El euro digital, o cómo la UE se queda a medias frente a Visa y Mastercard

La Eurocámara ha dado el primer paso para crear el euro digital y romper la dependencia de Visa y Mastercard. Comparto el objetivo al cien por cien, pero el planteamiento me deja malas sensaciones: se confunde el límite con la comisión, se obliga al euro digital a pagarse a sí mismo y se les deja a los bancos un peaje que el dinero público no debería tener.

Símbolo del euro proyectado como holograma luminoso sobre un datáfono en la barra de un café europeo al atardecer

Esta mañana me he topado con la noticia de que la Eurocámara ha dado el primer paso para aprobar el euro digital, presentado a bombo y platillo como la alternativa europea a Visa y Mastercard. La comisión de Asuntos Económicos ha respaldado el paquete legislativo, ahora falta el pleno de julio y luego la negociación con los Veintisiete, así que esto va para largo: las pruebas piloto se esperan en 2027 y la puesta en circulación no llegaría hasta 2029. Pero el titular ya está ahí, y con él una sensación que me persigue cada vez que Bruselas anuncia algo grande. La de que vamos a volver a quedarnos a medias.

Que conste por delante: el objetivo me parece impecable. Llevamos demasiados años pagando con plásticos cuyos raíles son de empresas estadounidenses, y la cosa ha dejado de ser una anécdota técnica para convertirse en un asunto de soberanía. El ejemplo que circula estos días es de manual: a un juez europeo de la Corte Penal Internacional le cancelaron la Visa de un plumazo por una sanción de Washington. Si una decisión política tomada al otro lado del Atlántico puede dejarte sin poder pagar el pan, entonces los pagos no son una infraestructura neutral, son una palanca de poder. Y depender de la buena voluntad de terceros para algo tan básico como mover nuestro propio dinero es, sencillamente, una temeridad. Hasta aquí, firmo cada coma.

El problema empieza cuando uno lee la letra pequeña de cómo piensan construir esa alternativa.

Qué es exactamente esto del euro digital

Por lo que se sabe hasta ahora, el euro digital funcionará como una especie de monedero. Tú tienes tu dinero en el banco y trasladas, pongamos, mil euros a tu cartera digital. Desde ahí pagas en comercios, invitas a unas cañas o le devuelves a un amigo lo de la cena. Lo emite el Banco Central Europeo, tendrá la misma validez que las monedas y los billetes, habrá una versión conectada a internet y otra sin conexión que promete la misma confidencialidad que el efectivo, y existirán límites a cuánto puedes guardar para que la gente no vacíe sus cuentas bancarias de golpe.

Sobre el papel suena razonable. Los servicios básicos serán gratuitos para los ciudadanos, los envíos entre particulares no costarán nada y los comercios sí asumirán una comisión, aunque la Eurocámara exige que no supere lo que ya pagan hoy por otros medios electrónicos. Y aquí, en ese detalle aparentemente menor, es donde a mí se me empieza a torcer el gesto. Porque cuando lees todo junto, lo que tienes delante no es una ruptura con el sistema actual. Es una pieza más encajada con calzador en el mismo tablero de siempre.

El primer problema: la fricción

Pongámonos en la piel de una persona normal, de esas que no pierden el sueño por la autonomía estratégica europea. Ahora mismo tengo mi cuenta del banco, pago con la tarjeta acercándola al datáfono y, si tengo que pasarle dinero a alguien, abro Bizum y listo. El sistema, con todos sus defectos de dependencia que ya he comentado, a pie de calle funciona y es cómodo. La pregunta del millón es: ¿qué me aporta a mí el euro digital como para cambiar de costumbre?

