El monólogo que la otra persona no puede interrumpir

Este relato nació de una pregunta sobre la forma: qué ocurre con una conversación cuando la otra persona ya no puede responderte. El narrador habla a Eneko durante una espera. Le habla de diez años. Y Eneko no puede contestar.

Mesa con cuaderno abierto, bolígrafo y taza de café a medio terminar. Luz lateral cálida, noche, atmósfera de quien escribe algo que le cuesta.

La mayor parte de lo que llamamos conversar sobre el pasado es, en realidad, una negociación. Dos personas comparando versiones, corrigiéndose, completándose. "Eso no fue así." "Yo recuerdo que dijiste..." La memoria compartida es una construcción de dos, y depende de que los dos puedan hablar.

El narrador de este relato habla a Eneko mientras espera. Le habla del café del primer día, del perro, de Taiwán, de Canadá, de las últimas semanas. Diez años de vida compartida, repasados en voz alta, con el detalle y la certeza de quien recuerda los momentos importantes. Y Eneko no puede interrumpirle. No puede decir que eso no fue exactamente así, que recuerda las cosas de otra manera, que su versión es distinta.

Eso me inquietaba: la posibilidad de que quien más te ha querido se quede sin posibilidad de rebatirte. De que toda la historia de una relación acabe contada desde un solo punto de vista, en el momento menos justo posible.

El relato no toma partido. El narrador tampoco puede, por razones que el texto deja sin cerrar del todo. Pero está ahí, hablando. Y Eneko ya no puede decir lo que piensa.

No tengo ese minuto.

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