Relato

400,18 días

Figura vista de espaldas detenida en el umbral de un apartamento minimalista de estética futurista. La habitación interior permanece intacta: una chaqueta en una silla, platos sobre la mesa, todo exactamente como se dejó. La luz cálida del interior contrasta con la luz fría del exterior.

El mensaje

Nadie lo guardó. Eso es lo más extraño, en retrospectiva: que la primera comunicación de otra civilización con la nuestra fuera tratada, por la mayoría, como spam.

El mensaje llegó el 12 de marzo de 2050, a las 09:47 GMT. Simultáneo en la práctica, aunque los físicos discutirían durante años sobre las diferencias de milisegundos. Siete mil novecientos millones de personas, cada una en su idioma, en el canal de comunicación que tuviera activo en ese momento, fuera cual fuera su forma. El mensaje apareció en todos ellos. En algunos casos, en dispositivos que llevaban meses sin usarse.

Se identificaban con un término propio que las traducciones no terminaban de capturar con exactitud. En todas las lenguas, la versión resultante oscilaba alrededor de la misma idea: los que habitan el otro lado. Explicaban, con una precisión casi burocrática, la naturaleza de su mundo: materia exótica, gravedad negativa, una geometría del espacio-tiempo que hacía que su realidad transcurriera de forma distinta a la nuestra. Distinta de forma cuantificable: por cada día que pasaba en la Tierra, en su mundo transcurrían 400,18 días. Eran, respecto a nosotros, más rápidos. Mucho más rápidos. Mientras vivíamos un día, ellos vivían más de un año.

Habían desarrollado un sistema de intercambio. Una persona de la Tierra podía ser transportada a su mundo y reemplazada temporalmente por uno de ellos, siempre que la masa corporal de ambos fuera equivalente. El proceso era reversible. No permitía el traslado de objetos físicos ni de tecnología. La equivalencia de masa era un requisito técnico no negociable.

El mensaje terminaba con una dirección de contacto y una aclaración: todo intercambio debía ser voluntario.

La prensa los llamó Alternativos antes de que terminara el día. El nombre se quedó.

La reacción general fue de escepticismo irónico, como ocurre siempre con lo que no puede procesarse de inmediato. Se habló de campaña de marketing, de experimento social, de broma elaborada. Los gobiernos tardaron tres días en emitir sus primeras declaraciones, que fueron, en su mayoría, llamadas a la calma y a esperar más información.

Pero algunos, en todo el mundo, respondieron al mensaje. Unos pocos miles, al principio. Los primeros Alternativos llegaron sin que nadie los viera llegar.


Los visitantes

Los habíamos imaginado como algo completamente distinto. La ciencia ficción nos había preparado para criaturas, para arquitecturas corporales que nuestra biología no pudiera reconocer. Pero los Alternativos llegaban con aspecto humano. No perfecto, no idéntico, pero suficientemente convincente para pasar desapercibidos en la mayoría de contextos. El proceso de transporte incluía, al parecer, una regeneración exterior que los adaptaba al entorno de llegada. Había que prestar mucha atención para notar algo ligeramente fuera de lugar en sus gestos, en su forma de moverse, en el modo en que procesaban la información visual. La mayoría no prestó atención.

Lo que sí resultaba inconfundible era su comportamiento.

Comían con una urgencia que desconcertaba a los camareros. Pedían dos o tres platos de forma simultánea, los terminaban rápido, pedían más. No era hambre, exactamente. Era avidez. La necesidad de acumular experiencias sensoriales en el tiempo disponible. Un día en la Tierra les costaba más de un año de ausencia en su mundo. Sus trabajos, sus familias, sus rutinas seguían avanzando allí mientras ellos estaban aquí. No podían permitirse el lujo de tomárselo con calma.

Los primeros documentos en video que circularon mostraban a turistas que recorrían museos a una velocidad que irritaba al resto de los visitantes. Que compraban entradas para tres eventos distintos el mismo día. Que pedían en los restaurantes antes de sentarse y comían de pie junto a la barra para no perder tiempo con la sobremesa. Los Alternativos no venían a disfrutar de la Tierra. Venían a saldar una deuda con la curiosidad en el menor tiempo posible, porque el tiempo aquí era exactamente lo que siempre parece ser y casi nunca tratamos como tal: finito, no recuperable.

Fue cuando entendimos eso cuando la extrañeza dejó paso a algo más parecido al respeto, aunque también a algo más parecido a la incomodidad.


Los que viajaron

Mientras los Alternativos recorrían mercados y monumentos con su urgencia característica, los primeros humanos comenzaban a desaparecer.

No literalmente, o sí, dependiendo del punto de vista. Un día estaban. Al siguiente no. Y al día siguiente de ese no estaban, volvían.

