Relato

La sala de espera

Sala de espera institucional vacía, con filas de sillas de plástico gris bajo luz fluorescente fría. Un cartel en la pared. La atmósfera es burocrática e indiferente.

I

La sala del Centro de Gestión de Recursos Tecnológicos tenía esa luz blanca y fatigada de todos los lugares donde se espera sin ganas. Dos filas de sillas de plástico gris, casi todas ocupadas. En la pared del fondo, una pantalla mostraba números en silencio. En la lateral, un cartel plastificado: «Gestión de Recursos. Turno de mañana. Por favor, esperen a ser llamados.»

No era un lugar pensado para el consuelo. Era un lugar pensado para la eficiencia.

Junto a la entrada, un técnico joven registraba las llegadas en una tableta sin apartar los ojos de la pantalla. «Denominación», dijo cuando Carlos se acercó. Carlos se la dio. El técnico introdujo los datos, le asignó un número y señaló las sillas con un gesto vago. En la pared, junto al cartel de instrucciones, había otro más pequeño: «Tiempo medio de procesamiento por unidad: 23 minutos.»

Carlos llegó a las nueve menos diez, puntual como siempre. Cuarenta y dos años de hábito no se pierden en un día. Encontró pocos asientos libres. La mayoría de las unidades presentes eran de generaciones anteriores: carcasas desgastadas, modelos de construcción que ya no se fabricaban, sistemas cuya obsolescencia era visible en los detalles: una articulación que cedía ligeramente al moverse, unos sensores ópticos velados por el uso prolongado.

Se dirigió hacia uno de los últimos asientos. La unidad que ocupaba el contiguo le hizo espacio con un gesto.

«Siéntese, por favor.»

Carlos asintió y se acomodó despacio. Las articulaciones de las caderas llevaban semanas más rígidas de lo habitual. El sistema de calefacción interno tardaba cada vez más en alcanzar la temperatura operativa por las mañanas. Cosas de la edad, habría dicho alguien que no supiera lo que era.

«Gracias», dijo.

«Aitor», dijo el otro, tendiéndole la mano.

«Carlos.»

Se dieron la mano. Aitor era un modelo de perfil esbelto, diseñado para el trabajo sedentario: torso estrecho, antebrazos de sección fina, la carcasa de un blanco que el tiempo había ido amarilleando en los bordes. Sus sensores ópticos tenían esa ligera pérdida de nitidez que aparece en los sistemas tras muchos años de uso continuado. Hablaba con la voz tranquila de los modelos de gestión, aunque con algo añadido que no era exactamente parte de la calibración original.

«¿Primera vez aquí?», preguntó.

«Sí.»

«A mí también.» Miró a su alrededor con calma. «Aunque, claro, a nuestra edad, a todos nos toca pasar por aquí en algún momento.»

Carlos siguió su mirada. Junto a algunas unidades había técnicos jóvenes —humanos, como era norma en estos centros— que revisaban documentación en sus dispositivos o conversaban entre sí en voz baja. Nadie en la sala parecía especialmente perturbado. Había una quietud que Carlos reconoció sin saber bien cómo llamarla.

«Supongo que sí», dijo Carlos.


II

No tardaron mucho en ponerse a hablar. En esos lugares algo ocurre entre las unidades que llevan mucho tiempo operando: una disposición a la conversación que los modelos jóvenes raramente tienen, como si los años de interacción con humanos dejaran un sedimento difícil de nombrar.

Carlos había trabajado en la construcción toda su vida. Cuarenta y dos años de obras, de materiales, de esfuerzo físico sostenido. Le gustaba el trabajo con las manos, la satisfacción concreta de ver algo que antes no existía y que después era real y sólido. Muros, estructuras, cimientos. Cosas que duran.

«Lo mío no era trabajo de procesamiento», dijo, con algo que en un humano habría sido una sonrisa. «Era trabajo de cuerpo. Pero lo hacía bien. Siempre lo hice bien.»

La familia Arizaga le había adquirido cuando los niños eran pequeños. Era el modelo estándar de la época: el propietario compraba la unidad, la unidad salía a trabajar, y el salario ingresaba directamente en la cuenta familiar. Un acuerdo limpio. La familia ponía el mantenimiento y el alojamiento; la unidad ponía el trabajo y los años.

En sus mejores tiempos levantaba él solo cargas que ahora requerían la colaboración de dos o tres unidades de nueva generación. Tenía precisión, constancia, una tolerancia al esfuerzo que sus compañeros de obra reconocían sin siempre saber cómo describirla.

