Barik, la tarjeta que caduca aunque funcione

Desde la Octopus de Hong Kong hasta la Barik que uso a diario, las tarjetas contactless de transporte se han hecho omnipresentes. La mía caduca el mes que viene estando perfecta, y eso me ha hecho mirar cómo lo resuelven otras ciudades, de Burdeos a Bristol.

Tarjeta contactless de transporte apoyada sobre el lector de un torno de metro, con la fecha de caducidad iluminada en la pantalla

La primera vez que apoyé una tarjeta de transporte sobre un lector y oí el pitido de aprobación fue en Hong Kong, con una Octopus en la mano. Venía de un mundo de billetes de papel y monedas para la máquina, así que aquel gesto mínimo —acercar, pitido, torno abierto— me pareció ciencia ficción cotidiana.

El monedero que cabía en un bolsillo

Lo asombroso de la Octopus, que Hong Kong puso en marcha en 1997, no era ni siquiera la velocidad: era que servía para mucho más que para coger el metro. Con la misma tarjeta pagabas el desayuno en un 7-Eleven, un refresco en una máquina de vending o un puñado de pequeñas compras sin que nadie te mirara raro. Era un monedero electrónico de bolsillo antes de que esa expresión significara nada para la mayoría de nosotros, y dejaba esa sensación de que la tecnología había decidido volverse transparente para hacerte la vida más fácil.

De Hong Kong a la ría del Nervión

Desde entonces ese modelo se ha vuelto omnipresente, y cada ciudad acabó teniendo su versión. Londres sacó la Oyster en 2003, una de las primeras en Europa en popularizar el formato y convertirlo en parte del paisaje urbano: esa tarjeta azul que todo el mundo lleva en la cartera o pegada al móvil. Después llegaron las demás, cada una con su nombre con vocación de marca y su pequeño universo de tarifas, zonas y bonos.

En Bizkaia esa tarjeta es la Barik, que arrancó como prueba piloto en 2011 y se generalizó en 2012. Es la que llevo encima a diario, la que uso sin pensar para el metro, el tranvía o el Bizkaibus, la que se ha convertido en una extensión más del gesto de salir de casa. Y precisamente por usarla tanto, sus rarezas me chirrían más. Porque la Barik funciona estupendamente hasta el día en que decide, sin avería ni desgaste ni motivo aparente, dejar de hacerlo.

Una tarjeta que funciona pero que caduca

Una de mis Barik caduca dentro de menos de un mes. No está rota, no está rayada, no ha dejado de leer en ningún torno. Simplemente le toca caducar, porque las tarjetas Barik tienen una validez de siete años desde la fecha de compra. Antes eran cuatro, y en 2015 el propio Consorcio amplió el plazo a siete tras comprobar que el chip aguantaba perfectamente más tiempo, lo cual ya dice algo sobre lo arbitrario de la cifra.

La justificación oficial es que el fabricante del chip garantiza una vida útil máxima de diez años desde su fabricación, y que el Consorcio prefiere retirarlas a los siete para asegurar la estabilidad del sistema. Lo entiendo sobre el papel. Pero en la práctica significa que una tarjeta plenamente operativa, que sigue leyendo igual de bien que el primer día, queda fuera de juego por decreto. Y cuando eso pasa, si quieres seguir viajando tienes que comprar otra y pagar tres euros por la nueva, un precio que, afortunadamente, no se ha movido desde 2012.

Tres euros no arruinan a nadie, soy consciente. No es el importe lo que me irrita, sino el principio: pagar de nuevo por un soporte que no he gastado yo, sino el calendario. Y no es la primera vez que me pasa en todos estos años. Que se repita no lo hace menos molesto; lo hace más previsible, que es casi peor.

El peaje burocrático del traspaso

Y lo de los tres euros tendría un pase si recuperar lo que llevas dentro fuera sencillo. No lo es. Cuando una Barik caduca dispones de cuatro meses para traspasar el saldo y los títulos a una tarjeta nueva, y pasado ese plazo lo que quedara dentro se pierde sin más. El reloj corre, por tanto, y la pelota está siempre en tu tejado.

El problema es cómo se hace ese traspaso. No se puede hacer online. No se puede hacer en una máquina expendedora, esas mismas máquinas que sí te dejan recargar saldo, comprar bonos y consultar la caducidad. Hace falta presentarse físicamente con las dos tarjetas —la caducada y la nueva— para que una persona realice la operación, ya sea en una oficina de atención al cliente o en una estación de metro atendida por un supervisor. En el caso de las tarjetas personalizadas, además, solo puede hacerlo el titular, para evitar fraudes. Y el traspaso es siempre del saldo completo: nada de parcialidades.

Es decir, que para no perder un dinero que ya es mío, tengo que sacar un rato, desplazarme y hacer cola para que alguien teclee lo que cualquier máquina de la red podría resolver en diez segundos. En un sistema que presume —con razón— de modernidad contactless, esta fricción presencial resulta especialmente difícil de justificar por algo que no sea la comodidad del propio sistema o, sencillamente, la esperanza estadística de que mucha gente no llegue a tiempo.

