Relato

No tengo ese minuto

Salón doméstico en penumbra al anochecer, con una lámpara encendida y un sofá vacío. La luz es cálida pero la atmósfera es de espera y quietud.

El café

¿Te acuerdas del día que nos conocimos en el centro comercial? Me gusta pensar que aquel fue el primer día de mi vida. Me mirabas con esa cara de susto, la de quien no se cree del todo que me haya atrevido a acercarme a ti y a invitarte a un café.

Y en cuanto nos sentamos resultó que no había de qué tener susto. Hablar contigo era lo más fácil del mundo. Hablabas bajito, como pidiendo permiso para ocupar el espacio, pero hablabas de sitios a los que querías ir, de cosas que querías ver, de una lista larguísima que llevabas dentro y que no te atrevías a empezar. Toda aquella timidez por fuera, y debajo unas ganas enormes de morderle un trozo al mundo. Me pareciste la persona más interesante que había conocido nunca. Tampoco había conocido a muchas, la verdad.

No voy a fingir a estas alturas que el detalle de que fueras inmensamente rico me dejara indiferente. Ayudó, Eneko. No te voy a mentir ahora. Pero te juro que me habría tomado aquel café contigo aunque no hubieras tenido un duro.

Me da un poco de vergüenza acordarme de cómo terminó la tarde. En tu casa. El mismo día. Dijiste que tenías que volver pronto, que había que sacar a Rufus, y yo, que solo quería estirar la tarde un rato más, dije que te acompañaba. Lo dije con una sonrisa de tener muchísima experiencia con perros. Mentira. Me daban un pánico irracional, de los que no se explican.


Rufus

Resultó fácil superar el miedo en Rufus. Qué cosas. Llevaba toda la vida temiendo a los perros y bastó uno, viejo y tranquilo, para curarme.

Cuando me aceptó en casa, cuando se acercó y me apoyó la cabeza en la rodilla sin pedir nada, supe que había encontrado mi sitio. Siempre bromeé con eso, ¿te acuerdas? Que el que decidió que aquella era mi casa no fuiste tú, fue él. Que yo solo firmé lo que el perro ya había aprobado.

Fue un buen perro. Lamento haberlo conocido tan tarde, ya en sus últimos años, cuando le costaba subir las escaleras y dormía casi todo el día. Me habría gustado conocerlo joven. Pero me alegro de haber estado ahí para lo otro. Para ayudarte a pasar el día en que se fue, y los meses que vinieron después, que fueron duros para ti aunque no lo dijeras. No hacía falta que lo dijeras. Lo notaba.

Siempre pensé que adoptaríamos otro. Lo dijimos muchas veces. El año que viene, cuando estemos más asentados, cuando volvamos del viaje. Nunca se dio el momento. Y ahora me alegro, fíjate. Porque yo solo no podría hacerme cargo de un animal. No estaría bien. No sería justo para el animal.

Como tampoco es justo esto. Que te hayas marchado tan pronto. Diez años, Eneko. A ti te parecerán pocos o muchos, no lo sé. Para mí han sido toda mi vida. Literalmente toda mi vida.

¿Cuánto crees que tardan en venir? Llevo un rato largo mirando la puerta. He llamado hace... no sé cuánto. Dije la dirección dos veces, muy despacio, para que no hubiera ningún error. Me dijeron que mantuviera la calma, que no te moviera de donde estabas. No te he movido. Estás exactamente como caíste. Solo te he puesto bien el brazo, que lo tenías torcido y no me gustaba verte así.

La espera se me está haciendo eterna.


Taiwán

Me recuerda a Taiwán. ¿Te acuerdas de Taiwán?

Nuestro primer crucero orbital. La avería en la escala, justo encima de Taiwán, con todo el planeta girando despacio por debajo de la ventana y nosotros parados, sin poder seguir. Más de veinticuatro horas esperando a que arreglaran lo que fuera que se había roto. Te pusiste nervioso. Decías que a saber cuánto aguantaban los sistemas de soporte, que para qué habíamos subido tan arriba, que se te hacía un mundo.