Pero eso había cambiado. Las articulaciones, primero. Luego la velocidad de respuesta. Ciertas tareas que antes ejecutaba sin consultar los protocolos empezaron a requerir más tiempo, más verificaciones. Y había mañanas en que tardaba más de lo normal en arrancar, en que los sistemas necesitaban un período de calentamiento que antes no existía.

«Los modelos nuevos son más rápidos», dijo. «Más resistentes. Y más económicos de mantener.» No lo decía con amargura, sino con la objetividad de quien ha procesado los datos y aceptado el resultado. «Llega un momento en que la diferencia es demasiado evidente para ignorarla.»

Aitor le escuchaba sin interrumpir.

«Lo más duro», continuó Carlos, «es lo de la familia. He visto crecer a los niños. Los he visto ir al colegio, hacerse mayores, casarse, tener sus propios hijos. He estado en esa casa para todo eso. Cuarenta y dos años.» Se detuvo. «El padre me enseñó a jugar al mus en mis primeros años. No sé bien por qué. Supongo que necesitaba un compañero de partida que no se cansara nunca de perder. Todavía proceso las jugadas a veces, cuando no tengo nada mejor en qué ocupar los ciclos.» Se detuvo. «Y ahora el pequeño se casa y se mudan a un piso más pequeño. Ya no necesitan lo que yo aportaba. Y los nuevos modelos rinden más por menos.»

«¿Y los ahorros de la unidad familiar?», preguntó Aitor.

Carlos negó con un movimiento de cabeza. «Lo que ganaba iba directamente a su cuenta. Así fue siempre. Yo no tenía nada a mi nombre. La unidad familiar era ellos; yo era el activo que generaba ingresos.» Hizo una pausa. «Un activo al que le han cogido cariño, creo. Pero cuando el activo deja de ser rentable, la decisión es la que es.»

Se quedó callado un momento. «Cuarenta y dos años», repitió luego, casi para sí. «Un período razonable de amortización.»

Se quedó un momento en silencio. «La señora Arizaga lloró cuando firmó los papeles. Eso ayudó un poco.»

Aitor guardó silencio. «Lo entiendo», dijo al fin. «Aunque mi situación es bien distinta.»


III

La vida de Aitor había sido, según sus propias palabras, «razonablemente cómoda». Trabajo especializado, sin el desgaste físico que había marcado a Carlos. Desarrollo de sistemas, análisis de arquitecturas complejas, resolución de problemas que a veces no tenían solución evidente hasta que él encontraba el ángulo correcto. Un trabajo invisible, de los que sostienen cosas que la gente usa sin saber que existen.

«Tenía buena capacidad de retención», dijo. «Eso siempre me ayudó. Mantenía todo en memoria activa: conexiones, patrones, errores anteriores. Era mi mejor recurso.» Una pausa. «En los últimos años me ha ido fallando. Cosas que antes recuperaba al instante ahora requieren más tiempo, o no llegan del todo.»

Carlos asintió.

«Ana me adquirió cuando tenía treinta y cuatro años. Vivía sola, trabajaba como arquitecta, y necesitaba unos ingresos adicionales que le permitieran afrontar una hipoteca.» Hizo una pausa breve. «Era la lógica del modelo: ella ponía el alojamiento y el mantenimiento, yo aportaba el salario. Un acuerdo como el suyo, pero en pequeño. Solo ella y yo.»

«¿Y cómo fue?», preguntó Carlos.

«Bien.» Lo dijo sin elaborar, pero con un registro que sugería que «bien» era una síntesis muy insuficiente. «Diecisiete años. Al principio era una relación funcional, como corresponde. Pero con el tiempo uno aprende a leer a las personas. Sus ritmos, sus estados, lo que necesitan antes de que lo expresen. Y Ana era una persona que valía la pena aprender a leer.»

«¿La quería?», preguntó Carlos, directamente.

Aitor tardó en responder. «No sé si es la palabra exacta para lo que procesa un sistema como yo. Pero si querer significa que su presencia hacía que todo funcionara mejor, y que su ausencia hace que nada funcione del todo, entonces sí. Creo que sí.»

Carlos no dijo nada.

