Alfredo Alaria, el bailarín que la censura franquista no llegó a entender
El bailarín argentino que rodó una película sobre ser gay en pleno franquismo, y al que la historia del cine español apenas recuerda.

Descubrí el nombre de Alfredo Alaria buscando otra cosa completamente distinta, que es como suelen aparecer los mejores hallazgos. Empecé a tirar del hilo por pura curiosidad y, cuanto más leía, más raro me parecía no haber oído hablar de él antes. Era un bailarín argentino que trabajó con Miguel de Molina, hizo una carrera internacional importante y, en plena dictadura franquista, escribió y protagonizó una película sobre un hombre claramente homosexual. Lo curioso es que consiguió estrenarla sin que la censura pareciera darse cuenta de lo que tenía delante.
Un bailarín argentino en la España de Franco
Alaria nació en Buenos Aires en 1930 y empezó a bailar muy joven. Con diecinueve años ya era primer bailarín de la compañía de Miguel de Molina, el cantaor español exiliado en Argentina tras la Guerra Civil, perseguido por republicano y por homosexual. De ahí saltó a compañía propia, y de ahí al Lido de París. Fue enlazando ciudades casi sin parar: Las Vegas, Egipto, Suiza, Italia, Inglaterra, Israel.
Llegó a España en 1953 y debutó en el Teatro Albéniz de Madrid con un éxito que ABC recogió al día siguiente sin escatimar elogios. Se quedó. Bailó en el Pasapoga, montó su propia versión de Un americano en París, y hacia 1960 ya era una figura fija de las revistas musicales madrileñas, con una imagen pública tan cuidada como sus coreografías: el físico trabajado, expuesto con la misma naturalidad con la que un torero luce el traje de luces. En una fiesta de fin de año que él mismo organizó, se presentó vestido de novia, con un traje diseñado por un modisto que también trabajaba para Lola Flores; entre los invitados había gente conocida del espectáculo y de la aristocracia. Nada de esto se contaba en las revistas del corazón, claro.
Diferente, la película que se coló entre los censores
Fue precisamente en ese momento de mayor éxito cuando Alaria decidió embarcarse en un proyecto bastante más personal. En 1961 llevó al cine un espectáculo que ya había montado en los teatros, De Las Vegas a España. El resultado se llamó Diferente, y aunque en los créditos aparece como director el técnico Luis María Delgado, la propia película se cierra con una frase que no deja mucho margen de duda: "un film de Alfredo Alaria". Él escribió el argumento, diseñó el vestuario y firmó las coreografías.
La trama sigue a un joven llamado, no por casualidad, Alfredo: hijo de una familia burguesa que rechaza el negocio familiar por su pasión por el baile, al que su propio hermano acusa de inútil y afeminado. Es una historia sencilla, casi ingenua. Pero la biblioteca que se ve en los títulos de crédito está llena de Lorca, Freud, Wilde y Proust; hay un plano que sigue con deseo los brazos musculosos de un obrero manejando un martillo neumático; hay una puesta en escena que no tenía comparación posible en el cine español de la época, ni tampoco en el internacional.
Se rodó sin permiso oficial de rodaje ni de distribución y se estrenó en 1962 en un cine pequeño de Tarragona, casi por libre. Pasó la censura sin un solo corte. Ni la junta censora ni casi ningún crítico se dieron cuenta de lo que estaban viendo, salvo uno del diario Ya que la calificó, con desprecio, de película sobre la desviación amorosa contra natura. El resto la vio como un musical excéntrico y ya está.
Lo que vino después
Los años siguientes fueron más duros de lo que la etapa dorada hacía prever. Un colaborador que trabajó con él en una producción para televisión portuguesa en 1969 recuerda a un hombre ya atrapado por una adicción seria, con su madre viajando detrás de él para guardar la llave del baúl de vestuario. Entre 1972 y 1976 hay un tramo de su vida que incluye, según la investigación académica más reciente sobre él, un paso por un centro psiquiátrico.
En agosto de 1974 la prensa española anunció que sería expulsado del país por carecer de documentación en regla, y que había sido detenido y enviado a la cárcel de Carabanchel. Semanas después la noticia se corrigió: no fue expulsión, sino repatriación por falta de ocupación y "deficiente estado mental", aunque en esas mismas fechas sus coreografías triunfaban en los escenarios madrileños. Detrás de la excusa de los papeles estaba, casi con toda seguridad, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, la misma que el franquismo usaba contra los homosexuales bajo la etiqueta de vagos o enfermos mentales.
Francisco Umbral se lo encontró hacia 1977 deambulando por el Barrio Chino de Barcelona, presumiendo de haber inventado él mismo West Side Story, que Hollywood le habría robado. Alaria volvió a Buenos Aires, escribió guiones, siguió en el teatro hasta bien entrados los noventa, y murió allí en 1999, tras una operación de hernia que se complicó.
Lo curioso es que alguien así haya podido desaparecer casi por completo de la memoria. No fue un secundario de su época: trabajó con Miguel de Molina, triunfó en medio mundo y rodó una película que, vista hoy, parece imposible que pasara la censura franquista. Y sin embargo basta salir un poco de los círculos especializados en cine español para comprobar que casi nadie reconoce su nombre. Yo, desde luego, tampoco lo conocía hasta hace unos días.


