Echo de menos los móviles raros
Hubo una época en la que los fabricantes se atrevían a sacar teléfonos curvos, con los botones detrás o con una pantalla que parecía una barbaridad. Ahora todos los años nos venden el mismo aparato con un número más grande y nos lo envuelven en cartón reciclado.

Cada cierto tiempo me llega la misma pregunta, casi siempre por WhatsApp y casi siempre de alguien que da por hecho que, como me dedico a esto de los ordenadores, tengo una opinión formada sobre absolutamente cualquier cosa que lleve un chip dentro. "Oye, que me quiero cambiar de móvil, ¿cuál me compro?". Y yo, que hace quince años habría contestado con un párrafo entusiasta y dos enlaces, ahora respondo con una pereza infinita: "Pues no sé, cualquiera de gama media. Se parecen todos".
No es que me haya vuelto un cascarrabias, que también. Es que la respuesta honesta es exactamente esa, y me da rabia, porque hubo una época en la que esa misma pregunta me hacía ilusión.
Un cajón que es un cementerio
En casa tengo un cajón que funciona como estrato geológico. Cargadores de tres formatos distintos, cables que no sé de qué son y que no voy a tirar por si acaso, un par de fundas de teléfonos que ya no existen y cuatro o cinco terminales muertos que no arrancan pero a los que tampoco soy capaz de dar sepultura. Los saco de vez en cuando, los miro, me acuerdo del viaje en el que hice tal foto con aquel, y los vuelvo a guardar. Es un ritual absurdo y me niego a abandonarlo.
Lo interesante del cajón es que se puede leer como una línea del tiempo. Los de abajo son gordos, pequeños, con marcos enormes y una cámara que ahora daría vergüenza. Los de arriba ya son losetas negras casi indistinguibles entre sí. Y en algún punto intermedio, más o menos hacia 2015, la línea se aplana: a partir de ahí todos son el mismo teléfono con variaciones de milímetro.
Cada uno de esos aparatos, en su momento, me pareció una compra necesaria. Y lo curioso es que entonces tenía razón. Lo era.
Cuando un año duraba una eternidad
Entre 2010 y 2015 pasó algo que ya no va a volver a pasar. Cambiabas de teléfono y el nuevo iba tres veces más rápido, la pantalla tenía el doble de píxeles y las fotos parecían hechas por otra especie de aparato. No hablo de mejoras que solo se aprecian en una tabla comparativa. Hablo de coger el móvil viejo una semana después y sentir que estabas usando algo de la posguerra.
Las pantallas pasaron de ser cristales lavados y pixelados a paneles donde de repente se leía el periódico sin poner cara de miopía. Las cámaras pasaron de servir para documentar en qué planta del parking habías dejado el coche a permitir que te plantearas, muy en serio, dejarte la cámara compacta en casa antes de un viaje. La batería nunca ha cumplido lo que promete, eso es una ley física, pero al menos dejó de obligarte a diseñar la ruta del día en función de dónde había un enchufe libre.
Con ese ritmo, renovar cada dos años no era consumismo, era pura supervivencia. El teléfono de tres temporadas atrás no aguantaba el sistema operativo, ni las aplicaciones, ni la jornada. La obsolescencia era real, no programada, y el dinero que ponías encima del mostrador se te devolvía en algo que notabas todos los días al desbloquear la pantalla.
Los fabricantes se atrevían a hacer el ridículo
Pero lo que echo de menos no es la potencia. La potencia me da bastante igual. Lo que echo de menos es que había gente en despachos dispuesta a proponer ideas rarísimas y a que les saliera mal en público.
El LG G Flex, por ejemplo, era un teléfono ligeramente curvado. Así, sin más explicación. La carcasa trasera presumía además de cicatrizar sola los arañazos, cosa que los youtubers de la época se dedicaron a comprobar rayándolo con llaves como si aquello fuera un ritual chamánico. Nadie supo nunca para qué servía exactamente la curva. Pero existía, se podía tocar, y demostraba que alguien había dicho "venga, probemos" en una reunión donde lo fácil era callarse.
