Agravitas: el nuevo Bellas Artes de Bilbao, visto y pisado de cerca

He recorrido la ampliación de Norman Foster y Luis María Uriarte en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. El concepto me convence. Los acabados, bastante menos.

Atrio Arriaga del Museo de Bellas Artes de Bilbao visto desde arriba, con los pilares en V de la nueva estructura tras el cristal, la fuente de Durrio al fondo y visitantes bajo una escultura suspendida

Llevaba años esperando este momento. Desde que en 2019 se anunció el ganador del concurso, la ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao ha sido una de esas obras que la ciudad ha seguido con paciencia: vallas en el parque de Doña Casilda, grúas asomando entre los árboles y fechas de apertura que se iban desplazando año tras año. El martes por fin pude recorrerla entera, una semana después de que el museo volviera a abrir sus puertas al completo.

Volver a las colecciones siempre es un placer, pero esta vez el motivo era otro. Quería ver con mis propios ojos el famoso "sombrero" que Norman Foster ha colocado sobre el museo, subir a las nuevas salas y salir a la terraza de la que tanto se ha hablado. Salí con una sensación doble que me apetece contar con calma, porque no cabe en un "me ha gustado" ni en un "qué decepción".

Sala del edificio de los años setenta con tarima clara, techo de franjas luminosas, una pintura en forma de rombo en una pared y una barca con figuras suspendida
Una sala del edificio de los años setenta.

Qué es Agravitas y por qué se llama así

Agravitas fue el lema con el que Foster + Partners y el arquitecto vasco Luis María Uriarte se presentaron al concurso internacional, al que acudieron 57 equipos y que ganaron por unanimidad del jurado. El nombre resume la idea: ganar superficie sin aplastar lo que ya existía. En lugar de levantar un edificio nuevo al lado, han colocado encima del conjunto una gran pieza de acero que se apoya en unos enormes pilares en forma de V y funciona, literalmente, como un puente de 55 metros de luz. Debajo quedan el edificio de 1945, la ampliación de los años setenta y la reforma de principios de los 2000, restaurados pero sin que la estructura nueva los toque.

La operación tiene un guiño que en Bilbao se entiende bien. El acero se ha producido aquí, como homenaje al pasado industrial de la ciudad, y la estructura se desarrolló con el ingeniero Julio Martínez Calzón, fallecido en 2023, antes de ver terminada la obra. Foster, además, no es un recién llegado: buena parte de los bilbaínos entramos cada día en sus "fosteritos" del metro sin pensar en quién los diseñó.

Bajo ese puente aparece la pieza que, para mí, mejor justifica todo el proyecto: el Atrio Arriaga. Lo que antes era un espacio exterior entre edificios es ahora un gran vestíbulo cubierto de unos mil metros cuadrados y once metros de altura, con la fuente de Francisco Durrio dedicada a Juan Crisóstomo de Arriaga, presidida por la musa Euterpe, en el centro. Por encima, un óculo de seis metros de diámetro abre una ventana hacia la sala superior. Y se ha recuperado la entrada original de 1945, que llevaba décadas sin usarse, de modo que el museo vuelve a mirar a la plaza como lo hacía al principio.

Lo que me gusta, y lo digo primero

Como concepto, Agravitas me convence. Visto desde el parque, el volumen tiene algo de nave posada sobre el museo, ligera a pesar de su tamaño, y no compite con el edificio antiguo sino que lo enmarca. Es una solución elegante a un problema difícil: cómo hacer crecer un museo encajado entre un parque, una plaza y varias calles sin comerse el jardín ni tapar la fachada histórica.

El atrio funciona. Por fin el Bellas Artes tiene un espacio de acogida a la altura de lo que es, un lugar donde quedarse, orientarse y entender cómo se conectan los distintos edificios, que antes se recorrían casi como piezas sueltas. Y la gran sala superior, con sus 1.300 metros cuadrados sin un solo pilar y luz natural filtrada por lucernarios regulables, impresiona al entrar. Es el tipo de espacio que permite montar casi cualquier exposición.

Un voladizo que esperaba más atrevido

Aun así, me quedé con la sensación de que la pieza podía haber sido más ambiciosa. Pensaba encontrarme algo más grande y, sobre todo, un vuelo más largo sobre el parque. La idea de una caja que flota sobre el museo pide un voladizo que te haga levantar la cabeza, y en algunos lados ese gesto se queda a medias.

Los datos del proyecto lo confirman en parte: la terraza mide 6,5 metros de ancho en los lados oeste y norte, pero apenas metro y medio en los lados este y sur. No sé hasta qué punto los árboles del parque han condicionado el vuelo, y sospecho que algo han tenido que ver, porque nadie quiere talar un jardín centenario para que un edificio luzca más espectacular. Si ha sido así, me parece una renuncia razonable. Pero el resultado es una pieza algo más contenida de lo que prometían los renders.

