Los prejuicios no vienen de fábrica
El 20 de agosto de 1982 el Un, dos, tres volvió a Televisión Española presentado íntegramente por mujeres. Yo tenía nueve años y aquello me pareció lo más normal del mundo. Ese es exactamente el tema de este artículo.

Un viernes de agosto de 1982 la familia entera estaba delante del televisor antes de que empezara el programa. Eso no era habitual. Lo habitual era ir llegando, sentarse a medias, discutir por el sitio bueno del sofá. Aquella noche no: aquella noche había una especie de solemnidad doméstica, como cuando se espera a alguien que lleva mucho tiempo fuera. Volvía el Un, dos, tres, y volvía después de un paréntesis largo, con presentadora nueva y con una expectación que hoy sería imposible de reproducir en ningún salón de este país.
Yo tenía nueve años. La fecha es fácil de fijar porque no depende de mi memoria: el 20 de agosto de 1982, con el debut de Mayra Gómez Kemp al frente del concurso. Ese dato lo puede comprobar cualquiera. Lo que viene después ya es solo mío.
La última televisión que veíamos todos a la vez
Conviene explicar el decorado, porque sin el decorado la escena no se entiende. En 1982 en España había una televisión y dos cadenas. El viernes por la noche no se decidía qué ver: se veía lo que había. Y lo que había, cuando había Un, dos, tres, era un fenómeno que juntaba a millones de personas delante del mismo plató, a la misma hora, con los mismos chistes. Al día siguiente, en el portal o en la panadería, las conversaciones no empezaban por explicar el programa: empezaban por comentarlo.
La expectación de aquel viernes tenía además un motivo concreto. La etapa anterior, la de Kiko Ledgard, yo no la viví; me pilló demasiado pequeño y de él no guardo ninguna imagen propia, solo la que me han prestado los demás. En casa, en cambio, sí se hablaba de él, de un accidente, de un programa mítico que llevaba años sin emitirse. Volvía algo grande, y los adultos lo sabían.
Mayra bajando las escaleras
Lo que sí conservo, con la nitidez rara con que se conservan las cosas de los nueve años, es la presentación. Mayra Gómez Kemp saludando, las azafatas, y sobre todo las Tacañonas: las hermanas Hurtado vestidas de negro, con esa entrada suya y ese movimiento de cabezas, herederas declaradas de la parte negativa del concurso, de aquel don Cicuta y su cuadrilla de cascarrabias que yo, insisto, nunca vi. Todo era ruidoso, colorido y ligeramente cutre a la manera magnífica en que era cutre la televisión de entonces, cuando el cartón piedra se notaba y no importaba.
La pregunta guionizada
Y entonces, terminadas las presentaciones de rigor, Mayra lanzó la pregunta. Era evidentemente de guion, tenía la cadencia de las frases escritas para ser subrayadas, pero daba igual. Preguntó si entonces iban a ser todo mujeres. Y la respuesta fue que sí.
Recuerdo la pregunta y recuerdo, con muchísima más precisión, mi reacción interna. Fue exactamente esta: ¿y eso qué más dará?
No fue aprobación. No fue entusiasmo. No fue ese aplauso interior del niño progre que uno se inventa después, cuando reescribe su infancia para que le encaje con el adulto que ha llegado a ser. Fue indiferencia pura. Un encogimiento de hombros mental. Me parecía una pregunta sin sentido, como si hubieran preguntado si iban a ser todas altas, o todas con las orejas de una determinada forma. No entendía qué se estaba señalando porque no sabía que hubiera nada que señalar.
Visto desde aquí, importaba muchísimo
Con cincuenta años uno entiende perfectamente por qué aquella frase estaba en el guion. Mayra Gómez Kemp se convirtió en la presentadora de uno de los programas más caros, más vistos y más influyentes de la televisión europea de su tiempo, en un país que llevaba cuatro años con Constitución y donde la palabra "azafata" todavía describía un puesto de trabajo consistente en sonreír y sostener cosas. Que una mujer llevara el peso de aquel presupuesto y de aquella audiencia era un hecho histórico, y quienes lo hicieron sabían que lo era. Por eso escribieron la pregunta y la respuesta.
Ella lo sostuvo seis años, más que ningún otro presentador del concurso, y le fue razonablemente bien. Eso también forma parte del dato: no solo llegó, se quedó.
Así que sí, importaba. Importaba mucho. Y aquel niño de nueve años sentado en el suelo del salón no le veía absolutamente ningún mérito.
Los prejuicios no vienen de fábrica
Aquí es donde quiero llegar, porque el recuerdo no vale nada por sí solo; vale por lo que demuestra sin querer.
Un niño de nueve años en 1982 no sabía nada de sexismo, ni de brecha salarial, ni de techos de cristal, ni de la palabra "machismo", que probablemente no había oído nunca pronunciada en voz alta. Y precisamente por eso, que un concurso millonario estuviera encabezado por mujeres no le pareció admirable. Le pareció irrelevante. No es que aprobara la excepción: es que no percibía la excepción. Para verla, hay que haber aprendido antes cuál es la regla.
Eso es lo que llevo pensando desde hace años cada vez que vuelve esta escena. Los prejuicios no vienen de fábrica. No nacemos sabiendo quién debe presentar el concurso, quién debe cobrar más, a quién le corresponde mandar y a quién servir el café. Todo eso se aprende, se enseña, se hereda, se contagia por los cientos de gestos pequeños con los que una sociedad le explica a un niño cómo funciona el mundo antes de que el niño tenga edad de discutirlo. Aquella cabeza mía no era una cabeza mejor ni más limpia: era simplemente una cabeza a la que todavía no le habían enseñado las categorías. Otras cosas que también se aprenden —la empatía, el cuidado, la vergüenza ante la injusticia— tardarían bastante más en llegar, y menos mal que llegaron.
Ese descubrimiento me sirvió mucho más tarde para entender otras cosas de mi propia vida, cosas que tardé décadas en llamar por su nombre. También ahí la incomodidad ajena precedía a mi conciencia de que hubiera algo por lo que incomodarse. Alguien tiene que enseñarte que eres raro. Nadie lo averigua por su cuenta.
La campana y lo que queda
Mayra Gómez Kemp murió en octubre de 2024 y este país la despidió con una unanimidad que también se ha vuelto imposible. Las Hurtado hace décadas que no tocan la campana. El Un, dos, tres pertenece ya al mismo museo que los sofás de escay y las antenas de la azotea.
De todo aquello me quedo con una escena minúscula y con una pregunta escrita por un guionista para que se notara la importancia del momento. Yo no la noté. Y a veces pienso, sin ninguna nostalgia y con bastante melancolía, que ojalá el mundo se hubiera comportado durante los cuarenta años siguientes como se comportó aquella noche la cabeza de un niño de nueve años que estaba pendiente de la calabaza.


