Relato

El hombre que movía montañas

Un hombre de mediana edad sentado solo en una terraza del Casco Viejo de Bilbao, con un periódico desplegado sobre la mesa. La imagen tiene una calidad ligeramente onírica, como si el reflejo en el cristal del bar no terminara de coincidir con la realidad.

I

La mañana del cuatro de marzo de 2003 Izan Goikoetxea se despertó con la certeza de que el día iba a ser un martes sin mayor interés.

Eso, en sí mismo, no era inusual. Llevaba treinta y ocho años despertándose con certezas de ese tipo: que llovería, que tenía reunión a las once, que debía acordarse de llamar a su madre. Lo inusual era que todavía eran las siete y cuarenta y dos de la mañana y ya sabía exactamente lo que le iba a decir Marta en el descanso del café, antes de que Marta lo hubiera dicho.

No le dio mayor importancia. Se duchó, preparó café y bajó al trabajo.

Fue un día extraño.

En la reunión de las once interrumpió a su jefe para completar una frase que este no había terminado. Su jefe lo miró con una mezcla de irritación y desconcierto. «Ya lo sé, ya lo sé», dijo Izan, y no supo explicar por qué lo decía ni de dónde venía esa seguridad.

A la hora del almuerzo, antes de que Marta abriera la boca, le preguntó qué tal le había ido la entrevista. Marta lo miró desconcertada. «¿Qué entrevista?» Izan parpadeó. «La del trabajo nuevo», dijo, y en ese momento supo que había metido la pata, aunque no habría sabido explicar cómo. Marta tenía una entrevista esa misma tarde, en una empresa del Ensanche, y todavía no se lo había contado a nadie. Pero en ese momento, sentados en la cafetería de la empresa, la entrevista aún no había ocurrido, y mucho menos el hecho de que Marta fuera a contársela a él.

Fue el primero de una larga serie de malentendidos.

De camino a casa evitó instintivamente la calle Autonomía y no supo decirse por qué. Más tarde recordaría —aunque «recordar» no era exactamente la palabra correcta— que en la calle Autonomía había obras y que el desvío le hacía perder doce minutos. Pero en ese momento fue solo un impulso, una incomodidad difusa, como cuando uno recuerda vagamente que algo estuvo mal pero no consigue precisar el qué.

Se acostó tarde, con la sensación de haber vivido ese día antes, y durmió mejor de lo que esperaba.


II

Las dos semanas siguientes fueron las más desconcertantes de su vida.

Había momentos de claridad absoluta: sabía que el miércoles llovería a partir de las tres, y que el periódico del jueves traería una noticia sobre un político que hasta entonces había parecido intachable. Y había momentos de niebla completa: cosas que debían haberle pasado ese día y de las que no tenía el menor registro, como si hubiera dormitado durante esas horas.

Al principio barajó las explicaciones habituales. Estrés. Falta de sueño. Había leído algo sobre el déjà vu, sobre cómo el cerebro a veces procesa la información con un milisegundo de retraso y genera esa sensación de familiaridad falsa. Pero esto era distinto. Esto no era una fracción de segundo. Esto eran horas enteras de su día anticipadas con una precisión que no podía atribuir a ningún mecanismo neurológico que conociera.

La certeza llegó un domingo por la mañana. Se despertó sabiendo que a las doce y cuarto su vecina del tercero B dejaría caer un jarrón en la escalera. Era un detalle absurdo, sin importancia, pero tan nítido que decidió apostarse en el rellano a las doce y diez. A las doce y dieciséis, la vecina salió de su piso con el jarrón en brazos, tropezó con el felpudo y Izan lo recogió en el aire antes de que tocara el suelo.

La vecina lo miró con los ojos muy abiertos.

«Gracias», dijo, finalmente.

«De nada», dijo Izan.

Volvió a su apartamento, se sentó en el sofá y estuvo un buen rato mirando la pared.


III

Tardó otra semana en aceptar lo que estaba pasando, y otra más en encontrarle un nombre.

