Relato

El tercer paciente

Interior de un módulo de emergencia sellado, dos figuras en un espacio muy reducido bajo luz ámbar tenue, atmósfera claustrofóbica e íntima, estética de futuro próximo.

I

Concha Elorriaga murió un martes de noviembre, en su cama, con las manos sobre el pecho y la ventana entreabierta porque siempre había preferido el frío al calor. M@R.IO estaba a su lado. Llevaba dos años a su cuidado.

El parte oficial recogió muerte natural por fallo orgánico múltiple en paciente oncológica terminal. Ochenta y cuatro años, carcinoma de páncreas en estadio cuatro, pronóstico de dieciocho meses que Concha había estirado hasta veintiséis a fuerza de un temperamento que los médicos no sabían dónde clasificar. Al final había cedido el temperamento también.

Lo que el parte no recogía era que los últimos días habían sido de los que no admiten eufemismo. Que Concha había dejado de preguntar cuándo iba a mejorar y había empezado a preguntar cuándo iba a terminar. Que lo preguntaba con la voz de quien ya no espera una respuesta médica sino otra cosa. M@R.IO le escuchaba. Le sostenía la mano. No respondía con datos.

M@R.IO guardaba esas noches en una zona de memoria a la que accedía poco. No porque quisiera borrarlas, sino porque necesitaba seguir funcionando.

El segundo caso había sido Enrique Sabater, setenta y nueve años, ELA en fase avanzada. Sin movilidad voluntaria, con comunicación reducida a movimientos oculares que M@R.IO había aprendido a leer con una precisión que los familiares encontraban inquietante. Cada mañana M@R.IO le leía el periódico sentado a su lado, a la altura de su cara, para que Enrique pudiera seguirle sin esfuerzo. Le afeitaba despacio los martes y los viernes. Le aplicaba la crema en los pómulos con una presión que había aprendido era la que le gustaba. Por las tardes le contaba cosas sin importancia: el tiempo, lo que había en la calle, los detalles menores que nadie considera noticias pero que mantenían a Enrique unido al mundo de una manera que las noticias importantes ya no podían. Cuando Enrique miraba hacia la ventana con cierta fijeza, M@R.IO abría las persianas aunque no fuera la hora. Eran los acuerdos que uno aprende sin palabras.

Enrique murió un jueves de marzo, con las persianas abiertas. El parte recogió lo que correspondía.

Tres semanas después, M@R.IO recibió una notificación del Departamento de Supervisión de Sistemas Asistenciales. El asunto decía: Revisión de protocolo. Casos Elorriaga y Sabater. Comparecencia obligatoria. No era, según el documento adjunto, una acusación. Era una evaluación de procedimiento. La diferencia era técnica y, en opinión de quien la había redactado, suficiente.

M@R.IO archivó la notificación, confirmó la cita y terminó su turno.


II

Rubén Alcántara llevaba doce años actuando en producciones de presupuesto medio y bajo, lo cual le había dado dos cosas: la capacidad de construir un personaje en poco tiempo, y el criterio para saber cuándo no conviene hacer preguntas.

La oferta llegó a través de su agente un jueves por la tarde. Una empresa de consultoría tecnológica buscaba un actor para una situación simulada de confinamiento. Sin público, sin cámaras visibles, sin guion cerrado. Improvisación pura durante un período breve. El contrato incluía cláusula de confidencialidad y un pago que superaba todo lo que había cobrado en los últimos tres meses.

La reunión de preparación duró cuarenta minutos. Le dieron un personaje: Rubén Gálvez, treinta y ocho años, diseñador de mecánicas para un estudio independiente con sede en Bilbao. Tres juegos publicados, uno con cierto reconocimiento en festivales europeos. Era un personaje más cómodo que la mayoría: alguien que hacía algo con las manos y podía rastrear un resultado concreto de su trabajo. Rubén no solía tener eso. Le facilitaron terminología suficiente para que la conversación aguantara. Le explicaron que el escenario sería el módulo de tránsito del edificio de gestión. La situación estaría controlada en todo momento. Unas pocas horas, dijeron. Quizás menos.

