Relato

Sin etiqueta

Oso de peluche de color miel sentado sobre la mesa de un taller de costura, rodeado de botones esparcidos, hilo y unas tijeras pequeñas. Le falta un ojo. Luz cálida y lateral, fotografía de detalle con fondo en penumbra.

La mudanza

La habitación de Eneko en el piso de Santutxu era la misma desde que tenía memoria, y vaciarla resultó más largo de lo previsto. Cuatro horas para las estanterías. Dos para los cajones. El altillo del armario lo dejó para el final porque ahí arriba estaba todo lo que llevaba años sin necesitar y, por lo tanto, todo lo que iba a costar decidir.

Hizo tres montones sobre la cama: lo que se llevaba al piso nuevo de Bilbao La Vieja, lo que se tiraba y lo que podía servirle a alguien. El tercer montón era el más pequeño, porque casi nada de lo que uno acumula a los veinticinco años le sirve a nadie.

El oso salió de una bolsa de plástico, entre un balón desinflado y una carpeta de apuntes de segundo de bachiller. Color miel, del tamaño del antebrazo, ojos de cristal negro, el hocico bordado con hilo oscuro y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como si estuviera escuchando. Eneko lo sacó de la bolsa y se quedó un momento con él en la mano.

Estaba impecable. Esa fue la palabra que le vino. No pulcro ni bien conservado: impecable. El pelo no se había apelmazado, las costuras no habían cedido, el relleno no se había bajado hacia la barriga como les pasa a todos los peluches viejos. Olía a nada.

Le dio la vuelta buscando la etiqueta, por curiosidad, para ver de qué marca era. En el costado izquierdo, donde va siempre, no había nada. Tampoco el resto de tela que queda cuando alguien la corta.

Se acordaba de cómo había llegado a sus manos, aunque no del todo. Tenía siete años, llevaba un jersey azul que le venía grande y había un cumpleaños en un txoko de Atxuri, uno de esos sábados de otoño en los que a los críos les dejaban corretear entre las mesas mientras los mayores cenaban. Una mujer se agachó y le puso el oso en los brazos. Eso lo recordaba con precisión: la sensación del peluche contra la lana y una voz diciéndole algo que no retuvo. Quién era esa mujer, no. Le preguntó a su madre alguna vez y su madre supuso que sería de la cuadrilla de alguien, o una vecina, o la amiga de alguna amiga.

Lo dejó en el montón de en medio. Luego lo cambió al tercero.

Maialen tenía un hijo de cuatro años y vivía a dos calles. Le escribió esa misma tarde.


Gorka

A Gorka le gustaban los juguetes que hacían algo. Un robot que respondía a la voz, una tableta con la pantalla llena de huellas, un coche teledirigido que aparcaba solo y que a él le parecía la cosa más razonable del mundo porque todos los coches que había visto aparcaban solos.

El oso no hacía nada. Lo cogió, lo miró, dijo gracias porque su madre estaba delante y lo dejó en la estantería junto a la cama, donde estuvo varios meses sin que nadie lo tocara. Maialen lo colocaba bien cuando limpiaba. Le parecía bonito. Le parecía, sobre todo, que un niño debía tener un peluche aunque no lo quisiera, por una especie de higiene sentimental que no se habría atrevido a explicar en voz alta.

La tarde que se estropeó el robot fue un martes. Gorka lo golpeó contra el suelo dos veces para arreglarlo, que es el procedimiento que todos aplicamos alguna vez, y el robot dejó de responder del todo. Entonces vio el oso en la estantería, tranquilo, mirando a un lado con la cabeza inclinada.

Le arrancó el ojo izquierdo de un tirón.

Maialen lo oyó desde la cocina y llegó tarde para todo. Buscó la pieza por el suelo un buen rato, debajo de la cama y del radiador, y no apareció. Nunca apareció.

