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Leyendecker: un genio escondido en plain sight

No hay ninguna obligación de conocer a todos los artistas. A veces el descubrimiento llega tarde, de casualidad, y te encuentras con alguien que llevaba décadas delante de tus narices sin que supieras quién era.

Ilustración elegante al estilo de J.C. Leyendecker: figura masculina con postura escultórica, ropa de época, trazos seguros y paleta cálida

No hay ninguna obligación de conocer a todos los artistas. Es algo que conviene recordarse de vez en cuando, porque la historia del arte tiene la manía de presentarse como un canon cerrado y exhaustivo cuando en realidad es un relato con enormes agujeros, lleno de nombres que cayeron entre las grietas por razones que tienen más que ver con la política cultural que con el talento. A veces el descubrimiento llega tarde, de casualidad, y te encuentras con alguien que llevaba décadas delante de tus narices sin que supieras quién era.

Eso me pasó hace poco con Joseph Christian Leyendecker. Alguien lo nombró, fui a buscar su obra en internet, y pasé un buen rato mirando ilustraciones con esa atención sostenida que solo se le presta a lo que realmente te detiene.

El hombre que hizo más portadas que Rockwell

Leyendecker nació en Alemania en 1874 y emigró a Estados Unidos de niño. Se formó en Chicago y París, y a principios del siglo XX ya era el ilustrador comercial más solicitado del país. Hizo más de cuatrocientas portadas del Saturday Evening Post, la revista de mayor tirada de América en aquella época. Más que Norman Rockwell, que vivía cerca de él en parte precisamente para aprender de su trabajo y que reconoció abiertamente su influencia.

También fue Leyendecker quien fijó visualmente algunas de las imágenes más arraigadas en el imaginario americano: el bebé que representa el año nuevo sustituyendo al anciano del año anterior, las escenas navideñas, las estampas de Acción de Gracias. Imágenes que han sido reproducidas y reinterpretadas tantas veces que ya nadie recuerda quién las inventó. Esa es una forma peculiar de inmortalidad — que tu obra sobreviva completamente desvinculada de tu nombre.

El Arrow Collar Man y el amor escondido en plain sight

La campaña que lo hizo más famoso en su época fue la del Arrow Collar Man, una serie de ilustraciones publicitarias para una marca de camisas que se convirtieron en fenómeno cultural. El personaje — apuesto, elegante, con esa mandíbula perfecta y esa postura de quien sabe exactamente dónde está — generó una respuesta que hoy llamaríamos viral. Las mujeres americanas enviaban cartas de amor a un hombre de papel. La empresa recibía más correspondencia dirigida al Arrow Collar Man que muchos actores de carne y hueso.

Lo que el público no sabía, y que tardó décadas en documentarse, es que el modelo era Charles Beach, la pareja de Leyendecker durante casi cincuenta años. Vivían juntos, viajaban juntos, Beach gestionaba su carrera y sus finanzas. En la América de principios del siglo XX eso era un secreto a voces que nadie nombraba en voz alta. Leyendecker llevó su vida entera escondida en plain sight: el hombre al que amaba era literalmente la cara más reconocida de la publicidad americana, y nadie hacía la pregunta obvia.

Cuando ves las ilustraciones del Arrow Collar Man sabiendo esto, algo cambia en la forma de mirarlas. Hay una calidad en cómo están dibujados esos hombres — una atención, una admiración contenida en cada trazo — que va más allá del encargo comercial.

Lo que te para los pies

Pero lo que más me llamó la atención al descubrir su obra no fue el subtexto biográfico sino algo más inmediato: la elegancia. No en el sentido de la ropa o los escenarios, aunque ambos la tienen, sino en algo más difícil de definir — las posturas corporales, la forma en que los cuerpos ocupan el espacio, la seguridad del trazo.

Los personajes de Leyendecker tienen una calidad escultórica que hace pensar más en una estatua bien iluminada que en una ilustración comercial. Los hombros, los giros de cabeza, el peso de un cuerpo apoyado en algo — todo tiene una presencia física que es inusual en el trabajo de encargo. La pincelada es suelta pero precisa, con esa paradoja técnica de los grandes dibujantes que consiguen que algo muy trabajado parezca fácil.

Es un estilo totalmente distinto al de Tom of Finland, con quien comparte sin embargo esa misma cualidad de ser inconfundible desde el primer vistazo. Donde Laaksonen era línea pura, contraste radical, exageración deliberada, Leyendecker es pintura, volumen, luz cálida, contención. Dos formas completamente distintas de mirar al cuerpo masculino, dos lenguajes visuales sin ningún punto de contacto formal, y los dos igual de marcados.

El eclipse y la reivindicación tardía

Murió en 1951 en circunstancias económicas muy distintas a las de su apogeo. Charles Beach había muerto unos años antes, y sin él Leyendecker perdió buena parte de su capacidad de gestionar una carrera que ya llevaba tiempo en declive. Rockwell, que le debía tanto, se había convertido en el nombre que todo el mundo conocía. Leyendecker quedó en un segundo plano del que tardó décadas en salir.

La reivindicación llegó despacio, impulsada en parte por el interés en recuperar la historia gay oculta en la cultura americana del siglo XX. Sus obras están ahora en colecciones importantes, su influencia se estudia, y el Arrow Collar Man ha pasado de anuncio de camisas a objeto de análisis cultural. Es el tipo de justicia póstuma que llega demasiado tarde para el interesado pero que al menos corrige el registro.

Que yo no lo conociera hasta hace poco no me parece especialmente grave. Lo interesante es que ahora sí, y que la obra aguanta perfectamente el tiempo y la distancia. Eso es lo que importa de un artista — que cuando por fin lo encuentras, no te decepcione.

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