Los años malos
El primer año de su padre fue el de las acusaciones. Perdía las llaves, el dinero, la cartilla del banco, y como era imposible que las perdiera él, las había robado alguien: la vecina del cuarto, la chica que venía los martes, su propia mujer. Se despidieron dos cuidadoras. La segunda se fue llorando al portal y Marcel bajó detrás a pedirle perdón por algo que no había hecho él, que es una de las cosas que más se hacen en esos años. El segundo fue el de los gritos. A partir de las seis de la tarde su padre se ponía el abrigo y decía que se iba a su casa, estando en su casa, y si alguien se le ponía delante de la puerta, empujaba. Un hombre que no había levantado la mano a nadie en ochenta años empujaba a su mujer contra el mueble del recibidor.
El tercero fue el del vacío, y no fue mejor. Unas veces era un desconocido al que había que echar de casa; otras, un hermano suyo muerto en 1994. Y unas pocas, las peores de todas, era su hijo: entonces le agarraba de la muñeca y le preguntaba qué le estaba pasando, con una lucidez de treinta segundos que se cerraba de golpe.
Su madre aguantó seis años más y se fue de otra manera, que no quiere decir de una manera amable. No gritaba: preguntaba. La misma pregunta cada cuarenta segundos, seis horas seguidas, con la misma cara de estrenarla. Dejó de saber tragar, dejó de dormir de noche y por lo tanto dejaron de dormir todos. Una tarde de mayo, con Marcel en la butaca de enfrente, le preguntó a la cuidadora si su hijo iba a venir hoy también. Para entonces llevaban cuatro años de pañales y de urgencias a las tres de la mañana, y el catálogo de cosas que dolían estaba tan lleno que una más entraba con calzador.
Cuando terminó no quedaba familia en pie. Su hermana y él tardaron seis años en volver a hablarse en condiciones, después de las discusiones por el dinero, por la residencia, por quién había hecho más y quién había aparecido menos. Y la gente de fuera te dice que al menos se fue en paz, que al menos te quedan los buenos recuerdos, y tú asientes porque no hay forma educada de explicar que fueron nueve años seguidos de destrozo y que lo último que se llevó por delante no fueron dos memorias, sino todas las de alrededor. De ahí salió lo de Marcel, y salió rabioso. No le dolía tanto que sus padres se hubieran muerto. Le dolía todo lo demás.
Tenía cuarenta y dos años, un contrato indefinido en una empresa de sistemas neuronales y ninguna posibilidad de investigar allí lo que quería investigar, porque aquello no tenía mercado ni lo iba a tener en veinte años. Dimitió en septiembre de 2032. En enero de 2033 constituyó una fundación con dos empleados, un local prestado en la ribera y el dinero de las asociaciones de familiares, que fueron durante un cuarto de siglo su única financiación estable y también su única presión estable.
Primer intento: el registro
Lo primero fue lo obvio, que suele ser también lo más razonable. Si el problema era que los recuerdos se perdían, había que dejar de depender de ellos. Un registrador personal, discreto, del tamaño de una clavícula, grabando en continuo lo que la persona veía y oía. Copia externa. Sin interpretación, sin filtro, sin cerebro de por medio.
La grabación era la parte fácil. Marcel descubrió enseguida que el problema real era el otro: cuarenta años de vida registrada son un océano en el que nadie puede pescar nada. Dedicó tres años a construir un sistema de indexado que no funcionara por fechas, porque nadie recuerda por fechas. Funcionaba por asociación: caras, voces, lugares, luz, tono, la manera en que alguien decía tu nombre. Se le podía pedir la tarde en que Beñat se cortó el pelo, o la vez que discutimos en el coche volviendo de Laredo, y el sistema lo encontraba en segundos.
Funcionaba. Lo probó consigo mismo durante cuatro años y funcionaba de una manera que todavía hoy resulta difícil de explicar sin sonar exagerado.
Y era inútil.
Era inútil por una razón aritmética que Marcel tardó demasiado en aceptar: un archivo que empieza a los cuarenta y dos años empieza a los cuarenta y dos años. Justo lo que él quería salvar —el valle, la receta, la canción entera, la tarde en que sus padres se conocieron— quedaba fuera por definición. Para que el registro sirviera, había que empezar a los diecisiete. Y a los diecisiete nadie firma un seguro contra los ochenta. Las salas donde presentaba el sistema se le llenaban de gente con un diagnóstico reciente, gente que llegaba tarde por definición, gente a la que solo podía ofrecerle el resto.
