La persiana como lienzo ajeno
Cada mañana que bajo de Uribarri hacia la oficina me encuentro el mismo espectáculo: una hilera de persianas convertidas en el cuaderno de firmas de alguien que nadie invitó.

Cada mañana cuando camino hacia mi oficina en Uribarri me encuentro el mismo espectáculo: una hilera de persianas metálicas convertidas en el cuaderno de firmas de alguien que nadie invitó. Tags superpuestos, trazos apresurados, letras infladas que no dicen nada a nadie salvo a quien las pintó. Y entre todos ellos, inevitablemente, LIOS. Siempre LIOS.
No es solo una mañana mala. Es todas las mañanas.
La imagen que yo elegí y la que me impusieron
La oficina de Idenautas está en Maurice Ravel. Durante el día tiene exactamente la imagen que quiero que tenga: el rótulo, el vinilo del escaparate, los colores, la tipografía. Todo forma parte de una identidad visual pensada para que Idenautas sea reconocible de una manera coherente con lo que hace y con cómo quiere proyectarse. No es decoración arbitraria; es una decisión profesional que me ha costado tiempo, criterio y dinero.
Al cerrar el negocio y bajar la persiana, esa identidad desaparece. Lo que queda a la vista —lo que ve la gente que pasa por la noche, lo que ven los vecinos que madrugaron más que yo, lo que ve cualquiera que transite por una avenida con más de treinta mil vehículos al día— es un grafiti. Uno que yo no pedí, que no me gusta y que no tiene absolutamente nada que ver con el negocio al que pertenece esa persiana.
Lo que me resulta más difícil de asimilar no es el acto en sí, sino la lógica que hay detrás. Alguien decidió, en algún momento de alguna noche, que tenía el derecho de elegir el aspecto de mi local. Que su firma valía más que mi identidad corporativa. Que la persiana metálica que cierra mi negocio era, en realidad, su lienzo.
LIOS y compañía
Podría hablar de grafitis en abstracto, pero prefiero ser concreto. En Uribarri hay varios tags recurrentes, y LIOS es uno de los más visibles: aparece en mi persiana, en las de varios locales cercanos, en garajes, en cualquier superficie bajada que haya quedado sola más de una noche. Pero no está solo. Hay otros, con nombres igual de crípticos, igual de reiterados, igual de ajenos a cualquier lógica comunicativa que no sea la de dejar constancia de que alguien estuvo aquí.
Lo curioso —y revelador— es que hay que fijarse para distinguirlos. Las letras de un tag y las del siguiente se parecen entre sí más de lo que cualquiera de ellas se parece a algo legible. Son firmas pensadas para ser reconocidas dentro de un código que solo comparte quien las practica. Para el resto, para el comerciante que abre su persiana cada mañana o para el peatón que pasa por delante, el efecto es el mismo: una mancha sobre otra mancha, un ruido visual que no dice nada.
Esa sensación no la produce ningún grafiti en singular. La produce la acumulación. Y la acumulación, en Uribarri, ya lleva tiempo instalada.
Treinta mil vehículos al día y nadie vio nada
Esto es lo que más me cuesta entender desde el punto de vista práctico. Maurice Ravel es una avenida con un tráfico considerable, no un callejón escondido. Treinta mil vehículos diarios es una cifra que no invito a ignorar. Y sin embargo, alguien ha podido pintar mi persiana —y las de todos mis vecinos comerciales— sin que eso haya generado ninguna consecuencia.
Entiendo que las pintadas se hacen de noche. Entiendo que no hay un policía en cada esquina. Pero también es verdad que Bilbao tiene cámaras, que tiene patrullas, y que hay una diferencia notable entre un delito que ocurre en un recoveco y uno que ocurre en una arteria principal del barrio. La impunidad en este caso no tiene tanto que ver con la dificultad de detectar el acto como con la baja prioridad que se le asigna.
No pido una vigilancia imposible. Pido que el vandalismo reiterado y documentado sobre una zona concreta merezca algún tipo de respuesta que vaya más allá de encogerse de hombros.
Lo que el Ayuntamiento hace y lo que no hace
El Ayuntamiento de Bilbao tiene un servicio de retirada de grafitis. Funciona, dentro de sus limitaciones, para fachadas y superficies públicas. El problema es que las persianas de los comercios, al ser propiedad privada, quedan fuera de ese servicio. Si el propietario quiere limpiar su persiana, se lo guisa y se lo come. El coste, la gestión, el tiempo: todo a cargo del dueño del local.
Podría entender esta lógica si la alternativa fuera una ciudad sin grafitis, pero no es así. El resultado es que la misma calle tiene un mural recuperado en una fachada pública y, inmediatamente al lado, una persiana pintarrajeada que nadie toca. El contraste no ayuda.
Lo que sí ha hecho el Ayuntamiento en algunas zonas —el Muelle Marzana, la calle Iturribide— es impulsar campañas de decoración de persianas con arte de verdad: ilustraciones encargadas a artistas, con coherencia estética, con criterio. El resultado es visualmente muy distinto al de los tags. Una persiana con un mural bien ejecutado forma parte del paisaje urbano; un tag no forma parte de nada salvo del ego de quien lo pintó.
El problema es que esas iniciativas son puntuales, seleccionadas por el propio Ayuntamiento, y no hay ninguna vía para que un comerciante que quiera hacer algo similar por su cuenta pueda recibir algún tipo de apoyo o ayuda. Si yo mañana decido encargar un mural para mi persiana, asumo el coste íntegro y, probablemente, en seis meses alguien habrá pintado encima.
La solución de Nueva York que no es la solución
Hace un tiempo leí que Nueva York había introducido restricciones al uso de persianas de cierre opaco en determinadas zonas comerciales. La idea era obligar a los negocios a usar cierres que permitieran ver el interior del local, para ganar transparencia, reducir la sensación de abandono y, de paso, minimizar la superficie disponible para los grafiteros.
La lógica tiene cierto sentido en contextos concretos: una calle con escaparates iluminados de noche tiene una presencia muy diferente a la de una fila de metales opacos. Pero en Bilbao, y más concretamente en Uribarri, el problema va más allá de los comercios activos. Tenemos muchos locales cerrados de forma permanente, bajos que llevan años sin actividad comercial, persianas que no suben nunca porque el espacio no tiene uso. En esos casos, la obligación de usar un cierre transparente no resuelve nada; simplemente expone un local vacío en lugar de una persiana pintada.
No creo que la respuesta esté en cambiar el tipo de cierre. Creo que está en algo más difícil y más incómodo: hacer que pintar una persiana ajena tenga consecuencias reales.
Una pregunta que sigo sin saber responder
Al final, lo que me queda dando vueltas cada mañana mientras abro la persiana es una pregunta bastante simple: ¿de dónde saca alguien la legitimidad para decidir la imagen de un negocio que no es suyo?
No hablo de arte urbano en espacios abandonados o en muros cedidos para ese fin. Hablo de una persiana que baja sobre un local activo, que forma parte de la imagen de ese negocio, y que alguien convierte en soporte de su firma sin pedir permiso, sin asumir ninguna responsabilidad y sin sufrir ninguna consecuencia.
La única respuesta posible es que no la tiene. Y la única forma de que esa ausencia de legitimidad tenga algún efecto práctico es que vaya acompañada de vigilancia real, de multas proporcionales y de una actitud municipal que no trate este tipo de vandalismo como un daño colateral inevitable de vivir en ciudad.
Mientras tanto, cada mañana miro el LIOS que me dejaron, subo la persiana, y entro al local.


