa a la pregunta de Javi, la que no le di porque en una conversación de bar no toca, sería más o menos esta: no monetizo el blog por el mismo motivo por el que mi marido no monetiza sus tardes de arco. Porque hay cosas que uno hace para poder seguir siendo alguien que hace cosas.</p>]]>
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      <pubDate>Tue, 04 Aug 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>Por qué tu banco te cobra por no hacer nada con la cuenta</title>
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        Si tengo el dinero quieto no doy trabajo, así que debería salirme más barato. Pues no. La comisión de mantenimiento no se cobra por lo que haces, se cobra por lo que no le dejas ganar al banco.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/comision-cuenta-inactiva-1200.jpg" alt="Interior de una oficina bancaria abandonada, con los mostradores cubiertos de polvo y una libreta de ahorros olvidada sobre el mármol"></p>
<p>Tenía una cuenta abierta en un banco al que llevaba años sin entrar. La abrí en su día para una cosa muy concreta, la cosa concreta se acabó, y ahí se quedó ella, con un saldo que daba risa y una tarjeta caducada en algún cajón. Un día llegó el extracto y el único movimiento del trimestre era la comisión de mantenimiento comiéndose el saldo a mordisquitos. Y pensé lo que pienso siempre en estos casos: pero si yo aquí no molesto a nadie.</p><p>Esa es la queja que casi todos hemos formulado alguna vez, y está construida sobre una idea que parece de puro sentido común. Si el banco me cobra por darle trabajo, y yo no le doy ninguno, lo justo sería que la cuenta parada fuese la barata y la cuenta con cincuenta movimientos al mes la cara. Ocurre exactamente lo contrario. La cuenta dormida paga, la cuenta que no para de moverse suele estar exenta. Merece la pena entender por qué, porque la explicación no es que los bancos sean malvados por deporte. Es peor: es que la lógica es impecable, solo que no es la lógica que tú creías.</p><h2>Lo que cuesta dinero no es usar la cuenta, es que la cuenta exista</h2><p>El error de partida está en imaginar que una transferencia le supone al banco un esfuerzo. En un banco digitalizado, mover dinero de aquí a allá cuesta una fracción de céntimo. Es un apunte contable que viaja por una infraestructura ya pagada. Puedes hacer cuarenta transferencias en un mes y el coste marginal para la entidad sigue siendo aproximadamente cero.</p><p>Lo que sí cuesta, y cuesta igual todos los meses hagas lo que hagas, es sostener la existencia administrativa de esa cuenta. Cada cuenta abierta obliga al banco a mantener tu identificación al día, a vigilarla con sistemas de prevención de blanqueo, a informar de ella a Hacienda, a mandarte comunicaciones legales, a guardarla en unos sistemas que alguien mantiene y audita, y a aportar al Fondo de Garantía de Depósitos en función del saldo que cubre. Nada de eso se suspende porque tú no la toques.</p><p>Y hay un detalle que a mí me pareció fascinante cuando lo entendí: la vigilancia de una cuenta inactiva no es más barata, es más cara. Las cuentas dormidas son el objetivo favorito de quien busca una cuenta mula, precisamente porque nadie las mira. Titular despistado, saldo pequeño, ningún movimiento que llame la atención. Así que el banco tiene que estar más encima de la cuenta que no usas que de la que usas, no menos. Si a ese coste fijo le sumas que un saldo de trescientos euros parados genera un margen de intereses ridículo, el resultado es que tu cuenta olvidada es estructuralmente un negocio en pérdidas. La comisión no compensa tu trabajo. Tapa un agujero.</p><h2>Las condiciones de exención no premian la actividad, miden la rentabilidad</h2><p>Aquí está la otra mitad del asunto, y es la que a mí me parece más reveladora. Cuando el banco te dice que te quita la comisión si domicilias la nómina, si haces seis compras al trimestre con la tarjeta o si contratas un producto de inversión, no te está premiando por trabajador. Te está identificando como cliente rentable por otra vía.</p><p>Piénsalo pieza a pieza. Domiciliar la nómina significa que el banco ve tus ingresos, tus gastos y tu capacidad de endeudamiento, y por tanto sabe a quién ofrecerle una hipoteca o un préstamo para el coche antes que nadie. Además sabe que no te vas a ir, porque cambiar de banco cuando tienes la nómina y ocho recibos domiciliados da una pereza que actúa mejor que cualquier cláusula de fidelidad. Cada compra con tarjeta le deja al banco su parte de la tasa de intercambio que paga el comercio. Y si has picado en el fondo de inversión o en el plan de pensiones, las comisiones de gestión que pagas al año son de otro orden de magnitud, no de los diez o doce euros al mes del mantenimiento.</p><p>Dicho en crudo: la comisión de mantenimiento no es el precio de un servicio, es el precio por defecto que pagas cuando no le das al banco ninguna otra manera de ganar dinero contigo. Es el gimnasio que te cobra la cuota entera aunque no aparezcas, con la diferencia de que en el gimnasio, al menos, sabes que la culpa es tuya.</p><h2>Cuando el dinero parado se convirtió en un estorbo</h2><p>Que esto se disparase en España tiene un momento y una causa muy concretos, y aquí hay una vuelta de tuerca que suele quedar fuera de la conversación de bar. Durante años, el Banco Central Europeo tuvo su facilidad de depósito en tipos negativos. Traducido: el dinero que un banco no colocaba en préstamos y aparcaba en el banco central no solo no rentaba nada, sino que aparcarlo costaba dinero.</p><p>Se produjo entonces una inversión completa del oficio. Los depósitos, que siempre habían sido la materia prima del negocio bancario, pasaron a ser un problema logístico. Tener mucho dinero de clientes quieto y sin colocar era una carga. Fue exactamente en ese periodo cuando la banca tradicional española convirtió el mantenimiento de cuenta en una fuente sistemática de ingresos y endureció hasta el absurdo las condiciones para librarse de él, con esos cuadros de requisitos que parecían las bases de un concurso.</p><p>Después los tipos volvieron a subir y el dinero parado volvió a ser rentabilísimo para las entidades. La estructura de comisiones, en cambio, se quedó donde estaba. Nadie devuelve por voluntad propia un ingreso que ya ha dado por consolidado, y menos si el cliente ya se ha acostumbrado a pagarlo.</p><h2>La comisión que en realidad sirve de escoba</h2><p>Hay una función más de la comisión sobre cuentas inactivas que conviene decir en voz alta: sirve para echarte. Cerrarle la cuenta unilateralmente a un cliente es jurídicamente incómodo, genera reclamaciones y da mala imagen. Cobrarle todos los meses hasta que se harte y la cierre él solito es limpio, silencioso y no sale en el periódico. El resultado es el mismo y la responsabilidad, formalmente, ha sido tuya.</p><p>Y si no la cierras ni te enteras de que existe, el asunto tiene un final que casi nadie conoce. Los saldos que permanecen veinte años sin movimiento y sin que nadie los reclame se consideran abandonados y pasan al Estado. Así que aquella cuenta que abrió tu tía para meter unas pesetas y de la que ya nadie se acuerda no está esperando pacientemente a que aparezca un heredero. Está en una cuenta atrás.</p><h2>Donde la indignación sí está bien fundada</h2><p>Todo lo anterior explica el mecanismo, pero explicar no es justificar. Lo que resulta indefendible es a quién le cae encima. Un mantenimiento de cuarenta o sesenta euros al año puede llevarse por delante un saldo pequeño entero, y los saldos pequeños son de las personas con menos margen para negociar, menos costumbre de comparar condiciones y menos energía para pelearse con una oficina. Es una comisión que, en la práctica, se cobra con más eficacia a quien menos puede pagarla. Un coste fijo aplicado sobre saldos desiguales siempre acaba siendo un impuesto regresivo, se llame como se llame.</p><p>La salida práctica tiene dos caminos. Uno es la banca cien por cien digital, que no cobra mantenimiento por la razón poco romántica de que su coste fijo por cuenta es una fracción del de quien sostiene una red de oficinas con personal y alquileres. El otro, y este merece subrayado, es la cuenta de pago básica: una figura que la normativa obliga a ofrecer a las entidades, con una comisión máxima muy limitada y directamente gratuita para personas en situación de vulnerabilidad. Es un derecho que existe, que funciona y que ningún banco te va a poner en el escaparate junto a las ofertas de hipoteca. Preguntar por ella en una oficina es un pequeño deporte de riesgo que recomiendo a todo el mundo.</p><p>Yo, en cuanto vi la comisión en el extracto, hice un movimiento con la cuenta para librarme de ella ese mismo trimestre, y después fui a la oficina y la cerré del todo. Prefiero perder diez minutos firmando un papel que seguir financiando, mes tras mes, la administración de un vacío.</p>]]>
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      <pubDate>Mon, 03 Aug 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>Buscando a Tom en Bilbao (V): Quedarse</title>
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        Serie de ilustraciones a carboncillo sobre atmósfera ámbar que persigue el deseo masculino con Bilbao como escenario. Quinta entrega: cuando quedarse es una decisión que se toma cada mañana y construir una vida juntos se vuelve rutina.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/galeria-homoerotica-bilbao-7-1200.jpg" alt="Ilustración a carboncillo de dos hombres en los muelles del Nervión, trazo sucio sobre papel sepia"></p>
<p>Quedarse es una decisión que se toma muchas veces. Cada mañana, cada café compartido, cada paseo con el perro por la ría es una manera de decir: elijo esto.</p><p>Esta galería empieza con una pareja en el parque. Después vienen los gestos que construyen una vida: cogerse de la mano por el Casco Viejo, ir juntos al mercado, compartir una tienda de campaña. Los paseos con el perro y las coladas compartidas. El abrazo en el parque que ya no es deseo sino gratitud. Las manos cogidas en público como si fuera lo más natural del mundo —porque lo es.</p><p>Y al final, Bilbao desde arriba. Un mirador donde dos hombres se miran más que al paisaje. Artxanda de espaldas, contemplando una ciudad que fue testigo de todo. Y fuegos artificiales sobre la ría, cogidos de la mano, cerrando un círculo que empezó con una mirada furtiva en una esquina del Casco Viejo.</p><p>Quedarse es el final más valiente. Y Bilbao, ciudad de hierro y agua, es un buen sitio para hacerlo.</p><hr><p><em>Quinta de ocho galerías. 28 ilustraciones originales. Técnica mixta digital: carboncillo y grafito sobre atmósfera bilbaína.</em></p>]]>
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      <pubDate>Sun, 02 Aug 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>La hoja de cálculo que se hizo base de datos sin pedir permiso</title>
      <link>https://www.paigar.eu/hojas-de-calculo-como-bases-de-datos/</link>
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        Filtrar, copiar celdas y pegar en una pestaña nueva para cada ponente. Así funcionaba aquel congreso, hasta que le propuse a Mireia otra cosa. Sobre por qué usamos hojas de cálculo como bases de datos, cuándo tiene sentido y cuándo el atajo sale caro.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/hoja-calculo-base-datos-1200.jpg" alt="Una hoja de cálculo impresa que se extiende como un rollo de papel infinito por el suelo de una oficina vacía"></p>
<p>Un congreso, hace un par de años. Yo estaba echando una mano a Mireia con la organización: charlas plenarias por la mañana, sesiones pedagógicas en grupos pequeños por la tarde, y un listado de asistentes que vivía —entero, sin excepciones— en una hoja de cálculo. Cada ponente necesitaba saber quién iba a estar en su sesión. Solo en la suya. No en las demás, no los teléfonos de gente que no era asunto suyo, no las alergias alimentarias del auditorio completo.</p><p>El procedimiento era este: abrir la hoja madre, filtrar por el nombre de la charla, seleccionar las celdas resultantes, copiarlas, crear una hoja nueva, pegarlas, guardar, compartir. Y otra vez. Y otra vez. Multiplicado por el número de sesiones. Funcionaba, en el sentido en que funciona empujar un coche cuesta arriba: llegas, sí, pero sudando y con la sensación de que el coche tenía un motor y no lo estabas usando.</p><h2>El refugio de la cuadrícula</h2><p>Antes de reírnos de nadie, conviene entender por qué la hoja de cálculo gana siempre esa primera batalla. Es honesta. La abres y ahí está todo, delante de tus ojos, sin capas de abstracción ni pantallas de administración. Escribes en una celda y la celda contiene lo que has escrito. Ordenas por apellido y ves cómo se reorganiza el mundo en tiempo real. Filtras por ciudad y desaparece lo que no te interesa. Nadie necesita un curso para entender qué es una fila.</p><p>Y no se queda ahí. Puedes hacer operaciones entre celdas que no son solo sumas: concatenar nombre y apellido, extraer el dominio de un correo electrónico, contar cuántas veces aparece una palabra, cruzar dos listados con un BUSCARV que, mal que le pese a los puristas, ha sostenido más negocios en este país que cualquier framework moderno. La hoja de cálculo es una navaja suiza que además viene ya instalada, ya pagada y ya comprendida.</p><p>Para una lista de treinta invitados a una boda, para el inventario de un taller pequeño, para llevar la cuenta de las cuotas de un club de tiro con arco, es la respuesta correcta. No la respuesta perezosa: la correcta. Montar una infraestructura de servidor para saber quién ha pagado la cuota de este trimestre sería un delito contra el sentido común.</p><h2>Dónde se rompe la cuadrícula</h2><p>El problema aparece cuando la hoja deja de ser una lista y empieza a ser un sistema. Y esa transición nunca se anuncia. Nadie te avisa el martes por la mañana de que tu hoja de cálculo acaba de convertirse en la base de datos crítica de tu organización.