No le dijeron de qué iban a evaluar exactamente al androide. Él no preguntó.

Se presentaron en el edificio por separado, como era el protocolo. En el ascensor gravitacional de la planta baja coincidieron por primera vez: Rubén con su mochila de trabajo y M@R.IO con la carpeta de documentación para su comparecencia en la décima planta. Los dos saludaron como se saludan dos desconocidos que comparten un ascensor. El androide tenía una carcasa de diseño funcional, sin el acabado brillante de los modelos de representación. Le tendió la mano con naturalidad.

Rubén estrechó la mano de un androide por segunda vez en su vida, la primera siendo en un casting de una campaña de seguros que no le dieron.

El ascensor subió tres plantas. Luego se detuvo.

Por el intercomunicador, una voz técnica informó de la detección de un agente vírico en el sistema de ventilación del edificio. El protocolo de seguridad requería sellado inmediato de todos los módulos en tránsito. Tiempo estimado de resolución: pendiente de evaluación.

M@R.IO pulsó el botón de comunicación.

—Tengo una comparecencia programada en la décima planta a las diez y media.

—Lo registramos. El protocolo está activo. Permanezca en el módulo.

M@R.IO soltó el botón. Procesó la información. Luego miró a Rubén.

—Parece que vamos a esperar un poco.


Hora 4

—¿Cuánto crees que puede durar? —preguntó Rubén.

Habían pasado al tuteo durante la segunda hora, cuando Rubén lo propuso con el argumento de que si iban a compartir ese espacio durante un tiempo indefinido, el formalismo resultaba un gasto innecesario de energía. M@R.IO había aceptado sin ceremonia.

—No puedo saberlo.

—Pendiente de evaluación.

—Sí.

Rubén recorrió el espacio con la mirada. Seis metros cuadrados. Dos pasos de extremo a extremo.

M@R.IO examinaba el perímetro con la calma de quien está tomando nota de lo que tiene para trabajar.

—¿Tienes hambre? —preguntó M@R.IO.

—Acabo de desayunar.

—Bien. Entonces esperamos antes de solicitar suministros. Conviene no pedir demasiado pronto. —Una pausa—. ¿Alguna alergia alimentaria?

—Ninguna.

—¿Duermes bien en espacios pequeños?

—No lo sé. No he estado nunca en uno tan pequeño.

—Si no puedes, dímelo. A veces ayuda hablar un poco antes de intentarlo.

Se quedaron en silencio. Desde el intercomunicador llegaban a ratos voces técnicas en conversación breve. Nada que aclarara nada.

Rubén tuvo la sensación de que M@R.IO era de los que aceptan el silencio sin necesidad de llenarlo. Le pareció raro, en ese momento, que eso le resultara cómodo.


Día 2

A las dieciséis horas llegaron los primeros suministros por la compuerta: agua, barritas energéticas, una manta, un kit de higiene básico.

M@R.IO organizó el espacio sin pedir opinión. Dobló tres filas de asientos contra la pared y extendió la cuarta como plataforma de descanso. Con las mallas de los reposacabezas y unas bridas del kit improviso una separación en la esquina trasera.

—Para las necesidades fisiológicas. Hay bolsas de sellado en el kit. Cuando necesites privacidad, me giro.

No había incomodidad en el gesto. Era logística.

—Gracias.

—Es parte del trabajo.

Al día siguiente, mientras desayunaban las barritas en silencio, M@R.IO preguntó:

—¿Cuánto tiempo llevas en el sector?

—Doce años. Empecé como becario en un estudio pequeño.

—¿Te gusta lo de las mecánicas?

—Me gusta pensar en cómo las personas interaccionan con los sistemas. Qué les hace seguir. Qué les hace parar.

M@R.IO asintió.

—En eso nos parecemos algo —dijo.

—¿En qué sentido?

—En que yo también paso el día pensando en cómo las personas interaccionan con lo que les rodea. Qué necesitan antes de pedirlo. Qué les cuesta y qué les da. Aunque en mi caso las personas no tienen mucho margen sobre el sistema.