No riñó a su hijo más de lo necesario. Metió el oso en una caja de cartón junto con una lámpara que no funcionaba, una vajilla de la abuela y un par de cámaras de fotos que habían sido de su padre, escribió «trastero» en la tapa con rotulador y bajó la caja al trastero.

Allí estuvo años. En los trasteros el tiempo no pasa: se acumula.


El rastro de Zorrozaurre

Ane bajaba a Zorrozaurre casi todos los domingos. No iba a comprar nada, iba a mirar, que es lo que hace la mayoría de la gente en un rastro. Le gustaba la isla en invierno, con las grúas al fondo y la ría metiéndose entre los pabellones, y le gustaba esa hora de la mañana en la que los puestos aún están a medio montar y la gente coloca sus cosas sobre mantas en el suelo.

La chica del puesto tendría treinta y pocos años y estaba vaciando el trastero, se notaba en el criterio: no había ninguna coherencia entre lo que vendía. Dos cámaras antiguas, unas figuritas de porcelana, una vajilla completa con el borde dorado, una lámpara sin cable. Y un oso de peluche color miel al que le faltaba un ojo.

Ane lo cogió sin pensarlo. Era exactamente el tipo de objeto que no necesitaba y que iba a comprar de todas formas.

—Era de mi hijo —dijo la chica—. Nunca jugó con él. Le gustaban otras cosas.

Lo que llamó la atención de Ane, mientras le daba vueltas entre las manos, fue una incongruencia pequeña. El modelo era antiguo. Tenía la forma de los osos de las fotos de la infancia de su madre: el hocico bordado, las orejas redondas, esa proporción de peluche de antes de que los peluches se diseñaran para gustar en un escaparate. Pero la tela estaba nueva. No desgastada y limpia, sino nueva, con el pelo levantado y el color entero.

Pagó cinco euros sin regatear y se lo llevó a casa metido en la bandolera, con la cabeza asomando.


El botón y la pajarita

Buscó un ojo de repuesto y no lo encontró, o no encontró ninguno que se pareciera lo suficiente. Los que vio en la mercería de Barrencalle eran demasiado brillantes, demasiado nuevos, de un negro distinto al del ojo que quedaba. Al final decidió no disimular nada y cosió un botón: uno pequeño, de nácar gris, de los de camisa, que tenía en una cajita de lata desde que se murió su abuela.

Le quedó un oso con un ojo de cristal y un ojo de botón, permanentemente asimétrico, con esa cara ladeada de quien no termina de creerse lo que le estás contando. Ane pensó que así estaba mejor.

La pajarita fue idea de después. Tenía en un cajón una corbata de su padre, granate con topos pequeños, de esas que ya no se pueden llevar y que tampoco se pueden tirar. Cortó un trozo, hizo una pajarita torpe y se la cosió al cuello. El oso quedó ridículo y perfecto, con esa dignidad de camarero de bar de toda la vida, y a partir de ahí ya no fue un peluche comprado en un rastro sino alguien concreto que vivía en la casa.

Durmió quince años sobre su cama. No debajo de la almohada ni entre las sábanas: sentado sobre la colcha, apoyado en el cabecero. Cada noche, antes de meterse, Ane lo cogía con las dos manos y lo dejaba con cuidado sobre la silla, y cada mañana lo devolvía al cabecero. El ritual sobrevivió a tres pisos, a dos compañeras de piso, a un hombre que estuvo dos años y se fue, y a otro que estuvo cuatro meses y del que no quedó nada. Nadie se rió nunca de aquello, o al menos nadie lo hizo delante de ella.

Un coche se saltó un ceda el paso en la salida de Sabino Arana un jueves de marzo por la mañana. Lo conducía una persona, que ya era una rareza estadística, y esa rareza salió en los periódicos más que el resto del suceso.

La hermana de Ane vació el piso en tres días, porque hay dolores que solo se pueden gestionar deprisa. Separó los papeles, las fotos y dos cajas de cosas que no supo tirar, y todo lo demás lo llevó a una tienda de segunda mano de la calle Autonomía. El oso iba en el fondo de una caja de ropa de cama, con la pajarita granate torcida hacia un lado.


