¿Es más fácil llegar a Nueva York que a Elantxobe?

Una frase soltada entre risas durante una comida, un desafío a Google Maps y una paradoja que resultó ser rigurosamente cierta. Sobre cómo hemos conectado el mundo entero a golpe de vuelo directo mientras dejábamos lo de al lado exactamente donde estaba.

Collage fotográfico realista dividido en dos: a la izquierda un avión despegando al atardecer, a la derecha un autobús rural parado en una carretera de curvas junto al mar Cantábrico

—Es más fácil llegar a Nueva York que a Elantxobe.

Lo dijo Cristina, entre el segundo plato y el café, con esa seguridad de quien suelta una provocación sabiendo perfectamente que la va a tener que defender. Y nos reímos, claro. Cómo no reírse. Elantxobe es ese pueblo de postal encaramado a un acantilado, en la costa de Bizkaia, a un tiro de piedra de casa. Nueva York está a un océano entero de distancia, con su frontera, su control de pasaportes y sus cinco mil kilómetros largos de agua salada en medio. La comparación era, sobre el papel, un disparate. Uno de esos disparates que se dicen para animar la sobremesa.

El desafío de sobremesa

Pero alguien, en lugar de dejarlo pasar, hizo la pregunta fatídica: "¿a que lo comprobamos?". Y ahí ya no hubo vuelta atrás. Cinco minutos después éramos cuatro adultos hechos y derechos con el móvil en la mano, discutiendo horarios de autobús como si nos fuera la vida en ello, decididos a demostrar que aquella frase era una tontería.

Spoiler: no lo era.

La trampa —o mejor dicho, la clave— estaba en una condición que pusimos casi sin darnos cuenta: nada de coche privado. Solo transporte público. En el momento en que aceptas esa única regla, el mundo entero se reordena de una forma bastante contraintuitiva, y un acantilado a cincuenta kilómetros empieza a quedar, en la práctica, más lejos que un rascacielos al otro lado del Atlántico.

Vamos por partes, que la cosa tiene su gracia.

Nueva York: un billete y a volar

Para llegar a Nueva York, hoy, desde Bilbao, hay que hacer básicamente una cosa: presentarse en el aeropuerto y subirse a un avión. Desde mayo de 2025, United opera un vuelo directo entre Bilbao y Nueva York, sin escalas, varias veces por semana, en poco más de ocho horas y media. Que sí, que son muchas horas metido en un tubo a diez mil metros. Que sí, que hay que cruzar una frontera y rellenar el formulario de rigor. Pero, operativamente, es de una simplicidad pasmosa: un billete, una puerta de embarque, un único medio de transporte que te recoge en La Paloma y te suelta en Newark. Cero trasbordos. Cero combinaciones. Cero "a ver si llego a tiempo al siguiente".

Elantxobe: siete autobuses y mucha paciencia

Ahora, Elantxobe. Sin coche, desde Bilbao, la única opción realista es el autobús: una línea de Bizkaibus que serpentea hasta allí con siete llegadas al día entre semana. Siete. Aproximadamente una cada dos horas, como quien reparte el pan en un pueblo pequeño. Y el trayecto, solo en autobús y con todo yendo perfecto, ronda ya la hora y media, porque el bus no va directo a ningún sitio: va parando religiosamente en cada núcleo que se encuentra por el camino. Si además tu horario no encaja con el suyo —y rara vez encaja—, si tienes que combinar con otra línea o esperar plantado en una marquesina a la siguiente salida, la cuenta se dispara. Google Maps, sin despeinarse, te planta ahí más de dos horas para recorrer unos escasos cincuenta kilómetros que en coche se hacen en tres cuartos de hora largos.

Así que ahí lo teníamos, negro sobre blanco en la pantalla del móvil: un pueblo pesquero de nuestra propia provincia perdiendo por goleada, en facilidad de acceso, frente a una de las mayores ciudades del planeta situada a cinco mil seiscientos kilómetros. La frase era rigurosamente cierta. Hubo que rendirse a la evidencia y pedir otro café.