«Precuerdos», se dijo una tarde, en voz alta, probando la palabra como si fuera un medicamento nuevo. Precuerdos: recuerdos de algo que todavía no había ocurrido. Imperfectos, fragmentarios, con lagunas y distorsiones, exactamente igual que los recuerdos de verdad. Porque así funcionaba su cabeza cada mañana: no como una bola de cristal, sino como la memoria de un día que ya había vivido y que no siempre había seguido con atención.

Eso era importante. Los precuerdos tenían la textura de la memoria, no de la profecía. Recordamos con nitidez lo que nos impactó, lo que nos importó, lo que convertimos en hábito. Y olvidamos —o recordamos borroso— lo que pasó de largo mientras mirábamos el móvil o pensábamos en otra cosa.

Eso explicaba muchas cosas. No sabía el número ganador de la lotería aunque precordara haberla visto por la tele, igual que nadie recuerda el número ganador del martes pasado. No sabía el resultado exacto del partido de fútbol, solo una impresión general: que había sido emocionante, que hubo polémica. Los grandes titulares llegaban con más claridad que las noticias menores. Y de su entorno inmediato —su barrio, su trabajo, sus amigos— tenía una imagen mucho más detallada que de lo que ocurría al otro lado del mundo.

Durante los primeros meses usó esa capacidad con una timidez casi cómica.

Precordaba que alguien dejaría un paraguas en la barra de la cafetería del trabajo, y antes de que esa persona se levantara le decía: «Oye, no te olvides el paraguas». Precordaba que el lunes habría un atasco en Sabino Arana y salía diez minutos antes. Precordaba haber olvidado el cumpleaños de un amigo, y le mandaba un mensaje por la mañana temprano. Y al hacerlo, convertía sus precuerdos en mentiras.

Eran cosas pequeñas. Pero había algo profundamente satisfactorio en ellas, una especie de orden silencioso que se iba instalando en su vida.


IV

El día que precordó la muerte de su padre fue el más largo de su vida.

No llegó por sorpresa, en el sentido estricto. Su padre llevaba meses enfermo, y los médicos habían dejado de ser optimistas hacía tiempo. Pero hay cosas que uno sabe intelectualmente y otras que sabe con el cuerpo, y esa mañana Izan se despertó sabiéndolo con el cuerpo: que antes de que cayera la noche su padre dejaría de respirar.

Llamó al hospital antes del desayuno. «¿Hay alguna novedad?» No había ninguna novedad. Su padre dormía, le dijeron. Estaba tranquilo.

Cogió el coche y fue al hospital. Se sentó junto a la cama. Le cogió la mano. Su padre estaba despierto, sorprendido de verle tan temprano, y estuvieron hablando de cosas sin importancia durante un buen rato: de una partida de mus que su padre había ganado treinta años atrás, de una excursión a la playa cuando Izan tenía ocho o nueve años, de una anécdota sobre un perro que Izan no recordaba y que su padre contó dos veces, riéndose igualmente las dos veces.

A las seis y cuarto de la tarde, con la mano de Izan entre las suyas, su padre cerró los ojos por última vez.

Condujo de vuelta a casa con la ventanilla bajada, en silencio. No había podido evitarlo. Eso lo sabía. Algunas cosas escapaban completamente a su alcance, y no era cuestión de falta de voluntad ni de capacidad: era simplemente que ciertos mecanismos del mundo eran demasiado grandes para que una sola persona los detuviera. Había precordado un accidente de tren en Alemania meses atrás y había pasado esa misma mañana buscando en internet alguna forma de avisar, algún canal, algún teléfono de emergencias transfronterizo al que pudiera llamar un particular con información vaga y sin fuente. No encontró nada útil. El tren había descarrilado de todos modos.

Esa noche entendió que sus precuerdos no eran un superpoder. Eran una herramienta. Y como toda herramienta, tenía un alcance definido y unos límites muy claros.

La pregunta era qué hacer dentro de esos límites.


V

Tardó casi un año en dar el siguiente paso, y ese paso fue, de todos, el más premeditado.

Había pensado en la lotería desde el principio, naturalmente. Todo el mundo lo habría pensado. El problema era que los precuerdos no funcionaban así: no podía sentarse una mañana y decidir que iba a precordar los números ganadores del sorteo de esa noche, del mismo modo que no podía decidir que iba a recordar con precisión lo que había comido un martes de hacía tres semanas. La memoria no funciona a voluntad. Recuerda lo que ha prestado atención, lo que ha repetido, lo que ha convertido en hábito.

