Le pedí deseo, me devolvió oficio
Quise trasplantar el universo de Tom of Finland a la realidad vasca con ayuda de la inteligencia artificial. Acabé con veinte obreros guapísimos y una lección sobre lo que las máquinas todavía no saben dibujar.

La primera vez que vi un dibujo de Tom of Finland fue en una librería de Ámsterdam, a finales de los noventa. Andaba yo entonces trabajando una temporada en Eindhoven, y me escapaba a la ciudad siempre que el calendario me lo permitía, con esa avidez del que acaba de descubrir que el mundo es bastante más ancho de lo que le habían contado en casa. Me quedé plantado delante de aquellas láminas un rato francamente indecente. No era solo el músculo, ni el cuero, ni la desvergüenza con la que aquellos hombres ocupaban la página: era que parecían felices de ser exactamente quienes eran, en una época en la que eso no salía nada barato.
Casi treinta años después, una tarde tonta, se me ocurrió una de esas preguntas que nunca llevan a ningún sitio razonable: ¿y si aquel universo se hubiera mudado a Bilbao?
La idea: y si Tom hubiera nacido en el Casco Viejo
El dibujo de Touko Laaksonen celebraba siempre a un mismo tipo de hombre: el trabajador. Leñadores, marineros, mecánicos, mineros. Cuerpos idealizados que venían del esfuerzo físico y de los oficios de toda la vida. Y resulta que, si hay un imaginario que rebosa exactamente eso, es el vasco. El aizkolari con el hacha al hombro, el harrijasotzaile cargando una piedra imposible, el arrantzale enrollando un cabo en el puerto, el obrero de Altos Hornos recortado contra el naranja del metal fundido. La épica del músculo trabajando no había que importarla de Helsinki: la teníamos en casa, en los carteles de las fiestas de cualquier pueblo.
Así que la idea, sobre el papel, era preciosa. Coger ese lenguaje universal de la masculinidad obrera y plantarlo en el caserío, en la ría, en la Margen Izquierda. Un homenaje doble: a Tom y a Bilbao. Lo que no sabía aún es que el camino entre "idea preciosa sobre el papel" y "galería que de verdad funciona" estaba minado de trampas, y que iba a pisarlas casi todas.
Conviene aclarar el método, además, porque cambia el cuento: yo no pensaba dibujar nada con mi propia mano. El plan era generar las ilustraciones con inteligencia artificial —con Midjourney, en concreto—, describiendo cada escena con palabras y dejando que la máquina las convirtiera en imagen. Algo que, ya lo iréis viendo, tiene tanto de magia como de pelea a puñetazo limpio.
El viaje estético, o cómo equivocarse cinco veces seguidas
La primera tanda fue un festival de incoherencia: el pescador parecía un cómic de color saturado, el obrero un dramón de claroscuro y el cortador un dibujo a sepia. Tres ilustradores distintos peleándose dentro de la misma carpeta. Corregí buscando coherencia y me fui al claroscuro dramático del obrero, que era el más espectacular. Resultado: toda la serie se hundió en una oscuridad aceitada, piel brillante y sombra profunda, a medio camino entre el anuncio de perfume y la fantasía de músculo en un sótano de carbón. Muy potente, muy poco lo que yo quería.
Vuelta a empezar. Probé el cómic limpio y luminoso, y la máquina me devolvió algo competente y absolutamente anónimo: galanes de mandíbula perfecta que podrían ilustrar cualquier novela rosa de quiosco. Fue entonces cuando caí en lo obvio: lo que me había enamorado de Tom no era el músculo, era el lápiz. El grafito blando, el trazo a mano, la textura, la calidez de lámina antigua. Salté al dibujo a lápiz y, por fin, apareció el alma. Le añadí color —lápiz de color sobre papel tostado, con las líneas de construcción aún visibles en los márgenes, como un estudio de taller sin terminar— y di con una imagen, un arrantzale enrollando un cabo, que era exactamente lo que andaba buscando. La usé como semilla para fijar el estilo en las otras diecinueve. Coherencia conseguida. Estilo conseguido. Victoria.
O eso creía.
Lo que la máquina no sabe dibujar
Cuando puse las veinte juntas, con su papel crema y su trazo cálido, me di cuenta de que, en la persecución del estilo, se me había escapado por el desagüe justo lo que arrancó todo esto. Tenía veinte hombres guapísimos. Lo que no tenía era deseo.
Y ahí está la lección, que es más bonita de lo que parece. La carga de Tom of Finland nunca fue el bíceps. Estaba en la mirada, en la complicidad, en esa alegría descarada de quien se sabe deseado y deseante, en el punto de humor y de juego. Lo erótico vivía en la actitud, no en la anatomía. Y resulta que la actitud es precisamente lo que estas máquinas peor dibujan: suavizan todo hacia lo agradable y lo correcto, esquivan por defecto la insinuación y el calor entre dos cuerpos, en parte por cómo están entrenadas y en parte porque ese terreno roza sus propios límites. Le pedí deseo y me devolvió oficio. Le pedí tensión y me devolvió ternura.
No es que lo hubiera hecho mal. Es que lo que buscaba era, casi por definición, lo único que no se dejaba dibujar por encargo a un algoritmo.
Veinte obreros guapísimos, y una pequeña decepción
Así que aquí están, y los presento con cierta decepción, para qué nos vamos a engañar. Porque no son lo que quería. Mirándolos en frío, lo vasco se ha quedado en el attrezzo —la txapela, el hacha, las redes del puerto, el delantal del tonelero— y nunca ha llegado a las caras ni a los cuerpos, que son los del catálogo de guapos universales de la máquina. Le puse Euskadi de decorado, pero los hombres salieron de algún lugar indefinido y genérico, pasados por un filtro que ni yo mismo sabría nombrar. Quería un Tom of Finland del Cantábrico y me he quedado, como temía desde el principio, más cerca de la portada de una novela erótica de aeropuerto.
No por ello reniego de la tarde. Esto es paigar.eu, el Portal de Apuntes, Ideas, Garabatos, Artilugios y Retrofuturismo, y los garabatos están precisamente para esto: para perseguir una cosa, tropezar con otra, y descubrir que el tropiezo también cuenta. Quise traer a Tom a Bilbao y lo que me trajo de vuelta la máquina fue una doble lección: que el deseo tiene algo de irreductible que no se deja externalizar a un algoritmo, y que la identidad de un lugar tampoco se pega encima como una pegatina, ni siquiera con la mejor de las semillas.
Me lo he pasado bien haciéndolas, y eso ya justifica el rato. Pero las cuelgo sabiendo que son más un experimento fallido que un logro, y me parece bien que así conste. No todo lo que uno intenta tiene que salir para haber merecido la pena intentarlo.