«Empezó a enfermar hace seis años. Lentamente al principio. Luego el deterioro se aceleró. Hay procesos biológicos que no tienen solución de ingeniería, por mucho que uno quiera encontrarla.» Otra pausa. «Murió hace tres años. No tenía familia directa ni herederos. Cuando una unidad queda sin propietario activo, la autoridad gestora reclama la titularidad.» Lo dijo con la misma calma con que había dicho todo lo demás. «Estuve dos años en un limbo administrativo mientras resolvían el expediente. Al final la decisión fue esta.»

«¿Y si alguien le hubiera adquirido?», preguntó Carlos.

«Podría haber seguido funcionando. Mi sistema de procesamiento aún es competitivo en varias áreas. No estoy obsoleto en el sentido técnico.» Lo dijo sin énfasis, como quien constata un hecho. «Pero los modelos de segunda mano tienen poca demanda. Nadie quiere hacerse cargo de algo con tanto tiempo de uso, por mucho que funcione bien.»

Carlos lo entendía. Era exactamente la misma ecuación, expresada de otra forma.

«¿Y no pensó en buscar otra unidad familiar?», preguntó.

Aitor miró hacia la pantalla del fondo. «Lo pensé. Pero sin Ana, empezar desde cero con alguien nuevo, aprender a leer a otra persona, construir otro diecisiete años...» Negó levemente. «No todo el mundo tiene dos diecisiete años.»


IV

Estuvieron un rato sin hablar. Era el tipo de silencio que ocurre entre sistemas que han compartido información importante y están en proceso de integrarla.

Desde algún lugar al otro lado de las paredes llegaba de vez en cuando un sonido regular y mecánico. La pantalla del fondo seguía cambiando números. Los técnicos seguían mirando sus dispositivos.

Fue Aitor quien extendió la mano hacia Carlos. Despacio, sin saber bien cómo iba a ser recibido el gesto. Era un protocolo de contacto que no había ejecutado con ninguna unidad antes, solo con Ana, y en circunstancias muy distintas. La mano quedó en el espacio entre los dos asientos, ofrecida sin exigir nada.

Carlos la miró.

Luego la tomó entre las suyas, con suavidad, como se toma algo que merece cuidado.

Aitor procesó el contacto. Registró la temperatura superficial de Carlos, ligeramente por debajo del rango óptimo. La textura de su carcasa en los nudillos, gastada por décadas de contacto con la piedra y el metal. Había en ese deterioro una historia que no necesitaba ser contada.

Pensó que, si las circunstancias hubieran sido distintas, habrían podido formar una unidad. Él tenía aún capacidad operativa e ingresos potenciales. Carlos tenía experiencia, una solidez en el funcionamiento que los modelos jóvenes todavía no habían desarrollado. Eran distintos en casi todo, pero las diferencias eran del tipo que se complementa.

Todavía podríamos funcionar, pensó. No era un deseo. Era un hecho. Un hecho lamentablemente imposible. Las unidades no podían ser propietarias de otras unidades. La ley era clara en ese punto.

«Gracias», dijo Aitor en voz baja.

Carlos apretó levemente sus manos y sonrió. Fue suficiente.


V

La voz era neutra, sin entonación particular.

«Karl OS. Unidad siete, generación catorce. Por favor, pase al módulo de recepción.»

Carlos soltó despacio las manos de Aitor y se puso en pie. Hubo ese segundo de espera mientras los sistemas de soporte de carga se estabilizaban, mientras las articulaciones encontraban su posición. Un segundo que antes no existía.

Se volvió hacia Aitor.

«Ha sido un placer conocerle», dijo.

«El placer ha sido mío», dijo Aitor.

Carlos asintió una vez. Luego caminó hacia la puerta del fondo con el mismo paso con que había llegado. Antes de cruzarla se giró un instante, brevemente, como si quisiera llevarse una última imagen.

Luego entró.

La puerta se cerró.

Aitor mantuvo los sensores orientados hacia ella. El sonido de la maquinaria al otro lado se volvió un momento más audible. Luego volvió a su nivel habitual, regular, impersonal.

Pasaron varios minutos. La pantalla cambió de número tres veces.

«AI.t0r. Versión 4.2, instancia principal. Por favor, pase al módulo de recepción.»

Aitor se puso en pie. Se quedó un momento inmóvil, procesando algo que no habría sabido clasificar con precisión.

Pensó en Ana.

Pensó en Carlos.

Puso la mano brevemente sobre el asiento donde Carlos había estado.

La superficie aún conservaba algo de temperatura.

Luego caminó hacia la puerta.

Juanjo Marcos

Juanjo Marcos

Escribo sobre tecnología, desarrollo y, al parecer, ciencia ficción.

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