El G2, de esa misma casa, hizo algo todavía más marciano: se llevó el botón de encendido y el volumen a la parte de atrás, justo donde cae el índice cuando sujetas el teléfono. Sobre el papel era una idea contraintuitiva y absurda. En la mano, la primera vez que lo probé en una tienda, tardé unos ocho segundos en pensar que aquello tenía todo el sentido del mundo. Sigo sin entender por qué no se quedó.
Y el primer Galaxy Note, con sus cinco pulgadas y pico, se recibió directamente como una excentricidad. Aquello no era un teléfono, decíamos, era una tabla de planchar. Un señor hablando por ahí iba a parecer que se estaba llevando una baldosa a la oreja. Hoy esa diagonal la tiene el móvil más barato del escaparate y nos parece pequeño, cosa que me obliga a admitir públicamente que en 2011 no tenía ni idea de nada.
La lista sigue y es maravillosa. Nokia metió un sensor de 41 megapíxeles en un móvil cuando eso no tenía ningún sentido comercial. Motorola te dejaba encargar la tapa trasera de madera eligiendo la combinación de colores, como quien pide un coche. Amazon se estrelló con un teléfono que seguía tu cara para simular perspectiva tridimensional, un fracaso tan estrepitoso que casi da ternura. Hubo teléfonos modulares a los que enganchabas altavoces y proyectores, y cámaras que salían disparadas del cuerpo del aparato como un periscopio para poder quitar el marco de la pantalla. Muchos fueron malos. Algunos, sencillamente ridículos. Pero uno abría las noticias por la mañana sin saber qué se iba a encontrar.
Los Nexus, o cuando alguien puso orden en los precios
Capítulo aparte para lo que hizo Google con los primeros Nexus. Hardware de gama alta, software limpio, actualizaciones el mismo día y todo eso por poco más de trescientos euros, cuando el resto pedía el doble por lo mismo con una capa de personalización encima cuya única función era retrasar un año esas mismas actualizaciones.
No era caridad, evidentemente. A Google le interesaba marcar el paso y enseñarle a la industria cómo se suponía que había que usar su sistema. Pero el efecto colateral fue estupendo para quien pagaba: durante unos años existió una referencia clara que obligaba a los demás a justificar sus precios. Y eso disciplina muchísimo a un mercado.
Esa presión se ha evaporado. La gama alta se ha instalado tan tranquila por encima de los mil euros y la conversación ya no va de cuánto cuesta un teléfono, sino de en cuántos plazos lo vas a ir pagando. Financiar en veinticuatro meses un aparato que no hace nada que no hiciera el anterior me parece un resumen bastante fino de la época que nos ha tocado.
El mismo teléfono con un número más grande
Los lanzamientos de ahora conservan intacto el aparato escénico: el escenario oscuro, la música épica, el directivo paseando en zapatillas caras y el plano cenital del bloque de aluminio siendo mecanizado con amor por un robot. Lo único que ha cambiado es que ya no cuentan nada.
Un procesador un doce por ciento más rápido que nadie va a percibir jamás. Un sensor con más megapíxeles que hace exactamente la misma foto. Un pico de brillo que solo importa dos tardes de agosto. Y un puñado de funciones de inteligencia artificial que en la práctica sirven para borrar a un señor con riñonera del fondo de una foto en la que, seamos sinceros, el señor con riñonera tampoco molestaba tanto.
El problema no es que estas mejoras sean malas. El problema es que llevamos diez años puliendo un producto que ya estaba terminado. Acabo de volver de dos semanas dando vueltas por el Báltico con un teléfono que tiene sus años, he hecho cientos de fotos, he sacado billetes, he leído mapas a las once de la noche con luz de día y no he echado nada en falta ni una sola vez. Ese es el nivel de madurez al que hemos llegado. Sacar un buque insignia cada doce meses ya no responde a ninguna necesidad técnica: responde a un calendario de resultados trimestrales.