Seamos justos, porque algo aporta. La versión sin conexión es lo más parecido al efectivo que existe en digital: pagas sin cobertura y sin dejar rastro, algo que ni la tarjeta ni Bizum te dan. Y, sobre todo, funcionaría igual en Tallin, en Sofía o en Bilbao, sin que Bizum se quede plantado en la frontera ni te claven recargos por pagar fuera de casa. Para alguien que viaja a menudo, eso no es poca cosa. El problema es que ninguna de esas ventajas le quita el sueño al usuario medio, que paga en el súper con cobertura de sobra y no se mueve de su comunidad autónoma. No es que el euro digital no aporte nada; es que no aporta lo suficiente como para que el grueso de la población se moleste en adoptarlo. Y la gente no cambia de forma de pago por patriotismo, la cambia porque es más rápida, más barata o más cómoda. Si no marcas con claridad alguna de esas casillas, tu invento se queda en una curiosidad para entendidos.

El límite no es el enemigo; la comisión sí

Aquí quiero deshacer una confusión que el propio debate público alimenta, porque me parece clave. Se nos presentan los límites de tenencia y las comisiones como si fueran dos caras de la misma prudencia, un paquete indivisible para que nada se desestabilice. Y no lo son. Son dos cosas completamente distintas que conviene mirar por separado.

El límite tiene todo el sentido del mundo, y lo acepto sin pestañear. Si cualquiera pudiera acumular euros digitales sin tope, en la primera crisis la gente vaciaría sus cuentas del banco comercial para refugiarse en el dinero del banco central, que no quiebra. Eso es una fuga de depósitos en directo, una corrida bancaria de manual, y deja a los bancos sin capacidad de prestar. Que me topen el monedero en dos mil o tres mil euros me parece perfecto: resuelve un riesgo real sin estropearme nada en el día a día, porque para la compra diaria y para pagar fuera me sobra de largo.

La comisión, en cambio, no resuelve absolutamente ningún problema sistémico. No protege la estabilidad financiera, no evita ninguna corrida, no salvaguarda nada. Lo único que hace es trasvasar dinero del comercio a quien cobra el peaje. El límite y la gratuidad son ejes independientes: puedes tener un euro digital topado en tres mil euros y gratis al cien por cien sin que pase nada. El tope ya hace todo el trabajo de prudencia. La comisión solo hace el trabajo de engordar a alguien. Presentarlas juntas, como si rechazar una fuese poner en peligro la otra, es justo el tipo de confusión interesada que conviene señalar.

El segundo problema: unas comisiones que no deberían existir

Y es que el telón de fondo de todo esto es muy simple. El dinero en metálico no le supone ninguna presión al pequeño comercio: el billete de veinte euros no le cuesta un porcentaje al bar de la esquina. La comisión de la tarjeta sí se la come, y el euro digital, tal y como está planteado, también. Por eso me parece tan pobre que el listón sea "que no cobre más que las tarjetas". ¿Empatar con Visa y Mastercard es toda la ambición?

Si de verdad quisiéramos que el pequeño comercio abrazara el euro digital, la ley tendría que haber sido valiente y fijar máximos ridículamente bajos, o directamente cero. Imagina poder decirle al dueño de la cafetería que, donde las tarjetas le sangran un porcentaje sobre cada consumición, con el euro digital no paga nada. Eso sí movería la aguja, eso sí haría que fuera el propio comerciante quien te animara a pagar con el monedero europeo. Y fíjate en la contradicción que el reglamento ya arrastra: los servicios básicos para el ciudadano serán gratis por ley. O sea, el legislador ya ha aceptado el principio de que esto es dinero público y que el acceso no se cobra. Lo que no se ha atrevido a hacer es extender ese mismo principio al lado del comercio. Y no hay ninguna razón técnica para esa asimetría: si la infraestructura puede ser gratuita para quien paga, puede serlo para quien cobra. La única razón de que no lo sea es no tocarle el bolsillo a quien distribuye.

¿Por qué tiene que pagarse a sí mismo?

