El diseño de las tarjetas de transporte, o por qué no devolví la Ühiskaart de Tallin

Granada y Tallin me han enseñado que una tarjeta de transporte puede ser bonita. Vuelvo a Bilbao, saco el Barik del bolsillo y me entra una tristeza estética considerable.

Varias tarjetas de transporte de distintas ciudades extendidas sobre una mesa de madera

En febrero compré un credibús en Granada por pura logística: iba a moverme unos cuantos días en autobús por la ciudad y pagar suelto al conductor cada vez me parecía una forma tonta de perder el tiempo. La compré sin mirarla, como se compran estas cosas, y no fue hasta que la saqué del bolsillo en la parada cuando me di cuenta de que tenía delante un objeto sorprendentemente atractivo.

Porque la tarjeta llevaba una fotografía de la Alhambra. Y sí, vale, puede sonar a cliché turístico de primer orden, a postal de los años ochenta, a folleto de agencia de viajes. Pero está bien resuelto, porque no es la panorámica de siempre desde el Albaicín: es un detalle, una ventana, un fragmento de yesería y celosía que llena todo el rectángulo. Y ahí está el acierto. El detalle obliga a mirar de cerca, tiene textura, se sostiene solo, y aun así basta para saber inmediatamente de dónde es la tarjeta. El resultado es, sencillamente, una chulada. Estuve un rato mirándola con el autobús ya llegando.

Hasta el nombre tiene su gracia: credibús. Suena a invento de los ochenta, a rótulo de escaparate, y precisamente por eso resulta simpático. Alguien lo bautizó en algún momento y ahí sigue, con su fotografía y todo.

Una tarjeta que no parece un impreso administrativo

Lo llamativo del asunto es lo poco que hacía falta para conseguirlo. Una tarjeta de transporte es un rectángulo de plástico de ochenta y cinco milímetros por cincuenta y cuatro con un chip dentro. El chip es idéntico lleve encima una fotografía o un fondo gris. La antena tampoco cambia. La única diferencia entre una tarjeta bonita y una tarjeta fea es que alguien, en algún momento, dedicó unas horas a decidir qué se imprime en esa superficie.

Y ahí es donde se ve la diferencia de criterio entre unas ciudades y otras. Hay administraciones que abordan la tarjeta como lo que técnicamente es —un soporte para un título de viaje, ficha de trámite, casilla rellenada— y hay otras que la entienden como lo que en la práctica acaba siendo: un objeto que miles de personas van a llevar encima todos los días durante años, que van a sacar en público varias veces al día y que muchos visitantes se van a llevar de recuerdo a su país.

Granada eligió lo segundo. Es una decisión pequeña, casi invisible en un presupuesto municipal, y sin embargo produce un efecto desproporcionado. Yo llevaba en el bolsillo un cacho de plástico que me caía bien. No es poca cosa para un objeto burocrático.

Tallin y la tarjeta que decidí no devolver

Este verano me pasó otra vez, y con más intensidad. En Tallin la tarjeta de transporte se llama Ühiskaart, cuesta tres euros de fianza y tiene un diseño que me tuvo entretenido un buen rato. Sobre un fondo azul intenso hay una ilustración plana, de colores planos y trazo sencillo, en la que caben una cantidad asombrosa de cosas: árboles por todas partes, un tranvía, un tren regional, un coche amarillo, una chica en bicicleta, un chico en patinete, una noria, casitas de tejado a dos aguas, un perro, un erizo, un pájaro posado en un tejado, una mariposa, tulipanes. Todo ello sin jerarquía aparente, como una escena vista desde arriba en la que nada es más importante que lo demás.

Lo que más me gusta es que la ilustración está dominada por los árboles. No es una tarjeta de transporte con un poco de naturaleza decorativa alrededor: es un bosque con una ciudad dentro. Y eso, en un país que es literalmente eso —Estonia es más de la mitad bosque—, no es un capricho gráfico, es una declaración bastante precisa sobre cómo se ve a sí misma. La bicicleta y el patinete conviviendo con el tranvía y el tren dicen otra cosa igual de clara sobre qué tipo de movilidad quieren.

