Maurice Ravel: el hombre detrás del bolero (y de mi calle)

La mitad de las veces que doy la dirección de la oficina, mi interlocutor se pierde: ¿Moris? ¿Rabel? Hasta que canto cuatro compases. Este es un pequeño homenaje a Maurice Ravel, el vecino ilustre cuyo nombre casi nadie sabe pronunciar.

Placa de calle esmaltada con el nombre 'Maurice Ravel' en una esquina de Bilbao, de la que emergen instrumentos de orquesta traslúcidos al atardecer

Doy por teléfono la dirección de la oficina y noto, al otro lado, un pequeño cortocircuito. «¿Moris? ¿Rabel?». Sí, bueno, casi. Maurice Ravel. A veces intento echar un cable: «el de El bolero de Ravel», y por lo general solo consigo agravar el desconcierto. Así que rindo la dignidad y canturreo: «pam-pa-pa-pam, pa-ra-pa-ra-pa-ra…». Y ahí, por fin, un gesto de reconocimiento, porque nadie discute con un tipo que encima canta.

Me pasa tan a menudo que le he cogido cariño al ritual. Pero también me deja una punzada de mala conciencia: paso cada día por delante de esa placa —Avenida Maurice Ravel—, aunque yo siempre la llamo mi calle; conozco bastante bien al hombre que le da nombre, y me parece injusto que se quede en cuatro compases tarareados por un pesado al teléfono. Así que va siendo hora de presentarlo como es debido.

El vecino que nació en Ziburu

Maurice Ravel era, por parte de madre, vasco. Nació el 7 de marzo de 1875 en Ciboure, o Ziburu, un pueblo pesquero pegado a San Juan de Luz, a un paso de aquí. Su madre, Marie Delouart, era euskaldun y le cantó de niño melodías populares que dejarían poso en su música. De modo que mi calle bilbaína lleva el nombre de alguien que vino al mundo al otro lado de la muga, pero no muy lejos. Cada vez que veo a un interlocutor patinar con el apellido me entran ganas de decirle que se relaje, que el hombre era casi paisano.

La familia se mudó pronto a París, donde Ravel se formó e hizo toda su carrera, y donde murió en 1937 tras una cruel enfermedad neurológica que le fue borrando la capacidad de escribir mientras, dicen, seguía escuchando la música intacta en su cabeza. Fue un hombre reservadísimo, un dandi meticuloso que cuidaba sus corbatas tanto como sus partituras, que nunca se casó y que blindó su intimidad con un celo que ha dado pie a mil conjeturas nunca confirmadas. Prefería que hablara la música.

Los quince minutos que se comieron una vida

Vayamos al pam-pa-pa-pam, que es lo único que la mayoría reconoce de él. El bolero nació en 1928 por encargo de la bailarina y mecenas Ida Rubinstein, que quería un ballet de aire español. Ravel respondió con una idea de una audacia casi insolente: una única melodía, un único ritmo de caja que no se detiene jamás, repetidos durante un cuarto de hora, creciendo poco a poco a base de sumar instrumentos hasta un estallido final. Ni desarrollo, ni contrastes, ni sorpresas. Solo una obstinación hipnótica que va subiendo de temperatura.

Se estrenó en la Ópera de París y fue un éxito planetario inmediato. Hoy es una de las obras clásicas más interpretadas de la historia; hay quien calcula que en algún lugar del mundo empieza a sonar cada pocos minutos. Y aquí llega la ironía que más me gusta: Ravel miró siempre a su criatura más célebre con perplejidad, casi con fastidio. La consideraba la menos «musical» de cuantas había escrito, un experimento de orquestación más que una obra en sentido pleno. La pieza que lo hizo inmortal ante el gran público fue, para él, poco más que un ejercicio. Ese es el pequeño drama de tener una calle: existes para la gente por quince minutos de crescendo, cuando detrás hay toda una vida.