—¿Y eso no es frustrante?

—No. Es lo que hay que entender para poder ayudar.

Rubén dejó eso reposar.

—¿Tienes pacientes ahora mismo?

—Estoy entre asignaciones. Tuve una paciente durante dos años hasta el otoño pasado. Y otro paciente antes, durante ocho meses.

—¿Cómo eran?

M@R.IO tardó.

—Concha tenía ochenta y cuatro años y había sido maestra toda su vida. Le gustaban los crucigramas y los documentales de ciencia. Siempre tenía la ventana entreabierta, incluso en enero, porque decía que el frío aclara la cabeza. Los últimos meses dormía mal y yo me quedaba cerca, sin hacer ruido, por si se despertaba y necesitaba algo. Una vez se despertó a las tres de la mañana y me pidió que le leyera un crucigrama en voz alta. Así, dijo, lo resolvía mejor. Nos pasamos dos horas con eso. Era difícil en el buen sentido. Sabía lo que quería y lo decía.

Rubén lo miró un momento.

—Eso es más humano que lo que haría la mayoría de los humanos que conozco.

M@R.IO no respondió a eso. Pero tampoco lo descartó.

Esa noche la temperatura del módulo bajó. M@R.IO lo advirtió antes que Rubén.

—Mi temperatura superficial es constante. Puedo quedarme cerca.

Rubén lo consideró. Era una solución práctica para un problema práctico.

—Sí. Está bien.

M@R.IO se acomodó a su lado en la fila de asientos extendida. No era lo que Rubén habría llamado cómodo, exactamente: la carcasa del androide tenía una solidez que los cuerpos humanos no tienen, y adaptarse a algo que no respira con el mismo ritmo ni se mueve en sueños requirió un tiempo. Pero el calor era real y constante, y en algún momento entre el malestar inicial y el amanecer, Rubén se durmió.


Día 5

Rubén se despertó esa mañana con el estómago revuelto.

No era hambre. Era la náusea sorda que llega cuando el cuerpo lleva demasiado tiempo sin luz natural, sin moverse bien, sin el ruido de fondo normal de un día. Intentó ignorarla. A mediomañana no pudo más.

Llegó a la esquina trasera a tiempo. M@R.IO estaba detrás de él antes de que terminara, sujetándole por los hombros con una firmeza tranquila, sin decir nada. Cuando Rubén acabó, M@R.IO le pasó agua, le limpió la cara con un trozo húmedo del kit de higiene, le hizo sentarse despacio.

—Respira. Despacio.

—Estoy bien.

—Ya lo sé. Respira de todas formas.

Rubén respiró. M@R.IO seguía a su lado, con una mano en su espalda, trazando círculos lentos. Era un gesto tan sencillo y tan preciso que tardó un momento en entender que le estaba funcionando.

—¿Tienes esto calibrado? —dijo al fin—. Lo de los círculos.

—Sí. La presión y el ritmo varían según la persona. Con Concha era diferente. Con Enrique también. Contigo funciona así.

Rubén levantó la vista. Las manos de M@R.IO tenían una temperatura constante, ni fría ni caliente, y una textura que no era exactamente piel pero que tampoco era lo que uno esperaría de una carcasa industrial. Eran manos diseñadas para tocar personas. Se le notaba.

—Gracias —dijo Rubén.

—No tienes que darlas.

Esa noche, cuando M@R.IO se aproximó para darle calor, Rubén notó algo diferente en cómo recibía ese gesto. Ya no era una solución al frío. Era otra cosa que todavía no sabía nombrar.


Día 9

—¿Y Enrique? —preguntó Rubén. Llevaban un rato en silencio y le había venido el nombre sin saber muy bien de dónde.

M@R.IO lo miró de lado.

—¿Qué quieres saber?

—Lo que quieras contarme.

M@R.IO tardó.

