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La fuga de Logan y nuestra fecha de caducidad

Una serie de televisión de los años setenta me convenció de niño de que treinta años era tiempo más que suficiente para vivir. Hoy, con casi el doble, puedo decir que me equivocaba bastante.

Ciudad futurista bajo una cúpula, dos jóvenes huyendo por un corredor de ciencia ficción de los años setenta

De niño tenía una relación bastante laxa con la noción del tiempo. Los adultos me parecían criaturas de otro planeta, y la idea de llegar a los treinta años me resultaba tan lejana y tan abstracta como llegar a la luna. Fue en ese contexto mental —esa especie de inmortalidad infantil donde el futuro no existe de verdad— cuando vi por primera vez La fuga de Logan en la televisión. Y algo en aquella premisa me pareció, si no razonable, al menos comprensible: ¿para qué ibas a querer vivir más de treinta años?

Décadas después, escribo esto con cincuenta bien cumplidos y no puedo evitar reírme de aquella versión de mí mismo. Pero la serie, pequeña y olvidada como está, sigue ocupando un rincón peculiar en mi memoria. Merece que alguien le dedique unas líneas.

La premisa que te instala un virus en la cabeza

La fuga de Logan nació en 1967 como novela de ciencia ficción, obra de William F. Nolan y George Clayton Johnson. La historia transcurre en una sociedad futura que ha resuelto el problema de la superpoblación de la manera más radical posible: matar a todos sus ciudadanos cuando llegan a cierta edad. En la novela original esa fecha límite eran los veintiún años, lo cual convierte el planteamiento en algo todavía más perturbador. En la adaptación cinematográfica de 1976, con Michael York y Jenny Agutter como protagonistas, la edad se elevó a los treinta. Fue esa versión —y la serie de televisión que vino después— la que llegó a las pantallas españolas y a mi memoria de niño.

El mecanismo de control era elegante en su brutalidad: cada ciudadano llevaba incrustado en la palma de la mano un cristal que cambiaba de color según se acercaba el momento del final. Al llegar a la fecha señalada, los ciudadanos eran convocados a una ceremonia llamada el Carrusel, en la que supuestamente podían ser "renovados" —una promesa de reencarnación que la mayoría creía de verdad. Los pocos que intentaban escapar eran cazados por agentes especiales llamados Sandmen. Logan 5, uno de esos cazadores, acaba convirtiéndose él mismo en fugitivo al descubrir la verdad.

Lo que quedó grabado en mi cabeza no fue tanto la trama de huida, sino esa idea primigenia: que una sociedad entera podía funcionar sobre el acuerdo tácito de que la vida tiene fecha de caducidad y que eso es, en cierta forma, justo. El horror de la premisa no residía en la violencia, sino en la normalización. Los ciudadanos de aquella ciudad no vivían aterrorizados: vivían en una burbuja hedonista, disfrutando cada momento precisamente porque sabían que los momentos eran contados. Hay algo en eso que, visto desde fuera, tiene una lógica siniestra y casi seductora.

De la novela al cine y del cine a la pequeña pantalla

La película de 1976 fue un éxito comercial considerable y recibió incluso un Óscar especial por sus efectos visuales, lo cual en aquella época era un reconocimiento serio. Michael York le daba al personaje una mezcla de frialdad funcionarial y despertar progresivo que funcionaba bien, y la película capturó ese ambiente de ciencia ficción setentero —escenarios de plástico y espejos, colores saturados, una estética entre el sueño psicodélico y el catálogo de Ikea del futuro— que hoy resulta tan nostálgico como fascinante.

La serie de televisión llegó un año después, en 1977, producida por la CBS americana. Gregory Harrison tomó el relevo de Michael York como Logan 5, acompañado por Heather Menzies como Jessica 6 y por un androide llamado Rem —un personaje que no existía en la película— que actuaba como contrapunto racional y algo cómico a las peripecias de los dos humanos. La gran diferencia estructural con la película era que la serie no transcurría dentro de la ciudad cúpula, sino fuera de ella: Logan y Jessica habían escapado y recorrían un mundo postapocalíptico en un aerodeslizador, encontrándose en cada episodio con comunidades supervivientes distintas, cada una con sus propias reglas y sus propias distopías particulares.