La tienda

Martin llevaba once años clasificando lo que otros dejaban de querer, y en once años uno aprende a datar cualquier cosa. La etiqueta de una camisa dice el año con una precisión que ya quisieran los arqueólogos. El tipo de cremallera, la composición del tejido, el número de fabricante, el sistema de tallas. Todo objeto lleva encima su fecha de nacimiento si sabes dónde mirar.

El oso no llevaba nada.

Le dio la vuelta despacio, buscando dónde había estado la etiqueta. En los peluches viejos se ve siempre: queda el pespunte, o el trozo de tela cortado a ras, o la decoloración de la zona que ha ido rozando contra el resto. Aquí no había nada de eso. Y por el modelo, por la forma de las orejas y por el hocico bordado a mano, Martin le habría echado sesenta años. Por el estado, ninguno.

Pensó, sin darle más vueltas, que alguien lo habría guardado toda la vida sin sacarlo de la caja. Es lo que se piensa. Cada dos por tres aparecía por la tienda un abrigo de los años setenta que parecía comprado el jueves, porque a la gente le da por guardar cosas y luego morirse.

Se quedó un momento con él en la mano, sobre la mesa de clasificación, entre montones de ropa que olían a otras casas. El ojo de botón le hizo gracia. Luego pensó en Elena, que cumplía seis años en abril, y decidió que ese oso no iba a salir a la venta.

Antes de llevárselo le quitó la pajarita. Le pareció ridícula, un disfraz puesto por alguien que había querido convertir al oso en un personaje. Cortó los hilos con las tijeras pequeñas, tiró el trozo de corbata granate a la papelera de los descartes y metió el oso en su mochila.

Elena lo recibió con una alegría que a Martin le duró en la cabeza varios días. Le puso un nombre esa misma noche y durmió con él tres o cuatro meses seguidos.

Un año más tarde no era capaz de recordar el nombre.


Hiru

El oso pasó al montón. Todas las casas con niños tienen un montón: el rincón de la habitación, el cesto de mimbre, la caja bajo la ventana donde los juguetes van cayendo por orden inverso de interés. Estuvo allí meses, medio enterrado, cogiendo el polvo que cogen las cosas que ya no se cogen.

Hiru lo rescató. Hiru era un mestizo grande y bobo que llevaba en la familia desde antes que Elena y que tenía un criterio propio y firme sobre qué objetos de la casa le pertenecían. Un día lo sacó del cesto con la boca, lo llevó a su manta y a partir de ese momento fue suyo.

Fueron unos meses felices para el perro. Lo llevaba de un lado a otro, lo dejaba en la entrada, lo bajaba a la cocina, dormía con la cabeza encima. También lo mordía, con esa violencia cariñosa de los perros, y lo sacaba al balcón los días de lluvia, y lo arrastraba por el pasillo. El botón de nácar duró poco: apareció una mañana partido en dos mitades junto al cuenco del agua, con los hilos aún prendidos a una de ellas.

Cuando Martin decidió que aquello se había acabado, el oso tenía la oreja izquierda medio arrancada, dos manchas oscuras en la barriga, el pelo apelmazado, una costura abierta en el costado por la que asomaba el relleno y otra vez la cuenca izquierda vacía.

Lo llevó abajo un jueves por la noche, camino de la basura. En el último momento no lo metió en el contenedor. Lo dejó sentado al lado, apoyado contra el metal, mirando hacia la calle, con esa lógica que aplicamos todos cuando tiramos algo que nos da un poco de pena: dejarlo a la vista, por si alguien lo quiere.

Era un contenedor de la calle Doctor Areilza, en Indautxu, a la altura del quiosco.