</p><p>Se nota en los síntomas. Aparece una segunda hoja porque una persona puede asistir a dos sesiones y ya no cabe en una fila. Aparece la columna <code>Notas</code> donde se meten cosas que deberían ser tres columnas distintas. Aparece el archivo <code>asistentes_FINAL_v3_bueno.xlsx</code> conviviendo con <code>asistentes_FINAL_v3_bueno_REVISADO.xlsx</code> y nadie sabe cuál de los dos tiene la corrección de aquel correo mal escrito. Alguien ordena una columna sin seleccionar el resto de la tabla y los teléfonos se divorcian de sus dueños en silencio, sin mensaje de error, sin nada. Descubres el destrozo tres semanas después, cuando llamas a Ana y te contesta Roberto.</p><p>Y luego está lo que nos ocupaba en aquel congreso: los permisos. Una hoja de cálculo no sabe quién eres. No tiene ningún concepto de identidad. Puede protegerse con contraseña, puede compartirse en modo lectura, pero no puede decidir que Marta ve estas quince filas y Javier ve estas otras doce. Su modelo de seguridad es un archivo entero: lo tienes o no lo tienes. Por eso alguien acaba filtrando, copiando y pegando a mano. No es que sean torpes. Es que la herramienta no ofrece otra cosa, y las personas somos extraordinariamente buenas rellenando con trabajo manual los huecos que deja el software.</p><h2>Lo que sí sabe hacer una base de datos</h2><p>Una base de datos, en cambio, nace sabiendo tres cosas que la hoja de cálculo desconoce. La primera es la integridad: si una columna es una fecha, no vas a poder escribir "el jueves que viene" en ella. Si un asistente tiene que pertenecer a una sesión que existe, no vas a poder inscribirlo en una sesión inventada. La estructura se defiende sola, sin depender de que todo el mundo se acuerde de escribir las provincias siempre igual.</p><p>La segunda es la relación. En lugar de repetir el nombre completo, el correo y el teléfono de una persona en cada una de las cinco sesiones a las que asiste —cinco oportunidades de que un dato quede desactualizado—, la persona existe una vez y las sesiones apuntan a ella. Cambias su correo en un sitio y cambia en todas partes. Suena trivial hasta que has vivido lo contrario.</p><p>Y la tercera es precisamente la que puso todo esto en marcha: la vista. Una base de datos puede entregarle a cada quien exactamente lo que le corresponde. El ponente entra con su usuario y ve a los participantes de su sesión. No los ve porque alguien se los haya copiado a mano en una pestaña nueva, sino porque el sistema sabe quién es y le muestra su rebanada del pastel. Nadie tiene que acordarse de nada. Nadie puede equivocarse de pestaña un domingo por la noche.</p><h2>"No hace falta complicarse tanto"</h2><p>Cuando le propuse a Mireia que montáramos una base de datos única, segmentada por usuario, me miró con una serenidad casi budista y me dijo que no hacía falta complicarse tanto.</p><p>La entiendo perfectamente. En su cabeza, "base de datos" significaba servidores, contratos de mantenimiento, un consultor con americana y una factura que no estaba presupuestada. Significaba un mes de trabajo para resolver algo que ella resolvía en veinte minutos por sesión. Su intuición no era estúpida: era una estimación de coste basada en información desactualizada, que es la forma más humana de equivocarse.</p><p>La ignoré, claro. Un par de horas más tarde teníamos la base de datos funcionando, con acceso segmentado por el usuario de cada ponente. Dos horas. Menos de lo que iba a costar hacer el copiar-y-pegar de todas las sesiones, y muchísimo menos de lo que habría costado repetirlo cada vez que alguien se apuntaba tarde o cambiaba de grupo, que ocurrió, como ocurre siempre.</p><p>Lo que había cambiado desde la última vez que él se había asomado a esto no era la dificultad conceptual. Era el suelo. Herramientas como Airtable, NocoDB, Baserow, Grist o incluso un Supabase con cuatro tablas bien pensadas han bajado tanto la barrera que hoy la distancia entre una hoja de cálculo y una base de datos relacional decente se mide en tardes, no en trimestres. Y muchas de ellas te reciben con una interfaz que se parece sospechosamente a... una hoja de cálculo. Filas, columnas, filtros. Solo que debajo hay un motor.</p><h2>El coste de la ignorancia amable</h2><p>Aquí está la parte que me interesa de verdad, y no es técnica.</p><p>Mireia no rechazó la propuesta por vagancia. La rechazó porque no sabía que existía. Descartó una solución cuya existencia desconocía, y para descartarla usó una estimación de esfuerzo inventada. Esto lo hacemos todos, todo el rato, en todos los ámbitos de la vida. Es lo que nos mantiene lavando la ropa a mano espiritualmente hablando: la certeza de que la lavadora debe de ser carísima y complicada, sin haber preguntado nunca el precio.</p><p>Y hay algo más incómodo. Los procesos manuales tienen una cualidad tramposa: parecen baratos porque su coste está repartido en trocitos pequeños. Veinte minutos aquí, un cuarto de hora allá, una tarde de sábado arreglando un desastre que nadie confesará. Nunca aparecen en ninguna hoja de gastos. Mientras tanto, la alternativa tiene un coste concentrado y visible —esas dos horas— y por eso duele más aunque sea infinitamente menor. Nuestra contabilidad mental está mal diseñada para este cálculo.</p><h2>La herramienta adecuada, sin dogmas</h2><p>No pretendo que nadie tire su hoja de cálculo por la ventana. Sigo abriendo la mía para cosas que no merecen más ceremonia, y seguiré. El criterio no es "hoja mala, base de datos buena". El criterio es preguntarse tres cosas cuando la hoja empieza a pesar: ¿hay más de una persona escribiendo en esto?, ¿hay información que unos deben ver y otros no?, ¿estoy repitiendo el mismo dato en más de un sitio? Con un solo sí, ya merece la pena mirar qué hay al otro lado. Con dos, ya estás pagando el precio aunque no lo veas.</p><p>Invertir tiempo en tener la herramienta adecuada para el trabajo casi nunca es una complicación. Es lo contrario: es negarse a que el trabajo se complique despacio, en silencio, durante meses, hasta que un domingo por la noche estás filtrando celdas para un congreso que empieza el martes y ya no recuerdas por qué esto era lo sencillo.</p>]]>
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      <pubDate>Sat, 01 Aug 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>George Quaintance: el primer vaquero del arte gay</title>
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        Pintó un Oeste imposible, sin mujeres, lleno de vaqueros y dioses griegos, en una América donde ser gay era ilegal. George Quaintance firmó la primera portada de Physique Pictorial, influyó directamente en Tom of Finland y murió justo antes de que el mundo estuviera listo para él. El eslabón que faltaba.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/gq1-1200.jpg" alt="Escena al estilo de George Quaintance: vaqueros musculosos de torso desnudo junto a caballos en un paisaje desértico del Suroeste americano, luz dorada y composición escultórica"></p>
<p>Cuando escribí sobre <a href="https://www.paigar.eu/tom-of-finland/">Tom of Finland</a> hace unos meses, había un nombre que se repetía en casi todo lo que leía sobre él. Aparecía siempre como antecedente, como deuda reconocida, como el artista al que el propio Touko Laaksonen citaba en sus entrevistas cuando le preguntaban de dónde venía. George Quaintance. Tiré del hilo, me puse a buscar su obra, y lo que encontré fue una de esas historias que explican muchas cosas que vinieron después.</p><p>Porque si Tom of Finland fue quien llevó la masculinidad gay dibujada hasta sus últimas consecuencias, Quaintance fue quien abrió la puerta. Y lo hizo antes, en peores condiciones, y con menos tiempo del que cualquiera habría necesitado.</p><h2>El granjero de Virginia que quería bailar</h2><p>Quaintance nació en 1902 en el condado de Page, en plena cordillera de las Blue Ridge Mountains de Virginia, en una familia de granjeros. La historia tiene esa cualidad casi de cuento que conviene mirar con cierta cautela, pero parece bien documentada: sus padres se dieron cuenta pronto de que aquel niño que se pasaba el día dibujando nunca iba a llevar la granja, y en lugar de forzarlo le compraron pinturas y pinceles. Más adelante incluso le pagaron formación artística seria. En la América rural de principios de siglo, esa decisión no era para nada evidente.</p><p>Con dieciocho años se marchó a Nueva York a estudiar en la Art Students League, la misma escuela por la que pasaron Norman Rockwell o Jackson Pollock. Allí estudió dibujo y pintura, sí, pero también se enamoró de algo que durante años dejó la pintura en segundo plano: la danza. Quaintance llegó a ser bailarín de vodevil, hacía números de ballet clásico, claqué y tango sobre los escenarios, y en aquel mundo de espectáculo conoció a la bailarina Miriam Chester, con quien formó pareja artística y con quien se casó brevemente en 1929.</p><p>El matrimonio duró poco, como casi todo en aquella primera vida suya. Quaintance era homosexual de forma activa desde la adolescencia, algo que las biografías describen sin demasiados rodeos, aunque lo viviera con la discreción obligada de la época. La boda con Miriam fue uno de esos arreglos que tenían más que ver con la supervivencia social y profesional que con cualquier otra cosa. Para el verano de 1930 ya bailaba con otra pareja.</p><h2>Del peluquero de estrellas a las portadas pulp</h2><p>Antes de ser el artista que hoy nos interesa, Quaintance tuvo una carrera que parece sacada de otra película. En los años treinta se convirtió en uno de los peluqueros más cotizados de su época, con una clientela que incluía a estrellas como Marlene Dietrich o Jeanette MacDonald. Hay quien apunta, no sin cierta sorna, que su interés profesional por el pelo tenía que ver con su propia obsesión por mantener una imagen impecable: él mismo llevaba peluquín, y construyó cuidadosamente la figura del rubio musculoso y juvenil que quería proyectar.</p><figure><div style="background-image:url('https://media.paigar.eu/paigar/gq2-16.jpg')" class="lqip-wrap"><picture><source sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq2-480.avif 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq2-800.avif 800w" type="image/avif"><source sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq2-480.webp 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq2-800.webp 800w" type="image/webp"><img alt="Fotografía de George Quaintance posando como modelo masculino atlético, con el aspecto de rubio musculoso que cultivó deliberadamente" onload="this.closest('.lqip-wrap').classList.add('loaded')" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq2-480.jpg 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq2-800.jpg 800w" height="533" loading="lazy" src="https://media.paigar.eu/paigar/gq2-800.jpg" width="800"></picture></div><figcaption>George Quaintance</figcaption></figure><p>En paralelo, hacia 1934, empezó a vender ilustraciones de portada para un género muy concreto: las revistas pulp picantes. Cabeceras con nombres tan deliciosos como <em>Gay French Life</em>, <em>Ginger</em>, <em>Movie Humor</em>, <em>Snappy Detective Mysteries</em>, <em>Stolen Sweets</em> o <em>Tempting Tales</em>, que se vendían en salas de burlesque y bajo mostrador en quioscos discretos. Eran trabajos comerciales, heterosexuales en su superficie, chicas ligeras de ropa para un público masculino convencional. A veces firmaba esas portadas con un seudónimo travestido, "Georgia Quintana", que ahora resulta casi una broma privada sobre todo lo que vendría después.</p><p>Era un oficio, una manera de ganarse la vida con el dibujo. Pero en algún momento, ese hombre que pintaba pin-ups por encargo y peinaba a divas de Hollywood decidió pintar lo que de verdad le interesaba. Y lo que le interesaba era el cuerpo masculino.</p><h2>Víctor García y el giro hacia la pintura</h2><p>En 1938 Quaintance conoció a Víctor García, un joven puertorriqueño que se convertiría en mucho más que un modelo. García fue su compañero de vida, su socio en los negocios y la presencia constante durante el resto de sus días, una relación que se mantuvo durante casi veinte años aunque ninguno de los dos se exigiera fidelidad: por la vida de Quaintance fueron pasando una serie de jóvenes amantes hispanos, muchos de los cuales acabaron también posando para sus cuadros.</p><p>A lo largo de los años cuarenta, Quaintance fue dejando atrás la ilustración comercial para dedicarse de lleno a la pintura. Se trasladó a Los Ángeles, empezó a desarrollar un estilo propio y un repertorio temático muy reconocible, y poco a poco fue construyendo el cuerpo de obra por el que hoy lo recordamos. No es una obra enorme en número: se calcula que pintó alrededor de cincuenta o cincuenta y cinco cuadros homoeróticos entre 1943 y su muerte. Pero cada uno de ellos es inconfundiblemente suyo.</p><figure><div style="background-image:url('https://media.paigar.eu/paigar/gq3-16.jpg')" class="lqip-wrap"><picture><source sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq3-480.avif 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq3-800.avif 800w" type="image/avif"><source sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq3-480.webp 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq3-800.webp 800w" type="image/webp"><img alt="Pintura de George Quaintance con su estética característica: figuras masculinas idealizadas de musculatura escultórica en un escenario del Oeste americano" onload="this.closest('.lqip-wrap').classList.add('loaded')" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq3-480.jpg 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq3-800.jpg 800w" height="533" loading="lazy" src="https://media.paigar.eu/paigar/gq3-800.jpg" width="800"></picture></div><figcaption>George Quaintance</figcaption></figure><p>Lo que distingue a un Quaintance del trabajo de cualquier otro es esa mezcla de músculo, brillo y teatralidad. Sus hombres son adonis depilados, de piel reluciente, posando con caballos o enfrentándose a fieras vestidos apenas con un taparrabos o unos vaqueros desteñidos. Hay aceite de bebé, hay brillo de labios, hay una puesta en escena que hoy llamaríamos sin rubor camp. Y por debajo de toda esa exuberancia hay un dibujante de verdad, alguien que sabía componer una figura, iluminarla y darle peso físico sobre el lienzo.