¿Culpa del autobús? No exactamente

La primera reacción, una vez digerida la sorpresa, fue la típica: indignarse un poco con el transporte público. "Esto es un despropósito", "así no hay quien mueva a la gente sin coche", y demás lamentos de sobremesa. Y hay una parte de razón en ello, no lo voy a negar. Pero con el café ya mediado, la cosa se veía con algo más de matiz. Porque dentro del Gran Bilbao el transporte público es, honestamente, una maravilla: Metro, Cercanías, tranvía, Bilbobus, todo entrelazado, con frecuencias altas y conexiones que funcionan. El problema no es Bilbao. El problema aparece justo cuando sales de esa mancha urbana hacia la costa o el interior, donde la población se dispersa, la demanda cae en picado y las líneas de autobús se ven obligadas a hacer de todo para todos: parar en cada caserío, cada cruce, cada pueblo, sin poder permitirse el lujo de ir directas a ninguna parte.

Y ahí está, en realidad, la explicación menos cabreada y más interesante. La comparación con Nueva York es tramposa por naturaleza, porque un vuelo transatlántico y un autobús rural no juegan en la misma liga ni por asomo. El vuelo es la optimización llevada al extremo del transporte punto a punto: dos aeropuertos grandes, mucha demanda, una ruta rentable, cero paradas intermedias. Todo el sistema conspira para que sea rápido y directo. El autobús rural es exactamente lo contrario: existe precisamente para no dejar a nadie tirado, para llegar hasta el último núcleo habitado por poca gente que sea, y esa nobleza de propósito es justo lo que lo hace lento. No es un fallo del sistema. Es el sistema haciendo, cada uno, aquello para lo que fue pensado.

Treinta años después, todo cambió menos el autobús

Pero hay algo que me sigue rondando, más allá de la anécdota, y que me parece la verdadera enjundia del asunto. Retrocedamos treinta años. Ir a Nueva York, en los noventa, era una auténtica expedición. Un vuelo carísimo, casi siempre con escala, un acontecimiento del que se hablaba en la familia durante meses, se sacaban fotos del billete y se volvía contándolo como quien ha estado en la Luna. Elantxobe, en cambio, era exactamente lo que es hoy: un pueblo bonito de la costa al que se iba en el autobús de siempre. Ahora avancemos hasta el presente. Nueva York se ha vuelto casi rutina: vuelo directo, unas horas, y estás allí. Y Elantxobe... sigue exactamente igual. El mismo autobús, más o menos los mismos siete horarios, la misma hora y media de curvas.

Es decir: hemos dedicado tres décadas enteras a pulir, abaratar y simplificar la conexión con el otro extremo del planeta, y prácticamente ni un minuto a mejorar la conexión con lo que tenemos a media hora en coche. Una ciudad que era un sueño lejano se ha acercado muchísimo, mientras que un pueblo que ya estaba cerca no se ha movido ni un centímetro. Es una inversión de prioridades de lo más curiosa, y casi nadie repara en ella porque, sencillamente, la damos por hecha.

Todo se ha acercado, menos lo de al lado

Y esa, creo, es la moraleja que se me quedó pegada al salir del restaurante. Nos hemos acostumbrado a que el mundo esté cada vez más conectado —vuelos más baratos, más rutas, más destinos, ciudades enteras que antes eran inalcanzables y ahora caben en la pantalla de un móvil— y lo hemos normalizado hasta el punto de no sorprendernos ya por nada. Todo se ha ido acercando. Todo, menos lo de al lado. Lo de al lado sigue justo donde estaba, con sus siete autobuses al día y su hora y media de trayecto, esperando pacientemente a que algún día nos acordemos de que también existe.

Al final, como era de esperar, no fuimos a ningún sitio esa tarde. Ni a Elantxobe ni a Nueva York. Nos quedamos en la mesa, terminando el café y dándole vueltas a la paradoja que Cristina había dejado caer como quien no quiere la cosa. Pero tengo la sospecha, bastante fundada, de que el día que de verdad decidamos ir a uno de los dos, el vuelo lo tendremos reservado bastante antes que el billete de autobús.

···
Otras entradas