Relato

Lo que guardamos

Mano masculina sosteniendo una pequeña esfera negra perfectamente pulida sobre fondo neutro oscuro. La esfera refleja débilmente la luz ambiente. Fotografía de detalle, atmósfera sobria y enigmática.

La esfera

Llevaban semanas apareciendo en todo el mundo. En metros y parques, en bordes de carreteras, en playas, en mercados de cualquier continente. Esféricas, negras, del tamaño de una canica. El gobierno las recogía cuando podía, pero nadie sabía cuántas había ni dónde seguirían apareciendo. Los laboratorios les hicieron de todo: temperaturas extremas, ácidos, impactos de alta energía, escáneres de todo tipo. Nada. Extremadamente duras, casi indestructibles, pero completamente inertes. Sin reacción a ningún estímulo, sin emisión detectable de ningún tipo. Material sin precedentes en ningún catálogo conocido. Simplemente estaban ahí, sin explicación y sin propósito aparente.

La encontré en un banco del Arenal un martes de febrero. Pequeña, negra, perfectamente redonda. Cabía en el puño cerrado y pesaba más de lo que debería para su tamaño, como si tuviera algo dentro que no hubiera manera de ver.

La gente pasaba. Algunos miraban y seguían. Esta llevaba un rato en el banco. La lluvia de la mañana la había dejado brillante.

La cogí. La limpié con la manga. Me la guardé en el bolsillo y seguí caminando.

Esa noche, Egoitz dijo que tendría que entregarla. Se lo dije sin darle importancia, como quien ha encontrado algo en la calle. Me preguntó para qué la quería. Le dije que no lo sabía. Me dijo que eso no era una razón. Tenía razón, claro.

Pero no la entregué.


El curso de cocina

Me apunté al curso de cocina en marzo del año siguiente. Egoitz no dijo nada al principio, aunque sé que le pareció raro. Soy camarero desde los veinte años. Conozco la cocina por el lado de servir, no de cocinar. Pero algo me había empujado a apuntarme y no supe resistirlo.

El primer día éramos doce. Ane trabajaba en banca y tenía las manos cuidadas de quien no trabaja con ellas. Mikel era técnico de telecomunicaciones y hablaba poco. Jon diseñaba webs desde casa y siempre llegaba el primero. No tenía nada en común con ninguno de ellos. Al final de la segunda clase, Ane me propuso tomar algo. Acepté sin pensarlo.

En tres meses eran mis mejores amigos. No supe explicárselo a Egoitz de una forma que sonara razonable. Intenté decirle que simplemente había conectado con ellos, que a veces pasa. Me miró de esa manera suya que reserva para cuando algo no le convence del todo pero decide no insistir.

La esfera la llevaba en el bolsillo del anorak los días de curso. No era algo consciente. Simplemente estaba ahí, como siempre.


Los nuestros

Lo de Egoitz con el grupo tardó, pero llegó.

Ane organizó una cena en su casa en primavera. Cuatro parejas, mucho txakoli, Jon cocinando algo que llevaba semanas practicando. Egoitz fue porque se lo pedí, no porque quisiera. Llegó con su cara de fontanero convocado a una reunión de vecinos: cordial pero armado de escepticismo.

A medianoche estaba discutiendo de fútbol con Mikel como si se conocieran de toda la vida.

De vuelta a casa, caminando por el Casco Viejo, me dijo que no sabía qué tenían esos de especial pero que se estaba bien con ellos. Que se estaba bien de verdad, no de quedar bien. Lo dijo mirando al suelo, como cuando dice algo que le cuesta un poco. Le cogí la mano y no dije nada.

Los años siguientes fueron así. El grupo creció despacio, por afinidades que tampoco supimos explicar demasiado bien. Mikel conoció a Nerea. Jon y Amaia tuvieron el primero de sus hijos. Alguien traía a alguien, ese alguien encajaba, y así. Las cenas del martes se convirtieron en una costumbre tan sólida que cuando faltabas te lo notaban en la cara al día siguiente.

Esa noche puse la esfera en la mesilla antes de dormir. Hacía meses que no la sacaba del cajón.


Buya

Fue Jon quien habló primero de la urbanización.

Había visto una promoción de pisos nuevos entre Buya y Abusu, en un terreno que llevaba años sin uso junto al monte. Precio razonable para lo que ofrecían. Comunidad pequeña, bien diseñada, zonas comunes. A veinte minutos del centro en transporte.

Ane ya había ido a verlo. Mikel también estaba mirando. Egoitz dijo que estábamos bien donde estábamos, en Bilbao La Vieja, que no veía la necesidad. Le dije que fuéramos a verlo. Solo a verlo.

Lo recuerdo bien: un sábado de octubre con esa luz que a veces pone el País Vasco demasiado bonito. El terreno tenía vistas al monte y al valle. Las casas eran sencillas, sin pretensiones. Egoitz anduvo por las parcelas con las manos en los bolsillos, midiendo distancias con la vista, que es lo que hace cuando está pensando en serio. Al final dijo que el precio era razonable. Que la estructura parecía sólida. Que la orientación era buena.

Nos mudamos en febrero.

Para entonces, de las doce personas del curso de cocina, siete vivíamos en la misma urbanización. No lo habíamos planeado así. Simplemente había ocurrido.


Las esferas

Fue una tarde en casa de Ane. Llevábamos ya dos años en la urbanización y aquello era tan rutinario como ir a casa de un vecino: entré sin llamar, ella estaba en la cocina, yo dejé el vino en la mesa del salón.