</p><h2>El mundo sin mujeres del Rancho Siesta</h2><p>A principios de los años cincuenta, Quaintance y García se mudaron a Phoenix, Arizona, a un lugar llamado Rancho Siesta que se convirtió en la sede de Studio Quaintance, un negocio montado alrededor de su obra. Allí, rodeado del paisaje del Suroeste que tanto le gustaba pintar, levantó algo parecido a una utopía privada: un rancho con vaqueros, ayudantes, modelos y amantes, donde la vida y el arte se confundían continuamente. Vendía reproducciones de sus cuadros y pequeñas esculturas por correo, un modelo de negocio que le funcionó tan bien que en 1956 no daba abasto con la demanda.</p><p>Sus cuadros construyen un universo muy concreto y muy deliberado: un sueño masculino del que las mujeres están sencillamente ausentes. Vaqueros que se secan el sudor del torso, dioses griegos, matadores, indios, gladiadores. En 1953 pintó una serie de tres cuadros sobre un matador, con un modelo llamado Ángel Ávila, otro de sus amantes. Es un mundo de cuerpos perfectos que se exhiben los unos ante los otros, cargado de tensión erótica, pero en el que nunca pasa nada explícito. Nadie se besa. Es un paraíso de músculo y promesa, no de acto.</p><p>Visto desde hoy puede parecer hasta inocente, casi pudoroso comparado con lo que vendría después. Pero conviene recordar en qué época se pintó todo aquello. En los años cuarenta y cincuenta, la homosexualidad era perseguida con dureza en Estados Unidos, y crear este tipo de imágenes no solo era socialmente arriesgado: era directamente ilegal. Que Quaintance montara un rancho lleno de vaqueros guapos en mitad de Arizona y se ganara la vida vendiendo cuadros de hombres semidesnudos por correo tiene algo de acto de fe y de osadía que cuesta dimensionar desde la comodidad de ahora.</p><h2>La coartada del mito</h2><p>Hay un detalle en la obra de Quaintance que me parece especialmente revelador, porque explica cómo se las arreglaba un artista para pintar el deseo entre hombres sin acabar en la cárcel. La estrategia era el disfraz histórico y mitológico. Si pintas a dos hombres desnudos en una habitación, eso es pornografía y es delito. Pero si los pintas como guerreros espartanos, como dioses del Olimpo, como vaqueros del Lejano Oeste o como indígenas de "muchas tribus diferentes", entonces ya no es deseo: es Historia, es etnografía, es cultura clásica. Es respetable.</p><p>Esa distancia antropológica funcionaba como una coartada perfecta. El escenario mítico o exótico legitimaba y enmascaraba al mismo tiempo el amor por el cuerpo masculino. Era la manera de colar bajo la apariencia de lo culto y lo decoroso algo que, nombrado directamente, habría sido imposible de publicar. La ambientación no era un capricho decorativo, sino el mecanismo mismo que permitía que la obra existiera.</p><p>Hay quien lee en esa decisión algo más profundo que la mera estrategia. El propio Quaintance, que nunca encajó del todo en su familia ni en su tiempo, parecía buscar en esas mitologías y fantasías un lugar al que pertenecer, una genealogía propia para un deseo que su mundo no le permitía reconocer en voz alta. Pintar dioses y vaqueros era, quizás, una forma de inscribirse en una historia más amplia que la que su Virginia natal le ofrecía.</p><h2>Physique Pictorial y el padre del beefcake</h2><p>El momento que sella el lugar de Quaintance en la historia llegó en 1951, cuando su obra ilustró la portada del primer número de <em>Physique Pictorial</em>, la revista que editaba Bob Mizer desde su Athletic Model Guild. Aquella publicación, y la legión de cabeceras que vinieron detrás, fueron la gran trampa legal de la cultura gay americana de los cincuenta: revistas de "salud" y "desarrollo físico masculino" que, bajo la coartada del culturismo y el ideal griego, ofrecían a un público gay imágenes de hombres casi desnudos. El cuerpo atlético como tapadera, el gimnasio como armario.</p><figure><div style="background-image:url('https://media.paigar.eu/paigar/gq4-16.jpg')" class="lqip-wrap"><picture><source sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq4-480.avif 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq4-800.avif 800w" type="image/avif"><source sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq4-480.webp 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq4-800.webp 800w" type="image/webp"><img alt="Reproducción de una ilustración de George Quaintance publicada en una revista physique de los años cincuenta, con figura masculina atlética idealizada" onload="this.closest('.lqip-wrap').classList.add('loaded')" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq4-480.jpg 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq4-800.jpg 800w" height="533" loading="lazy" src="https://media.paigar.eu/paigar/gq4-800.jpg" width="800"></picture></div><figcaption>George Quaintance</figcaption></figure><p>A partir de ahí, la obra de Quaintance se reprodujo de forma destacada en buena parte de aquel ecosistema: <em>Grecian Guild Pictorial</em>, <em>Adonis</em>, <em>Demigods</em>, <em>Vim</em>, <em>Young Physique</em>. En 1954 su trabajo cruzó el Atlántico y apareció en la revista suiza <em>Der Kreis</em>, una de las primeras publicaciones abiertamente gais del mundo. Para entonces ya era una figura de referencia, alguien a quien los Archivos Nacionales de Arte Gay terminarían bautizando como "el padre fundador del arte beefcake gay".</p><p>Por las normas de la época, lo que publicaba nunca incluía desnudos frontales completos; eso quedaba reservado a los encargos privados. Esa frontera, la del último velo, es precisamente la que rompería poco después su gran heredero.</p><h2>El eslabón que faltaba antes de Tom of Finland</h2><p>Aquí es donde todo encaja. Quaintance murió de un infarto el 8 de noviembre de 1957, con cincuenta y cinco años, justo cuando su negocio funcionaba a pleno rendimiento. Fue el primero de su generación de pioneros en desaparecer: Tom of Finland y el propio Bob Mizer le sobrevivieron casi cuarenta años. Y apenas un año después de su muerte, Tom of Finland rompía la barrera del desnudo frontal masculino que Quaintance, por época y por prudencia, nunca había llegado a cruzar en público.</p><p>La línea de sucesión es directa y está reconocida. Laaksonen citó a Quaintance como una de sus grandes influencias, y no cuesta ver por qué: la masculinidad idealizada, el músculo llevado al límite de lo posible, la celebración sin complejos del cuerpo del hombre como objeto de deseo. Lo que en Quaintance era promesa contenida y coartada mitológica, en Tom of Finland se volvió explícito, urbano y desacomplejado. El vaquero del rancho de Arizona se transformó en el motero de cuero de la gran ciudad.</p><figure><div style="background-image:url('https://media.paigar.eu/paigar/gq6-16.jpg')" class="lqip-wrap"><picture><source sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq6-480.avif 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq6-800.avif 800w" type="image/avif"><source sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq6-480.webp 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq6-800.webp 800w" type="image/webp"><img alt="Reproducción de una ilustración de George Quaintance" onload="this.closest('.lqip-wrap').classList.add('loaded')" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq6-480.jpg 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq6-800.jpg 800w" height="533" loading="lazy" src="https://media.paigar.eu/paigar/gq6-800.jpg" width="800"></picture></div><figcaption>George Quaintance</figcaption></figure><p>Y si lo pongo junto a los otros dos artistas sobre los que ya he escrito, el mapa se completa de una manera que me resulta fascinante. <a href="https://www.paigar.eu/leyendecker/">Leyendecker</a> escondió su deseo a plena vista dentro de la publicidad más respetable de América, pintando a su amante como el rostro más reconocible de una marca de camisas. Quaintance lo sacó a un escenario mítico, lo disfrazó de vaquero y de dios griego, y lo vendió por correo desde un rancho. Tom of Finland, por fin, le quitó el disfraz del todo. Tres formas de pintar lo mismo en tres momentos distintos de un siglo que tardó demasiado en permitir que se nombrara.</p><p>Su obra ha tenido su reivindicación, como suele ocurrir, con décadas de retraso. La Tom of Finland Foundation conserva materiales sobre él, la editorial Taschen le ha dedicado un volumen, y sus cuadros, que apenas llegan a medio centenar y se mueven sobre todo entre coleccionistas privados, se cotizan hoy como las piezas de pionero que son. Lo descubrí tirando del hilo de otro artista, casi por casualidad, y me quedé con la sensación de haber encontrado el principio de una historia que creía conocer por el final. Si has llegado hasta Tom of Finland alguna vez, vale mucho la pena retroceder un paso y mirar de dónde venía todo aquello.</p><figure><div style="background-image:url('https://media.paigar.eu/paigar/gq5-16.jpg')" class="lqip-wrap"><picture><source sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq5-480.avif 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq5-800.avif 800w" type="image/avif"><source sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq5-480.webp 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq5-800.webp 800w" type="image/webp"><img alt="Reproducción de una ilustración de George Quaintance" onload="this.closest('.lqip-wrap').classList.add('loaded')" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 720px" srcset="https://media.paigar.eu/paigar/gq5-480.jpg 480w, https://media.paigar.eu/paigar/gq5-800.jpg 800w" height="533" loading="lazy" src="https://media.paigar.eu/paigar/gq5-800.jpg" width="800"></picture></div><figcaption>George Quaintance</figcaption></figure><hr><p><em>Las ilustraciones reproducidas en este artículo son obra de George Quaintance (1902–1957).</em></p>]]>
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      <pubDate>Fri, 31 Jul 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>La falacia del reacondicionado: sostenible hasta que muere la batería</title>
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        Compré un par de aparatos reacondicionados convencido de estar haciendo lo correcto. Dos baterías compatibles y varias reparaciones después, ya no tengo tan claro que ese mercado sea la opción verde que nos venden.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/reacondicionados-falacia-sostenibilidad-1200.jpg" alt="Un iPhone abierto sobre una mesa de taller con la batería desconectada y varias baterías de repuesto apiladas al lado"></p>
<p>Nueve y veinte de la mañana, cola de embarque, tarjeta en el móvil y un 31% de batería en la esquina de la pantalla. Treinta segundos después, negro. No un apagado, no un aviso, no ese margen de cortesía que uno espera cuando queda casi un tercio de carga: negro directamente, con el código QR dentro y una señorita muy amable esperando a que se lo enseñara. Ese teléfono era un reacondicionado comprado con la mejor de las intenciones, y llevaba puesta una batería "compatible" que a partir de aquel día se convirtió en el protagonista involuntario de este artículo.</p><h2>El discurso es impecable</h2><p>El mercado de los productos reacondicionados ha construido uno de los relatos comerciales más redondos de la última década. Compras un móvil de hace dos o tres generaciones, perfectamente capaz de hacer todo lo que necesitas, por un 40 o un 50% menos de lo que cuesta el modelo del año. Hasta ahí, pura aritmética doméstica. Pero el gancho del precio se refuerza con un segundo argumento mucho más poderoso, porque apela directamente a la conciencia: al comprar de segunda mano estás alargando la vida de un aparato, evitando la fabricación de uno nuevo y ahorrándole al planeta una cantidad concreta de kilos de CO₂ que la propia ficha de producto te muestra con un iconito verde muy satisfactorio.</p><p>Y el argumento es cierto en su planteamiento general. La mayor parte de la huella ambiental de un smartphone no está en usarlo, está en fabricarlo: en extraer litio, cobalto y tierras raras, en ensamblarlo en la otra punta del mundo y en meterlo en un avión. Todo lo que estire la vida útil de esa pieza de tecnología es objetivamente bueno. Firmo el principio sin reservas.</p><p>Lo que ya no firmo con la misma alegría es la forma en la que ese principio se ha industrializado. Porque entre "alargar la vida de un aparato" y "montar un negocio a escala que consiste en reflotar aparatos con el recambio más barato posible" hay un trecho considerable, y sospecho que buena parte del sector vive precisamente en ese trecho.</p><h2>La letra pequeña se llama "batería sustituida"</h2><p>Entra en cualquiera de las grandes plataformas, elige un móvil y baja hasta la ficha técnica. En la inmensa mayoría de los anuncios aparecerá, con toda naturalidad y hasta con cierto orgullo, la frase mágica: batería sustituida, salud de la batería 100%. Suena a garantía. Suena a que te llega un aparato con el corazón nuevo. Suena, de hecho, mejor que comprar un móvil de segunda mano a un particular, donde la batería llevará el desgaste que lleve.</p><p>El motivo por el que casi todos los productos vienen con la batería cambiada es bastante menos romántico. Para poder certificar un dispositivo dentro de estos programas, la batería tiene que superar un umbral mínimo de salud. Un móvil con tres años de uso real rara vez llega a ese umbral. Y la forma más rápida, más barata y más escalable de que lo supere no es seleccionar mejor los aparatos de entrada, sino abrirlo y meterle una celda genérica que marque 100% en el diagnóstico. El indicador se pone verde, el anuncio queda estupendo y el producto sale a la venta.