Salir del armario pasados los cincuenta no es llegar tarde
Un artículo sobre la ausencia de personas mayores en el cine LGTBIQ+ me llevó a una pregunta incómoda sobre mí mismo. Y a entender que la verdadera invisibilidad no es la de quienes ya vivimos abiertamente, sino la de quienes se atreven a reconocerse pasados los cincuenta, todavía con un '¿y por qué no antes?' colgando encima.

Mañana es el Día del Orgullo, así que el tema viene de perlas. Esta mañana me he topado con un artículo en el Deia que se preguntaba dónde están las personas mayores en el cine LGTBIQ+. Lo leí con el café enfriándose y me dejó un buen rato con una pregunta incómoda rondándome: ¿por qué yo, un hombre gay de cincuenta años, no me siento falto de representación?
No es que no la haya echado nunca en falta. La eché, y mucho, en la adolescencia, que es precisamente cuando más se necesita: en aquellos años no había en la pantalla ni un solo personaje que se pareciese mínimamente a lo que yo sentía por dentro, ni un espejo donde mirarme, y esa ausencia deja marca. Pero hoy la cosa es muy distinta. Veo a gente como yo, de mi edad, en la televisión, en la política, en la literatura; referentes no me faltan. ¿En el cine? Puede que algo menos, sí. Pero, como voy a tratar de explicar, eso tiene más que ver con la edad que con la homofobia.
¿Invisibilidad o edadismo?
Buena parte del reproche del artículo se dirige a la ficción: a las películas y las series que apenas cuentan historias de personas homosexuales más allá de los cincuenta. Y mi primera reacción fue dudar de si ese es un problema específicamente nuestro o algo más grande que nos salpica como nos salpica a todos. Porque el cine lleva décadas teniendo un problema serio con la edad, a secas, sin etiquetas.
Hace poco leí unas declaraciones de Matt Damon a cuenta de su papel en La Odisea de Nolan en las que reconocía que no abundan los actores de cincuenta y tantos protagonizando epopeyas de ese tamaño, y que llegó a vivir el rodaje como si fuera la última película que haría. Lo dice alguien con cincuenta y cinco años, un Oscar y cuatro décadas de carrera a sus espaldas. Y si la edad se nota hasta en lo más alto del escalafón, imagina lo que pasa más abajo. Las actrices llevan años denunciando exactamente lo mismo: que la industria deja de escribir papeles para ellas a partir de cierta edad, que los guiones se piensan para cuerpos jóvenes y que, pasada una barrera invisible, una desaparece del cartel sin más explicación.
Así que, como descripción de nuestra supuesta invisibilidad, la cosa no se sostiene del todo. Si apenas hay homosexuales de más de cincuenta en pantalla es, en buena parte, porque apenas hay nadie de más de cincuenta en pantalla. A la gente como yo —abiertamente gay, asentada, con la vida resuelta y a plena luz— no nos borra un guion: nos pasa lo mismo que a cualquier cincuentón heterosexual al que el cine tampoco mira. La de la edad no es una batalla solo nuestra, sino una batalla compartida.
El armario que no se ve
Y aquí está lo que casi se me escapa, precisamente porque no es mi historia. Cuando releí el artículo con calma, con esa frase del informe Existimos de Aldarte que sostiene que no hay nadie tan invisible como una persona mayor del colectivo, entendí que no estaban hablando de gente como yo. Estaban hablando de otra persona. De quien llega a la pregunta tarde.
Pienso en quien, a los cincuenta, a los sesenta, a los setenta, empieza a replantearse quién es y a quién desea. En toda una generación que creció bajo el franquismo, que interiorizó la heterosexualidad como la única opción posible, que se casó y tuvo hijos porque era lo que tocaba, y que un buen día, ya con canas, se atreve por fin a mirar de frente algo que llevaba décadas guardado en un cajón. Esa persona sí es invisible. No sale en las películas, no sale casi en ningún sitio, y muchas veces ni siquiera sabe que existen otras como ella.
Y reconozco que a esa realidad llego desde el privilegio, lo sé. Vivo en una ciudad grande y abierta, salí del armario pronto y sin grandes catástrofes, y desde esa comodidad es facilísimo no ver el problema o quitarle importancia. Pero quizá sea justo por eso por lo que el artículo no iba conmigo: iba por delante de mí, señalando a quien no tuvo ni mi suerte ni mi calendario ni mis oportunidades.
¿Y por qué no antes?
Porque a esa persona no solo le falta representación: le sobra sospecha. Cuando alguien sale del armario a los dieciséis, la sociedad —con más o menos torpeza— ya ha aprendido a leerlo como lo que es, un chaval descubriéndose. Pero cuando quien da el paso tiene sesenta, aparece de inmediato la preguntita con retintín: "¿y por qué no antes?", "¿ahora, a estas alturas?", "¿no será una crisis, una pájara pasajera?". Como si la identidad tuviera fecha de caducidad. Como si reconocerse tarde fuese menos verdad que reconocerse pronto.
Es un rechazo más sutil que el insulto en la calle, pero igual de corrosivo, porque viene disfrazado de sentido común y muchas veces de boca de los más cercanos. Y carga sobre quien por fin se ha atrevido un peso absurdo: el de tener que justificar no ya quién es, sino el momento en que se ha permitido serlo.
La identidad no entiende de plazos
Y aquí sí que me sale el discurso, porque esta sí me parece una batalla que merece la pena pelear. La identidad no es un tren que se pierde. Nadie llega tarde a ser quien es; se llega cuando se puede, y cada cual tiene sus razones —el miedo, la época, la familia, la pura supervivencia— para haber tardado lo que ha tardado. Salir del armario a los sesenta no es un capricho ni una rareza de la edad: es, si acaso, un acto de valentía todavía mayor, porque se hace con más vida a la espalda y más cosas que perder.
A la pregunta de "¿por qué ahora?" solo hace falta una respuesta, y es perfecta: "porque ahora me veo capaz". No hace falta más. A nadie se le piden explicaciones por enamorarse a los dieciséis; no deberíamos pedírselas a nadie por reconocerse, tenga la edad que tenga.
Así que, volviendo a la pregunta del principio: ¿somos invisibles los gays de más de cincuenta? Yo desde luego que no, y este blog es buena prueba de mi cabezonería en negarme a serlo. Pero quien justo ahora, quizá a solas y entre sospechas, está reuniendo el valor para abrir esa puerta, ese sí sigue siendo demasiado invisible.
Y si un Día del Orgullo sirve para algo, que sea para dejarle claro que aquí no hay horario de entrada, que llega cuando tenía que llegar y que en esta casa enorme y ruidosa hay sitio de sobra. Bienvenido, a la edad que sea. Mañana lo celebramos, y los otros trescientos sesenta y cuatro días también.