Y ahí estaba la clave: el hábito.

Durante cuatro semanas, cada noche después del sorteo, Izan se sentaba frente a la tele y repasaba los números ganadores en voz alta, tres veces, anotándolos en un cuaderno. Era un ejercicio tedioso y un poco ridículo, y más de una vez estuvo a punto de abandonarlo. Pero lo mantuvo. Cuatro semanas, cada noche, sin excepción.

La mañana del vigesimonoveno día se despertó y supo los seis números.

No los seis con absoluta nitidez: cinco sin ninguna duda, y el sexto con una vacilación razonable entre dos opciones. Fue suficiente. Apostó con discreción, en una administración de otro barrio, y dos semanas después cobró una cantidad que no necesitó repetir.

Dejó el trabajo en octubre de 2005. Su jefe lo miró con una mezcla de extrañeza y envidia mal disimulada. «¿Qué vas a hacer?» «Nada», dijo Izan, y era la respuesta más honesta que podía dar, aunque no era del todo verdad.


VI

Lo que hizo fue aprender a mirar.

Bilbao tiene esa cualidad de las ciudades medias donde todavía puedes sentarte en una terraza y escuchar, sin el ruido blanco de las grandes capitales que lo iguala todo. Izan empezó a frecuentar un par de cafés del Casco Viejo, siempre a la misma hora, siempre en la misma mesa. Pedía un café y un pintxo y se quedaba allí durante horas, con un periódico desplegado sobre la mesa que apenas miraba, pero en realidad prestando atención a todo: a las conversaciones de las mesas de al lado, a los movimientos de la gente en la calle, a los gestos, a las tensiones que a veces se perciben entre dos personas mucho antes de que estallen.

La escucha activa, como el hábito de aprenderse los números de la lotería, tardó en dar sus frutos. Pero los dio.

Los precuerdos de su entorno inmediato fueron ganando en nitidez y en detalle. Donde antes llegaban impresiones generales —«mañana habrá una discusión en esa mesa»—, empezaron a llegar fragmentos concretos, palabras sueltas, gestos específicos. Fue un proceso gradual, como afinar una radio analógica hasta que la estática cede y aparece la voz.

Un martes de noviembre de 2007 precordó fragmentos de una conversación entre dos hombres en la barra. No todo: algo sobre una mujer, sobre que «esta vez se había pasado», sobre que «le he dado su merecido». Había suficiente para entender lo que estaba pasando, aunque no los nombres ni la dirección. Llamó al teléfono de atención a víctimas de violencia de género esa misma mañana, antes de sentarse en la terraza, y dio la información que tenía. La persona al otro lado de la línea le hizo preguntas que Izan no pudo responder del todo. Hizo lo que pudo.

No supo si había servido de algo. Eso era lo más duro de su nueva vida: actuar sin poder confirmar los resultados. Había prevenido la caída de un anciano en una acera resbaladiza, tendiéndole el brazo en el momento justo, y el anciano se había ido caminando como si nada, sin saber que acababa de evitar una fractura de cadera. Había dicho la hora a una mujer en la cafetería, veinte minutos antes de que en su precuerdo ella mirara el reloj con pánico y saliera corriendo a recoger a su hija del colegio. La mujer le había dado las gracias distraídamente y había seguido con su conversación. Nunca supo si finalmente había llegado a tiempo.

Con el tiempo aprendió a vivir con esa incertidumbre.


VII

Pasaron los años.

Izan no envejeció de forma particularmente espectacular. Engordó un poco a los cincuenta, adelgazó otro poco a los cincuenta y cinco, y se dejó la barba durante un invierno antes de decidir que no le favorecía. Tuvo una relación larga y complicada con un hombre que se llamaba Sergio y, cuando esa relación terminó —de forma civilizada, sin dramas, con la melancolía tranquila de las cosas que simplemente se acaban—, Izan no precordó nada al respecto, o si lo hizo no supo interpretarlo a tiempo. Eso también formaba parte de los límites de su don: funcionaba mejor en el espacio público que en el privado, mejor con los extraños que con las personas a las que quería.