</p><p>El problema no es que esa batería no sea la original de Apple, de Samsung o de quien corresponda. El problema es que no es equivalente. Es un recambio de mercado paralelo, fabricado para cumplir en el momento de la medición, no para envejecer bien. Y esa diferencia, que en la ficha de producto es invisible, en el bolsillo se nota muchísimo a partir del segundo año.</p><h2>Cuatro horas y un aviso de fábrica</h2><p>En mi caso, la degradación fue notoria y rápida. Antes de cumplir los dos años de uso, una carga completa daba para unas cuatro horas de uso real. No de reproducir vídeo en bucle con el brillo al máximo: cuatro horas de mirar el mapa, hacer un par de fotos, contestar mensajes y consultar un horario de tren. Cualquiera que haya tenido un móvil de gama alta sabe que eso no es un comportamiento normal ni siquiera en un aparato viejo con su batería original cansada.</p><p>El segundo aviso llegó viajando. En un país con temperaturas rozando los cero grados, y con el teléfono guardado en el bolsillo interior del abrigo la mayor parte del tiempo, la batería no es que se apagara: murió. Las baterías de litio sufren con el frío, eso lo sabemos todos, y también las originales bajan el rendimiento e incluso provocan apagados repentinos. La diferencia está en que las buenas se recuperan al templarse y las malas, sencillamente, no vuelven. La mía no volvió.</p><p>Aquí es donde el relato verde empieza a hacer aguas de verdad. Porque una celda de calidad pasa controles de fabricación mucho más exhaustivos, tiene un margen de seguridad térmico real y una curva de degradación previsible. Una celda genérica de tres euros no pasa esos controles porque el modelo de negocio no lo contempla: lo que se optimiza no es la vida útil del aparato, es el coste unitario del reacondicionamiento.</p><h2>La garantía como bucle, no como solución</h2><p>En los dos casos que he vivido en primera persona, la historia siguió el mismo guion. La batería falló dentro del periodo de garantía, la plataforma respondió razonablemente bien y la sustituyó. Perfecto sobre el papel. Salvo por un detalle: la sustituyeron por otra batería exactamente igual de mediocre, que volvió a dar problemas una vez terminada la cobertura, momento en el cual el asunto ya es cosa mía y de mi cartera.</p><p>Y ahora hagamos el ejercicio que nunca aparece en el iconito verde de la ficha de producto. Ese teléfono "sostenible" ha consumido, en menos de tres años, tres baterías en lugar de una. Ha generado dos embalajes de envío, cuatro trayectos de mensajería entre mi casa y un taller que puede estar en otro país, dos intervenciones de un técnico y dos residuos de litio que hay que gestionar como lo que son: residuo peligroso. Sumemos el adhesivo, la pantalla que se resiente cada vez que se abre el aparato y la probabilidad, nada despreciable, de que a la tercera avería el usuario tire la toalla y se compre un móvil nuevo, que es justo lo que se suponía que estábamos evitando.</p><p>Nadie mete eso en la calculadora de emisiones. La cifra que te enseñan compara la compra de un reacondicionado con la compra de un modelo nuevo el día de la transacción y ahí se acaba la contabilidad. Es una foto fija de un proceso que dura años, y las fotos fijas siempre salen favorecidas.</p><h2>¿Es esto una generalización peligrosa?</h2><p>Probablemente un poco sí, y prefiero decirlo yo antes de que me lo digan en los comentarios. Dos aparatos no son una muestra estadística, conozco gente encantada con sus compras reacondicionadas y no dudo de que existan vendedores que hacen las cosas bien, que documentan qué componentes montan y que dan garantías de tres años porque pueden permitírselo.</p><p>Pero mi cabreo no va contra el concepto, va contra la publicidad. Cuando una industria entera se apoya en el argumento medioambiental para vender, ese argumento deja de ser un valor añadido y pasa a ser una afirmación que debería poder verificarse. Y ahora mismo no se puede: el comprador no sabe qué batería lleva dentro el aparato, ni quién la fabricó, ni cuántos ciclos aguanta, ni qué diferencia real hay entre un vendedor serio y uno que solo optimiza el margen. Todo se resume en una etiqueta de grado estético, una A o una B que habla de arañazos en la carcasa y no dice absolutamente nada de lo único que va a determinar cuánto dura el aparato.</p><p>Algo se está moviendo, todo hay que decirlo. La normativa europea de baterías y la etiqueta energética que desde hace poco acompaña a los móviles en las tiendas empujan en la dirección correcta, obligando a informar de la durabilidad, la resistencia a caídas y la facilidad de reparación. Falta que ese mismo nivel de transparencia llegue al mercado de segunda mano profesional, que es donde ahora mismo hay más marketing que información.</p><h2>Lo que sí compraría, y cómo</h2><p>Después de esta experiencia no he renunciado al reacondicionado, he cambiado el criterio. Todo lo que no lleva una pieza de desgaste crítica me sigue pareciendo una compra excelente: monitores, ordenadores de sobremesa, objetivos fotográficos, altavoces, portátiles cuya batería puedo cambiar yo mismo el día que toque. Ahí el ahorro es real, el riesgo es bajo y el argumento verde se sostiene sin trampa.</p><p>Con los móviles me he vuelto mucho más incómodo como cliente. Pregunto qué batería montan y si es original, de fabricante certificado o genérica. Miro cuánta garantía dan, porque un vendedor que ofrece un año sabe perfectamente lo que está vendiendo y otro que ofrece tres también. Y valoro seriamente la opción menos glamurosa de todas, que es comprar el teléfono a un particular con su batería original cansada y llevarlo a un taller de confianza a que le pongan un recambio bueno, pagando por él lo que cuesta un recambio bueno.</p><p>Porque al final la conclusión es de una obviedad casi ofensiva: sostenible no es lo que se anuncia como sostenible, sostenible es lo que dura. El aparato más ecológico del mundo sigue siendo el que ya tienes en el bolsillo y no necesitas sustituir, y el segundo más ecológico es el que te va a aguantar otros cinco años sin volver al taller. Un móvil barato que necesita tres baterías para llegar a los tres años no es economía circular. Es la misma economía de siempre, girando un poco más deprisa y con el envoltorio pintado de verde.</p>]]>
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      <pubDate>Thu, 30 Jul 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>Cómo construir un contador de palabras con estadísticas en JavaScript</title>
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        Contar palabras parece trivial hasta que aparecen los casos límite: espacios múltiples, saltos de línea, párrafos vacíos. Aquí está la implementación mínima que los maneja todos.
      </description>
      <content:encoded>
        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/contador-palabras-1200.jpg" alt="Contador de palabras online mostrando estadísticas de palabras, caracteres y tiempo de lectura"></p>
<p>Contar palabras en JavaScript parece una tarea de una línea. Y casi lo es —pero los detalles marcan la diferencia entre un contador que falla con espacios dobles o tabulaciones y uno que funciona con cualquier texto real.</p><h2>Contar palabras con una expresión regular</h2><p>La forma robusta es buscar secuencias de caracteres no-espacio, no dividir por espacios:</p><pre><code class="language-javascript hljs"><span class="hljs-keyword">function</span> <span class="hljs-title function_">contarPalabras</span>(<span class="hljs-params">texto</span>) {
  <span class="hljs-keyword">var</span> m = texto.<span class="hljs-title function_">match</span>(<span class="hljs-regexp">/\S+/g</span>);
  <span class="hljs-keyword">return</span> m ? m.<span class="hljs-property">length</span> : <span class="hljs-number">0</span>;
}
</code></pre><p><code>\S+</code> captura cualquier secuencia de caracteres que no sean espacio en blanco —incluyendo tabulaciones, saltos de línea y espacios múltiples entre palabras quedan automáticamente excluidos. Si el texto está vacío, <code>match()</code> devuelve <code>null</code>, de ahí el operador ternario.</p><h2>Caracteres con y sin espacios</h2><pre><code class="language-javascript hljs"><span class="hljs-keyword">var</span> conEspacios = texto.<span class="hljs-property">length</span>;
<span class="hljs-keyword">var</span> sinEspacios = texto.<span class="hljs-title function_">replace</span>(<span class="hljs-regexp">/\s/g</span>, <span class="hljs-string">''</span>).<span class="hljs-property">length</span>;
</code></pre><p><code>\s</code> incluye espacios, tabulaciones, saltos de línea y retornos de carro. <code>String.length</code> en JavaScript devuelve el número de unidades de código UTF-16, no de puntos de código Unicode —los emoji y algunos caracteres CJK cuentan como 2. Para un contador de texto normal es comportamiento aceptable; para procesamiento lingüístico preciso habría que usar el operador spread (<code>[...texto].length</code>).</p><h2>Contar párrafos</h2><p>La definición más útil de párrafo para un escritor es: bloque de texto separado de otros por una o más líneas en blanco. Un simple split no funciona porque genera entradas vacías cuando hay múltiples saltos:</p><pre><code class="language-javascript hljs"><span class="hljs-keyword">function</span> <span class="hljs-title function_">contarParrafos</span>(<span class="hljs-params">texto</span>) {
  <span class="hljs-keyword">var</span> lineas    = texto.<span class="hljs-title function_">split</span>(<span class="hljs-regexp">/\n/</span>);
  <span class="hljs-keyword">var</span> parrafos  = <span class="hljs-number">0</span>;
  <span class="hljs-keyword">var</span> enParrafo = <span class="hljs-literal">false</span>;

  <span class="hljs-keyword">for</span> (<span class="hljs-keyword">var</span> i = <span class="hljs-number">0</span>; i &lt; lineas.<span class="hljs-property">length</span>; i++) {
    <span class="hljs-keyword">if</span> (lineas[i].<span class="hljs-title function_">trim</span>().<span class="hljs-property">length</span> &gt; <span class="hljs-number">0</span>) {
      <span class="hljs-keyword">if</span> (!enParrafo) { parrafos++; enParrafo = <span class="hljs-literal">true</span>; }
    } <span class="hljs-keyword">else</span> {
      enParrafo = <span class="hljs-literal">false</span>;
    }
  }
  <span class="hljs-keyword">return</span> parrafos;
}
</code></pre><p>La máquina de estados es la solución más clara: entramos en un párrafo al encontrar la primera línea no vacía y salimos al encontrar una línea vacía. Tres líneas en blanco consecutivas siguen contando como un único separador.</p><h2>Tiempo de lectura</h2><p>La velocidad media de lectura en español está entre 180 y 220 palabras por minuto para texto informativo. Con 200 wpm:</p><pre><code class="language-javascript hljs"><span class="hljs-keyword">function</span> <span class="hljs-title function_">tiempoLectura</span>(<span class="hljs-params">palabras</span>) {
  <span class="hljs-keyword">if</span> (palabras === <span class="hljs-number">0</span>) <span class="hljs-keyword">return</span> <span class="hljs-string">'—'</span>;
  <span class="hljs-keyword">var</span> minutos = palabras / <span class="hljs-number">200</span>;
  <span class="hljs-keyword">if</span> (minutos &lt; <span class="hljs-number">0.5</span>) <span class="hljs-keyword">return</span> <span class="hljs-string">'&lt; 1 min'</span>;
  <span class="hljs-keyword">return</span> <span class="hljs-title class_">Math</span>.<span class="hljs-title function_">round</span>(minutos) + <span class="hljs-string">' min'</span>;
}
</code></pre><p>El umbral de <code>&lt; 0.5</code> evita mostrar «0 min» para textos muy cortos. Los estudios de Nielsen Norman Group sobre lectura en pantalla sugieren valores algo menores —alrededor de 200–250 wpm para texto digital—, pero la diferencia práctica entre 200 y 250 wpm en la estimación final es de menos de un minuto por cada mil palabras.</p><h2>Actualizar en tiempo real</h2><p>El evento <code>input</code> dispara en cada pulsación de tecla, pegado de texto y cualquier cambio en el valor del campo:</p><pre><code class="language-javascript hljs">textarea.<span class="hljs-title function_">addEventListener</span>(<span class="hljs-string">'input'</span>, <span class="hljs-keyword">function</span> (<span class="hljs-params"></span>) {
  <span class="hljs-keyword">var</span> texto = textarea.<span class="hljs-property">value</span>;
  <span class="hljs-title function_">mostrarPalabras</span>(<span class="hljs-title function_">contarPalabras</span>(texto));
  <span class="hljs-title function_">mostrarChars</span>(texto.<span class="hljs-property">length</span>);
  <span class="hljs-title function_">mostrarCharsNs</span>(texto.<span class="hljs-title function_">replace</span>(<span class="hljs-regexp">/\s/g</span>, <span class="hljs-string">''</span>).<span class="hljs-property">length</span>);
  <span class="hljs-title function_">mostrarParrafos</span>(<span class="hljs-title function_">contarParrafos</span>(texto));
  <span class="hljs-title function_">mostrarLectura</span>(<span class="hljs-title function_">tiempoLectura</span>(<span class="hljs-title function_">contarPalabras</span>(texto)));
});
</code></pre><p>No hace falta debounce: las operaciones son O(n) sobre el texto y en cualquier texto de tamaño razonable —incluso un libro completo— terminan en menos de un milisegundo.</p><p>A continuación puedes probar la herramienta completa.</p>]]>
      </content:encoded>
      <pubDate>Wed, 29 Jul 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>Lo que no cabe en un expediente</title>
      <link>https://www.paigar.eu/presentacion-el-tercer-paciente/</link>
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        Empecé la sección de relatos con mucho pudor y cierta vergüenza de publicar ciencia ficción sin ser escritor. Pero me apetece continuar. El último se llama 'El tercer paciente'. Va de un androide cuidador, un actor que miente por encargo, un ascensor que no llega a ningún sitio y veinticuatro días que no estaban en el guion de nadie.