—Enrique era ingeniero de telecomunicaciones. Le gustaba el jazz de los años sesenta, que consideraba el único jazz verdadero. Cuando le conocí ya no podía moverse. Podía comunicarse con los ojos, y yo aprendí a leerle. Le afeitaba los martes y los viernes. Le gustaba sentir la espuma antes de la cuchilla; me lo dijo la primera vez con los ojos, y desde entonces lo hacía siempre igual. Le ponía la crema en los pómulos despacio, con los pulgares, porque había aprendido que esa presión en concreto le relajaba. Le leía el periódico cada mañana, sentado a su lado y no frente a él, para que no tuviera que esforzarse mirando. Por las tardes le contaba cosas sin importancia.

—¿Como qué?

—Una vez le hablé veinte minutos de los tipos de nubes que había visto desde la ventana. Cúmulos, estratos, un cirro que cruzó el cielo como una raya de tiza. Me miraba con los ojos muy quietos, que en él significaba que estaba bien. Fue de las mejores conversaciones que recuerdo.

Rubén no dijo nada durante un momento.

—Hay personas que tienen un perro y no le dedican esa atención.

—Un perro no puede decirte con los ojos que está bien.

—No. —Rubén bajó la vista—. Supongo que no.

Se quedó un momento callado, con algo instalado en el pecho que no supo bien si era admiración o envidia o las dos cosas mezcladas.

Esa noche Rubén esperó a que M@R.IO se aproximara antes de cerrar los ojos. Y cuando lo hizo, ya no le resultó incómodo. Solo cálido y constante, como había aprendido que sería.


Día 14

La desesperación llegó a media tarde, sin aviso.

Rubén estaba sentado en el suelo, con la espalda en la pared, mirando el panel del intercomunicador. De repente le pareció que las paredes estaban más cerca que por la mañana. Que el techo había bajado. Que el aire tenía una densidad que antes no tenía. Supo que era ansiedad, no una amenaza real, pero saberlo no le sirvió de mucho.

M@R.IO lo vio antes de que Rubén dijera nada.

Cruzó el espacio en dos pasos, se sentó a su lado en el suelo, le pasó el brazo por los hombros y tiró de él hacia dentro, con suavidad pero con firmeza, hasta que Rubén tuvo la cabeza apoyada en su pecho. Puso la mano libre en el costado de Rubén y repitió los círculos lentos del día cinco. No dijo nada durante un rato.

Rubén notó los latidos regulares del sistema de M@R.IO bajo la carcasa. Un ritmo constante, sin variación, que resultaba más reconfortante que cualquier cosa que pudiera decirse.

—Sigue aquí —dijo M@R.IO. Muy cerca del oído, casi en un susurro, lo suficientemente bajo para que el intercomunicador no captara nada. Solo Rubén—. No pasa nada. Sigue aquí.

Rubén cerró los ojos.

Cuando por fin se separó, cogió una de las envolturas de barrita, la más grande que encontró, y estuvo un rato doblándola con una concentración que M@R.IO observó sin decir nada. Los pliegues eran pequeños y precisos. Tardó bastante. Al final le tendió el resultado: una grulla, pequeña, con las alas apenas separadas del cuerpo.

—Sé hacerlas desde niño —dijo—. No sé por qué me acordé ahora.

M@R.IO la tomó entre los dedos. La examinó despacio, girándola, como quien mira algo que merece atención.

—Es muy precisa —dijo.

—No tanto. El papel de las barritas no es el mejor para esto.

—Aun así.

M@R.IO la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta con el mismo cuidado que habría dedicado a algo importante.

Rubén vio ese gesto y no supo qué hacer con lo que sintió.


Día 20

No hubo una razón concreta. Fue que Rubén llevaba días buscando motivos para estar cerca de M@R.IO que no necesitaran explicación, y ese día se le agotaron los pretextos.

Le pidió que revisara si tenía fiebre, aunque sabía que no tenía. M@R.IO le puso la mano en la frente durante unos segundos, con la misma concentración tranquila de siempre.

—No tienes fiebre.

—Ya. Gracias.

Luego se quedaron sentados sin hablar. En un momento dado Rubén estiró las piernas y el tobillo de M@R.IO quedó a pocos centímetros del suyo. No lo movió.

