La patinadora entera no cabe
Llevamos décadas con pantallas rectangulares y seguimos sin ponernos de acuerdo en qué dirección va el rectángulo. Una reflexión sobre proporciones, encuadres imposibles y la ceguera espacial que todos tenemos en algún sitio.

Imagina que te pido que metas una sandía en un tarro de mermelada. No una sandía pequeña, no un tarro grande: una sandía normal y un tarro estándar de noventa y tantos gramos. Y que cuando te digo que no cabe, me miras con cara de no entender muy bien el problema. Eso, más o menos, es lo que vivo cada vez que un cliente me manda una foto en vertical para usarla como imagen de cabecera en su web.
He perdido la cuenta de las veces que ha pasado. Diseño una maquetación con una cabecera cinematográfica, proporciones 16:9 o incluso 21:9, esa franja ancha y baja que en pantalla tiene una presencia brutal. El cliente la aprueba. Le gusta. Le parece perfecta. Y entonces le pido la foto para esa cabecera y me llega un retrato vertical, con el sujeto centrado en un formato que mide más de alto que de ancho.
El problema, explicado como si hubiera que explicarlo
Una imagen horizontal necesita ser ancha y poco alta. Una imagen vertical es exactamente lo contrario. No son intercambiables, del mismo modo que una bufanda no es un cinturón aunque estén hechos del mismo tejido. Si quiero rellenar un espacio horizontal con una foto vertical, solo tengo dos opciones: añado franjas a los lados para completar el ancho que falta, o recorto la imagen hasta quedarme con el fragmento que sí encaja en el espacio disponible.
No hay tercera opción. Es geometría, no una decisión de diseño. El espacio tiene unas proporciones. La imagen tiene otras. Si no coinciden, algo tiene que ceder.
La patinadora y sus tres versiones
Hubo una vez una patinadora. El cliente tenía una escuela de patinaje sobre hielo y me mandó una foto magnífica de una de sus alumnas: vertical, bien iluminada, la chica en plena pirouette con los brazos extendidos y los patines brillando. Una foto preciosa. Completamente inútil para mi cabecera panorámica.
Hice lo que me parecía más lógico: recorté por el centro, me quedé con el torso y la cara, que era donde estaba la expresión, la energía, el momento. Presenté la propuesta. El cliente la miró y me dijo que lo importante era que se viera que era una patinadora, y que con ese recorte no quedaba claro. Argumento válido, no voy a negarlo. Me pidió que se vieran los patines.
Así que rehíce el recorte por el otro extremo. Patines, tobilleras, el arranque de las piernas, el suelo de hielo. Quedaba raro, sí, una cabecera de web que empezaba en las rodillas y terminaba en el suelo, sin cara, sin contexto, con un protagonismo inesperado del calzado. Presenté la propuesta. Al cliente no le gustó. Y entonces llegó la pregunta que ya sabía que iba a llegar: ¿y no se puede ver la patinadora entera?
No. No se puede ver la patinadora entera. Porque la patinadora entera no cabe.
Lo que hoy haría en diez minutos
El remate irónico de aquella historia es que hoy ese problema tiene solución, o al menos una salida razonablemente digna. Cualquier herramienta de generación de imagen con capacidad de outpainting —extender una foto más allá de sus bordes originales— podría rellenar los laterales de esa imagen vertical con hielo generado, con pista de fondo, con ambiente de pabellón. No sería perfecto, pero sería creíble. La patinadora entera cabría en la cabecera.
Hace cinco años eso era ciencia ficción. En aquel momento la única opción era buscar otra foto, convencer al cliente de un encuadre diferente, o rendirse y poner franjas. Hoy tenemos IA generativa que rellena los huecos que la física no permite. Lo cual es fascinante y un poco perturbador a partes iguales, porque significa que el problema que intento explicar desde hace años —que una foto vertical no puede cubrir un espacio horizontal sin perder información— está a punto de dejar de ser un problema técnico para convertirse en una decisión estética. Y no sé si eso me alegra o me entristece un poco.
Mi propio tarro de mermelada
Lo que me fascina, y llevo años intentando entenderlo, es que la incapacidad del cliente no es un problema de vocabulario. No es que no sepa qué es una relación de aspecto. Es que no consigue ver la incompatibilidad. Se sienta delante de una pantalla apaisada, mira una foto en retrato, y su cerebro no activa ninguna alarma. No hay colisión cognitiva. Para él, una foto es una foto y debería poder ir donde le digas que vaya.
Me pregunto si existe algún término en psicología para eso. Alguna variante de ceguera espacial aplicada a proporciones en pantalla. Porque la habilidad que falta es muy concreta: la misma que usas cuando intentas aparcar en un hueco y calibras si tu coche cabe o no cabe. La mayoría de la gente lo hace de forma automática. Pero trasladada a imágenes, esa automatización desaparece en un porcentaje de personas que, en mi experiencia, es más elevado de lo razonablemente esperable.
Y entonces, justo cuando estoy más enrocado en mi incomprensión ante la incomprensión del cliente, me acuerdo. Me acuerdo de que yo, con toda mi convicción sobre lo obvio que es que una foto vertical no cabe en un espacio horizontal, soy incapaz de distinguir mi derecha de mi izquierda de forma espontánea. Tengo que pensar. Tengo que buscar algún truco mental, alguna referencia física. Hay gente que nace sabiendo cuál es cuál y hay gente como yo, que a los cincuenta años todavía duda un segundo antes de señalar.
Claro, al resto de la gente le parece increíble que yo tenga ese problema. Le parece que debería ser evidente. Y yo les explico que lo sé, que claro que lo sé, pero que en el momento de la acción mi cerebro no lo procesa de forma automática. Y ellos asienten despacio, con esa expresión de educación y perplejidad que yo conozco tan bien desde el otro lado.
Así que al final parece que todos tenemos nuestra sandía y nuestro tarro de mermelada. Los míos solo están orientados en otra dirección.