Medio metro que se echa de menos

El volumen suspendido tiene dos plantas, y la diferencia entre ellas es notable. Arriba está la gran sala diáfana, con sus seis metros de altura y su luz cenital, la que sale en todas las fotos. Abajo, en la planta inferior de ese mismo cuerpo flotante, la sensación es justo la contraria: el techo se percibe bajo, demasiado cercano para una sala de exposiciones de esas dimensiones, y el espacio resulta algo claustrofóbico.

No hablo de nada dramático. Me dio la impresión de que a esa sala le falta medio metro de altura, ese margen que separa un techo que acompaña de uno que aprieta. Entiendo que el canto de la estructura, las instalaciones y la altura total del conjunto obligan a repartir centímetros entre las dos plantas, y que la de arriba se ha llevado la mejor parte. Pero en un proyecto que presume precisamente de ligereza, recorrer una sala que se siente comprimida resulta, cuando menos, contradictorio.

El suelo que cruje

Y aquí empieza lo que me hizo salir con el ceño fruncido. El contraste lo marca algo tan humilde como el suelo.

En el edificio antiguo, la madera responde como debe. Pisas y no pasa nada: suena a suelo macizo, bien asentado, con décadas de pasos encima y ninguna queja. Al cruzar a la ampliación, el cambio se nota enseguida. No sé si lo que hay es tarima maciza, tarima flotante o un laminado de buena gama, y no voy a afirmar lo que no sé, pero lo que transmite bajo los pies es otra cosa. En algunas zonas cruje. En varias uniones con la pared el remate no está bien resuelto y deja ver juntas y encuentros que piden un repaso.

Lo más llamativo está en la gran sala superior, la diáfana. El suelo no está a nivel: al caminar se notan altos y bajos, ondulaciones que en una sala llena de tabiques pasarían desapercibidas pero que en un espacio tan abierto no tienen dónde esconderse. Es una paradoja curiosa: la sala más espectacular del proyecto es también la que peor disimula un acabado descuidado.

Gran sala superior de Agravitas con suelo de tarima clara, techo de lucernarios y caballetes con tubos metálicos como instalación
La gran sala superior, donde el suelo no está a nivel.

Euterpe se ha quedado sin agua

La fuente de Durrio merece un capítulo aparte. Durante años, el monumento a Arriaga con la musa Euterpe vivió al aire libre, junto a un estanque que formaba parte del paisaje del museo. Con la creación del atrio, ese estanque ha desaparecido, y lo entiendo: meter una lámina de agua grande bajo techo, en un espacio de paso y de acogida, plantea problemas de humedad, de mantenimiento y de seguridad que cualquier museo prefiere evitar.

Pero creo que se ha perdido una oportunidad. Justo encima de la fuente se abre el óculo de seis metros que conecta con la sala superior, y una pequeña lámina de agua circular a los pies de Euterpe habría establecido un diálogo precioso con ese círculo de arriba: el agua reflejando la abertura, la luz cayendo desde el óculo sobre una superficie que la devuelve. Habría sido un gesto sencillo y muy poético, y le habría dado al atrio un centro todavía más claro.

En su lugar, la fuente se ha quedado en una situación algo incómoda. El monumento descansa ahora sobre una plataforma rectangular de piedra, y el agua que todavía mana de él no se queda en su vaso: se extiende por la piedra en manchas oscuras e irregulares, cercos húmedos que no tienen pinta de efecto buscado sino de filtración. Desde el nivel del atrio puede pasar por un descuido puntual, pero basta con asomarse al óculo desde las salas de arriba para verlo con toda claridad. Lo que debería ser un elemento escultórico cuidado acaba sumándose a esa sensación de obra mal rematada que me acompañó durante toda la visita.

La ironía es difícil de pasar por alto. El óculo atraviesa las dos plantas del volumen suspendido en una sucesión de anillos blancos, y es probablemente la imagen más fotogénica del nuevo museo, la que todo el mundo se para a mirar. Y lo que enmarca, justo en el centro, es precisamente ese charco que se escapa.

Óculo de anillos blancos visto desde arriba, con el Atrio Arriaga al fondo y la fuente de Durrio sobre una plataforma de piedra manchada de agua
El óculo desde la sala superior, con la fuente de Euterpe y los cercos de agua en el centro.

Cristal que parece metacrilato

La terraza es la nueva gran atracción del museo y, como espacio, es estupenda. Asomarse sobre el parque, ver la plaza Euskadi y la Torre Iberdrola desde ahí arriba, rodeado de esculturas, es una experiencia que Bilbao no tenía. Pero es también el lugar donde el edificio se deja ver de cerca, y ahí la sensación de material barato vuelve a aparecer.

