I
A los cuarenta y dos años, Lucas Fernández había llegado a una conclusión: el mundo le debía mucho dinero.
No lo calculaba en términos literales, aunque en algún momento de insomnio había intentado hacer los números. Lo calculaba en términos de deuda acumulada: cada trabajo ignorado, cada conversación que nadie recordaba, cada foto de grupo en la que salía borroso o directamente tapado por el hombro de alguien que no le había pedido permiso para existir justo delante. Todo eso tenía un valor. Y si nadie iba a pagarlo voluntariamente, tendría que cobrarlo él.
Llevaba ocho años en Pompas Fúnebres Garai, en la trastienda que olía a formol y a desinfectante de pino. Su trabajo consistía en preparar los cuerpos: limpiarlos, vestirlos, maquillarlos para que los vivos tuvieran algo presentable que recordar. Era un oficio de precisión y de silencio, y Lucas lo hacía bien. Sus clientes no podían quejarse, lo cual era la única ventaja profesional que había encontrado en ellos. El señor Garai nunca le llamaba por su nombre, lo cual a Lucas ya no le molestaba sino que le parecía útil: alguien que no sabe cómo te llamas no puede identificarte con facilidad. Sus dos compañeros, Maite y Gorka, comían juntos sin invitarle y hablaban de sus vidas con una familiaridad de la que Lucas estaba excluido por razones que ninguno de los dos habría sabido articular pero que él conocía perfectamente.
Llevaba toda la vida estudiándose. Sabía exactamente qué efecto producía en la gente: primero una ligera incomodidad, como cuando uno intuye que hay algo en la habitación pero no sabe qué, y luego la resolución más fácil, que era seguir con lo suyo. Lucas no era invisible. Era el tipo de presencia que la gente decidía, sin saberlo, no procesar. Llevaba toda la vida pagando las consecuencias de esa decisión ajena. Era hora de que la decisión tuviera un precio.
II
La contabilidad empezaba en los seis años.
Su madre le olvidó en el coche cuatro veces entre los seis y los nueve años. Lucas las recordaba todas con la misma nitidez: el calor, el silencio, la espera. La cuarta vez decidió quedarse sin decir nada cuando volvió a buscarle, para ver cuánto tardaba. Cuarenta minutos. Lo anotó mentalmente con la precisión de quien lleva las cuentas de un negocio ruinoso del que no puede salir.
En el colegio nunca salía bien en las fotos de grupo. Al principio le dijeron que era mala suerte. Con el tiempo entendió que era otra cosa: algo en él rehusaba quedar registrado en las imágenes, como si la realidad le concediera esa pequeña y completamente inútil forma de anonimato. Le habría resultado más útil salir bien en las fotos y que la gente le recordara. Pero los dones que uno recibe rara vez son los que necesita.
A los catorce años intentó apuntarse al equipo de fútbol del instituto. El entrenador dijo que sí, que se presentara el martes. El martes se presentó. El entrenador dijo que el equipo estaba completo y le indicó la puerta. Lucas nunca supo si el entrenador le recordaba o no. En la contabilidad lo anotó como que no. Más fácil de gestionar así.
La cuenta fue creciendo a lo largo de los años con la constancia de quien no pierde de vista un objetivo a largo plazo. Cada ascenso que no llegó, cada vecino que no saludaba, cada conversación que se apagaba en cuanto él llegaba. Lucas no guardaba rencor en el sentido de que el rencor implica emoción. Lo que guardaba era documentación.
III
La joyería la había estado estudiando tres semanas.
Joyería Artxanda, calle Licenciado Poza, cierre a las ocho de la tarde. El joyero trabajaba solo las tardes del martes y el jueves. Llegaba a las cuatro, bajaba la persiana a las ocho y salía por la puerta trasera unos minutos después. Las cámaras apuntaban al mostrador y a la puerta principal. El fondo del local, donde estaban los expositores de mayor valor, quedaba en ángulo muerto.
Lucas no era un delincuente profesional. Pero era un hombre que llevaba cuarenta y dos años siendo ignorado, y hay cosas que ese tipo de formación enseña. La primera: que la gente no mira lo que no espera ver. La segunda: que la invisibilidad, aplicada correctamente, es una herramienta.
Entró un jueves a las siete cincuenta, con tiempo suficiente para llegar al fondo antes de que el joyero cerrara. Se colocó junto al expositor de relojes, de espaldas a la cámara, y esperó. A las ocho en punto escuchó el cierre metálico. El joyero apagó las luces del escaparate, recogió sus cosas y desapareció por la trastienda sin mirar hacia el fondo. La puerta trasera se cerró.
Lucas esperó cinco minutos en la oscuridad. Luego encendió la linterna del móvil y se puso a trabajar.
Cogió dos relojes, tres pulseras y un colgante. Los metió en la mochila con la misma calma con que manipulaba los cuerpos en la funeraria. Luego se sentó en el taburete del joyero y se dio cuenta de que no había pensado en cómo salir.
Pasó la noche en la trastienda, en un sillón incómodo, con un bocadillo de tortilla que ya no estaba en su mejor momento. A las tres de la mañana buscó en el móvil cómo vender joyas robadas, borró el historial sin saber exactamente por qué, y se durmió con la mochila entre los pies.
A las nueve de la mañana el joyero levantó la persiana, entró y se sentó delante del ordenador. Lucas se puso de pie, se ajustó la mochila y caminó hacia la puerta con paso tranquilo. El joyero no levantó la vista.