      </description>
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/presentacion-el-tercer-paciente-1200.jpg" alt="Pequeña grulla de papiroflexia hecha con papel plateado de envoltura, sobre superficie oscura, luz cálida y difusa, fotografía macro de atmósfera íntima y melancólica."></p>
<h2>Una colección que no tenía previsto escribir</h2><p>Todo empezó con Izan Goikoetxea, protagonista de <em><a href="https://www.paigar.eu/relatos/el-hombre-que-movia-montanas/">El hombre que movía montañas</a></em>, el primer relato que escribí de esta serie sin saber que iba a ser una serie. Un hombre de Bilbao que cada mañana se despierta recordando el día que todavía no ha vivido, y que usa esa capacidad de la única manera que parece razonable: haciendo que las cosas sean un poco mejores a su alrededor, en silencio, sin que nadie llegue a ver del todo lo que mueve. Desde entonces han llegado <em><a href="https://www.paigar.eu/relatos/lo-que-guardamos/">Lo que guardamos</a></em>, con Luke y su esfera negra del Arenal; <em><a href="https://www.paigar.eu/relatos/como-has-dicho/">¿Cómo has dicho que te llamabas?</a></em>, con Lucas Fernández y su invisibilidad calculada; <em><a href="https://www.paigar.eu/relatos/la-sala-de-espera/">La sala de espera</a></em>, con dos androides obsoletos esperando turno; y varios personajes más que comparten el rasgo de existir en mundos donde la tecnología ha resuelto muchas cosas pero ninguna de las importantes.</p><p>No son relatos de ciencia ficción en el sentido más clásico. Son más bien relatos contemporáneos con algún elemento desplazado: un objeto sin explicación, una ley que no existía, una tecnología que cambia el tablero pero no los jugadores. Lo que me interesa no es el futuro sino lo que el futuro revela sobre ahora mismo.</p><p>El nuevo se llama <em><a href="https://www.paigar.eu/relatos/el-tercer-paciente/">El tercer paciente</a></em>.</p><h2>La premisa</h2><p>M@R.IO es un androide de perfil asistencial que lleva seis años cuidando personas mayores. Dos de sus pacientes han muerto mientras estaba a su cargo. Los partes oficiales recogen lo que los partes oficiales recogen, pero el Departamento de Supervisión de Sistemas Asistenciales tiene preguntas. El tipo de preguntas que no esperan una respuesta incómoda, pero que a veces la obtienen.</p><p>Para la evaluación contratan a Rubén, actor de carrera discreta y criterio sólido para no hacer demasiadas preguntas cuando el encargo paga bien. Le dicen que será cosa de unas pocas horas. Lo que no le dicen es que la inteligencia artificial que gestiona el proceso tiene sus propios tiempos, y que lo que iban a ser unas horas se convierte en días y luego en semanas.</p><p>Dos personas —una humana, una no— encerradas en seis metros cuadrados sin cobertura de datos. El resto es conversación. Y la pregunta que el relato deja flotando sin llegar a responder del todo: ¿qué dice de nosotros que un sistema no humano pueda cuidar mejor que muchos humanos?</p><h2>Una advertencia antes de leer</h2><p>El relato no termina bien, en el sentido de que nadie sale ileso. Pero tampoco termina mal, en el sentido de que algo permanece. Esa zona intermedia es la que me interesa: la que queda fuera de los expedientes, la que no tiene fórmula técnica disponible, la que alguien guarda en el bolsillo sin saber muy bien por qué.</p><p>Si habéis leído los relatos anteriores de esta serie encontraréis el mismo universo: una burocracia que clasifica con precisión lo que puede medir y archiva sin seguimiento lo que no. Si es la primera vez que os asomáis, <em><a href="https://www.paigar.eu/relatos/el-tercer-paciente/">El tercer paciente</a></em> funciona solo sin necesitar contexto previo.</p>]]>
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      <pubDate>Tue, 28 Jul 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
      <meta property="og:image" content="https://www.paigar.eu/presentacion-el-tercer-paciente.png"/>
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      <title>¿Es más fácil llegar a Nueva York que a Elantxobe?</title>
      <link>https://www.paigar.eu/elantxobe/</link>
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        Una frase soltada entre risas durante una comida, un desafío a Google Maps y una paradoja que resultó ser rigurosamente cierta. Sobre cómo hemos conectado el mundo entero a golpe de vuelo directo mientras dejábamos lo de al lado exactamente donde estaba.
      </description>
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/elantxobe-vs-nyc-1200.jpg" alt="Collage fotográfico realista dividido en dos: a la izquierda un avión despegando al atardecer, a la derecha un autobús rural parado en una carretera de curvas junto al mar Cantábrico"></p>
<p>—Es más fácil llegar a Nueva York que a Elantxobe.</p><p>Lo dijo Cristina, entre el segundo plato y el café, con esa seguridad de quien suelta una provocación sabiendo perfectamente que la va a tener que defender. Y nos reímos, claro. Cómo no reírse. Elantxobe es ese pueblo de postal encaramado a un acantilado, en la costa de Bizkaia, a un tiro de piedra de casa. Nueva York está a un océano entero de distancia, con su frontera, su control de pasaportes y sus cinco mil kilómetros largos de agua salada en medio. La comparación era, sobre el papel, un disparate. Uno de esos disparates que se dicen para animar la sobremesa.</p><h2>El desafío de sobremesa</h2><p>Pero alguien, en lugar de dejarlo pasar, hizo la pregunta fatídica: "¿a que lo comprobamos?". Y ahí ya no hubo vuelta atrás. Cinco minutos después éramos cuatro adultos hechos y derechos con el móvil en la mano, discutiendo horarios de autobús como si nos fuera la vida en ello, decididos a demostrar que aquella frase era una tontería.</p><p><strong>Spoiler: no lo era.</strong></p><p>La trampa —o mejor dicho, la clave— estaba en una condición que pusimos casi sin darnos cuenta: nada de coche privado. Solo transporte público. En el momento en que aceptas esa única regla, el mundo entero se reordena de una forma bastante contraintuitiva, y un acantilado a cincuenta kilómetros empieza a quedar, en la práctica, más lejos que un rascacielos al otro lado del Atlántico.</p><p>Vamos por partes, que la cosa tiene su gracia.</p><h2>Nueva York: un billete y a volar</h2><p>Para llegar a Nueva York, hoy, desde Bilbao, hay que hacer básicamente una cosa: presentarse en el aeropuerto y subirse a un avión. Desde mayo de 2025, United opera un vuelo directo entre Bilbao y Nueva York, sin escalas, varias veces por semana, en poco más de ocho horas y media. Que sí, que son muchas horas metido en un tubo a diez mil metros. Que sí, que hay que cruzar una frontera y rellenar el formulario de rigor. Pero, operativamente, es de una simplicidad pasmosa: un billete, una puerta de embarque, un único medio de transporte que te recoge en La Paloma y te suelta en Newark. Cero trasbordos. Cero combinaciones. Cero "a ver si llego a tiempo al siguiente".</p><h2>Elantxobe: siete autobuses y mucha paciencia</h2><p>Ahora, Elantxobe. Sin coche, desde Bilbao, la única opción realista es el autobús: una línea de Bizkaibus que serpentea hasta allí con siete llegadas al día entre semana. Siete. Aproximadamente una cada dos horas, como quien reparte el pan en un pueblo pequeño. Y el trayecto, solo en autobús y con todo yendo perfecto, ronda ya la hora y media, porque el bus no va directo a ningún sitio: va parando religiosamente en cada núcleo que se encuentra por el camino. Si además tu horario no encaja con el suyo —y rara vez encaja—, si tienes que combinar con otra línea o esperar plantado en una marquesina a la siguiente salida, la cuenta se dispara. Google Maps, sin despeinarse, te planta ahí más de dos horas para recorrer unos escasos cincuenta kilómetros que en coche se hacen en tres cuartos de hora largos.</p><p>Así que ahí lo teníamos, negro sobre blanco en la pantalla del móvil: un pueblo pesquero de nuestra propia provincia perdiendo por goleada, en facilidad de acceso, frente a una de las mayores ciudades del planeta situada a cinco mil seiscientos kilómetros. La frase era rigurosamente cierta. Hubo que rendirse a la evidencia y pedir otro café.</p><h2>¿Culpa del autobús? No exactamente</h2><p>La primera reacción, una vez digerida la sorpresa, fue la típica: indignarse un poco con el transporte público. "Esto es un despropósito", "así no hay quien mueva a la gente sin coche", y demás lamentos de sobremesa. Y hay una parte de razón en ello, no lo voy a negar. Pero con el café ya mediado, la cosa se veía con algo más de matiz. Porque dentro del Gran Bilbao el transporte público es, honestamente, una maravilla: Metro, Cercanías, tranvía, Bilbobus, todo entrelazado, con frecuencias altas y conexiones que funcionan. El problema no es Bilbao. El problema aparece justo cuando sales de esa mancha urbana hacia la costa o el interior, donde la población se dispersa, la demanda cae en picado y las líneas de autobús se ven obligadas a hacer de todo para todos: parar en cada caserío, cada cruce, cada pueblo, sin poder permitirse el lujo de ir directas a ninguna parte.</p><p>Y ahí está, en realidad, la explicación menos cabreada y más interesante. La comparación con Nueva York es tramposa por naturaleza, porque un vuelo transatlántico y un autobús rural no juegan en la misma liga ni por asomo. El vuelo es la optimización llevada al extremo del transporte punto a punto: dos aeropuertos grandes, mucha demanda, una ruta rentable, cero paradas intermedias. Todo el sistema conspira para que sea rápido y directo. El autobús rural es exactamente lo contrario: existe precisamente para no dejar a nadie tirado, para llegar hasta el último núcleo habitado por poca gente que sea, y esa nobleza de propósito es justo lo que lo hace lento. No es un fallo del sistema. Es el sistema haciendo, cada uno, aquello para lo que fue pensado.</p><h2>Treinta años después, todo cambió menos el autobús</h2><p>Pero hay algo que me sigue rondando, más allá de la anécdota, y que me parece la verdadera enjundia del asunto. Retrocedamos treinta años. Ir a Nueva York, en los noventa, era una auténtica expedición. Un vuelo carísimo, casi siempre con escala, un acontecimiento del que se hablaba en la familia durante meses, se sacaban fotos del billete y se volvía contándolo como quien ha estado en la Luna. Elantxobe, en cambio, era exactamente lo que es hoy: un pueblo bonito de la costa al que se iba en el autobús de siempre. Ahora avancemos hasta el presente. Nueva York se ha vuelto casi rutina: vuelo directo, unas horas, y estás allí. Y Elantxobe... sigue exactamente igual. El mismo autobús, más o menos los mismos siete horarios, la misma hora y media de curvas.</p><p>Es decir: <strong>hemos dedicado tres décadas enteras a pulir, abaratar y simplificar la conexión con el otro extremo del planeta, y prácticamente ni un minuto a mejorar la conexión con lo que tenemos a media hora en coche</strong>. Una ciudad que era un sueño lejano se ha acercado muchísimo, mientras que un pueblo que ya estaba cerca no se ha movido ni un centímetro. Es una inversión de prioridades de lo más curiosa, y casi nadie repara en ella porque, sencillamente, la damos por hecha.</p><h2>Todo se ha acercado, menos lo de al lado</h2><p>Y esa, creo, es la moraleja que se me quedó pegada al salir del restaurante. Nos hemos acostumbrado a que el mundo esté cada vez más conectado —vuelos más baratos, más rutas, más destinos, ciudades enteras que antes eran inalcanzables y ahora caben en la pantalla de un móvil— y lo hemos normalizado hasta el punto de no sorprendernos ya por nada. Todo se ha ido acercando. Todo, menos lo de al lado. Lo de al lado sigue justo donde estaba, con sus siete autobuses al día y su hora y media de trayecto, esperando pacientemente a que algún día nos acordemos de que también existe.</p><p>Al final, como era de esperar, no fuimos a ningún sitio esa tarde. Ni a Elantxobe ni a Nueva York. Nos quedamos en la mesa, terminando el café y dándole vueltas a la paradoja que Cristina había dejado caer como quien no quiere la cosa. Pero tengo la sospecha, bastante fundada, de que el día que de verdad decidamos ir a uno de los dos, el vuelo lo tendremos reservado bastante antes que el billete de autobús.</p>]]>
      </content:encoded>
      <pubDate>Mon, 27 Jul 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>Buscando a Tom en Bilbao (IV): Puertas adentro</title>
      <link>https://www.paigar.eu/galeria-homoerotica-bilbao-iv/</link>
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        Serie de ilustraciones a carboncillo sobre atmósfera ámbar que persigue el deseo masculino con Bilbao como escenario. Cuarta entrega: cruzar el umbral, los espacios donde los gestos no tienen testigos y los cuerpos no necesitan excusa.