Hasta donde sé, los paneles son de vidrio. Una cosa es lo que es y otra lo que transmite. A un palmo de distancia, esas superficies me parecieron láminas de metacrilato, y el conjunto de la piel exterior me dejó una impresión de plástico más que de material noble de construcción. Cuesta explicar por qué un cristal puede parecer plástico: quizá sea el acabado, el tono lechoso, la manera en que refleja la luz o cómo se resuelven las juntas. Pero la impresión estaba ahí, y no creo que sea solo mía.

Me hizo gracia descubrir después que, cuando Foster presentó el proyecto definitivo, todavía no se habían decidido los materiales de la nueva estructura. Propuso al patronato tres opciones: algún tipo de piedra blanquecina, un composite o resina clara, o un cristal tintado en blanco que dejara pasar la luz natural. Se eligió el cristal, pero el resultado, visto de cerca, me recuerda más a la segunda opción que a la tercera.

Terraza de Agravitas con una escultura de acero oxidado, la Torre Iberdrola al fondo y los paneles blancos de la nueva piel exterior a la derecha
La terraza, con la Torre Iberdrola al fondo y la nueva piel exterior a la derecha.

Cuarenta y tantos millones

La crítica a los acabados no tendría tanto sentido si hablásemos de una obra modesta. Pero no lo es. Cuando se convocó el concurso, el presupuesto máximo previsto rondaba los 18,6 millones de euros. En 2021 ya se hablaba de 23. En 2022 la licitación quedó desierta porque, con la subida de precios de los materiales, ninguna constructora se presentaba, y el patronato tuvo que subir el presupuesto en 4,6 millones. La obra se adjudicó finalmente por 33,9 millones sin IVA, unos 41 millones con él, y en 2025 el coste total de la ampliación se situaba en torno a los 44 millones. Mientras tanto, la fecha de apertura pasó de finales de 2022 a 2023, luego a 2024, después a junio de 2026 y, finalmente, a este octubre.

Entiendo que en un edificio así la mayor parte del dinero se queda en lo que no se ve: la estructura, los cimientos, las instalaciones y la climatización necesaria para conservar obras de arte. También entiendo que, cuando los precios se disparan a mitad de proyecto, algo hay que recortar, y los acabados suelen ser lo primero que se ajusta. Pero precisamente por eso duele. Cuando una institución pública invierte esa cantidad, uno espera que la parte que el visitante toca, pisa y tiene delante de la cara transmita la misma solidez que el concepto.

Mucho espacio nuevo, poco para los clásicos

Hay otra cuestión que no tiene que ver con la arquitectura sino con lo que se cuelga en ella. La ampliación aumenta en torno a un 35 % el espacio expositivo, y tengo la impresión de que prácticamente todo ese espacio nuevo se ha destinado al arte moderno y contemporáneo. Las nuevas salas lucen obras de autores como Anthony Caro o Anselm Kiefer, algunas cedidas por el propio Norman Foster y su mujer, Elena, junto a otras donaciones recientes.

Mientras tanto, las salas de arte antiguo se me quedaron pequeñas. El Bellas Artes tiene una de las colecciones clásicas más interesantes del país, con muchos más fondos de los que se pueden ver, y la reforma se presentó también como una forma de ganar capacidad de almacenaje para la colección. Más almacén está bien, pero me habría gustado que una parte de los metros nuevos sirviera para sacar a la luz lo que lleva años guardado. No es una crítica al proyecto de Foster y Uriarte, sino a cómo se ha decidido repartir el espacio. Y quizá cambie con el tiempo: una sala diáfana de 1.300 metros cuadrados también puede acoger a los clásicos.

Volveré dentro de unos meses

No quiero ser injusto. El edificio lleva abierto apenas una semana, y cualquiera que haya vivido una obra sabe que los primeros meses son de repasos: tarimas que asientan, remates que se corrigen, desniveles que se reclaman a la constructora. Algunos de los defectos que he visto pueden ser simplemente eso, flecos de una entrega apurada después de tantos retrasos.

Por eso me quedo con una conclusión provisional. Agravitas es una buena idea, bien resuelta en lo grande, que le da al Bellas Artes el corazón que le faltaba y una terraza que va a dar mucho que hablar. Pero los detalles todavía no están a la altura del nombre que firma el proyecto ni del dinero que ha costado. Volveré dentro de unos meses, pisaré otra vez esa sala de arriba y saldré a la terraza a mirar de cerca esos paneles. Ojalá pueda escribir entonces que el suelo ya no cruje.

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