El taller

Alicia lo vio a la mañana siguiente, volviendo de dejar unos arreglos. Tenía un taller de costura pequeño en la calle Uhagón desde hacía veintidós años y una relación con la tela que la hacía incapaz de pasar de largo delante de algo cosido y roto.

Se lo llevó bajo el brazo, sin bolsa, como quien recoge un gato.

El trabajo le ocupó tres tardes. Lavó el peluche a mano en el fregadero de la trastienda con jabón neutro y agua tibia, y las manchas salieron con una facilidad que la sorprendió, sin dejar cerco. Lo secó dos días colgado de una percha, junto a la ventana. Recompuso la oreja con puntada invisible. Cerró la costura del costado.

Le faltaba un ojo, y eso era lo único que la preocupaba de verdad, porque un ojo suelto no se encuentra: hay que comprar el par y cambiar los dos, y entonces ya no es el mismo oso.

Vació la caja de botones sobre la mesa por si acaso. Cientos de piezas acumuladas durante cuarenta años, botones de abrigos que ya no existen, corchetes, hebillas, cosas que se guardan porque nunca se sabe. Entre todo aquello había un ojo de cristal negro.

Lo puso al lado del que quedaba. Encajaba. El mismo tamaño, el mismo negro mate, ese punto muerto que tienen los ojos de los peluches antiguos y que los de ahora no consiguen imitar. Se quedó un momento intentando acordarse de dónde había salido, de qué prenda o de qué otro juguete, y no le vino nada. Se encogió de hombros. Con las cajas de botones pasa siempre eso.

Lo cosió por dentro con hilo encerado.

El oso quedó como nuevo. Mejor que nuevo: quedó exactamente igual que si acabara de salir de una caja, con el pelo levantado, el color entero, los dos ojos iguales, el hocico bordado y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado.

El sábado siguiente era el cumpleaños del hijo de una amiga y lo celebraban en un txoko de Atxuri. Alicia metió el oso en una bolsa de tela, se puso el abrigo y salió a la calle sobre las siete de la tarde.


El txoko

Bajó por Uhagón hacia la Gran Vía y cruzó el Ensanche a pie, porque era una tarde seca de otoño y le apetecía andar.

El txoko estaba en un bajo, con la puerta abierta y la luz saliendo a la acera. Dentro había cuarenta personas cenando, ruido de platos, alguien cantando por lo bajo en una esquina, y ese calor de local pequeño con demasiada gente dentro. Su amiga la saludó desde el fondo con el brazo levantado y le señaló un hueco en la mesa larga.

En el otro extremo del local, entre las mesas, corría un grupo de críos. El de la fiesta era el hijo mayor, un niño de siete años con un jersey azul que le venía grande, que llevaba toda la tarde recibiendo regalos y ya había perdido la capacidad de fingir sorpresa.

Alicia se agachó, sacó el oso de la bolsa de tela y se lo puso en los brazos.

Le dijo algo. Después no habría sabido repetir qué, alguna frase corriente, que lo cuidara, que era muy bueno, cualquiera de las cosas que se dicen. El niño lo apretó contra la lana con las dos manos, se quedó un segundo mirándole los ojos de cristal y salió corriendo hacia el otro extremo del local sin dar las gracias.

—Es Eneko —dijo su amiga desde la mesa—. Perdónale, hoy está insoportable.

Alicia dijo que no importaba, que a esa edad son todos así, y se sentó a cenar.

Desde su sitio, más tarde, lo vio pasar corriendo un par de veces con el oso colgando de una mano. Pensó que a lo mejor lo perdía esa misma noche debajo de una mesa, o que lo dejaba tirado en cuanto llegara el siguiente regalo. Pasa siempre. La mitad de las cosas que se regalan a un crío de siete años no llegan a la semana siguiente.

Aquel oso le acompañó dieciocho años, hasta el día de su primera mudanza.

Juanjo Marcos

Juanjo Marcos

Escribo sobre tecnología, desarrollo y, al parecer, ciencia ficción.

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