      </description>
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/galeria-homoerotica-bilbao-3-1200.jpg" alt="Ilustración a carboncillo de dos hombres en los muelles del Nervión, trazo sucio sobre papel sepia"></p>
<p>Toda historia de amor necesita un interior. Un espacio donde los gestos no tienen testigos y los cuerpos no necesitan excusa.</p><p>Esta galería cruza ese umbral. Empieza en la oficina o el trabajo —esos espacios de transición entre lo público y lo íntimo— y avanza hacia dentro: la cocina donde se cocina a cuatro manos, el patio donde se tiende la ropa junta, la habitación donde la cama deshecha cuenta lo que pasó antes del amanecer.</p><p>Hay en estas imágenes una intimidad que no es solo física. Un hombre que le anuda la corbata a otro. Dos delantales manchados de salsa. La reducida intimidad de un tren nocturno. Una pizza en el sofá con la tele encendida y los pies entrelazados.</p><p>Bilbao aquí se ve por las ventanas: los tejados del Casco Viejo al amanecer, la catedral recortada contra un cielo de grafito. Pero lo importante pasa dentro. Puertas adentro es donde el deseo se convierte en costumbre, y la costumbre en hogar.</p><hr><p><em>Cuarta de ocho galerías. 28 ilustraciones originales. Técnica mixta digital: carboncillo y grafito sobre atmósfera bilbaína.</em></p>]]>
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      <pubDate>Sun, 26 Jul 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
      <meta property="og:image" content="https://www.paigar.eu/galeria-homoerotica-bilbao-3.jpg"/>
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    <item>
      <title>Diferente, la película que la censura franquista no supo leer</title>
      <link>https://www.paigar.eu/diferente-pelicula-1961/</link>
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        Cómo Alfredo Alaria convirtió un espectáculo de cabaret en la primera película española con un protagonista abiertamente homosexual, sin que la censura franquista se enterara.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/diferente-header-1200.jpg" alt="Fachada de un cine europeo de los años sesenta iluminada de noche, con marquesina encendida y calle vacía reflejando las luces"></p>
<p>Cuando escribí sobre <a href="https://www.paigar.eu/alfredo-alaria-bailarin-diferente/">Alfredo Alaria</a>, dejé la película Diferente casi de refilón: la mencioné lo justo para explicar por qué el bailarín acabó expulsado de España. Pero cuanto más he seguido leyendo sobre ella, más me ha ido pareciendo que la propia película merece un artículo aparte, casi al margen de quién la protagonizara. Diferente es, probablemente, la primera película española con un protagonista abiertamente homosexual, y la manera en que se hizo -y en que nadie pareció darse cuenta de lo que tenía delante- merece que nos detengamos en ella con calma.</p><h2>Un espectáculo de cabaret convertido en guion</h2><p>Diferente nació como un espectáculo de cabaret. Alaria llevaba tiempo representando en los teatros un montaje llamado De las Vegas a España, y en algún momento de 1961 decidió llevarlo al cine casi tal cual: mismos números musicales, mismo vestuario, misma estructura de revista. El título provisional del guion era Ellos son diferentes, y no fue hasta el doce de diciembre de ese año cuando se decidió el título definitivo, más corto y, sin saberlo entonces nadie fuera del círculo de Alaria, mucho más elocuente.</p><p>En los créditos oficiales aparece como director el técnico Luis María Delgado, encargado sobre todo de resolver en imágenes los números musicales. Pero el propio Alaria escribió el argumento, diseñó el vestuario y firmó las coreografías, y quienes han comparado la película con el resto de la filmografía de Delgado coinciden en que la mano que realmente construyó Diferente fue la del bailarín. Los créditos finales, de hecho, lo dejan por escrito: la cinta se cierra con la frase "un film de Alfredo Alaria", algo poco habitual para quien en teoría solo era el protagonista.</p><h2>Una biblioteca, un martillo neumático y una bragueta</h2><p>Lo que hace de Diferente un caso tan particular no está tanto en el diálogo -bastante convencional, incluso ingenuo- como en lo que se cuela por las esquinas del plano. Ya en los títulos de crédito, la cámara recorre la biblioteca del protagonista, y entre los lomos de los libros aparecen Federico García Lorca, Sigmund Freud, Oscar Wilde y Marcel Proust: un fusilado por la República y por su condición sexual, un psicoanalista que había escrito sobre el deseo, un escritor encarcelado en Inglaterra por amar a otro hombre, y un novelista que dedicó media vida a describir, sin nombrarlo del todo, el mismo deseo que Alaria estaba a punto de poner en pantalla. Para cualquiera con un mínimo de cultura de la época, esa estantería ya lo decía casi todo.</p><p>Más adelante hay un plano en travelling que sigue la bragueta del protagonista mientras camina, y la que se ha señalado como la escena más recordada de la película: un obrero maneja un martillo neumático en un edificio en obras, y la cámara se acerca poco a poco al rostro de Alfredo, que lo observa con un deseo que ningún diálogo llega a explicar ni le hace falta. Rodada en un Eastmancolor de colores muy vivos, con una estética camp que se nota especialmente en los números musicales, Diferente utilizó movimientos de cámara y un montaje que no tenían demasiados precedentes en el cine español de la época.</p><h2>Estrenada sin permiso, vista sin darse cuenta</h2><p>Diferente se rodó sin el permiso oficial de rodaje ni de distribución que exigía el régimen, lo cual explica en parte por qué su estreno, en 1962, no fue en Madrid ni en ninguna gran capital, sino en un cine pequeño de Tarragona, desde donde empezó a circular casi al margen del control habitual. Y, sin embargo, cuando por fin pasó ante la junta censora, no le pidieron un solo corte.</p><p>La explicación probablemente sea bastante sencilla: casi nadie se dio cuenta de lo que estaba viendo. La coartada del espectáculo, los números musicales, la excentricidad atribuida al protagonista como simple rasgo de carácter artístico, todo eso funcionó como cortina de humo perfecta delante de una censura entrenada para detectar diálogos explícitos, no para leer bibliotecas o miradas de reojo. La única excepción documentada es un crítico del diario Ya, que sí la entendió y la describió, con desprecio, como una película sobre la desviación amorosa contra natura. El resto de la prensa la trató como lo que aparentaba ser: un musical extravagante más.</p><h2>Un reestreno que llegó quince años tarde</h2><p>Diferente tuvo una segunda vida en 1977, cuando se volvió a estrenar ya en democracia y, por primera vez, se pudo promocionar abiertamente por su temática homosexual. Es una fecha curiosa: el mismo año en que empezaba a circular por los quioscos españoles la revista Party, la primera publicación dirigida sin disimulos al público gay. Durante quince años, la película más audaz del cine español en ese terreno había circulado casi en secreto, conocida solo por quien supiera dónde buscarla; de repente, en cuestión de meses, empezó a convivir con una prensa que ya no necesitaba camuflarse detrás de un musical.</p><h2>El robo que nunca existió</h2><p>Hay un detalle final que me parece el mejor cierre posible para esta historia, aunque no tenga que ver directamente con la censura. Años después, ya deteriorado, Alaria le contó al escritor Francisco Umbral, que se lo encontró deambulando por el Barrio Chino de Barcelona, que él había inventado West Side Story y que Hollywood se lo había robado. La realidad parece haber sido justo la contraria: quienes han analizado Diferente coinciden en que su principal fuente de inspiración fue precisamente ese musical, que por entonces ya arrasaba en los escenarios internacionales. Alaria no inventó West Side Story. Pero sí consiguió, con los medios de una España censurada y sin presupuesto de Hollywood, algo que ningún musical americano de la época se atrevió a hacer: contar en pantalla, sin decirlo con todas las letras, lo que de verdad estaba contando.</p>]]>
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      <pubDate>Sat, 25 Jul 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>Olé Olé en el parque de Etxebarria: los diez minutos que tardé treinta y cinco años en contar</title>
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        Hacia la primavera de 1990, con dieciséis años, fui solo a un concierto gratuito de Olé Olé en el parque de Etxebarria. Fue una tarde apoteósica. Menos diez minutos que llevo cargando desde entonces, y que solo ahora sé poner donde debían haber estado siempre.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/ole-ole-etxebarria-1990-1200.jpg" alt="Un chaval solo, de espaldas, entre una multitud apretada en un concierto al aire libre en un parque en ladera, con la chimenea de ladrillo de Etxebarria al fondo, bajo la luz dorada de una tarde de primavera de 1990."></p>
<p>Recuerdo un concierto de Olé Olé en el parque de Etxebarria. He intentado ubicar la fecha exacta y no lo he conseguido, así que toca reconstruirla a base de «creo»: creo que yo estaba en el instituto, creo que Gorordo era alcalde —porque era muy de montar esos saraos—, y creo que el parque estaba recién inaugurado, porque lo recuerdo nuevo, con el escenario plantado en el centro y la vieja chimenea de la fundición vigilándolo todo desde atrás. Sumando todos esos «creo», el resultado me da la primavera de 1990, y yo con dieciséis o diecisiete años.</p><p>Lo que no se me ha borrado ni un ápice es la tarde en sí, que para un chaval de dieciséis años no era un concierto: era el acontecimiento del año.</p><h2>Fui solo porque no quería perdérmelo</h2><p>Por algún motivo que hoy ya no recuerdo, no encontré a nadie de mi cuadrilla que quisiera venir. A esa edad ir solo a algún sitio tenía su punto de exposición, de sentirte un poco raro, pero la alternativa era quedarme en casa y perderme el acontecimiento, y eso sí que no lo soportaba. Así que cogí y me fui solo, tragándome esa pequeña vergüenza adolescente de aparecer sin nadie al lado.</p><p>Y allí, empujado por la marea de gente hacia la parte de delante, se me olvidó por completo que había venido solo. El parque era un hervidero. Miles de personas apretadas hombro con hombro en aquella ladera, la chimenea recortada contra el cielo, y la sensación de estar exactamente donde había que estar aquella tarde. Estaba eufórico antes incluso de que empezara a sonar la música.</p><h2>Apoteósico</h2><p>Y cuando empezó, fue apoteósico. No encuentro otra palabra. Increíble. De esos momentos en que el cuerpo entero se rinde a la música y a la multitud y dejas de ser un chaval tímido que ha venido solo para convertirte en una gota más de una masa que canta a la vez. Estábamos literalmente pegados unos a otros, sin un centímetro de separación, y esa cercanía formaba parte de la fiesta: todos empujando en la misma dirección, todos coreando lo mismo.</p><p>Fue genial de principio a fin. Guardo esa tarde como uno de esos recuerdos que uno saca de vez en cuando y le hacen sonreír. Menos por diez minutos.</p><h2>Aquellos diez minutos</h2><p>En un momento dado, un hombre se colocó justo delante de mí. Nada llamativo: de espaldas, en camiseta y pantalón, uno más de los cientos que teníamos pegados por todos lados. Yo seguía a lo mío, disfrutando, hasta que noté algo extraño a la altura de la bragueta. Me aparté un poco entre el gentío y no vi nada. Un tipo de espaldas, la gente apretando. Pensé que era una paranoia mía y volví a la música.</p><p>Otra vez. Esta vez me aparté un poco más y entendí lo que estaba pasando. El hombre tenía una mano escondida dentro de su propio pantalón, con la palma girada hacia atrás, hacia mí. Esa mano oculta era lo que me había agarrado la entrepierna dos veces, aprovechando que íbamos todos tan pegados que resultaba imposible saber qué rozaba con qué.