Voy a conceder algo, porque sería deshonesto no hacerlo: operar esta red cuesta dinero. Hay que verificar la identidad de la gente (la normativa antiblanqueo obliga a saber quién está detrás de cada cuenta, y eso no es un capricho), hay que combatir el fraude, resolver disputas, atender al cliente, gestionar móviles perdidos. Todo eso existe y alguien lo tiene que sostener. De acuerdo. Pero de ahí no se sigue que el euro digital tenga que financiarse cobrando por cada transacción.

Pensemos en el efectivo. Acuñar monedas y emitir billetes cuesta una fortuna: materiales, máquinas, transporte blindado, seguridad, la propia Fábrica Nacional de Moneda y Timbre con todo su tinglado. Y a nadie se le ocurre exigir que ese coste se recupere con una comisión cada vez que pagas un café con un billete de cinco euros. Lo paga el erario, porque el efectivo es infraestructura pública del Estado, igual que las carreteras o el alumbrado. Pues el euro digital es exactamente eso: dinero público en formato digital. Su infraestructura debería sostenerla el dinero público y nuestros impuestos, como sostienen la del metálico, y no un peaje sobre cada operación. La pregunta no es "¿quién paga el coste?", la pregunta es por qué se da por hecho que el euro digital tiene que pagarse a sí mismo cuando su gemelo de papel nunca ha tenido que hacerlo.

El verdadero exceso: cuánto poder se les deja a los bancos

Llegamos al punto que más me chirría. El sistema necesita intermediarios para todo eso de la identidad y el fraude, lo acabo de conceder. Pero hay un abismo entre que los bancos sean la cañería obligatoria por la que circula el euro digital y que sean los que ponen el peaje a su antojo dentro del techo legal. Lo primero es una necesidad técnica que puedo tragar. Lo segundo es una decisión política, y es la que no me trago.

Porque aquí está la trampa: el banco que distribuye el euro digital es exactamente el mismo que vive del negocio de las tarjetas. ¿Qué incentivo tiene para ofrecer una alternativa más barata que canibalice su propio negocio? Ninguno. Le estamos pidiendo al zorro que vigile el gallinero y encima que decida el precio de los huevos. Que los bancos quieran impulsar sus propias iniciativas me parece estupendo: que Bizum dé el salto al pago en comercios, que cada entidad ofrezca su solución, le añada funciones y compita. Pero eso debería convivir con un euro digital oficial verdaderamente neutro y gratuito, no sustituirlo ni colonizarlo. Una cosa es el producto de marca y otra el equivalente digital de los billetes que todos compartimos.

Una herramienta diseñada para no molestar a nadie

Lo que me temo, leyendo entre líneas, es que estamos ante una necesidad real detectada por una Unión Europea demasiado prudente para llevarla hasta el final. Porque un euro digital de verdad —topado para no desestabilizar nada, eso sí, pero público, gratuito y sin peaje bancario— sería una alternativa seria a Visa, a Mastercard y al negocio de comisiones que se reparten por el camino. Sería un mordisco considerable a los ingresos de un montón de actores muy poderosos. Y plantarles cara es justo lo último que conviene a nuestros responsables políticos.

No conviene olvidar que la banca ya nos enseñó la lección durante la crisis: cuando vienen mal dadas, son auténticos especialistas en capitalizar los beneficios y nacionalizar las pérdidas. Pedirles ahora que renuncien por las buenas a un nuevo flujo de comisiones es, siendo generosos, ingenuo. Por eso el diseño que se está cocinando tiene toda la pinta de ser un acuerdo para que nadie importante pierda demasiado. Y un sistema pensado para no incomodar a los de siempre rara vez sirve para cambiar nada.

Ojalá me equivoque. Ojalá dentro de unos años escriba un artículo comiéndome estas palabras y celebrando que pago el café con un euro digital cómodo, gratis y plenamente nuestro. Pero a día de hoy, con lo que hay sobre la mesa, tengo malas sensaciones. No por pesimismo gratuito, sino porque ya he visto demasiadas veces cómo una idea valiente termina convertida en un parche para no molestar a nadie.

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