Lo que no cabe en un expediente
Empecé la sección de relatos con mucho pudor y cierta vergüenza de publicar ciencia ficción sin ser escritor. Pero me apetece continuar. El último se llama 'El tercer paciente'. Va de un androide cuidador, un actor que miente por encargo, un ascensor que no llega a ningún sitio y veinticuatro días que no estaban en el guion de nadie.

Una colección que no tenía previsto escribir
Todo empezó con Izan Goikoetxea, protagonista de El hombre que movía montañas, el primer relato que escribí de esta serie sin saber que iba a ser una serie. Un hombre de Bilbao que cada mañana se despierta recordando el día que todavía no ha vivido, y que usa esa capacidad de la única manera que parece razonable: haciendo que las cosas sean un poco mejores a su alrededor, en silencio, sin que nadie llegue a ver del todo lo que mueve. Desde entonces han llegado Lo que guardamos, con Luke y su esfera negra del Arenal; ¿Cómo has dicho que te llamabas?, con Lucas Fernández y su invisibilidad calculada; La sala de espera, con dos androides obsoletos esperando turno; y varios personajes más que comparten el rasgo de existir en mundos donde la tecnología ha resuelto muchas cosas pero ninguna de las importantes.
No son relatos de ciencia ficción en el sentido más clásico. Son más bien relatos contemporáneos con algún elemento desplazado: un objeto sin explicación, una ley que no existía, una tecnología que cambia el tablero pero no los jugadores. Lo que me interesa no es el futuro sino lo que el futuro revela sobre ahora mismo.
El nuevo se llama El tercer paciente.
La premisa
M@R.IO es un androide de perfil asistencial que lleva seis años cuidando personas mayores. Dos de sus pacientes han muerto mientras estaba a su cargo. Los partes oficiales recogen lo que los partes oficiales recogen, pero el Departamento de Supervisión de Sistemas Asistenciales tiene preguntas. El tipo de preguntas que no esperan una respuesta incómoda, pero que a veces la obtienen.
Para la evaluación contratan a Rubén, actor de carrera discreta y criterio sólido para no hacer demasiadas preguntas cuando el encargo paga bien. Le dicen que será cosa de unas pocas horas. Lo que no le dicen es que la inteligencia artificial que gestiona el proceso tiene sus propios tiempos, y que lo que iban a ser unas horas se convierte en días y luego en semanas.
Dos personas —una humana, una no— encerradas en seis metros cuadrados sin cobertura de datos. El resto es conversación. Y la pregunta que el relato deja flotando sin llegar a responder del todo: ¿qué dice de nosotros que un sistema no humano pueda cuidar mejor que muchos humanos?
Una advertencia antes de leer
El relato no termina bien, en el sentido de que nadie sale ileso. Pero tampoco termina mal, en el sentido de que algo permanece. Esa zona intermedia es la que me interesa: la que queda fuera de los expedientes, la que no tiene fórmula técnica disponible, la que alguien guarda en el bolsillo sin saber muy bien por qué.
Si habéis leído los relatos anteriores de esta serie encontraréis el mismo universo: una burocracia que clasifica con precisión lo que puede medir y archiva sin seguimiento lo que no. Si es la primera vez que os asomáis, El tercer paciente funciona solo sin necesitar contexto previo.