</p><p>Me quedé de piedra. Hoy sé que debería haberle plantado cara, haber montado un escándalo, haberlo señalado. Pero tenía dieciséis años, estaba solo, y lo único que sentí fue vergüenza. No supe hacer otra cosa que cruzar las manos por delante de la bragueta como un escudo. Así, en los intentos siguientes ya no encontró nada que agarrar, y tras probar un par de veces más se deshizo entre el público y desapareció.</p><h2>La vergüenza en el sitio equivocado</h2><p>Seguí en el concierto. Por fuera volví a cantar, a saltar, a disfrutar de la tarde. Pero en una esquina de mi cabeza se había encendido algo que ya no se apagó, y no era rabia hacia aquel hombre. Era vergüenza hacia mí mismo. Y encima, un torbellino de preguntas absurdas: ¿por qué a mí? ¿Había sabido de alguna manera que yo era gay, cuando ni siquiera me lo había confesado a mí mismo todavía? ¿Era algo que se me notaba por fuera? ¿O simplemente había olido al más joven, al que estaba solo, al presa fácil?</p><p>Ahí está el veneno de todo esto, y por eso lo escribo treinta y cinco años después. Un adulto había abusado de un crío, y el crío salió de allí cargando con la culpa del adulto. Le dio la vuelta entera a lo ocurrido hasta convertir la agresión de otro en una sospecha sobre sí mismo. No tenía el lenguaje para nombrarlo, no tenía referentes, no tenía a nadie al lado a quien contárselo, y en ese vacío la mente de un adolescente hace lo que puede: se lo queda, se lo traga y se lo reprocha.</p><h2>Lo que hoy le diría a aquel chaval</h2><p>Han pasado treinta y cinco años y, lógicamente, mi reacción sería otra muy distinta. No solo si volviera a ser yo la víctima, sino, sobre todo, si en cualquier sitio viera a un pervertido haciéndole eso a un menor. No me quedaría de piedra. No cruzaría las manos en silencio. Ya no.</p><p>Pero lo que de verdad me gustaría poder decirle a aquel chaval de dieciséis años que volvía a casa desde Etxebarria con un nudo raro en el estómago es lo único que nadie le dijo entonces: <strong>que no tenía absolutamente nada de lo que avergonzarse.</strong> Que la vergüenza tenía dueño, y que el dueño no era él. Que ser más joven, o estar solo, o ser gay sin saberlo todavía, no lo convertía en culpable de nada; lo convertía, como mucho, en el objetivo cómodo de un cobarde que escondía la mano.</p><p>Aquella tarde fue apoteósica de verdad. Lo sigo pensando. El estreno del parque, la multitud, la música, la ciudad entera de fiesta con su chimenea al fondo. Me niego a que diez minutos me roben el recuerdo entero. Pero también me niego, por fin, a seguir guardando esos diez minutos en el cajón de mis vergüenzas, cuando siempre pertenecieron al cajón de las de otro.</p>]]>
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      <pubDate>Thu, 23 Jul 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>Candados en los puentes: cuando el amor con llave se convierte en plaga</title>
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        En el puente del amor de Helsinki, entre cientos de candados oxidados, me pregunto en qué momento un gesto romántico y único se convirtió en una plaga que copiamos sin pensar. Un pequeño alegato contra los candados del amor.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/candados-puente-helsinki-1200.jpg" alt="Barandilla del puente del amor de Helsinki cubierta por cientos de candados oxidados, con la catedral Uspenski al fondo"></p>
<p>Cruzo el Rakkauden silta de Helsinki, el puente que aquí llaman sin disimulo "puente del amor", a la sombra de la catedral Uspenski, y la barandilla apenas se ve. Debajo del metal original hay una segunda piel de latón, acero y óxido de colores: cientos, quizá miles de candados enganchados unos sobre otros, cada uno con un par de iniciales, una fecha y, de vez en cuando, un corazón dibujado a rotulador permanente. Es media tarde nórdica, esa luz que alarga las sombras, y yo debería estar mirando el agua. En cambio me he quedado atrapado observando esta acumulación de hierro sentimental y pensando lo mismo de siempre: qué pena.</p><p>Aquí, al menos, hay una coartada. Helsinki no combate los candados como otras ciudades; los ha aceptado, casi los ha bendecido, y ha dejado que se concentren en esta pasarela concreta en lugar de repartirse por media urbe. Es la versión civilizada del asunto: un puente designado, contenido, casi decorativo. Y aun así, plantado en mitad de él, no consigo que me guste.</p><p>No sé quién fue la primera persona a la que se le ocurrió resumir su amor en un candado colgado en un sitio público. Pero, sea quien fuera, le reconozco el gesto. Fue bonito, fue representativo y fue icónico: cerrar un pequeño mecanismo, tirar la llave al agua y decirle al mundo que hay cosas que uno no piensa abrir nunca más. Para todos los millones que vinieron después, en cambio, solo tengo una palabra. Imitadores.</p><h2>El primero sí; los demás, un poco menos</h2><p>El problema no es el candado. El problema es el candado número 843.216. Un símbolo funciona precisamente porque es escaso: cuando una barandilla entera se convierte en una costra metálica, cada candado individual deja de significar algo y pasa a ser ruido. Lo que empezó como un acto de imaginación se transforma en su contrario, un reflejo automático, algo que se hace porque lo han hecho los demás y porque toca hacerse la foto.</p><p>Y ahí está el detalle que más me chirría. La gente no cuelga el candado a pesar de que ya haya diez mil; lo cuelga <em>porque</em> ya hay diez mil. La masa no repele, atrae. Nadie estrena una barandilla virgen. Todos se suman a la que ya está saturada, como si el amor necesitara la validación de estar rodeado de otros amores idénticos y oxidados.</p><h2>De Vrnjačka Banja a Ponte Milvio</h2><p>La historia real, por cierto, es más melancólica y más interesante que cualquier foto de Instagram. La tradición se remonta a un pequeño balneario serbio, Vrnjačka Banja, y a un puente que hoy se conoce como Most Ljubavi, el puente del amor. Cuenta la leyenda que, en torno a la Primera Guerra Mundial, una maestra llamada Nada y un oficial llamado Relja se prometieron amor eterno allí. Él se marchó al frente, se enamoró de otra mujer y no volvió. Nada, dicen, murió de pena.</p><p>Las jóvenes del pueblo, para proteger sus propios amores del mismo destino, empezaron a escribir su nombre y el de su pareja en candados y a sujetarlos a la barandilla de aquel puente. La costumbre casi se extinguió, hasta que un poema de Desanka Maksimović la rescató décadas después. Ese sí era un gesto con alma: local, cargado de historia y de duelo, nacido de una desgracia concreta.</p><p>Lo que vino luego fue otra cosa. El fenómeno global no brotó de Serbia, sino de una novela. En 2006, el italiano Federico Moccia publicó <em>Ho voglia di te</em>, en la que sus protagonistas colgaban un candado en una farola del Ponte Milvio de Roma. El libro, su película y el boca a oreja hicieron el resto: las farolas del puente empezaron a doblarse por el peso y Roma acabó retirando los candados y multando con cincuenta euros a quien lo intentara. De la leyenta triste a la moda viral en apenas un siglo.</p><h2>Cuando el gesto romántico se convierte en plaga</h2><p>A partir de ahí ya conocemos el patrón, porque lo hemos visto replicarse en media Europa. Primero es una curiosidad, luego una atracción turística y finalmente un problema de mantenimiento. Alguien tiene que ir puente por puente con una cizalla, cortar toneladas de metal, limpiar el óxido que chorrea por la piedra y decidir qué se hace con el amor ajeno una vez cortado. No es una postal romántica: es una cuadrilla municipal con guantes.</p><p>Y está, sencillamente, la cuestión estética, que a mí me importa más de lo que debería. Los puentes suelen ser piezas de ingeniería y de patrimonio pensadas con cuidado, a veces durante siglos. Taparlos con una capa de ferretería de bazar no los mejora. Los afea. Convierte una vista en un vertedero sentimental y le roba al visitante siguiente el paisaje que había venido a ver.</p><h2>El puente de las Artes y las 45 toneladas de amor</h2><p>Pero hay un punto donde la moda deja de ser una cuestión de gusto y se vuelve un asunto de seguridad, y ese punto tiene nombre propio: el Pont des Arts de París. Desde 2008, las parejas empezaron a forrar sus barandillas de candados. En junio de 2014 una sección de la reja se desprendió, vencida por el peso. Un año después, en 2015, la ciudad retiró cerca de un millón de candados que, sumados a los del vecino Pont de l'Archevêché, pesaban unas 45 toneladas. El propio Ayuntamiento admitió que afeaban el puente, lo dañaban estructuralmente y podían provocar accidentes, y sustituyó las rejas por paneles transparentes para que no volviera a ocurrir.</p><p>Cuarenta y cinco toneladas. Es decir, un gesto pensado para pesar lo que pesa una llave terminó convertido en una carga capaz de reventar una estructura del siglo XIX sobre el Sena. Como imagen de lo que pasa cuando multiplicas por un millón algo que solo tenía sentido en singular, cuesta encontrar una mejor. Nadie colgó su candado queriendo romper un puente; simplemente nadie pensó que su candado contaba, y precisamente por eso todos contaban.</p><p>Lo mismo, a otra escala, le ocurrió a las farolas del Ponte Milvio, dobladas por el mismo entusiasmo. La conclusión es incómoda para los románticos: llevado al límite, este símbolo de permanencia acaba destruyendo justo aquello a lo que se aferra. El puente no aguanta tanto amor idéntico.</p><p>Por eso, volviendo a Helsinki, entiendo la lógica de haberlo encauzado todo a una sola pasarela: mejor un puente sacrificado a propósito que quince rejas históricas reventadas por sorpresa. La contención es más sensata que la negación. Pero encauzar la plaga no es lo mismo que curarla, y a mí me sigue sobrando la plaga entera, por muy ordenada que esté.</p><h2>El efecto imitación que las redes solo han acelerado</h2><p>Y aquí es donde el asunto deja de ser una anécdota de viaje y empieza a preocuparme de verdad, porque el candado es solo un síntoma. Vivimos rodeados de imitación en cadena: se copian las mismas fotos desde el mismo mirador, los mismos bailes, los mismos gestos, las mismas frases, las mismas opiniones. Las redes sociales no han inventado el instinto de copia, pero le han puesto un motor. Ven lo que hace todo el mundo, obtienen recompensa por hacerlo igual y así el catálogo entero de experiencias humanas se estrecha hasta caber en una plantilla.</p><p>El candado en el puente es la versión física de ese algoritmo. Es hacer, offline y con hierro, lo mismo que hacemos online cuando repetimos el meme del día. Un impulso comprensible —queremos pertenecer, queremos dejar huella, queremos que nuestro amor se parezca a los amores que admiramos— convertido en un rebaño que erosiona los sitios por los que pasa. Me inquieta menos la ferretería que lo que revela: cada vez nos cuesta más imaginar una forma propia de celebrar algo.</p><h2>Por favor, dejad de colgar candados</h2><p>Así que, desde este puente de Helsinki y con todo el cariño, hago mi pequeño alegato. Dejad los candados en los cajones. El amor no necesita anclarse a una barandilla ajena para ser verdadero, y desde luego no mejora por sumarse a otros diez mil idénticos. Si acaso empeora, porque se disuelve en la masa.</p><p>Hay maneras infinitamente más originales de recordar un momento: una foto que solo tengáis vosotros, una comida en un sitio que os guste, un objeto que signifique algo de verdad, o simplemente mirar el río sin dejar rastro y confiar en que la memoria basta. El gesto más romántico que se me ocurre hoy, mirando esta costra de metal, es precisamente el contrario al de la moda: <strong>pasar por un sitio bonito y tener la elegancia de irse sin cambiarlo</strong>.</p><p>Que el primero se quede con su mérito. Los demás, por favor, guardad la llave.</p>]]>
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      <pubDate>Wed, 22 Jul 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>Otra vez un Google Form</title>
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        Me ha llegado la inscripción a un evento en el que participo cada año y, una vez más, es un Google Form. No me preocupa la herramienta. Me preocupa que ya nadie se plantee que hay una decisión que tomar.
