Casarse con un extranjero en España: el examen que hay que aprobar para que crean en tu amor

Mi marido ya tenía la residencia concedida, así que pensé que casarnos sería el trámite fácil. Lo que no imaginaba es que acabaríamos sentados, separados, respondiendo un examen sobre nuestra propia vida para demostrarle al Estado que lo nuestro era de verdad.

Dos alianzas de oro sobre un montón de documentos oficiales sellados y apostillados, en la mesa de madera de un registro civil español

Cuando decidimos casarnos, di por hecho que la parte difícil ya estaba superada. Mi pareja llevaba tiempo en Bilbao, tenía su permiso de residencia tramitado por arraigo laboral, cotizaba, pagaba sus impuestos, existía a todos los efectos para la Administración. Ingenuo de mí, pensé que casarnos sería el trámite fácil: ir al juzgado, pedir fecha y presentarnos un día a pronunciar el "sí, quiero".

El papeleo fue largo, sí, pero esa no fue la verdadera sorpresa. La sorpresa llegó después, y es la razón por la que escribo esto cuatro años más tarde: descubrir que querer casarse no bastaba. Que, en algún momento del proceso, tendríamos que sentarnos por separado y convencer a un funcionario de que nuestra relación era auténtica. El Estado no solo nos pedía documentos. Nos pedía demostrar que nos queríamos.

El papeleo, en corto

Vayamos rápido con la parte administrativa, porque es útil pero no es lo importante. Cualquier pareja que se case por lo civil necesita la solicitud del Registro Civil, el certificado literal de nacimiento de cada uno —si has nacido en Euskadi se pide cómodamente por JustiziaEus—, el empadronamiento de los dos últimos años y el DNI o pasaporte. Cuando tu pareja es extranjera, a eso se suman los documentos de su país, cada uno legalizado con la apostilla de La Haya y traducido por un traductor jurado, más el certificado de capacidad matrimonial que acredita que está libre para casarse: un papel que caduca a los seis meses y que a menudo depende de un consulado lento, con lo que el trámite se estira semanas o meses.

Lo que más me chirriaba es que mi pareja ya tenía la residencia resuelta. El Estado ya había decidido que podía vivir y trabajar aquí, que formaba parte de esto. Y aun así, para casarnos, volvíamos casi a la casilla de salida, como si su presencia legal en el país no contara nada a la hora de reconocer que dos personas querían compartir su vida.

El examen de conocimiento mutuo

Pero lo que de verdad me removió no fue el papeleo. Fue el examen. Un día nos citaron en el juzgado, nos separaron y, cada uno por su lado, tuvimos que responder a un cuestionario sobre nosotros mismos, sobre el otro y sobre nuestra vida en común. Última película que habíais visto juntos. Comida favorita del otro. Último regalo que le habías hecho. La idea, en teoría, es cotejar las respuestas y cazar a las parejas que no se conocen de nada.

El problema es que una relación real no cabe en un test. ¿La última película? En este mundo de plataformas y maratones en el sofá, muchas veces ni recuerdo la del día anterior, entre otras cosas porque la vi medio dormido. ¿Comida favorita? Yo mismo sería incapaz de elegir una sola, así que difícilmente va a acertar mi pareja. ¿El último regalo? Uno piensa en el último objeto de cierto valor; el otro se acuerda de que ayer le compraste un regaliz en el quiosco porque te hacía ilusión verlo sonreír. Las dos respuestas son verdad. Ninguna coincide.

Salimos del juzgado y, ya en la calle, nos pusimos a comparar lo que habíamos contestado. Nos reíamos, porque habíamos divergido en unas cuantas cosas y algunas eran directamente cómicas. Pero era una risa nerviosa, de esas que tapan otra cosa. Porque, por muy ridículo que pareciera todo aquello, sabíamos perfectamente que de esas respuestas dependía algo muy serio.

Un cuestionario no mide una relación

Y aquí está el fondo del asunto: ¿qué demuestra en realidad saber la comida favorita de alguien? Prácticamente nada. Conozco parejas de treinta años que no la sabrían decir, y en cambio dos desconocidos con la voluntad de defraudar pueden aprenderse un cuestionario entero en una tarde de café. El examen premia la coincidencia y la memoria, no el vínculo. Alguien que ha ensayado responderá mejor que quien lleva media vida junto a la otra persona y nunca ha necesitado ponerle etiqueta a nada.

Por eso el sistema falla dos veces. Es humillante, porque te obliga a exhibir la intimidad como quien enseña facturas. Pero además es un mal detector: mide precisamente lo que un fraude bien preparado puede fingir, y castiga lo que una relación de verdad muchas veces no tiene, que es un guion común aprendido de memoria. Un instrumento que se equivoca con los honestos y se deja engañar por los tramposos difícilmente puede ser la herramienta adecuada para decidir quién tiene derecho a casarse.

La entrevista con la jueza

Luego llegó la entrevista. Varias preguntas sobre nosotros, sobre cómo nos habíamos conocido, sobre nuestros planes de futuro. Yo, mientras respondía, solo era capaz de pensar en una cosa: si a esta señora no le convence algo de lo que decimos, tiene en su mano restringir mi derecho a casarme con la persona que quiero. No un trámite menor, no un retraso: mi derecho.

Salió bien. Todo salió bien, y hoy lo cuento casi como una anécdota. Pero la sensación de aquel día no se me ha borrado: la de estar pidiendo permiso para algo que debería ser mío por defecto. Una pareja española va al Registro, entrega sus papeles y se casa. A nosotros nos tocó, además, aprobar. Demostrar. Convencer.

Bajo sospecha

Entiendo la lógica. Existen los matrimonios de conveniencia, y toda esta maquinaria —la audiencia reservada, el interrogatorio por separado— nació para detectarlos, con su base legal y su razón de ser. El sistema no da por hecho que casarse con un extranjero sea anormal; parte de que ciertos matrimonios merecen un escrutinio especial porque, estadísticamente, es ahí donde puede aparecer el fraude. Sobre el papel, suena razonable.

El problema es lo que eso significa para quienes no defraudamos nada. Partíamos bajo sospecha. La carga de convencer recaía entera sobre nosotros, y ninguna pareja que encaje en la foto habitual pasa por ese filtro ni tiene que ganarse un derecho que a otros se les concede sin preguntas. Puedo entender la intención y seguir pensando que el precio acaban pagándolo los inocentes, sometidos a una prueba que, como decía, difícilmente distingue lo que dice medir.

Cuatro años después

Hoy lo cuento sin rencor. Nos casamos, seguimos juntos, y aquel examen y aquella entrevista han quedado reducidos a una historia de sobremesa. El tiempo relativiza casi todo, y este también.

Pero relativizarlo no es darlo por bueno. Que a mí me saliera bien no arregla el diseño de fondo. Sigue habiendo parejas pasando ahora mismo por lo mismo, con el estómago encogido por si el día de la entrevista contestan "regaliz" cuando tocaba contestar "reloj". Ojalá algún día casarse con quien uno quiere, venga de donde venga, sea simplemente eso: ir al juzgado, decir que sí y volver a casa casados. Sin aprobado, sin sospecha y sin la sensación de haber tenido que demostrar lo que a otros nunca les piden.

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