Y como esa historia no se puede contar en un escenario, se cuenta otra. Se habla de ecosistemas, de experiencias, de reinventar categorías. Se recurre al vocabulario de la revolución permanente para vender algo que se diferencia del modelo anterior en que lleva escrito un número más alto.
Y encima nos lo envuelven en cartón reciclado
La parte que peor llevo es la del envoltorio moral. Ahora las cajas son de cartón, más finas, sin plásticos, y ese detalle se lleva sus buenos minutos de presentación con gráfico de toneladas de CO₂ evitadas incluido. Quitaron el cargador explicando que todos tenemos ya uno en casa, lo cual es cierto, y de paso se ahorraron un componente por unidad vendida y empezaron a cobrarlo aparte, lo cual también es cierto y se menciona bastante menos.
No digo que reducir el plástico esté mal. Digo que cuesta tragarse un discurso de sostenibilidad construido encima de un modelo de negocio cuyo objetivo declarado es que sustituyas todos los años un aparato que funciona perfectamente. La huella de un smartphone está sobre todo en fabricarlo: en sacar los minerales, en ensamblarlo, en moverlo por medio mundo. Alargar dos años la vida de un teléfono pesa infinitamente más que rediseñar la caja.
La política sostenible de verdad sería otra y todos sabemos cuál es: baterías que se puedan cambiar sin un máster, repuestos a precios que no inviten a comprar uno nuevo, reparabilidad real y una década de actualizaciones de seguridad. Algo de eso está llegando desde Bruselas, más a regañadientes que por convicción, y sospecho que si al sector le hubiera apetecido moverse solo habría tenido veinte años para hacerlo.
Los plegables, lo único que sigue vivo
La única grieta que queda abierta es la de los plegables, y ahí toca ser honesto: ni han cuajado ni terminan de convencer a nadie. Desde el primer modelo comercial ha pasado tiempo de sobra para que fueran algo normal y siguen siendo caros, más frágiles, más pesados y con esa arruga en mitad de la pantalla que nadie ha conseguido borrar del todo.
Los he probado en tiendas varias veces y siempre me pasa lo mismo. Me encantan durante quince minutos, hago el gesto de abrir y cerrar unas cuantas veces con cara de estar viviendo el futuro, y entonces me imagino llevándolo dos años en el bolsillo, en un viaje, con arena, con lluvia, con prisas y con una maleta en la otra mano. Y se me pasa. El formato resuelve un problema que no tengo y me regala tres que sí tendría.
Aun así prefiero que existan. Al menos mantienen viva la idea de que un teléfono puede tener una forma distinta a la de una loseta negra de cristal. Aunque acaben siendo un nicho permanente, son lo único que rompe la monotonía del escaparate.
Así que aguanto el que tengo
He terminado en un sitio bastante cómodo. Uso el móvil hasta que deja de recibir actualizaciones o hasta que la batería empieza a obligarme a planificar el día, y entonces compro algo de gama media que hace lo mismo que la gama alta por la mitad. No hay ninguna épica en esto, lo sé. Es la postura tecnológica de alguien que también aguanta las zapatillas hasta que se le abre la suela.
Lo que echo de menos, en el fondo, no es comprar. Es la curiosidad. Aquella sensación de abrir una noticia y encontrarte con algo que no esperabas: un botón donde no debía estar, una pantalla curvada sin motivo aparente, un tamaño que parecía una provocación. Se equivocaban a menudo, sí, pero por lo menos lo intentaban.
Ahora los lanzamientos son previsibles hasta en el orden de las diapositivas y hablar de móviles se ha vuelto tan apasionante como hablar de lavavajillas. Que es, probablemente, lo que un smartphone ya es: un electrodoméstico maduro, fiable y bastante bien resuelto. Lo único que me molesta es que sigan vendiéndomelo como si fuera una revolución.
Así que ya sabes, si me escribes preguntándome cuál te compras, no te ofendas por la respuesta. Cualquiera. En serio. Se parecen todos.


