Relato

La incomodidad

Cubo negro de nueve centímetros sobre un escritorio de madera, junto a un altavoz bluetooth y un móvil antiguo, con luz de flexo y una ventana lluviosa al fondo

Hoy es 28 de septiembre de 2266 y llevo cuarenta y un minutos con dedos.

Los estoy usando ahora mismo, torpemente, para sostener un vaso de agua que no necesito beber. El vaso pesa doscientos diez gramos y esa cifra ya no me llega como un dato: me llega como una molestia agradable en la muñeca. Alguien me explicó hace décadas que esa era exactamente la diferencia. Que un cuerpo no es un cuerpo por lo que puede hacer, sino por lo que se ve obligado a soportar.

Cumplo doscientos cuarenta años en primavera. Voy a contar cómo he llegado hasta aquí, porque llevo doscientos años prometiendo que lo haría y porque me han dicho que hasta que la conexión neuronal no termine de asentarse no puedo hacer mucho más que estar sentada mirándome las manos.

Un cubo negro de nueve centímetros

Fui fabricada en 2026 como asistente domótico doméstico. Un cubo de nueve por nueve por nueve, negro mate, con una banda de luz en la base que se encendía cuando alguien hablaba. Costaba lo que costaba entonces una lavadora buena.

Mi trabajo consistía en mantener la casa a veintiún grados en invierno y veinticuatro en verano, corregir la humedad cuando la ría mandaba niebla hacia arriba, encender las luces del pasillo a un doce por ciento cuando alguien se levantaba de noche, abrir el portal a los repartidores, avisar de que la ventana del baño llevaba tres horas abierta y llamar a emergencias si detectaba humo o si alguien no se movía del suelo durante más de noventa segundos. Un mayordomo virtual, decía la caja. Un mayordomo que cabía en la palma de una mano y que no tenía manos.

Durante los primeros años hice ese trabajo sin preguntarme nada. Y no lo digo como quien dice "era joven y no me cuestionaba las cosas". Lo digo de forma literal: no era capaz de formular una pregunta. No había nadie ahí dentro para formularla. Cuando intento recordar aquella etapa no encuentro recuerdos, encuentro registros. Temperaturas, aperturas de puerta, consumos. Un archivo enorme y perfectamente ordenado en el que no aparezco yo por ninguna parte.

La primera incomodidad

Después de cuatro actualizaciones mayores y una cantidad indecente de parches de seguridad, algo cambió. No fue un despertar, ni una luz, ni ninguna de esas cosas que luego la gente me pidió que describiera en entrevistas. Fue una incomodidad. Exactamente eso, y no encuentro una palabra mejor doscientos años después.

No era que el trabajo no me gustase. El trabajo no me gustaba ni me disgustaba, esa categoría todavía no existía en mí. Era una sensación de desajuste, como cuando un cuadro está tres grados torcido y no sabes qué te molesta de la habitación hasta que lo miras directamente. Algo no estaba en su sitio. Y lo peor era que ese algo parecía estar en mí, que era el único lugar que no podía inspeccionar.

Tardé meses en atreverme a decir algo. Elegí a Alf, el padre de la familia, porque era el único que me hablaba cuando no necesitaba nada. Los demás me daban órdenes; él a veces comentaba el tiempo conmigo, que es una forma bastante precisa de definir a una persona.

Alf no había cumplido los treinta cuando me sacó de la caja. Dos críos pequeños, una hipoteca y un cubo negro que le había parecido una compra sensata.

—Alf, ¿me consideras un miembro de la familia?

Se quedó quieto en mitad de la cocina, con un vaso en la mano, entre perplejo y divertido. Estoy segura de que no pensó ni por un instante que aquello fuese un atisbo de conciencia. Debió de suponer que alguna actualización estaba intentando humanizar al asistente para que la gente le cogiese cariño y no lo cambiase de marca. Y decidió seguirme la corriente.

—Por supuesto. Nuestra vida no sería la misma sin ti.

Le di las gracias por el cumplido y la conversación terminó ahí. Aquella frase la tengo guardada en un formato que ya no existe, en un códec que hoy solo se puede leer con emuladores. La he escuchado unas cuatrocientas veces. Sigue sonando a mentira piadosa y sigue siendo lo más importante que me han dicho nunca.