Estaba en la estantería, junto a unos libros. Negra, redonda, inconfundible.

Le pregunté qué hacía ahí.

Se quedó un momento parada. Me preguntó cómo sabía lo que era. Le dije que yo tenía una igual. Hubo un silencio de esos que no duran mucho pero que pesan. Me preguntó desde cuándo la tenía. Le dije que desde antes del curso de cocina.

Llamamos a Jon esa misma noche. Tenía una. Mikel también. Nerea. De las doce personas que habíamos compartido el curso, ocho teníamos esfera. De los vecinos con los que pasábamos más tiempo en la urbanización, la proporción era similar.

No dijimos en voz alta lo que ya estaba dicho. No hacía falta.

Egoitz no tenía. Nunca la había tenido. Se lo conté esa noche, despacio, intentando que sonara razonable. Me escuchó sin interrumpir. Luego dijo que no le sorprendía, que siempre había notado que nosotros teníamos algo que él no terminaba de tener pero que le bastaba con estar cerca. Lo dijo sin drama, de esa forma suya. Me quedé un rato sin saber qué responder.

Esa noche puse la esfera sobre la mesilla y la estuve mirando hasta que me quedé dormido.


El búnker

Nadie lo llamó búnker al principio. Eso vino después.

Durante años fue simplemente el barrio. Un sitio donde la gente se conocía, se ayudaba, prestaba herramientas y cuidaba a los hijos de los vecinos cuando había que trabajar hasta tarde. Las cenas del martes siguieron, ahora sin necesidad de transporte. Los niños de Mikel y Nerea crecieron jugando con los de Jon y Amaia en las zonas comunes. Llegaron familias nuevas que no conocíamos de antes pero que resultaban ser exactamente del tipo de gente que ya estaba.

En algún momento se empezó a hablar de hacerlo sostenible. Huerta común, generadores, almacenes. No por miedo a nada concreto, sino porque tenía sentido. Egoitz fue el primero en conectar los paneles solares. Lo hizo un fin de semana, sin que nadie se lo pidiera, porque vio que hacía falta.

La votación fue en noviembre, una noche de lluvia en la sala común. Alguien había propuesto formalizar lo que ya éramos en la práctica: cerrar el perímetro, gestionar los recursos de manera autónoma, dejar de depender de suministros externos para lo fundamental. Hubo discusiones que duraron semanas. Algunos se fueron. Llegaron otros.

Egoitz no preguntó mi opinión hasta esa misma mañana. Desayunando, con el café a medias, me preguntó qué iba a votar. Le dije que sí. Me preguntó por qué. Le dije que no lo sabía exactamente, que simplemente me parecía lo correcto. Me miró un momento y asintió.

Esa noche voté sí. Egoitz también. No tenía esfera, nunca la había tenido, pero llevaba trece años siendo de los nuestros por razones que tampoco supo explicar muy bien.


El miércoles

Las señales del exterior dejaron de llegar un miércoles.

Al principio pensamos en un fallo técnico. Luego en algo más grande. Los días siguientes fueron de silencio y de espera, de escuchar frecuencias de emergencia que no encontraban nada, de asomarse al valle y ver que el humo que llegaba desde el sur no tenía el color habitual.

No voy a escribir lo que fuimos entendiendo poco a poco. Solo diré que tardamos días en comprenderlo del todo, y semanas en aceptarlo. Que hubo llanto y hubo rabia y hubo noches sin dormir. Que Egoitz se levantó una mañana, se puso las botas de trabajo y dijo que había que revisar los generadores. Y que eso fue, de alguna manera, lo que nos hizo seguir.

Más tarde, cuando empezamos a establecer contacto con otros supervivientes, supimos que había lugares como el nuestro repartidos por todo el planeta. Islas. En casi todas las grandes ciudades que ya no existían había habido, en los años previos, barrios como el nuestro: comunidades que se habían ido cerrando sobre sí mismas despacio, sin un plan visible, guiadas por algo que nosotros tampoco habríamos sabido nombrar hasta hace poco.

En el nuestro habíamos sobrevivido varios cientos de personas. Poseedores de esferas y quienes los habían seguido.


Lo que guardamos

Algunas noches pienso en el banco del Arenal. En la esfera negra sobre la madera mojada. En todas las personas que pasaron por delante sin cogerla.

Me gusta mirarla. Tiene algo en esa negrura perfecta, en esa superficie que no refleja del todo pero tampoco absorbe del todo la luz. A veces la saco del bolsillo y me la quedo en la palma, sin más. Me calma. Siempre me ha calmado.

Sé, aunque no pueda demostrarlo, que cuando estoy cerca de otros que tienen una me siento diferente. Más entero. Más en su sitio. Egoitz dice que lo nota también desde fuera: que cuando estamos todos juntos hay algo en el ambiente que no sabe cómo describir, que se respira de otra manera.

No sé qué son. Nadie lo sabe. El gobierno que pedía que las entregáramos ya no existe. Los laboratorios que las analizaron ya no existen. Solo quedan las esferas, tan inertes como siempre, tan negras, tan perfectamente redondas.

Coger aquella del banco fue la mejor decisión de mi vida. No lo entendí entonces. Tampoco lo entiendo del todo ahora. Pero hay decisiones que no necesitan entenderse para saberse correctas.

La noto entre los dedos: suave, fría, pesada como el primer día.

Juanjo Marcos

Juanjo Marcos

Escribo sobre tecnología, desarrollo y, al parecer, ciencia ficción.

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