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/otra-vez-un-google-form-1200.jpg" alt="Una mano rellenando un formulario de papel sobre una mesa mientras, al fondo y fuera de foco, una cámara fotografía cada palabra que se escribe."></p>
<p>Esta mañana me ha llegado la inscripción a un evento en el que participo cada año. Abro el correo, pincho el enlace y ahí está, puntual como siempre: un formulario de Google. Nombre, correo, un par de desplegables, el botón azul de enviar. Rellené los campos, le di a enviar y seguí con mis cosas.</p><p>Y luego me quedé pensando, que es lo que suelo hacer cuando algo se ha vuelto tan normal que ya no lo vemos. Porque lo curioso no es que usen Google Forms. Lo curioso es que ya casi nadie se pregunta si había otra opción.</p><p>Google Forms está en todas partes. Lo usa la asociación del barrio, lo usa la empresa que te pide referencias, lo usa el ayuntamiento para una encuesta, lo usa tu dentista para confirmar la cita. Y se entiende por qué: es una plataforma conocida, robusta, que se configura en diez minutos y que te deja los datos ordenaditos en una hoja de cálculo desde la que sacar listados, filtrar, ordenar y exportar. Funciona. No hay engaño ahí.</p><p>El detalle es que eso —recoger unos datos, guardarlos, poder consultarlos y exportarlos— es exactamente lo que hace un formulario a medida de los de toda la vida, uno que guarde la información en tu propia base de datos y te la devuelva en el formato que necesites. Ni más ni menos.</p><p>Entonces, ¿cuál es la ventaja de Forms? Que es gratis y es fácil.</p><p>¿Y el precio? El de siempre. La privacidad de esos datos y el hecho de confiar su tratamiento a una empresa cuyo modelo de negocio se apoya, en buena medida, en el tratamiento masivo de información. Lo gratis casi nunca lo es: simplemente el que paga no eres tú, o no lo pagas con dinero.</p><h2>Lo gratis que salió caro</h2><p>Me acuerdo de un evento del año pasado en el que llevaban esto a un extremo casi cómico. Usaban Google Forms para controlar asistencias en varios puntos repartidos por la ciudad. Hasta aquí, bien. El problema venía después: alguien tenía que coger esos datos, copiarlos a mano y volcarlos en la web del evento para que los visitantes vieran la información actualizada. Manualmente. Punto por punto.</p><p>Un despropósito que se habría resuelto en una tarde de programación: recogida de datos a medida y actualización automática en la base de datos que alimenta la web. Cero copiar y pegar. Cero errores de transcripción. Cero personas dedicando su tarde a mover celdas de un sitio a otro.</p><p>Pero Google ofrecía un aliciente que pesó más que todo eso: la gratuidad. Así que lo "gratis" acabó costando horas de trabajo manual, repetido y aburrido. Salió caro, solo que en una moneda que no aparece en ninguna factura.</p><h2>Lo que se regala sin mirar</h2><p>Y aquí está lo que de verdad me inquieta, que no es la herramienta.</p><p>Cuando una empresa española recoge datos personales de sus clientes a través de Forms, está confiando esos datos a un proveedor estadounidense, con las implicaciones legales que eso puede tener en materia de protección de datos y RGPD: informar al usuario, dejar claro quién trata esos datos y bajo qué condiciones. En la práctica, muchas veces nada de esto se ha pensado. Se eligió Forms porque era lo que había, porque era gratis y porque es lo que usa todo el mundo.</p><p>Ese es el punto. No que Google sea el malo de la película, ni que Forms sea una herramienta perversa. Es que se ha convertido en la solución <strong>por defecto</strong>, la que se elige sin llegar siquiera a plantearse que hay una decisión que tomar. Y elegir sin plantearse es justo lo que a mí me parece preocupante: no el resultado, sino la ausencia de decisión.</p><p>No quiero demonizar Google Forms. Para una cosa trivial y puntual —recoger cuántos venís a la comida de fin de curso— es una herramienta perfectamente razonable, y montar una infraestructura a medida para eso sería matar moscas a cañonazos. El problema aparece cuando ese reflejo se aplica a <strong>todo</strong>, incluidos datos sensibles de clientes, por pura inercia y sin pesar lo que se está cediendo.</p><h2>Que existen alternativas</h2><p>Porque alternativas hay, y no son ciencia ficción.</p><p>La primera, la obvia: un formulario a medida que guarde en tu propia base de datos, bajo tu control, con la exportación que quieras y sin ceder nada a nadie. Cuesta algo más de trabajo inicial, sí. Pero es tuyo.</p><p>Y si no quieres programar, tampoco estás condenado a Google. Existen alternativas de software libre como Framaforms, Nextcloud Forms o CryptPad, además de soluciones autoalojadas para quien necesite un mayor control. Todas parten de otra premisa: que los datos que recoges sean tuyos y de quien te los confía, y de nadie más.</p><p>No las nombro para vendértelas. Las nombro para dejar constancia de que la elección existe. De que Google Forms no es una ley física, sino una opción entre varias.</p><p>Al final no va de Forms. Va del reflejo. Va de recuperar ese pequeño gesto de pararse un momento antes de dar por hecho lo de siempre y preguntarse: <em>este dato, ¿de quién va a ser a partir de ahora?</em></p><p>La próxima vez que abra la inscripción de ese evento, seguirá siendo un Google Form. Y no pasa nada por rellenarlo. Pero me gustaría pensar que, en algún punto de la cadena, alguien se planteó la pregunta. Aunque luego decidiera lo mismo.</p>]]>
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      <pubDate>Tue, 21 Jul 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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      <title>Trolebuses: por qué Vilna los conserva y Bilbao los enterró</title>
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        En Vilna los troles siguen deslizándose bajo una telaraña de cables eléctricos. En Bilbao, que fue la primera ciudad española en tenerlos, desaparecieron hace más de cuarenta años. La historia de un transporte que quizá enterramos demasiado pronto.
      </description>
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        <![CDATA[<p><img src="https://media.paigar.eu/paigar/trolebus-vilna-bilbao-1200.jpg" alt="Trolebús rojo circulando por una calle del casco antiguo bajo una maraña de cables eléctricos al atardecer"></p>
<p>Caminaba por el centro de Vilna con la cabeza medio perdida entre fachadas barrocas y esa luz báltica que a media tarde parece de miel, cuando un zumbido grave me hizo levantar la vista. Sobre la avenida, una maraña de cables la cruzaba de lado a lado, y por debajo se deslizaba, silencioso salvo por ese ronroneo eléctrico, un trolebús. Dos largas pértigas lo unían al cielo de cobre de la ciudad, chisporroteando levemente al pasar por un cruce de líneas.</p><p>Me quedé un rato mirándolo, como quien reconoce a alguien por la calle y tarda unos segundos en ubicarlo. Porque ese ruido, ese olor vago a ozono y ese balanceo de las pértigas los tenía guardados en algún cajón muy antiguo de la memoria. En Bilbao, cuando yo era muy pequeño, también había trolebuses. Y sin embargo desaparecieron hace ya más de cuarenta años, hasta el punto de que muchos vecinos jóvenes de la villa ni siquiera saben que existieron. Vilna, en cambio, sigue colgada de sus cables tan tranquila. La diferencia entre ambas ciudades da para pensar un buen rato, así que aquí va lo que fui rumiando el resto de la tarde.</p><h2>Qué es exactamente un trolebús</h2><p>Conviene aclararlo de entrada, porque mucha gente los confunde. Un trolebús no es un tranvía ni es un autobús: es un híbrido de los dos. Del tranvía toma la tracción eléctrica y el hecho de alimentarse de un tendido aéreo; del autobús, las ruedas de goma y la libertad de circular por el asfalto sin necesidad de raíles. En lugar de un solo cable, lleva dos pértigas sobre el techo —lo que en Bilbao llamábamos simplemente "el trole"— que rozan una doble línea de cables para cerrar el circuito eléctrico, ya que, al ir sobre neumáticos, no puede usar el suelo como retorno de corriente igual que hace un tren.</p><p>El resultado es un vehículo que se mueve con la suavidad y el silencio de lo eléctrico, pero con la flexibilidad de un autobús normal. Puede arrimarse a la acera, esquivar un coche mal aparcado dentro de ciertos límites y subir cuestas con un empuje que a los motores diésel siempre les costó igualar. En una ciudad de rampas y días húmedos, esa combinación tenía todo el sentido del mundo. Y sigue teniéndolo, aunque durante décadas nos empeñáramos en pensar lo contrario.</p><h2>Las ventajas de colgar la ciudad de cables</h2><p>La primera ventaja es la más evidente cuando lo ves pasar: no echa humo ni hace ruido. Un trolebús no quema nada a su paso, así que no emite gases donde de verdad importa, que es a pie de calle, entre peatones y terrazas. En una época en la que las ciudades se pelean por respirar mejor, un transporte de emisión local cero y casi mudo es un lujo que en los años cuarenta se adoptó por pura necesidad económica y que hoy parece adelantado a su tiempo.</p><p>A eso se suma una eficiencia notable. El motor eléctrico aprovecha muchísimo mejor la energía que un diésel, entrega una fuerza inmediata que viene de perlas para arrancar en cuesta con el vehículo lleno, y además puede recuperar parte de la energía al frenar. Los vehículos, por su mecánica sencilla y robusta, suelen durar muchísimos años: en algunas redes se han visto unidades rodando tres décadas o más, kilómetro tras kilómetro, algo impensable en un autobús convencional. Y la electricidad, sobre todo en países con buena generación propia, ha sido históricamente más barata y más estable de precio que el gasóleo, que baila al ritmo de cada crisis del petróleo.</p><h2>Los inconvenientes de ir atado a la catenaria</h2><p>No todo es idílico, claro. El gran defecto del trolebús clásico es que va atado. Depende de sus cables para existir, de modo que solo puede circular por donde hay tendido, y modificar un recorrido o abrir uno nuevo obliga a montar toda una infraestructura aérea que no es ni barata ni rápida de instalar. Si un vehículo se avería en plena calle, bloquea la línea entera, porque el de detrás no puede adelantarlo sin desengancharse. Y esas pértigas tienen la fea costumbre de saltarse de los cables en las curvas o los cruces, dejando al conductor bajándose a recolocarlas a mano bajo la lluvia, estampa que cualquiera de cierta edad recuerda con una mezcla de ternura y fastidio.</p><p>Está también la cuestión estética, que no es menor. Una ciudad con trolebuses es una ciudad con el cielo cruzado de cables, y a mucha gente ese entramado le parece una telaraña que ensucia las perspectivas, sobre todo en cascos históricos donde cada fachada es una joya. En Vilna, con su casco antiguo declarado Patrimonio de la Humanidad, esos hilos negros sobre las plazas conviven con las torres de las iglesias, y uno acaba encontrándoles un encanto industrial; pero entiendo perfectamente a quien los ve como un estorbo visual. Durante décadas, esa maraña fue el argumento perfecto para quienes querían mandar el trole al desguace.</p><h2>Bilbao, pionero y también verdugo del trolebús</h2><p>Aquí viene lo que más me duele contar, porque Bilbao no fue un caso cualquiera. Fue la primera ciudad de España en tener trolebuses. La línea inaugural, con unidades de la marca francesa Vetra, echó a andar el 20 de junio de 1940 uniendo el Casco Viejo con la zona del Sagrado Corazón, y el invento cuajó a las mil maravillas: a comienzos de los años cincuenta la red ya movía millones de viajeros al año y llegó a tener nueve líneas conectando los barrios con el centro. En 1963 la villa compró incluso veinticinco trolebuses de dos pisos de segunda mano a Londres, con su rojo británico intacto, que se convirtieron en una estampa inconfundible de aquel Bilbao.</p><p>Y entonces empezó el desmantelamiento. El golpe definitivo fue una ley de 1973, popularmente bautizada como "la matatrolebuses", que animaba a transformar las concesiones de trole en concesiones de autobús, considerado más moderno y flexible. El autobús diésel era la niña bonita de la época, el petróleo aún parecía barato y eterno, y los cables se veían como algo del pasado. Las líneas fueron cayendo una tras otra a partir de 1974 —el mismo año, por cierto, en que se declaró una alerta por contaminación en Bilbao, ironía que hoy resulta casi cómica— hasta que el 28 de octubre de 1978 circuló el último trolebús por las calles de la villa. Se apagaron apenas unos meses antes de que llegaran los primeros ayuntamientos democráticos, que quizá habrían discutido su futuro con otra cabeza. Pero ya no hubo debate: los cables se descolgaron y el trole pasó a vivir solo en las fotografías en sepia.</p><h2>Por qué Vilna sigue fiel a sus troles</h2><p>En Vilna la historia siguió el camino opuesto, y las razones son casi las contrarias a las de Bilbao. Los trolebuses llegaron a la capital lituana en noviembre de 1956, en plena órbita soviética, con la primera línea uniendo el barrio de Antakalnis con la estación de tren. En todo el bloque del Este, el trolebús no era una rareza en retirada sino una columna vertebral del transporte urbano, con vehículos checoslovacos de la marca Škoda rodando por decenas de ciudades. Nadie promulgó allí una "matatrolebuses", nadie decidió que el diésel era el futuro; al contrario, la red se fue ampliando década tras década hasta convertirse en parte de la identidad de la ciudad.</p><p>Ese punto de partida lo explica casi todo. Cuando la infraestructura ya existe y está amortizada, mantenerla sale muchísimo más barato que arrancarla y sustituirla, y la electricidad sigue siendo un combustible más estable que el gasóleo. Hoy la red de Vilna ronda las dos decenas de líneas, mueve alrededor de doscientos mil viajeros al día y suma cientos de kilómetros de recorrido, con casi doscientos troles en la calle un día laborable. Para una ciudad de inviernos duros y colinas suaves, un transporte silencioso, sin humos y con buen empuje encaja como un guante. Vilna no conservó sus trolebuses por nostalgia, sino porque nunca tuvo un motivo de peso para deshacerse de algo que, sencillamente, funcionaba.</p><h2>El regreso inesperado del trolebús</h2><p>Lo más interesante es que la historia ha dado un giro que nadie esperaba, y el trolebús, ese trasto que dábamos por muerto, vuelve a estar de moda. La tecnología lo ha reinventado: los modelos actuales incorporan baterías a bordo y el llamado <em>In-Motion Charging</em>, que les permite cargarse mientras ruedan enganchados al cable y luego seguir varios kilómetros por su cuenta, sin catenaria. De golpe desaparece el principal defecto de siempre. Ya no hay que cablear la ciudad entera: basta electrificar los tramos principales y dejar que el vehículo cubra el resto con la batería, esquivando obstáculos, entrando en cascos históricos sin telaraña de por medio y ahorrando en infraestructura.</p><p>El resultado es que unas trescientas ciudades en el mundo siguen operando trolebuses, y algunas los están ampliando con entusiasmo. Ciudades de México, San Francisco, Arnhem o varias urbes suizas apuestan por esta fórmula porque aprovechar una red de troles existente resulta bastante más barato que montar desde cero una flota de autobuses eléctricos de batería, con toda su parafernalia de puntos de carga y sus tiempos muertos enchufados. La propia Vilna anda renovando su flota hacia unidades de cero emisiones y jubilando a los viejos Škoda que llevaban treinta años dando guerra. El trole no era el pasado: resulta que era una idea adelantada esperando a que la tecnología la alcanzara.</p><p>Y ahí es donde vuelvo a pensar en Bilbao, mientras el trolebús de Vilna se pierde avenida abajo con su zumbido. Descolgamos aquellos cables convencidos de que estorbaban, de que el futuro iba en otra dirección, y hoy media Europa está volviendo justo a donde nosotros fuimos pioneros. No sé si tiene sentido soñar con troles rojos subiendo otra vez por las cuestas de la villa; probablemente el metro y el tranvía cubren ya ese hueco de sobra. Pero me queda la sensación, tan de viajero, de haber reconocido en una ciudad extraña algo que era nuestro y dejamos marchar demasiado pronto. A veces viajas mil kilómetros para acordarte de tu propia infancia.</p>]]>
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      <pubDate>Mon, 20 Jul 2026 00:00:00 GMT</pubDate>
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