Northstar salió del armario en 1992 y aquí no se enteró nadie

Marvel publicó su primera salida del armario en enero de 1992. Aquel número nunca llegó a los quioscos españoles: tardó treinta años en traducirse. Historia de un hito que aquí nos perdimos.

Superheroe con un traje blanco y negro y el símbolo de la bandera de Canadá

Cuando escribí sobre Apollo y Midnighter solté de pasada, con toda la seguridad del mundo, que el primer personaje gay del cómic mainstream había sido Northstar. A Estrella del Norte lo tengo relativamente bien ubicado: me acuerdo de su cara, de aquel traje blanco y negro con la estrella en el pecho, de verlo aparecer en las páginas de la Patrulla-X. Lo que pasa es que ubicar a alguien y conocerlo son cosas distintas.

Releyéndome caí en que del personaje sabía lo justo. Ni su nombre real, ni de qué grupo canadiense venía exactamente, ni cuándo ni cómo se supone que salió del armario. Y sobre todo, ni si yo había tenido alguna posibilidad real de leer aquello desde un quiosco de Bilbao.

Esto último resultó ser lo más interesante.

Trece años haciéndose el sueco

Northstar —Estrella del Norte, como lo bautizaron aquí— se llama Jean-Paul Beaubier, es canadiense francófono, exesquiador olímpico y mutante con supervelocidad, vuelo y rayos de luz. Apareció en Uncanny X-Men #120 en abril de 1979, obra de Chris Claremont y John Byrne, y acabó formando parte de Alpha Flight, el supergrupo canadiense que tuvo colección propia desde 1983.

Byrne tenía clarísimo que el personaje era gay. Nunca lo escribió. En Marvel funcionaba entonces una política, atribuida al director editorial Jim Shooter, que sencillamente no permitía personajes homosexuales. Así que Jean-Paul se pasó una década siendo un tipo arisco, elitista, incómodo con todo el mundo y con una vida privada que jamás se contaba. Lo que en el fandom se llamaba subtexto y en la práctica era un guiño con el codo.

Y aquello no era manía de una editorial concreta. Por encima estaba el Comics Code, el órgano de autocensura de toda la industria americana, que hasta finales de los ochenta prohibía expresamente que aparecieran las palabras gay o lesbiana en un tebeo mainstream. No el beso, no la escena: las palabras. Se prohibía el vocabulario.

Lo mejor de todo es de dónde salió ese código. De un libro de 1953, La seducción del inocente, en el que el psiquiatra Fredric Wertham alertaba de que los superhéroes estaban corrompiendo a la infancia estadounidense y señalaba, entre otras pruebas del delito, el deseo homoerótico entre Batman y Robin y el lesbianismo de Wonder Woman. O sea que la lectura gay del superhéroe no solo llegó antes que la censura: fue lo que la provocó. Northstar tuvo que esperar cuarenta años a que se levantara un veto que existía precisamente porque alguien había visto lo que había que ver en Batman y Robin.

El momento más triste llegó con Bill Mantlo, que planeó matar al personaje de sida en el número 50 de la colección. Los editores le obligaron a cambiar el final: la enfermedad no era sida, era que Jean-Paul resultaba ser en realidad un ser mágico y llevaba demasiado tiempo lejos de su hogar feérico. Peter David lo resumió con una frase que ya no se puede desoír: no es gay, solo es un hada.

Enero de 1992, dos palabras

Con Shooter ya fuera de la casa, el guionista Scott Lobdell consiguió por fin el permiso. Alpha Flight #106 llegó a las tiendas estadounidenses el 14 de enero de 1992, con fecha de portada de marzo, y no se anduvo con sutilezas: Northstar adopta a un bebé abandonado con VIH, se enfrenta a un superhéroe veterano cuyo hijo había muerto de sida sin que a nadie le importara, y en mitad de la discusión suelta las dos palabras.

Tres meses después de la muerte de Freddie Mercury, en pleno pico de la epidemia, aquello no era un gesto decorativo. El número se agotó en una semana en una colección que vendía regular, salió en la prensa generalista y hoy es el único cómic individual que ha entrado en el Salón de la Fama Gaylactic.