Si pudiera convencerte de escuchar solo dos cosas más

Podría enumerarte aquí una lista de obras maestras, pero no me creerías más por ello y tú ya intuyes que un compositor con calle propia hizo bastante más que un bolero. Así que hago trampa y elijo dos. Si consiguiera que salieras de esta página con dos piezas nuevas en la cabeza, me daría por satisfecho.

La primera es la Pavana para una infanta difunta. Es muy probable que ya la conozcas sin saberlo: es una de esas melodías melancólicas y luminosas que aparecen sin parar en películas, documentales y anuncios sin que nadie repare en quién las firmó. La primera vez que uno la escucha con atención tiene la extraña sensación de reconocerla, como si llevara toda la vida ahí. Y en cierto modo así es.

La segunda es el Concierto para la mano izquierda, y la elijo por la historia que hay detrás. Se lo encargó Paul Wittgenstein, un pianista que había perdido el brazo derecho en la Primera Guerra Mundial y que se negaba a renunciar al teclado. Ravel le escribió un concierto entero para tocar con cinco dedos que suena a orquesta completa saliendo de una sola mano. Cada vez que lo escucho pienso en ese hombre plantándose ante el piano decidido a no rendirse, y en el otro, el de mi calle, aceptando el reto de hacer imposible que se notara la ausencia.

Y si me apuras una tercera pista, no una obra propia sino un truco de mago: escucha los Cuadros de una exposición. La música es de Músorgski, pero la versión que todo el mundo conoce, la orquestal, la vistió Ravel con tal maestría que ha eclipsado al original. Ese era su superpoder. Stravinski, que no regalaba elogios, lo llamó «el relojero suizo» de la música, mitad admiración, mitad pulla. Nadie combinaba los colores de la orquesta con semejante precisión.

El culebrón del bolero en los tribunales

Hay una parte de la historia que no me resisto a contar, porque conecta con algo que me obsesiona: el dominio público y a quién pertenece de verdad la cultura. La vida del bolero después de Ravel es un culebrón digno de serie. El compositor murió sin descendencia, y su herencia fue pasando por manos cada vez más peregrinas: el hermano, la enfermera de este, el chófer, sobrinos lejanos… Una fortuna generada por una melodía que sonaba sin descanso en todo el planeta.

En Francia los derechos duran la vida del autor más setenta años, y con las prórrogas por las dos guerras el bolero estuvo protegido setenta y ocho años, hasta que en mayo de 2016 entró por fin en el dominio público: libre para todos. Pero los herederos intentaron una última pirueta. Alegaron que la obra no era solo de Ravel, sino una creación compartida con el escenógrafo del ballet original, Alexandre Benois, que murió en 1960. El truco era evidente: reconocerlo como coautor habría estirado la protección hasta 2039 y reabierto el grifo. En junio de 2024, un tribunal de Nanterre lo rechazó de plano: las pruebas no acreditaban tal coautoría, y hasta condenó a la heredera a pagar un euro simbólico por abuso de derecho. Ravel sigue siendo el único dueño de su melodía. Y esa melodía, por fin, nos pertenece a todos.

El de mi calle

En 2025 se cumplieron ciento cincuenta años de su nacimiento, y su tierra natal lo celebró a lo grande, con un festival repartido entre San Juan de Luz, Ciboure y otros rincones a un paso de aquí. Buen momento para reivindicar que el nombre de esa placa no es una rareza extranjera e impronunciable, sino un vecino ilustre con raíces casi a este lado de la muga.

Así que la próxima vez que dé la dirección y note el cortocircuito al otro lado del teléfono, seguiré cantando cuatro compases, porque ver aparecer la sonrisa de reconocimiento tiene su punto. Pero por dentro sabré que estoy resumiendo malamente a un hombre enorme. Maurice Ravel, nacido en Ziburu, mago de la orquesta, autor de mil maravillas y también, para su eterna resignación, de ese bolero que no para de crecer. El de mi calle.

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