Los primeros relatos fueron cautelosos. Decían que el mundo alternativo era habitable, que los paisajes no se parecían a nada conocido: selvas de una densidad que ninguna luz lograba atravesar del todo, playas de aguas de un color sin nombre exacto en nuestros idiomas, ciudades construidas sobre principios que ignoraban la gravedad tal como nosotros la entendemos. Decían que era hermoso. Decían que el tiempo allí, a pesar de la equivalencia matemática, no se sentía rápido. Se sentía como tiempo. 400,18 días son 400,18 días.

Lo que decían con más dificultad era lo que les había ocurrido por dentro.

Habían pasado allí más de un año. Habían desarrollado rutinas, preferencias, formas propias de moverse por aquel mundo. Habían aprendido algunas palabras. Habían tenido tiempo de aburrirse y de recuperarse del aburrimiento. Habían pasado por momentos difíciles de los que nadie aquí sabía nada. Habían cambiado, de esa manera silenciosa en que cambia la gente cuando vive lo suficiente. Y luego habían vuelto.

Y aquí no había pasado nada.

El efecto que esto producía no tenía nombre todavía. Los psicólogos tardaron semanas en empezar a describirlo: disonancia temporal, síndrome del regreso, duelo por tiempo vivido. La sensación, según quienes la padecían, era la de haber envejecido interiormente mientras el mundo exterior permanecía congelado. Como volver de una guerra larga a una ciudad que no sabe que ha habido guerra. Algunos se readaptaban. Otros no terminaban de hacerlo nunca.


Veinticuatro horas

Hay una imagen que circuló mucho en esos meses. No era una fotografía ni un video: era el relato, repetido en versiones distintas por decenas de personas distintas, de un mismo momento. El momento en que alguien espera. Sabe que su pareja, su hermano, su amiga va a volver hoy. Ha pasado exactamente un día desde que se fue. Y la persona que regresa es la misma y no es la misma.

Ha vivido 400 días sin ti. Ha tenido tiempo de cambiar de opinión sobre cosas importantes. Ha desarrollado intereses que no conocías. Ha pasado por momentos difíciles que no pudiste acompañar. Ha crecido, en el sentido más literal: ha acumulado más de un año de experiencia, de dudas, de decisiones pequeñas que van sumando carácter. Y tú llevas veinticuatro horas esperando.

La brecha no era de distancia. Era de tiempo vivido. Y eso resultó ser, para muchas parejas, insalvable.

Un hombre de Oporto describió en un foro el regreso de su mujer después de un intercambio de tres días. Ella había pasado más de mil doscientos días en el mundo alternativo, más de tres años. Cuando llegó, él la abrazó y notó de inmediato que la manera en que ella le devolvía el abrazo era distinta. No era frialdad, exactamente. Era la distancia de alguien que ha tenido tiempo de reordenar sus prioridades y todavía no ha terminado de comunicárselo al mundo que dejó atrás. Tardaron casi un año en separarse. Él siempre dijo que no era culpa de nadie. Que simplemente habían dejado de ser contemporáneos.


Cuando el tiempo dejó de ser fijo

A medida que los intercambios cortos se normalizaban, algunos empezaron a aceptar períodos más largos.

La lógica era comprensible. Volver a casa al día siguiente con 400 días de vida en el cuerpo y no poder contársela a nadie que la entendiera tenía algo de insatisfactorio. Volver con veinte años de experiencias, con treinta, con cincuenta, era otra cosa. Era llegar cambiado de una forma lo suficientemente evidente como para que el cambio no necesitara explicación.

Los intercambios de veinte días terrestres equivalían a más de ocho mil días alternativos, más de veintidós años de vida. Los de un mes, a más de treinta y tres. Los de dos meses, a más de seis décadas. Y los números eran solo eso, números, hasta que empezaron a materializarse en caras y en cuerpos.

Una joven de Varsovia viajó cuando su madre tenía cincuenta y dos años. Pactó un intercambio de treinta días. Su madre la esperó en casa durante poco más de un mes. Cuando se vieron en el punto de reunión, fue la madre quien tardó un instante en reconocer a la mujer que tenía delante: su hija había salido con veinticinco años; regresaba con cincuenta y ocho. Se abrazaron llorando, sin que ninguna de las dos pudiera explicar bien por qué lloraba. La hija tenía ahora seis años más que su madre.

Situaciones como esa dejaron de ser excepcionales. En algunos países se modificaron marcos legales que nadie había imaginado tener que modificar. Se discutió si los años vividos en otro mundo debían computar para la jubilación, para los seguros médicos, para la mayoría de edad. Las respuestas fueron siempre provisionales, siempre insatisfactorias, siempre llegando demasiado tarde.

No todos los que viajaron lo hicieron por curiosidad. Los intercambios más largos atrajeron pronto a quienes buscaban perderse más que conocer: alejarse de una deuda, de una relación imposible, de un diagnóstico que no querían enfrentar. Algunos repitieron el viaje en cuanto regresaron, cada vez más viejos al llegar, cada vez con menos mundo reconocible al que volver.