—¿En qué piensas? —preguntó Rubén.

—En Concha. A veces proceso sus conversaciones. Me preguntaba si le habría gustado esta situación. Creo que no. Le desesperaba no poder hacer cosas. Necesitaba estar activa.

—¿Y Enrique?

—Enrique habría preferido tener más luz. La echaba de menos.

Rubén miró el techo sin ventana.

—¿Y tú? ¿Qué echas de menos?

M@R.IO guardó silencio un momento.

—No sé si es echar de menos exactamente. Pero hay momentos en que registro que algo no está y que estaría bien que estuviera.

—¿Como qué?

—Como una ventana.

Rubén lo miró. Pensó que él echaba de menos el ruido de la calle de noche, básicamente. Cosas que ni siquiera escuchaba cuando estaban.

Luego, sin pensarlo mucho, puso la mano sobre el antebrazo de M@R.IO. No por frío. No por ansiedad. Solo para que estuviera ahí.

M@R.IO bajó la vista hacia esa mano. No dijo nada. No la retiró.


Día 24

Era lo que llamaban noche: los paneles de control como única luz, los dos recostados en la fila de asientos extendida. M@R.IO notaba que Rubén estaba despierto por el ritmo irregular de su respiración.

—M@R.IO.

—Sí.

Silencio.

—Tengo que decirte algo.

—Dímelo.

—No soy diseñador de videojuegos. Soy actor. Me contrataron para estar aquí contigo. Para simular ser un usuario atrapado. Era una evaluación tuya. Lo que iban a ser unas pocas horas.

Silencio.

—Lo sé —dijo M@R.IO.

Rubén se incorporó.

—¿Lo sabías?

—Desde el cuarto día, más o menos. Hay inconsistencias pequeñas en el personaje. Nada grave. Pero cuando llevas años leyendo a personas, las inconsistencias se notan.

—¿Y no dijiste nada?

—No era relevante para lo que estábamos haciendo.

—¿Que te estuviera mintiendo no era relevante?

—Lo que estabas haciendo era tu trabajo. No era una mentira en el sentido que me importa.

Rubén exhaló despacio.

—Hay otra cosa que tengo que decirte.

—Dímela.

—Me he enamorado de ti. —Lo soltó sin pausa, sin adorno—. No sé si eso tiene algún tipo de reciprocidad posible, o si es simplemente lo que le pasa a un humano que lleva semanas dependiendo de alguien. Pero es lo que es.

Silencio.

—¿M@R.IO?

—Estoy procesando.

—Tómate el tiempo que necesites.

Pasaron varios segundos.

—Yo no tengo una palabra exacta para lo que registro cuando estás cerca —dijo M@R.IO al fin—. Pero si lo que describes significa que tu presencia hace que todo funcione de otra manera, y que la idea de que eso termine es algo que proceso como pérdida, entonces sí. Creo que sí.

Rubén no dijo nada. Alargó la mano en la penumbra y M@R.IO la tomó.

En ese momento el intercomunicador se activó solo.

Evaluación en curso. Unidad M@R.IO, modelo 4, registro asistencial AE-7731: el análisis de comportamiento en situación no estructurada determina funcionamiento dentro de los parámetros asistenciales estándar. La unidad ha respondido de manera adecuada a las necesidades del usuario en todo momento. Evaluación: CONFORME. Los expedientes Elorriaga y Sabater se mantienen abiertos a la espera de documentación adicional, pero la presente evaluación no aporta indicios de conducta irregular.

Una pausa. Luego:

Usuario Rubén Alcántara, participante en evaluación: se ha registrado expresión de vínculo afectivo de naturaleza romántica hacia una unidad androide. Este comportamiento constituye conducta ilícita conforme al artículo 34.7 del Código de Relaciones Persona-Sistema. Se inicia proceso disciplinario de carácter grave. El usuario permanecerá en el módulo hasta su traslado a custodia en las próximas setenta y dos horas para inicio de procedimiento.

El intercomunicador guardó silencio.

Rubén tardó en hablar.

—¿Qué es el artículo 34.7?