Y después, silencio. El asunto quedó prácticamente congelado hasta que la serie se canceló en 1994, y las miniseries posteriores lo esquivaron con una elegancia sospechosa. Durante años, además, la manera habitual de resolver a un personaje gay incómodo fue matarlo: el propio Jean-Paul acumuló tres muertes distintas en relativamente poco tiempo, un récord que dice bastante de lo que costaba mantenerlo vivo en la parrilla.

También conviene entender qué se había permitido exactamente, porque no era tanto como parece. Se podía decir. Durante mucho tiempo no se podía hacer: el primer beso entre dos hombres en un tebeo de superhéroes mainstream se dio en la competencia, en Manhunter, con el personaje de Obsidian, mientras en Marvel la línea seguía sin cruzarse. Para la boda de Jean-Paul con Kyle Jinadu, la primera entre dos hombres del cómic de superhéroes, hubo que esperar a 2012. Veinte años clavados desde las dos palabras.

Y aquí, mientras tanto, ni palabra

Forum empezó a publicar Alpha Flight en España en 1985, con una vida editorial complicada: etapas sueltas, saltos, temporadas enteras funcionando como complemento de otras cabeceras. Cuando el experimento se cerró, las aventuras del grupo se quedaron inéditas a partir de los números setenta y tantos de la serie original. El 106 no llegó. Ni en 1992, ni después.

Lo único que nos tocó fue la miniserie Estrella del Norte, de Simon Furman y Darío Carrasco, que Forum publicó entre finales de 1994 y principios de 1995. Cuatro grapas de acción y villanos donde el asunto que había hecho famoso al personaje en Estados Unidos ni se menciona. Un lector español de entonces se encontraba con un mutante canadiense protagonizando su propia miniserie sin ninguna pista de por qué demonios se le había dado ese protagonismo.

La grapa se tradujo en 2022. Panini publicó 100% Marvel HC. Marvel: Pride, un tomo que recoge la primera antología queer de la editorial y que reimprime, entre otros hitos, Alpha Flight #106 y el número de la boda. Los dos juntos, treinta años tarde. Como abrir una carta que se traspapeló en Correos y que ya solo sirve de documento histórico.

Extraño llegó antes, y a ese sí lo vimos

Lo mejor es que ni siquiera fue el primero. Cuatro años antes, en enero de 1988, DC había presentado en Millennium #2 a Extraño: Gregorio de la Vega, mago peruano de Trujillo, creado por Steve Englehart y Joe Staton para el equipo de los Nuevos Guardianes. Nunca pronunció la palabra en viñeta, pero tampoco hacía falta. Se vestía con colores imposibles, resolvía combates con trucos de salón y exigía que sus compañeros lo llamaran Auntie, la tía. Un catálogo andante de estereotipos, con capa.

Lo curioso es que a ese sí lo pudimos leer. Zinco publicó Millennium aquí en 1988 y en los últimos números de la colección paralela arrancó la edición de The New Guardians, aunque solo sacó cinco de los doce números originales. O sea: hubo un superhéroe gay en los quioscos españoles antes que Northstar, tratado con muy poca dignidad, pero presente.

Englehart quería desarrollarlo más, incluso con una trama sobre VIH, y se topó con un editor que consideraba que el personaje había quedado curado al final del evento. Volvería del limbo en 2016, y adivina dónde: como secundario de la miniserie de Midnighter y Apollo. El círculo se cierra solo.

Lo que pasaba fuera de las mallas

Me he quedado dándole vueltas a algo. En enero de 1992 yo tenía dieciocho años y compraba tebeos. Existía en algún lugar del mundo una grapa donde un tipo con superpoderes decía en voz alta lo que yo no sabía cómo decir ni en voz baja, y esa grapa no cruzó los Pirineos. Nada premeditado, nada homófobo: ventas flojas, distribución, desinterés por un supergrupo canadiense que aquí nunca cuajó. Y aun así el efecto es idéntico al de una prohibición.

Lo que hace la historia todavía más marciana es que el material sí estaba. No en el estante de los superhéroes, sino unos metros más allá: en El Víbora, en los álbumes de La Cúpula, en unas historietas donde nadie necesitó permiso editorial para dibujar a dos hombres besándose porque directamente nadie estaba pidiendo permiso. Mientras Marvel debatía si un mutante podía decir dos palabras, en Barcelona llevaban años publicando cómic gay explícito con distribución normal.

Pero esa es otra historia, y de hecho son dos. Prometo contarlas pronto.

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