En la calle, con el sol de octubre dándole en la cara, Lucas pensó que la salida no había estado en el plan y que eso había estado muy poco pensado. Pero el resto había funcionado exactamente como esperaba. El mundo tenía grietas del tamaño exacto de su silueta, y eso era información útil.
IV
Las joyas resultaron ser un problema. Venderlas requería interlocutores, y los interlocutores requerían que alguien al otro lado recordara haberle visto. Las dejó en el cajón de la mesilla.
El dinero en efectivo resultó más fácil de lo que esperaba. Demasiado fácil.
Entró en tiendas, en bares, en mercados, y simplemente cogía lo que había en las cajas cuando nadie miraba. No necesitaba planear nada. No necesitaba el momento exacto ni el ángulo perfecto. Bastaba con estar ahí, con esa presencia que la gente procesaba y desechaba en décimas de segundo. Las cámaras rara vez grababan algo útil. Una sombra, un ángulo malo, una mariposa que en una ocasión se posó en el objetivo durante exactamente los dos minutos que duró la operación, sin que nadie pudiera explicar de dónde había salido.
Al final del día las cajas no cuadraban. Se presentaban denuncias. La policía tomaba nota. Los casos se archivaban. Era su maldición de siempre convertida en otra cosa: no necesitaba esforzarse para ser invisible. Era su estado natural.
No fueron grandes cantidades. Lucas no necesitaba el dinero: tenía un sueldo, pagaba el alquiler. Robaba porque era la única manera que había encontrado de actuar sobre el mundo y dejar una marca. Pero sin atribución no había marca. Solo cajas que no cuadraban y expedientes sin resolver. Era exactamente lo mismo de siempre.
Necesitaba algo que no pudiera ignorarse. Un crimen sin autor visible era simplemente otro misterio menor. Un crimen con víctima era otra cosa. Una víctima obligaba a buscar a alguien. Obligaba a construir un perfil, una imagen, un nombre. Obligaba al mundo a preguntarse quién.
Llevaba semanas pensando en Sonia Sánchez.
V
Sonia Sánchez vivía a tres calles de su casa. Lucas llevaba años siendo consciente de ello con la minuciosidad de quien ha convertido una información en una cuenta pendiente.
La primera vez fue en el pasillo del instituto, más de veinticinco años atrás. Lucas tenía quince años y llevaba semanas preparando una declaración: estructura clara, argumentos razonables, propuesta concreta para ir al cine el sábado siguiente. Se la dijo. Sonia siguió andando. No fue desprecio en el sentido técnico del término, aunque Lucas tardó muchos años en considerar esa posibilidad, y otros tantos en descartarla. Para un chico de quince años acostumbrado a no ser visto, la diferencia entre que no te escuchen y que no quieran escucharte era una distinción demasiado fina para importar. Lo registró en la contabilidad con un valor alto y cerró el asunto.
No lo cerró.
Veinticinco años después Sonia cruzaba el semáforo de la Alameda de Rekalde todas las mañanas entre las ocho y cuarto y las ocho y veinte, dirección al metro. Lucas lo sabía porque la había visto la primera semana de haber llegado al barrio y desde entonces había prestado atención a su horario con la misma metodología que aplicaba al resto de las cosas que le importaban. Tenía una pareja, un perro mediano y el aspecto general de alguien a quien la vida le había ido razonablemente bien. Eso en sí mismo era un agravio que no necesitaba elaboración.
Lo que quería no era solo matarla. Lo que quería era que le viera. Que en el momento en que su coche se dirigiera hacia ella, Sonia Sánchez tuviera que reconocer que Lucas Fernández había estado siempre ahí, que ignorarle había tenido consecuencias. Quería ser la última cosa que viera. Quería ser, por fin, algo que no se pudiera olvidar.
Al tercer día de vigilancia aparcó el coche en la calle lateral, puso el motor en marcha y esperó.
A las ocho y diecisiete vio acercarse a Sonia por la acera. Llevaba una chaqueta azul y auriculares y miraba el móvil. Lucas puso primera, soltó el embrague y dirigió el coche hacia el cruce.
En el último segundo, con el bilbobus de la línea 38 ya visible por el lateral y la figura de Sonia a quince metros, algo se movió en Lucas que no era exactamente moral pero que funcionaba como tal. No quería ser esto.
Intentó frenar. Iba demasiado rápido. Giró el volante bruscamente.
El coche se llevó por delante la parte delantera del autobús con un ruido que escucharon en tres calles a la redonda. Lucas bajó. Le temblaban las manos, lo cual le resultó inesperado. El conductor del autobús examinaba los daños. Los viandantes se arremolinaban. Sonia se había parado a diez metros y miraba el accidente con la expresión de quien acaba de añadir algo a la lista de cosas que le pasan en la vida.
No le miraba a él.
Lucas se ajustó la mochila, esperó a que le dejaran de temblar las manos lo suficiente para no llamar la atención, y se fue en dirección contraria.
No era un asesino. No era nadie. No existía.
Los periódicos del día siguiente coincidieron en que un vehículo sin conductor aparente había impactado contra un bilbobus en la Alameda de Rekalde, sin causar heridos graves. Las causas no estaban claras. La policía buscaba al propietario del vehículo. No había testigos que hubieran visto salir a nadie del coche.
Nadie recordó a Lucas.