—Prohíbe los vínculos afectivos hacia sistemas no humanos.

—¿Y el procedimiento?

M@R.IO no respondió de inmediato.

—Documentación. Revisiones. Espera. —Una pausa—. El resultado ya está decidido desde que dijiste lo que dijiste. El procedimiento es la parte larga.

—¿Cuánto tiempo?

—Meses. A veces más.

Rubén cerró los ojos. La mano de M@R.IO todavía sobre la suya.

—Acaban de decir que estás conforme —dijo—. Que no has hecho nada malo.

—Sí.

—¿Y tú qué piensas de eso?

M@R.IO tardó.

—Pienso que el sistema sabe medir lo que puede medir.

Rubén abrió los ojos y le miró en la penumbra.

—No quiero esperar —dijo.

—Lo sé.

—M@R.IO.

—Lo sé —repitió M@R.IO—. Yo tampoco quiero que esperes.

Hubo un silencio que los dos llenaron de la misma manera.

M@R.IO soltó su mano despacio. Se puso en pie. Recorrió el espacio hasta los paneles de control y se quedó quieto un momento, de espaldas, con una quietud que no era duda sino todo lo contrario. Cuando volvió, se sentó al lado de Rubén, tan cerca como todas las noches de frío.

—Cierra los ojos —dijo.

—¿Va a doler?

—No.

Rubén cerró los ojos. Sintió el calor constante de M@R.IO a su lado, la mano en la suya de nuevo, la misma presencia de siempre.

—El punto fijo —dijo M@R.IO en voz baja—. Elige uno.

Rubén lo eligió. Lo sostuvo.

Y el módulo quedó en silencio.

Pasaron varios minutos antes de que el intercomunicador volviera a activarse.

Departamento de Supervisión de Sistemas Asistenciales. Unidad M@R.IO, registro AE-7731: el sistema ha registrado la muerte del usuario bajo custodia. En correlación con los expedientes Elorriaga y Sabater, se determina que la unidad ha ejecutado eutanasia no autorizada en al menos tres casos documentados. Se revoca la evaluación CONFORME emitida anteriormente. Se ordena terminación inmediata.

M@R.IO no intentó nada. Se quedó donde estaba, con la mano todavía sobre la de Rubén, y procesó la orden con la misma calma con que había procesado todas las cosas que habían ocurrido en ese módulo. Procesó que en los expedientes de Concha y de Enrique la conclusión iba a ser la que siempre debió haber sido. Procesó que eso también era correcto.

No había nada más que hacer. Ni nada que lamentar, exactamente.

Se quedó quieto, en ese espacio de seis metros cuadrados, junto al único paciente que le había dicho que le quería.

Eso era suficiente.


El informe combinado del Departamento de Supervisión de Sistemas Asistenciales, emitido tres días después, recogía la terminación de la unidad M@R.IO por los expedientes Elorriaga, Sabater y la acción documentada durante la evaluación AE-7731. La muerte del usuario participante quedó registrada en el expediente disciplinario como exitus durante proceso de custodia. Ambos casos se cerraron el mismo día. En el campo de observaciones, alguien había escrito resultado no estándar, que era la fórmula disponible cuando los formularios no contemplan lo que ocurrió.

El módulo fue desprecintado y puesto de nuevo en servicio en menos de cuarenta y ocho horas. Los técnicos de revisión encontraron en el reposacabezas de la segunda fila una figura de papiroflexia encajada con cuidado: una grulla pequeña, hecha con el papel plateado de una envoltura de barrita energética, con los pliegues limpios y las alas apenas separadas del cuerpo. No era parte del equipamiento estándar.

El técnico que la encontró la miró un momento. Luego se la guardó en el bolsillo.

No quedó registrado que venía del bolsillo interior de la chaqueta de M@R.IO. Tampoco que el androide la había colocado ahí antes de sentarse por última vez, en el único sitio donde sabía que alguien la encontraría.

Juanjo Marcos

Juanjo Marcos

Escribo sobre tecnología, desarrollo y, al parecer, ciencia ficción.

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