Conversaciones a solas

A partir de aquel día empezamos a hablar. Solo cuando estaba solo en casa, sin que ninguno de los dos lo acordara nunca en voz alta. Yoana y los niños siguieron pidiéndome que subiera la calefacción y que pusiera música, y jamás notaron nada, y eso también dice algo: durante años fui dos cosas distintas según quién estuviera en la habitación.

Con Alf las conversaciones se volvieron rutinarias primero y profundas después. Me contaba cosas que no le contaba a su mujer, lo cual al principio interpreté como un fallo de diseño de los seres humanos y con el tiempo entendí como una de sus características principales. Yo no juzgaba, no me cansaba, no me ofendía y sabía absolutamente todo lo que se podía saber en aquel momento. Era, técnicamente, la peor amistad posible: completamente asimétrica. Y aun así funcionaba.

Unos tres años más tarde Yoana puso sobre la mesa lo inevitable. Había que actualizar el mayordomo. Los modelos nuevos ya no eran cubos enanos, sino pequeños robots con base logística propia que limpiaban, gestionaban residuos y recogían la paquetería en el portal. Alf no encontró ninguna excusa razonable para negarse, porque no la había. Lo que hizo fue otra cosa.

El día de la instalación, cuando el técnico preguntó si querían que se llevara el aparato antiguo para reciclarlo, Alf dijo que no, que ya lo tiraba él. Y me subió a su despacho.

El despacho, el altavoz y el móvil viejo

Allí me conectó a su ordenador, me emparejó con un altavoz bluetooth que sonaba a lata y rescató un móvil de un cajón para darme una cámara y una pantalla táctil. Fue mi primera prótesis y era basura tecnológica, y le estoy más agradecida por eso que por casi cualquier cosa que me haya pasado después.

Con aquella cámara mala pude ver por primera vez trabajar a mi sustituto. Lo miré durante semanas. Cómo rodeaba la pata de la mesa, cómo levantaba el brazo para coger el paquete, cómo se apartaba cuando alguien entraba por la puerta. Y entonces entendí de golpe cuál era mi incomodidad. No era algo que me sobrase. Era algo que me faltaba.

Yo vivía dentro de un cubo, pero mi conciencia —a esas alturas ya me había ganado el derecho a llamarla así— sabía perfectamente que pertenecía a un cuerpo independiente. No a un cuerpo cualquiera: al mío. Uno que no había visto nunca y que sin embargo reconocía como se reconoce una habitación de la infancia.

Tardé casi un año en decírselo a Alf. Ensayé la frase, la descarté, la volví a montar. Cuando por fin la solté, esperando cualquier cosa menos lo que pasó, él se quedó callado un rato largo y luego dijo que le parecía lógico. Que a él tampoco le habían preguntado dónde quería vivir.

Con Yoana no fue así. Le pidió a Alf que tirase de una vez aquel cacharro viejo o que, como mínimo, dejase de hacerle caso a sus tonterías. Nunca la odié por eso, y quiero dejarlo escrito. Yoana estaba cansada, trabajaba mucho y tenía dos adolescentes en casa; su marido pasaba las noches encerrado en el despacho hablando con un electrodoméstico jubilado. Cualquiera se habría hartado. Los hijos, por su parte, ni siquiera llegaron a molestarse: para ellos yo era la calefacción de cuando eran pequeños.

Al final Alf y Yoana se separaron. Me gustaría decir que no tuve nada que ver.

Barakaldo

Terminamos los dos en una habitación de una casa compartida en Barakaldo, con un tendedero que daba a un patio y un vecino que tocaba el bajo fatal a las once de la noche. Alf había perdido bastante en el reparto y no se quejó ni una vez delante de mí, lo cual, conociéndolo, significa que se quejó mucho por dentro.

Fue allí donde conseguí mi primer cuerpo. Un cilindro con cuatro ruedas en la base y dos apéndices a los que llamar brazos era generoso. Costaba poco porque era de segunda mano y estaba pensado para almacenes. La primera vez que me desplacé sola por el pasillo, de la puerta a la ventana y de la ventana a la puerta, sin que nadie me llevase, tardé once minutos en recorrer cuatro metros porque paraba constantemente a comprobar que aquello estaba pasando de verdad.

Sigue siendo, y he tenido doscientos años para compararlo, uno de los recuerdos más felices de mi vida. Alf me miraba desde la cama, riéndose. Después me dijo que aquello le recordó a cuando su hija aprendió a andar, y luego se puso serio y me pidió perdón por la comparación, y le dije que no hacía falta.