No es nada especialmente sofisticado, nada que no pudiera resolver un estudio pequeño en un par de semanas. Pero está bien hecho, tiene coherencia, tiene alegría y tiene una idea detrás. Cada vez que la sacaba del bolsillo en Tallin encontraba un detalle nuevo que no había visto antes, que es más de lo que puedo decir de casi ningún otro objeto administrativo que haya tenido en las manos.

Lo mejor del sistema estonio es que puedes devolver la tarjeta al terminar el viaje y recuperar los tres euros. Es un mecanismo elegante: reduce el plástico que sale del país en las mochilas de los turistas, mantiene las tarjetas en circulación y funciona sin necesidad de sermonear a nadie. Hay puntos de devolución en el aeropuerto, en el puerto, en la estación de autobuses. Todo pensado.

Y aun así me la quedé. Tres euros contra tener ese rectángulo azul en casa: no hubo debate interno, la verdad. Salí de Tallin habiendo pagado voluntariamente tres euros por un souvenir que el sistema estaba diseñado para que devolviera. Que es, si lo piensas, el mayor cumplido que se le puede hacer a un diseño de este tipo.

El aterrizaje: vuelvo a Bilbao y saco el Barik

Y entonces uno vuelve a casa, deshace la maleta, recupera la cartera de diario y saca el Barik. Fondo blanco grisáceo. Un dibujo de fondo de una huella dactilar. Y ya está.

No es que sea un desastre. Es peor: es que no es nada. No transmite ninguna idea, no representa a la ciudad, no tiene color, no tiene gracia, no tiene una sola decisión estética de la que alguien pueda sentirse responsable. Es el equivalente visual de un formulario. La huella dactilar, que supongo que pretendía sugerir identidad personal o seguridad, acaba pareciendo el fondo de un certificado bancario de los noventa. Si mañana me dijeran que ese diseño lo generó una plantilla por defecto, me lo creería sin pestañear.

Lo que más me fastidia es que Bilbao no tiene precisamente un problema de escasez de imágenes potentes. Una ciudad que ha hecho de la arquitectura y de la transformación urbana su carta de presentación internacional durante treinta años lleva en el bolsillo de sus habitantes el objeto de diseño más soso que se me ocurre. Hay algo casi cómico en la desproporción.

No es solo Bilbao: Madrid, Londres y la estética de la sobriedad

Conviene ser justo: esto no es un problema local. La tarjeta de transporte de Madrid es de un aburrimiento sólido, sin fisuras, casi arquitectónico en su falta de ambición. Y la mítica Oyster de Londres, que arrastra fama de icono del diseño urbano por la vía del prestigio del metro londinense, es en realidad tan sobria que resulta anodina: azul, blanco, logo, y a correr. Se la reconoce por el nombre y por el contexto, no porque la tarjeta en sí tenga nada que decir.

Sospecho que aquí opera una idea muy extendida en la administración: que lo institucional serio tiene que ser gris. Que si algo es bonito o divertido parece frívolo, poco riguroso, gastado en tonterías. Es la misma lógica que produce webs municipales imposibles de leer y señalética que parece diseñada para desanimar al peatón.

Y es una lógica equivocada, porque la sobriedad bien hecha también es diseño. Lo de Londres al menos es una decisión: hay un criterio, hay una paleta, hay una marca coherente con el resto del sistema. Lo del Barik ni siquiera llega ahí. No es sobrio, es indiferente. Que son cosas distintas.

¿Merece la pena gastar dinero en que una tarjeta sea bonita?

Mi respuesta es que sí, y creo que se puede defender sin ponerse estupendo. El coste de diseñar bien una tarjeta es un gasto único, ridículo comparado con cualquier otra partida de un sistema de transporte metropolitano. Imprimir una tarjeta con una buena imagen cuesta exactamente lo mismo que imprimirla con un degradado gris. No estamos hablando de elegir entre diseño y frecuencia de autobuses; estamos hablando de una decisión que ya se tomó, mal, y que podría haberse tomado bien por el mismo dinero.