Cómo lo resuelven más cerca de casa

Antes de seguir despotricando me pareció justo dejar de mirar a los gigantes —Hong Kong, Londres— y fijarme en sitios de mi tamaño, ciudades con las que Bilbao puede compararse sin complejos ni excusas de presupuesto. Y ahí la cosa se pone fea para la Barik, porque los vecinos lo tienen resuelto.

Empecemos por Burdeos, con la que Bilbao está hermanada desde 2006 y a la que se parece en escala, en aire atlántico y hasta en ese punto de ciudad que se reinventó dándole la espalda a su pasado portuario e industrial. Pues bien: las tarjetas de su red de transporte, la TBM, sencillamente no tienen fecha de caducidad. Cargas tus títulos, las usas, las dejas en un cajón si te marchas una temporada y siguen ahí cuando vuelves. No hay cuenta atrás ni peregrinación a ninguna oficina para salvar lo que es tuyo.

Y ni siquiera hace falta cruzar la muga. En Gipuzkoa, la tarjeta Mugi —ese sistema que en Donostia, Irún o Eibar hace lo que aquí la Barik— tiene una versión ordinaria que, directamente, no caduca; solo las tarjetas de colectivos, atadas a un descuento por edad o condición, llevan fecha de revisión. Incluso la Mugi anónima, que se desactiva si pasas un año sin recargarla, tiene la cortesía de no quedarse con tu dinero: el saldo no se pierde y la tarjeta se reactiva sola en cuanto vuelves a recargar, sin que nadie teclee nada en una ventanilla. Y si bajamos hasta Aragón, lo mismo: en Zaragoza el saldo monedero de la tarjeta bus no caduca, se va acumulando recarga tras recarga, y los dos euros de fianza del soporte te los reintegran cuando devuelves la tarjeta. La idea de que el dinero es tuyo y punto no parece tan revolucionaria vista desde fuera.

Y los que han borrado la tarjeta del mapa

Hay incluso quien ha resuelto el problema haciéndolo desaparecer. En Bristol, una ciudad británica de tamaño perfectamente comparable al nuestro, desde hace ya un par de años puedo subirme al autobús y pagar acercando mi propia tarjeta bancaria, o el móvil, sin comprar ningún soporte específico. El sistema lleva la cuenta de mis viajes, me aplica un tope diario y otro semanal para que nunca pague de más, y como no existe ninguna tarjeta de transporte de por medio, sencillamente no hay nada que pueda caducar ni saldo que haya que rescatar. Mi banco hace de monedero. Es justo el horizonte contrario al de presentarse en una oficina concreta para salvar tres euros antes de que venza el plazo.

¿Obsolescencia programada o pura recaudación?

Puestas todas las tarjetas sobre la mesa, mi conclusión es a la vez más matizada y más incómoda de lo que esperaba. Más matizada porque la caducidad no es una maldad exclusiva de Bizkaia: en Madrid, sin ir más lejos, las tarjetas personales también caducan, a los diez años —tres más que las nuestras, eso sí—, así que conviene no ponerse estupendo. Pero más incómoda porque, en cuanto miras a quien de verdad se te parece —una ciudad hermana al otro lado de la muga, una provincia vecina con la que compartimos hasta el idioma, una capital aragonesa de tamaño similar—, descubres que ni la caducidad forzosa ni el rescate presencial del saldo son inevitables. Allí, la tarjeta estándar no se muere sola, y el dinero que metiste no depende de que llegues a tiempo a una ventanilla.

Lo que más me llama la atención es el contraste con aquel primer pitido de Hong Kong, que en mi recuerdo era pura fluidez, una tecnología totalmente transparente. Veinte años después tenemos tarjetas técnicamente mucho más capaces metidas, en algunos detalles, en sistemas diseñados para ponerte trabas justo donde menos cuesta evitarlas. No acuso a nadie de mala fe; la prevención del fraude es un argumento legítimo y el chip caduca de verdad. Pero cuando el resultado conjunto es que tu tarjeta tiene fecha de muerte, que rescatar tu propio saldo exige presentarte en una ventanilla concreta y que encima pagas tres euros a fondo perdido por la siguiente, el aire recaudatorio cuesta de disipar. Sobre todo cuando los de al lado demuestran que se puede hacer de otra manera.

Así que el mes que viene me tocará la pequeña peregrinación: coger las dos tarjetas, ir a una oficina, esperar mi turno y mirar cómo alguien hace el conjuro burocrático para que mi propio saldo sobreviva al cumpleaños de un chip. Lo haré, claro. Pero lo haré pensando en Burdeos, nuestra ciudad hermana, donde la misma tarjeta no caducaría jamás, y en Bristol, donde ni siquiera me haría falta tarjeta, y preguntándome por qué aquí, teniendo de todo, nos cuesta tanto copiar lo fácil.

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