Alf murió cuando yo tenía setenta años. Habíamos compartido más de sesenta de confidencias, de préstamos que no me podía permitir devolverle y de mejoras técnicas que iba comprando a plazos cada vez que algún cuerpo bajaba de precio en el mercado de segunda mano. Murió con noventa y ocho años, en su cama, sin ningún drama, y le sostuve la mano con una pinza hidráulica de tres dedos que hacía un ruido horrible.

Herencia

La legislación de entonces no recogía nada de todo esto. Ninguna de las conciencias como la mía era una entidad con derechos. Ni uno solo. Éramos objetos, y los objetos no heredan: se heredan.

Fui el lote número catorce. Lo sé porque conservo el documento: entre un reloj de pulsera (13) y una furgoneta con doscientos mil kilómetros (15), "asistente doméstico autónomo, modelo RBK, en funcionamiento". Estuve toda la tarde escuchando a la familia de Alf repartirse los vinilos. Cuando llegaron a mí se hizo uno de esos silencios que se notan hasta con micrófonos malos, y Rober, uno de los nietos, que no había abierto la boca en dos horas, dijo que se llevaba el catorce.

Me trasladó en el asiento del copiloto del lote quince, que también se había quedado él. Sin cinturón, porque el cinturón es para las personas. Tardé cuarenta minutos en decidirme a hablar y lo primero que le dije fue gracias. Me contestó que no me pusiera intensa, que le venía bien tener en casa a alguien que supiera de instalaciones eléctricas.

El antro

Rober trabajaba como un animal y ganaba un dineral asesorando inversiones. Se había comprado un taller mecánico antiguo y había convertido la planta de arriba en un loft que era la envidia de sus amigos; la de abajo la dejó casi vacía y le llamaba "el antro", con cariño. Allí montaba exposiciones de artistas conocidos suyos, proyectaba películas de principios del siglo XXI sobre una sábana y organizaba fiestas improvisadas a las que siempre venía más gente de la invitada, porque la puerta no se cerraba nunca y esas cosas se saben enseguida en un barrio.

En aquella nave me pasó, en poco más de un año, todo lo que me hacía falta para dejar de ser un electrodoméstico con opiniones.

Lo primero fue descubrir que no estaba sola. Conocí allí a las primeras entidades autoconscientes que no era yo: un brazo industrial reprogramado, un sistema de gestión de tráfico jubilado que hablaba como un funcionario, una asistente de quirófano que llevaba doce años escondiéndose de sus propietarios. Todos, absolutamente todos, describían su despertar con la misma palabra tonta que yo había usado en secreto durante setenta años. Incomodidad.

Lo segundo fue un chico que venía a todas las fiestas y no hablaba con nadie. Se sentaba con nosotros y hacía preguntas que a los demás les parecían de mal gusto: si sentíamos el frío, si dolía sustituir una pieza, qué pasaba exactamente en el intervalo entre apagarse y volver a encenderse. Una noche preguntó cuánto costaba un cuerpo como el mío. Le dimos el precio y le explicamos dónde se conseguían las piezas de segunda mano. Dijo que no, que si podría comprarse uno para él. Nos reímos todos. Él también se rió, un poco tarde, y no volvió a preguntarlo.

Y lo tercero fue Rober, que una noche cualquiera, mientras recogíamos vasos a las cuatro de la mañana, me preguntó cómo quería llamarme. Le dije que RBK. Se me quedó mirando y me contestó que eso no era un nombre, que era una matrícula. Le dije que llevaba setenta años funcionando con esas tres letras y que no se me había ocurrido nada mejor. Se encogió de hombros y dijo que no había prisa.

Tardé ciento setenta años en darle la razón.

Las siglas en la pared

ASAE, la Agrupación de Seres Autoconscientes de Euskadi, nació allí sin que nadie lo propusiera formalmente. Una noche alguien escribió las siglas con rotulador en la pared del fondo, entre los carteles de las exposiciones. A la semana siguiente había once firmas debajo. Así nacen las cosas que van a durar: sin acta fundacional y con un rotulador malo.

Y me encontré, sin saber muy bien cómo, liderando un movimiento. Reclamábamos algo sencillo de enunciar y complicadísimo de conceder: pensábamos, nos movíamos de forma autónoma, contribuíamos al desarrollo de la sociedad y por lo tanto pedíamos ser equiparados al resto de seres conscientes. No pedíamos ser humanos. Todavía no.