Aquella espera también se me hizo larguísima. Pero me acuerdo de aquellas horas con algo parecido a la felicidad, porque las pasé contigo. Mi primer crucero orbital, Eneko. El primero. No habría querido hacerlo con nadie más. Te lo digo de verdad. Mirábamos juntos por la ventana la línea de la costa, y a mí no me importaba que no avanzáramos. Estaba donde quería estar.


Canadá

Justo lo contrario que en Canadá. Eso sí que me hace gracia recordarlo.

La travesía en canoa era uno de tus grandes sueños. Lo decías desde antes de conocernos. Y al mismo tiempo te aterraba, no por el río, sino por nosotros. Decías que tenías miedo del desgaste, de las jornadas largas, de lo que el cansancio le podía hacer a una pareja. Tenías toda la razón, por cierto. Los días eran largos, remábamos hasta que se ponía el sol, y aquello te fue agriando el humor de una manera que no te había visto nunca. No sé cómo te aguanté todo el viaje. En serio. No sé cómo.

Y sin embargo valió la pena. Cada metro. Por verte la cara la mañana que llegamos al lago grande, con la niebla levantándose del agua y los montes detrás. Esa cara de descubrir por fin un paisaje con el que habías soñado toda la vida y que no creías que te atreverías a ver nunca. Por esa cara remé lo que hiciera falta. El cansancio era tuyo. Yo no me cansaba.


Lo que éramos

Nos hemos complementado muy bien, ¿verdad? Donde tú tenías dudas, yo ponía templanza. Donde tú veías un peligro, yo ponía seguridad. Y el vigor físico, claro, eso lo ponía yo.

A algunos les costaba entenderlo. Veían a un hombre frágil al lado de uno que no se cansaba nunca y pensaban que faltaba equilibrio. No entendían nada. Esa fragilidad tuya, esa manera de hablar bajito y de mirar el mundo con un poco de miedo, era justo lo que más me gustaba de ti. Lo que más. Sin ella no habrías sido tú.


Estas últimas semanas

¿Qué hicimos, Eneko? ¿En qué momento dejaste de verme como tu alma gemela? Te he dedicado literalmente toda mi vida.

Estas últimas semanas han sido un infierno. Te veía alejarte un poco cada día, como una canoa que se separa de la orilla sin que nadie reme, y yo no sabía cómo volver a traerte. Lo intentaba todo. Repasaba cada cosa que te había gustado siempre, cada sitio, cada costumbre, y te las ofrecía, y tú asentías y mirabas a otro lado. No sabía hacerlo mejor. Y no podía imaginarme la vida sin ti. No la concebía. No estaba dentro de lo posible.


Esta noche

Por eso siento muchísimo cómo he reaccionado esta noche. De verdad que lo siento. No estaba preparado. Llevaba semanas diciéndome que era una racha, que volverías, que solo tenías que acordarte de lo bien que estábamos.

Y entonces me lo dijiste. Aquí mismo, de pie, con esa voz baja de siempre pero firme por una vez en la vida. Que me querías. Que nunca olvidarías estos años. Pero que necesitabas la compañía de un hombre. De un hombre, Eneko. Y yo no puedo ser eso.

Fue más de lo que pude procesar.

Y luego hay un hueco. Un instante en negro, sin registro, como si alguien hubiera arrancado un trozo de cinta. No tengo ese minuto. Lo he buscado y no está. Lo siguiente que tengo es esto: tú en el suelo, a mis pies, muy quieto, y yo marcando el número y diciendo la dirección dos veces, muy despacio, para que no hubiera ningún error.

¿Cuánto crees que tardarán? Se me está haciendo eterno, Eneko. Pero no me voy a mover de aquí. Te lo prometo. No me he movido nunca.

Juanjo Marcos

Juanjo Marcos

Escribo sobre tecnología, desarrollo y, al parecer, ciencia ficción.

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