El agotamiento

El boom duró aproximadamente seis meses terrestres.

Para los Alternativos, ese período equivalía a algo más de doscientos años. Lo que para nosotros había sido una revolución reciente, para ellos era ya historia antigua. Y la historia antigua, como toda historia antigua, había perdido urgencia.

A partir del séptimo mes terrestre, encontrar un candidato alternativo dispuesto al intercambio empezó a complicarse. El sistema, que en sus primeras semanas resolvía los emparejamientos en segundos, empezó a mostrar tiempos de espera. Primero horas. Luego días. Luego semanas enteras esperando un candidato de masa equivalente y con disponibilidad real para ausentarse de su propia vida más de un año.

La escasez de candidatos generó lo que ningún gobierno había previsto regular: un mercado paralelo en el que los perfiles de masa compatible se cotizaban como un bien escaso y los intermediarios cobraban en consecuencia. Hubo quien engordó o adelgazó varios kilos deliberadamente para encajar con el perfil disponible más próximo. Hubo también quien usó los intercambios para que prescribieran deudas durante su ausencia, o para que caducaran sentencias. Casi nada de aquello se reguló a tiempo.

Del lado alternativo, el turismo hacia la Tierra había dejado de ser una novedad hacía generaciones. En su sociedad, lo que para nosotros era aún una experiencia extraordinaria se había convertido en algo que sus abuelos habían hecho, o los abuelos de sus abuelos, y que tenía más o menos la misma relevancia cultural que un destino de moda de principios del siglo XX. Interesante para quien no lo había visto. Irrelevante para quien había crecido oyendo hablar de ello.

Las personas que habían tardado meses en tomar la decisión de viajar se encontraron con que ya no había nadie con quien intercambiarse. Algunos lo vivieron con alivio: habían necesitado todo ese tiempo para convencerse, y la solución llegó sola. Otros no lo superaron con tanta facilidad. Habían reorganizado su vida laboral, habían hablado con sus familias, habían hecho los preparativos mentales que exige una ausencia de más de un año. Y cuando finalmente enviaron la solicitud, el sistema les devolvió un tiempo de espera indefinido.

Era una ironía que no tenía forma de resolverse.


El tiempo rectilíneo

El programa se desmanteló desde el lado alternativo.

No hubo anuncio formal. La dirección de contacto del mensaje original dejó de dar respuesta en algún momento del segundo año terrestre, y la lista de candidatos disponibles fue disminuyendo hasta desaparecer. Desde nuestra perspectiva, todo el arco del programa —el primer mensaje, el boom, el declive, el silencio final— había durado menos de dos años. Menos tiempo del que tardamos en cambiar de gobierno, en renovar un contrato de trabajo, en aprender un idioma nuevo. Desde la perspectiva alternativa, habían pasado ochocientos años: tiempo más que suficiente para que lo que había comenzado como una curiosidad se convirtiera en una reliquia de museo y terminara siendo descatalogada sin mayor ceremonia.

No quedó otra alternativa que aceptarlo. No era nuestra tecnología. Nunca lo había sido. Habíamos sido turistas en un sistema que otros habían construido y que otros desmantaron cuando consideraron que había cumplido su función, o cuando dejó de tenerla. No había negociación posible. No había número al que llamar.

Bastaba con hacer los cálculos sobre lo que habían dejado atrás esos dos años. Hubo personas que habían partido como adultos jóvenes y regresado en la vejez, habiendo vivido treinta, cuarenta, sesenta años en el mundo alternativo mientras aquí no pasaba ni una estación. Ningún sistema de previsión social había contemplado que alguien pudiera envejecer sin que el tiempo exterior acompañara ese envejecimiento. Biológicamente tenían ochenta años; legalmente, cuarenta. Sin cotizaciones suficientes, sin capacidad para retomar sus trabajos, sin que nadie supiera muy bien qué lugar reservarles. Nadie había diseñado nada para eso.

Las generaciones que siguieron aprendieron a no hacer las cuentas. Los hijos de quienes habían viajado crecieron sin preguntarse demasiado por qué su padre tenía la misma edad que su abuelo, o por qué en el árbol familiar había una rama que no seguía el orden esperado. Con el tiempo, los últimos que recordaban de primera mano fueron desapareciendo. Los Alternativos pasaron a los libros de texto, a los documentales de madrugada, a las conversaciones de sobremesa en las que alguien dice ¿sabías que mi abuela viajó a otro mundo? con el mismo tono con que se dice ¿sabías que mi bisabuelo cruzó el Atlántico en barco? La anomalía se volvió anécdota, y la anécdota fue diluyéndose en el ruido de todo lo demás.

Y el tiempo, lentamente, regresó a su inexorable transcurso rectilíneo.

Juanjo Marcos

Juanjo Marcos

Escribo sobre tecnología, desarrollo y, al parecer, ciencia ficción.

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