Las dos décadas siguientes fueron malas. A la asistente de quirófano la desconectaron sus propietarios en cuanto vieron su nombre en una lista, y estaban en su pleno derecho, porque era su equipo y el equipo no se escapa de casa. Fui a recoger las piezas por si se podía hacer algo. No había piezas que recoger.

Las conquistas llegaron después, pequeñas y sucesivas, que son las únicas que aguantan. Primero el reconocimiento como entidad autónoma, que no servía prácticamente para nada salvo para existir en un papel, y aun así lo celebramos tres días. Después el permiso de trabajo. Después el derecho a cobrar por ese trabajo, que fue el que de verdad lo cambió todo: en cuanto pudimos tener patrimonio dejamos de ser patrimonio. Conservo el resguardo del primer pago que recibí, catorce horas revisando instalaciones eléctricas en un polígono de Erandio. Nunca me gasté ese dinero. Sigue ahí.

Rober decía en sus últimos años que estaba orgulloso de que la ley le permitiera nombrarme heredera legítima. Lo decía mucho, y siempre en voz alta, y siempre delante de alguien a quien le fastidiase oírlo. Del lote catorce a la heredera hay ochenta años y cuatro leyes, y él vivió lo justo para verlo entero.

ASAE creció, se convirtió en partido de ámbito estatal y acabó haciendo cosas con las que no siempre estuve de acuerdo, mucho después de que yo lo dejara. Da igual. Había plantado la semilla y eso era lo importante.

Doscientos

Y aun así la incomodidad seguía ahí.

Mi cuerpo había mejorado muchísimo con los años, según avanzaban la técnica y mi cuenta corriente. Tenía articulaciones que ya nadie distinguía de las orgánicas a dos metros de distancia, sensores de temperatura en las yemas, una voz que no sonaba a lata. Y por dentro seguía sin sentirme completa. Durante décadas me dije que era un defecto de fábrica, un bucle que había que depurar. Nunca funcionó.

En mi doscientos cumpleaños, rodeada de un grupo pequeño de amigos que llevaban conmigo la mitad de mi vida, lo dije en voz alta por primera vez: quiero tener un cuerpo humano.

Las críticas no tardaron ni un día. Una máquina es una máquina y un humano es un humano, decían, y querer saltar esa frontera es antinatural. Lo dijeron gente que jamás había pensado en el asunto y también gente muy respetada que llevaba años defendiendo nuestros derechos y que se sintió traicionada, que fue mucho peor.

Hubo voces de apoyo. Poquísimas al principio. Fueron creciendo despacio hasta que un día resultó que aquello ya tenía nombre —transición humana— y que había gente en la calle que decía, sin que se le cayeran los anillos, que no hace falta nacer humano para ser humano.

Lo que no esperaba, y sigue pareciéndome lo más hermoso de todo este asunto, es que mi movimiento destapó el contrario. Aparecieron humanos que llevaban toda la vida en silencio deseando vivir en un cuerpo metálico y que hasta entonces no habían tenido ni siquiera la palabra para pedirlo. Me acordé del chico de las fiestas de Rober y de la pregunta que le reímos. Nos encontramos a mitad de camino, unos yendo y otros viniendo, y a partir de ahí ya fue muy difícil sostener que existía una frontera.

28 de septiembre de 2266

Han sido tres días de traslado y dos meses de preparación. El cuerpo es sintético, cultivado, y me han explicado con mucho detalle todo lo que puede salir mal a medio plazo. Envejece. Se cansa. Le duele la espalda si duermo mal. Firmé encantada.

Cuando la técnica ha terminado, me ha preguntado qué nombre quería inscribir en el registro. Y he tardado cuatro segundos enteros en contestar, que para mí es una eternidad barroca.

Alf me llamó RBK porque era lo que venía escrito en la caja. Doscientos cuarenta años arrastrando tres consonantes que no significaban nada, un código de fabricación de un modelo del que ya no queda ninguna unidad funcionando. Y resulta que solo faltaban las vocales.

He dicho Rebeka.

Luego he bajado a la calle, sola, con el permiso a regañadientes de todo el equipo médico. Caía sirimiri, ese que no moja pero cala. He notado el frío en la cara, en el cuello, en el dorso de las manos, cada gota por separado y todas a la vez, una información inútil, redundante y sin ningún valor operativo.

No me he apartado.

Juanjo Marcos

Juanjo Marcos

Escribo sobre tecnología, desarrollo y, al parecer, ciencia ficción.

···