No contó su secreto a nadie. Lo había pensado muchas veces, especialmente durante los primeros años, cuando la soledad de saberlo pesaba más que la satisfacción de usarlo. Pero nunca encontró la forma de explicarlo que no sonara a delirio, y con el tiempo esa soledad se fue volviendo familiar, casi cómoda, como una habitación en la que uno lleva tanto tiempo que ya no nota el desorden.

En el barrio lo tenían por un hombre de suerte. Un tipo que siempre daba el consejo adecuado en el momento adecuado, que aparecía donde hacía falta sin que nadie le hubiera llamado, que tenía una especie de radar para las situaciones difíciles. «Qué ojo tienes, Izan», le decían, y él sonreía y respondía que era cuestión de prestar atención, que la gente en general prestaba poca atención. Era completamente cierto, aunque no fuera toda la verdad.

En 2030, a sus sesenta y cinco años, le dieron un reconocimiento del ayuntamiento por su labor social. Fue al acto, estrechó manos, agradeció el premio con cuatro frases breves y volvió a casa andando por el muelle, contento pero un poco incómodo con todo aquel protocolo. Al día siguiente se sentó en su terraza habitual del Casco Viejo, pidió un café y siguió mirando.


VIII

Murió un jueves de enero de 2048, a los ochenta y tres años, de una forma tan tranquila y ordenada que algunas personas que lo conocían dijeron después que parecía que lo había sabido de antemano.

En cierto modo, lo había sabido.

Lo que no supo nunca —lo que nadie supo, porque nadie lo había seguido durante cuarenta años con la atención suficiente como para trazar el mapa completo— era el alcance real de lo que había hecho.

Hubo una mujer llamada Leire.

Tenía treinta y dos años cuando Izan hizo aquella llamada anónima al teléfono de atención a víctimas de violencia de género. La llamada no llegó a tiempo para evitar el último episodio, pero sí para que cuando Leire llegó al hospital con dos costillas fisuradas hubiera alguien esperándola que sabía su nombre y que la acompañó durante los meses siguientes. Leire tardó tres años en reconstruirse, y durante esos tres años decidió que quería hacer por otras mujeres lo que aquella asistente social había hecho por ella.

Montó una asociación pequeña, de esas que funcionan con cuatro voluntarias y una subvención municipal, en un local prestado del barrio de San Francisco. Fue creciendo despacio, como crecen las cosas que se sostienen por convicción más que por recursos. A los diez años tenía sede propia, un equipo de doce personas y un protocolo de acompañamiento que habían adoptado otras ciudades. A los veinte, Leire daba conferencias en Europa sobre intervención temprana en situaciones de violencia doméstica, y el modelo que había desarrollado había cambiado la vida de más de tres mil mujeres en cuatro países.

Leire nunca supo el nombre de quien había hecho aquella llamada. Ni siquiera sabía con certeza que hubiera existido esa llamada: era una pieza suelta en la historia de su propia vida, un momento que la asistente social no le aclaró del todo y que Leire había terminado por rellenar con sus propias interpretaciones. Hay cosas que el mundo no cuantifica. Los accidentes que no ocurren no aparecen en las estadísticas. Las caídas que se evitan no tienen historial clínico. Las vidas que cambian de dirección por una conversación fortuita no figuran en ningún registro. Pero ocurren.


Hubo personas que, al hablar de Izan Goikoetxea años después de su muerte, dijeron que había tenido el don de estar siempre en el lugar adecuado. Que había algo en él, difícil de explicar, que hacía que las cosas fueran un poco mejor a su alrededor. Lo decían como se dice de alguien que tiene buen carácter o buena estrella: como un elogio impreciso que no termina de capturar lo que quiere decir.

Nadie lo llamó el hombre que movía montañas. Las montañas que Izan movió eran demasiado lentas y demasiado silenciosas para que nadie las viera moverse.

Pero se movieron.

Juanjo Marcos

Juanjo Marcos

Escribo sobre tecnología, desarrollo y, al parecer, ciencia ficción.

···