Hubo además un detalle menor que le rondó mucho tiempo. Buscó una tarde concreta que él recordaba luminosa, una en Ea, con una calidad de luz que se le había quedado grabada. La encontró. Era una tarde gris, con viento, sin nada dentro. La grabación era exacta y el recuerdo era falso, y sin embargo era el recuerdo el que le había acompañado veinte años. El registro no guardaba el recuerdo. Guardaba el material bruto con el que su cabeza lo había fabricado después.
Archivó el proyecto en 2039. Se quedó con el sistema de clasificación. Fue lo único que sobrevivió de aquellos siete años, y a la larga resultó ser lo único que importaba.
Segundo intento: la extracción
Si no se podía grabar la vida por delante, había que ir a buscarla por detrás. La segunda máquina era conceptualmente sencilla y técnicamente monstruosa: un lector de señal profunda, un casco de electrodos, un decodificador y, al otro lado, el mismo índice de siempre esperando material.
Los primeros voluntarios llegaron por las asociaciones de familiares. Gente con un diagnóstico y prisa. Gente que quería dejar algo antes de dejar de ser alguien.
El primer problema fue el tiempo. Cada sesión duraba dos horas, con el casco puesto, el gel frío, la cabeza inmóvil y la instrucción imposible de recuerde usted su infancia, tranquilo, sin esforzarse. Dos horas producían minutos aprovechables. Una vida entraba en la máquina mucho más despacio de lo que había salido del mundo. Marcel calculó una vez lo que costaría extraer los ochenta y un años de una señora de Santutxu llamada Maite y le salieron cuatro años de sesiones diarias. Se lo guardó para él.
El segundo problema fue peor, porque no era de ingeniería.
Lo que salía estaba mal. No borroso por defecto técnico, que también, sino mal en un sentido más raro. La boda de Maite en Portugalete tenía la luz correcta, el vestido correcto y las manos de su madre colocándole el velo, y entre los invitados estaba su nieta, que nació treinta y un años después. El techo de la iglesia era el de otra iglesia, una que visitó de viaje en los noventa. Hacia el final del banquete la sala se ponía a flotar un poco, sin que nadie le diera importancia, con esa lógica sin costuras de los sueños.
El clasificador levantaba miles de alertas de inconsistencia. Marcel pasó dos años enseñándole a separar lo real de lo contaminado, y perdió esos dos años, y aprendió a cambio la única cosa que de verdad había venido a aprender: que no se podían separar porque no estaban separados. El recuerdo de Maite no era un archivo guardado en 1998 y consultado desde entonces. Era algo que Maite volvía a construir cada vez, con los materiales que tuviera a mano ese día. La nieta estaba en la boda porque la nieta era, ahora, parte de lo que aquella boda significaba.
No había manera de ordenar aquello. No tenía estructura secuencial porque la memoria no la tiene. Marcel apagó la máquina en 2046 con la sensación desagradable de que el fallo no estaba en su sistema, sino en el objeto que intentaba guardar.
Tercer intento: la copia
Le quedaba una salida, y era la más ambiciosa de las tres. Si el recuerdo no se podía grabar por fuera ni extraer por dentro, había que copiar el aparato entero. No el contenido: el proceso.
Nueve años de trabajo. Un ordenador neuronal capaz de replicar la arquitectura completa de un cerebro concreto, con su historia, sus atajos, sus manías, y de sostenerla mientras el tejido original se degradaba. La sustitución era progresiva. La persona no se copiaba a un sitio nuevo: se iba quedando, poco a poco, del lado que no enfermaba.
Seis pacientes entre 2055 y 2057. Los primeros años fueron mejores de lo que Marcel se había atrevido a esperar. Txomin, el segundo, volvió a reconocer a sus hijas, a discutir con ellas, a hacer el bacalao de los domingos y a contar por enésima vez la historia de la moto, con las mismas pausas de siempre y los mismos adornos. La familia lloraba en el pasillo. Marcel también lloró, una vez, en el aparcamiento y solo.
A los diez años, los seis habían desarrollado trastornos graves de personalidad. Los seis. Sin excepción, sin patrón claro de gravedad, sin nada que se pudiera atribuir a un fallo de implantación.
Tardó otro año en entender lo que había hecho. La copia no había fallado: había funcionado demasiado bien. No perdía nada. Nada se atenuaba. La muerte de la mujer de Txomin seguía teniendo, diez años después, exactamente el mismo filo del primer día. Una humillación de 2018 pesaba lo mismo que la de esta mañana. Una discusión antigua se podía repasar mil veces con la nitidez del primer minuto, y se repasaba, porque nada la empujaba hacia atrás. Vivir consiste, entre otras cosas, en que las cosas se vayan poniendo pálidas en un cierto orden. El olvido no era la avería. Era el mantenimiento.
