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Flash Gordon, la película que el tiempo se tragó sin avisar

En 1980 llegó a los cines una película con Queen, con Max von Sydow, con un universo visual absolutamente delirante. Y sin embargo, casi nadie la recuerda. Esto es una reivindicación, aunque no sé muy bien si tengo autoridad para hacerla.

Set de rodaje de Flash Gordon recreado con IA

Si le preguntas a alguien de cuarenta y tantos años por Flash Gordon, la respuesta más habitual es un silencio breve seguido de "¿la de Queen?". Y sí, es la de Queen. Pero también es mucho más que eso, al menos en mi opinión.

La película que nadie recuerda bien

Flash Gordon se estrenó en 1980. La dirigió Mike Hodges —que venía de hacer Get Carter, una película de culto del cine negro británico, lo cual en retrospectiva es una combinación bastante extraña— y la produjo Dino De Laurentiis, que era el tipo de productor al que le gustaba apostar fuerte y a veces le salía bien y a veces no.

El caso es que la película existe, tiene cuarenta y tantos años, y casi nadie la ha visto. No está en las listas de clásicos de los ochenta. No sale en los artículos de "las mejores películas de ciencia ficción". Aparece de vez en cuando en algún hilo de nostalgia ochentera y poco más. Para una película con ese presupuesto, esa banda sonora y ese reparto, eso es bastante triste.

Lo que te encuentras cuando por fin la pones

La primera vez que la ves lo primero que piensas es que alguien se gastó una cantidad absurda de dinero en telas, pinturas y purpurina. Mongo, el planeta donde transcurre todo, es un universo de colores imposibles. Rojos, dorados, azules que no existen en la naturaleza. Los decorados parecen pintados a mano porque en muchos casos lo están, y tiene esa textura de teatro que hoy resulta rara pero también encantadora.

Y luego está el vestuario. Danilo Donati —que había trabajado con Fellini, con Zeffirelli— hizo los trajes, y se nota que se lo pasó en grande. Cada personaje lleva algo absolutamente ridículo y absolutamente perfecto al mismo tiempo. Los hombres halcón con sus alas, Ming con su túnica dorada y las cejas depiladas, Flash con su camiseta de los New York Jets que en algún momento decide que ya no necesita... es todo demasiado, en el mejor sentido.

Max von Sydow haciendo de Max von Sydow

Hay que hablar de Ming el Despiadado. O más concretamente, de Max von Sydow haciendo de Ming el Despiadado.

Von Sydow era en 1980 un actor de primerísimo nivel. Había trabajado con Bergman. Había jugado al ajedrez con la Muerte en El séptimo sello. Y aquí está, con la cabeza depilada, las cejas pintadas y una expresión de desprecio absoluto hacia toda la humanidad, completamente entregado al papel sin el menor asomo de ironía. No está haciendo el payaso. Está siendo Ming.

Siempre me ha parecido que un villano de cómic funciona o no dependiendo de si el actor que lo interpreta se lo cree de verdad. Von Sydow se lo cree absolutamente. Es lo mejor de la película, sin discusión.

Sam J. Jones, o el héroe que no termina de arrancar

Aquí hay que ser honesto. Flash Gordon es un quarterback de fútbol americano que acaba en el espacio prácticamente por accidente, y Sam J. Jones lo interpreta con una presencia física indudable y una profundidad emocional que... bueno. No es lo suyo.

Lo que hace más comprensible la cosa es que el rodaje fue un desastre en ese frente. Jones tuvo un conflicto con De Laurentiis, se fue antes de terminar, y parte de su doblaje lo hizo otra persona. Eso explica esa sensación extraña que tienes en algunas escenas de que el protagonista parece estar en una película diferente a la del resto del reparto.

No es el único protagonista del cine de los ochenta con ese problema, pero en Flash Gordon se nota más porque alrededor suyo todo el mundo está dándolo todo y él parece de visita.

El problema de la banda sonora, que es demasiado buena

Queen hizo la banda sonora. Esto todo el mundo lo sabe. Lo que quizás no se ha pensado mucho es que eso, siendo una cosa maravillosa, también es parte del problema.

Flash's Theme es un himno. The Hero es grandiosa. El disco entero es buenísimo y ha sobrevivido décadas perfectamente. El problema es que funciona sin la película. La música de Queen para Flash Gordon es tan buena por sí sola que se ha convertido en un objeto independiente que ya no necesita las imágenes que acompañaba.

Cuando alguien dice "Flash Gordon" y la primera reacción es tararear la canción, algo ha salido torcido en la relación entre la película y su banda sonora. No es culpa de Queen, obviamente. Pero el resultado es que la película ha quedado reducida a ser el contexto de la canción, en lugar de al revés. Y eso no le ha hecho ningún favor.

El momento equivocado

Flash Gordon llegó a los cines tres años y medio después de Star Wars. Eso importa más de lo que parece, porque Star Wars había cambiado completamente lo que el público esperaba de la ciencia ficción: efectos especiales que se creyeran, mundos que parecieran reales aunque fueran inventados.

Flash Gordon iba en dirección contraria: teatro, artificio, colores imposibles, una convención explícita de que todo es un espectáculo. En otro momento histórico eso habría sido una propuesta interesante. En 1980, después de Lucas, desorientó a todo el mundo.

El público que quería épica espacial encontró Mongo demasiado de juguete. El que disfrutaba del camp encontró la película demasiado seria para reírse con ella. Y así quedó en tierra de nadie.

Por qué vale la pena verla igual

Con todos esos problemas encima de la mesa, sigo pensando que Flash Gordon merece más atención de la que recibe. Tiene esa generosidad visual que hoy casi no existe: cada plano está lleno, cada decorado tiene detalle, cada traje tiene trabajo detrás. Es una película que se nota que la hizo gente que se lo estaba pasando bien, aunque luego todo se complicara.

Y tiene a Max von Sydow siendo Ming. Que ya es motivo suficiente.

Si nunca la has visto, ponla un viernes por la noche sin demasiadas expectativas. Si la viste hace veinte años y solo recuerdas la canción de Queen, dale otra oportunidad. Es imperfecta, es rara, a veces no sabes muy bien qué estás viendo. Pero es genuina. Y eso en el cine de hoy no abunda tanto como debería.

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