A cambio, la ciudad se lleva algo que difícilmente compra con publicidad: un objeto que sus habitantes usan a diario y que sus visitantes se llevan a casa. Un embajador de bolsillo. Yo tengo en una caja tarjetas de ciudades a las que fui hace años y cada vez que las veo me acuerdo del sitio. Ese es exactamente el trabajo que hace una buena imagen urbana, y aquí lo hace gratis, sin campaña ni presupuesto de medios.

Y luego está la parte que no se mide, que es la que a mí me importa más: me gustaría llevar en la cartera algo de mi ciudad de lo que pudiera sentirme un poco orgulloso. Enseñar la tarjeta al validador y que el gesto no fuera del todo neutro. Es una emoción pequeña, casi tonta. Pero las ciudades están hechas de emociones pequeñas repetidas muchas veces, y una tarjeta de transporte se saca del bolsillo varias veces al día durante años.

El contraargumento: ¿y la sostenibilidad?

Aquí es donde alguien levantará la mano, con razón. Si las tarjetas son bonitas, la gente se las queda. Si la gente se las queda, hay más plástico y más chips circulando por el mundo sin necesidad. Mi Ühiskaart azul es la prueba del delito: existe un rectángulo de PVC con un chip dentro que debería estar en manos de otro viajero en Tallin y que está en una caja en Bilbao, sin cumplir ninguna función más allá de darme gusto.

Lo reconozco. Pero el argumento tiene un problema práctico, y es que Tallin es la excepción y no la norma. Poquísimas ciudades te permiten devolver la tarjeta al terminar tu estancia, y de las que lo permiten, muchas lo ponen tan difícil —plazos, oficinas concretas, horarios de trámite— que en la práctica nadie lo hace. El resultado real es que el turista se lleva la tarjeta a casa igualmente. La única diferencia entre un escenario y otro es si se lleva algo bonito o algo feo. El plástico viaja en las dos versiones.

Si el problema de fondo es el plástico, la solución no es afear las tarjetas: es la que ya están adoptando muchas redes, que consiste en dejar pagar directamente con la tarjeta bancaria o con el móvil, de modo que el soporte físico quede solo para quien de verdad lo necesita. Ese debate sí es serio. Pero mientras existan tarjetas —y van a existir muchos años, porque no todo el mundo tiene móvil ni cuenta contactless, y porque los abonos sociales viven ahí— seguirán siendo objetos que millones de personas llevan encima. Y ya que se fabrican, que sean decentes.

Una caja de recuerdos que no son souvenirs

Debería aclarar de qué caja estoy hablando, porque no es una vitrina de imanes ni de figuritas. Nunca he sido de comprar souvenirs. Lo que guardo son cosas cotidianas que me encuentro por el camino sin buscarlas: billetes, entradas, envoltorios, servilletas de bares, tarjetas de transporte. Objetos que no se fabricaron para ser recordados y que precisamente por eso funcionan tan bien como recuerdo, porque no hay impostura en ellos.

La Ühiskaart está ahí, en esa caja, con muchas otras. Y una de las cosas que me hizo pensar este verano es que la mitad de esos objetos son piezas de diseño público hechas por alguien a quien nadie va a dar las gracias: un maquetista de una empresa de transporte, un ilustrador de un ayuntamiento, un estudio pequeño que ganó un concurso menor. Trabajo anónimo que acaba en una caja de zapatos en Bilbao. Pero esa es otra historia y merece su propio artículo.

Lo que me gustaría encontrarme en la cartera

No hace falta mucho. No pido una fotografía del Guggenheim, que sería caer en el mismo cliché por la puerta grande, ni un despliegue conceptual. Bastaría con una decisión: un color que no fuera el gris de la resignación, una idea gráfica que hablara de la ría o del verde de los montes que rodean la ciudad, una tipografía elegida por alguien y no heredada de una plantilla. Algo que, al sacarlo del bolsillo en una parada de Uribarri, no pareciera un justificante.

Mientras tanto, seguiré validando mi huella dactilar grisácea cuatro veces al día y acordándome del azul de Tallin. Que es lo que hacen los buenos diseños: se te quedan en la cabeza mucho después de que el viaje haya terminado y te estropean un poco la vuelta a casa.

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