Era, en el fondo, un formato de serie de aventuras muy clásico: los protagonistas llegan a un lugar nuevo, descubren que algo va mal, resuelven el conflicto y siguen su camino. Episodio a episodio, sin apenas continuidad argumental. Un esquema que funcionaba bien para la televisión familiar de la época pero que hoy chirriaría bastante.

Una temporada y punto

La serie duró una sola temporada: catorce episodios emitidos entre 1977 y 1978. La CBS la canceló sin excesivos remordimientos y el mundo siguió girando. No hubo despedida, no hubo final resolutivo, no hubo el tipo de funeral mediático que hoy acompaña a cualquier cancelación de Netflix. Simplemente dejó de emitirse.

Las razones del fracaso relativo son bastante comprensibles vistas desde hoy. La serie llegó en el peor momento posible en términos de competencia cultural: 1977 fue el año de La guerra de las galaxias, que redefinió por completo las expectativas del público respecto a la ciencia ficción audiovisual. Comparados con los X-wings y los sables láser, los aerodeslizadores y los escenarios de cartón de La fuga de Logan parecían de repente anticuados, incluso provincianos. La ciencia ficción televisiva de bajo presupuesto quedó en tierra de nadie: demasiado ambiciosa para ser serie B sin pretensiones, demasiado limitada para competir con lo que el cine estaba haciendo.

A eso hay que añadir que la propia premisa —tan poderosa como concepto, tan sugerente como punto de partida— no terminaba de dar más de sí en el formato episódico elegido. Una vez que los protagonistas escapan de la ciudad, la idea central se diluye. Lo que queda es una serie de aventuras con dos personas guapas huyendo de algo que ya no vemos, lo cual es menos estimulante de lo que suena.

El gran olvido de una idea que merecía más

Lo curioso de La fuga de Logan es que la premisa original sigue siendo, cincuenta años después, perfectamente válida como material especulativo. La pregunta de cuánto vale una vida, de si la sociedad puede o debe poner límites al tiempo de existencia de sus individuos, de cómo reaccionaría la gente si supiese con exactitud cuándo va a morir —y lo aceptase como normal— es una pregunta que no ha envejecido nada. De hecho, con los debates actuales sobre envejecimiento poblacional, sistemas de pensiones y recursos planetarios, suena casi profética.

Pero la serie no supo —o no pudo— desarrollar esa dimensión filosófica. Se quedó en la superficie de la aventura y pagó el precio. Mientras Battlestar Galactica o Star Trek construían mitologías que generaciones enteras han continuado explorando, La fuga de Logan quedó como una curiosidad de época, una nota a pie de página en la historia de la ciencia ficción televisiva. Ha habido intentos de relanzamiento cinematográfico durante años —el nombre de Ryan Gosling circuló durante una temporada— pero ninguno ha cuajado. Quizá sea mejor así. Hay ciertos mundos que funcionan mejor como recuerdo que como franquicia.

Lo que queda a los cincuenta que no entendías a los ocho

Vuelvo al punto de partida: aquella versión de mí mismo que, viendo la serie en la tele de casa, procesó la premisa de los treinta años y la encontró, en algún rincón torpe de su cabeza infantil, casi razonable. No es que pensase que morir joven era buena idea; es que treinta años me parecía una cantidad de tiempo tan enorme, tan inabarcable, que cualquier cosa que ocurriese después me resultaba conceptualmente invisible.

Lo que no podía entender entonces —y que solo se entiende viviéndolo— es que a los treinta la vida no ha terminado de empezar. Que a esa edad todavía estás descubriendo quién eres, qué quieres, de qué estás hecho. Que las mejores conversaciones, los mejores viajes, las mejores noches, los mejores libros y los mejores errores suelen llegar después. Que la madurez no es el final de algo, sino la condición para que ciertas cosas empiecen a tener sentido de verdad.

La serie lo intuía, a su manera torpe. Los gobernantes de aquella ciudad cúpula —ese detalle que también me quedó grabado— no morían a los treinta. Eran viejos. Habían construido un sistema que garantizaba su propia inmortalidad a costa de convencer a los demás de que la brevedad era un regalo. Es la distopía más vieja del mundo, disfrazada de ciencia ficción setentena con trajes de plástico.

Hoy, camino al doble de años que el límite de vida de Logan, puedo decir que la serie se equivocaba en casi todo menos en eso: en que el poder siempre busca convencerte de que tienes suficiente con lo que te dan.

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