Intentaron programarlo. Curvas de decaimiento, ponderaciones, un modelo de atenuación por relevancia emocional. Todos los ensayos empeoraron las cosas, porque decidir qué debe olvidar una persona es una atrocidad que ni siquiera la propia persona sabe cometer con criterio. Nadie sabe en qué orden se olvida una vida. Tampoco los que la están viviendo.
Marcel cerró el programa él mismo, en 2058, antes de que se lo cerraran. Siguió yendo a ver a las familias durante años. Nunca escribió sobre esa parte.
La caja
Hizo lo que se hace con las ideas que no funcionan. Lo descartó.
Metió en una caja de archivo las notas de los tres intentos, los esquemas del sistema de clasificación, dos juegos de electrodos y las unidades de núcleo del ordenador neuronal. Escribió una página de conclusiones, la última cosa que escribió sobre el tema, y la dejó encima del resto. Bajó la caja al trastero, la puso sobre la lavadora vieja y volvió a subir a casa a cenar.
Tenía sesenta y siete años y veinticinco de trabajo dentro de una caja de cartón. Beñat le preguntó qué tal. Le dijo que bien.
Cuarto intento
Los dieciocho años siguientes no los llamó nada, porque a la vida no se le pone número de experimento.
Vendieron el piso grande, que tenía un cuarto que ya no hacía falta, y se fueron a uno más pequeño con una cocina mejor. Viajaron bastante. Marcel volvió a cocinar, cosa que llevaba dos décadas delegando en la excusa del trabajo. Se apuntaron a un coro que era francamente malo. Hubo cuatro sobrinos, dos bodas, un cáncer de Beñat que se resolvió bien y un otoño entero de miedo que se resolvió peor. Nunca volvió a ponerse un registrador.
Hay una discusión de aquellos años que Marcel contaba a veces, en las cenas, cuando alguien sacaba el tema de su antigua investigación. Discutieron durante quince años sobre una playa. Él decía que el día del chaparrón fue en Barrika; Beñat juraba que fue en Meñakoz, y tenía argumentos. No lo resolvieron nunca. Y el hombre que había dedicado un cuarto de siglo a construir tres máquinas capaces de zanjar exactamente ese tipo de disputa se acostumbró a dejarlo estar, porque el día seguía siendo bueno en las dos versiones y probablemente ninguna de las dos era la verdadera.
Murió en marzo de 2076, a los ochenta y cinco años, en casa, con la cabeza en su sitio hasta el final. La ironía no se le escapaba. La comentaba él mismo, con cierta guasa, cuando le preguntaban.
Beñat le sobrevivió tres años. En 2079, un poco antes de dejar el piso, llamó a la universidad y les dijo que tenía una caja en el trastero, que no sabía muy bien lo que había dentro, que a lo mejor no había nada. Que Marcel siempre había dicho que aquello no funcionaba.
Junio de 2086
Los implantes neuronales se aprobaron para uso clínico general en junio de 2086 y en menos de una década las enfermedades neurodegenerativas dejaron de ser lo que habían sido durante todo el siglo anterior. Del hardware de Marcel Iribarne no quedó gran cosa: sus núcleos eran piezas de museo antes de que nadie los volviera a encender.
Lo que quedó fue la página.
Nahia Otxoa la leyó en 2080, sentada en el suelo del almacén, con la caja abierta entre las rodillas. Eran once líneas escritas a mano. La última decía que los recuerdos están hechos para ser olvidados, y que cualquier sistema que pretenda guardarlos tendrá que aprender antes a perderlos en el orden correcto.
El equipo tardó seis años en enseñárselo. Los implantes que se aprobaron aquel junio no conservan la memoria: la sostienen mientras se apaga como se apagaría sola. Dejan que las cosas palidezcan. Se equivocan un poco. Rellenan huecos con material de otros días, ponen nietas en bodas donde no estuvieron, confunden Barrika con Meñakoz. Fue esa imperfección deliberada, y no la potencia de cálculo, lo que evitó que los pacientes se rompieran. En la documentación técnica original, la página de Marcel aparece citada entera, en la introducción, sin más comentario.
En la caja había también un archivo suelto del primer intento, cuarenta segundos de registro, la única entrada de todo aquel océano que llevaba una etiqueta escrita a mano. Ponía: tarde sin importancia, 12 de abril de 2035.
Nahia la vio. Es una cocina con la radio puesta. Alguien de espaldas, fregando, que se gira y dice algo que no se entiende porque suena el agua. Se ríen los dos. No pasa absolutamente nada más. Marcel no sale, claro, porque Marcel está detrás del registrador, que es donde estamos todos.
No la incluyó en el expediente. No aportaba nada. Se la guardó en su cuenta personal y la vio unas cuantas veces más a lo largo de los años, cada vez menos, hasta que dejó de acordarse de que la tenía.
