La lección que no estaba en el temario
A los cinco años, en la lonja que hacía de patio, le di un beso en la mejilla a un amigo. La profesora entró en pánico y nos castigó de cara a la pared. Aquella mañana no se enseñó la lección del temario.

El colegio no tenía patio. Tenía una lonja contigua a las aulas, uno de esos bajos comerciales reconvertidos a golpe de necesidad en los que se ha criado media España, con su suelo frío y su olor a cerrado, y allí nos soltaban a la hora del recreo para que corriéramos lo justo antes de volver a sentarnos. No había toboganes, ni arena, ni porterías. Estábamos nosotros, unos cuantos críos dándose empujones cariñosos en un espacio que no estaba pensado para jugar pero que servía igual.
Era preescolar, el curso que venía justo antes de empezar la EGB. El año en que aún no tocaba aprender a leer del todo en serio, cuando la jornada era más juego que otra cosa y el mundo entero cabía entre aquellas cuatro paredes. Yo tendría cinco años. Lo sé porque al curso siguiente empezaba primero, y de primero ya me acuerdo con otra nitidez.
De aquella lonja, en cambio, me quedan retazos. La luz que entraba de una manera concreta, el ruido de las carreras, la sensación de libertad pequeña que daba el recreo. Y un nombre.
Paquito, un amigo borroso
Me llevaba bien con un niño al que todos llamábamos Paquito. No tengo de él un recuerdo nítido —no me pidáis que describa su cara, porque mentiría—, y la razón es bastante prosaica: Paquito no siguió en el colegio cuando empezó la EGB. Desapareció del mapa al terminar aquel curso, y con él se fue la oportunidad de fijar su imagen a base de repetición.
Es curioso cómo funciona la memoria en esto. A los compañeros que me acompañaron los ocho años siguientes los tengo grabados con detalle, porque el tiempo los fue dibujando un poco más cada día. A Paquito, que cruzó mi vida durante unos meses y se esfumó, lo conservo como una mancha cálida, una silueta sin rasgos. Y sin embargo está enganchado a uno de los recuerdos más concretos que tengo de aquella época.
Porque con Paquito me lo pasaba bien. Teníamos buena sintonía, esa química inexplicable que tienen los críos cuando alguien les cae bien sin más, sin motivos ni cálculos. Y un día, esa buena sintonía se tradujo en lo que se traduce a los cinco años: un beso.
Un beso en la mejilla
Fue un beso en la mejilla. El gesto más inocente del repertorio infantil, el mismo con el que un niño de cinco años se despide de su abuela, felicita a un primo o demuestra que alguien le importa. No había nada detrás. A esa edad no hay un "detrás". Hay un impulso de afecto y un cuerpo pequeño que lo ejecuta sin filtros.
Ni siquiera me atrevo a llamarlo un acto gay, y no por pudor, sino por honestidad. A los cinco años uno no tiene orientación en ningún sentido operativo del término; tiene cariño y lo reparte como puede. Etiquetar aquel beso sería proyectar sobre un niño una categoría que él no manejaba ni podía manejar. Fueron, simplemente, dos críos que se querían un poco dándose un beso, como se habrían dado un abrazo o un caramelo.
El problema no fue el beso. El problema fue quién lo vio.
El pánico de Mª Rosa
Nuestra profesora se llamaba Mª Rosa. Lo vio, y entró en pánico. No nos preguntó nada, no se acercó con curiosidad ni con calma. Pegó un grito. Nos dijo que dos niños no podían besarse, así, como una verdad universal que se nos había escapado, y nos mandó de cara a la pared el resto de la mañana.
Ahí está el verbo importante de toda esta historia: ella lo vio. Porque hasta ese momento el beso no significaba absolutamente nada. Era aire. Era uno de los mil gestos que se daban en aquella lonja cada recreo sin que nadie tomara nota. Fue su reacción la que lo convirtió en algo. Fue su pánico el que fabricó una categoría de la nada y nos metió dentro a los dos, sin pedirnos permiso ni darnos explicaciones que un niño de cinco años pudiera entender.
Y lo hizo en público. Esa es la parte que sigo encontrando más cruel con la perspectiva de los años.
De cara a la pared toda la mañana
Castigar a dos niños de cara a la pared una mañana entera ya es desproporcionado para un beso en la mejilla. Pero el daño de verdad no estaba en el castigo en sí, sino en lo que el castigo desencadenó. Hasta ese momento, lo más probable es que el resto de la clase ni se hubiera enterado. Estaban a lo suyo, corriendo, jugando, ajenos. Niños.
De repente había dos compañeros castigados, mirando a la pared, y la pregunta inevitable empezó a circular: ¿por qué? Y la respuesta se fue pasando de boca en boca hasta convertirse en un titular: dos niños se han dado un beso. Lo que había sido un gesto invisible se transformó, gracias a la intervención adulta, en el acontecimiento de la mañana. En algo señalado, comentado, prohibido.
Mª Rosa no corrigió una conducta. Inventó un delito y luego lo difundió ella misma. Nos enseñó —a nosotros y, de paso, a toda la clase— que había algo malo en aquello, algo tan malo que merecía gritos y paredes. Y lo aprendimos. Vaya si lo aprendimos.
Lo que de verdad se enseñó aquella mañana
No es algo que me persiga; es una anécdota que solo de vez en cuando, sin avisar, vuelve a asomar la cabeza. Pero cada vez que lo hace acabo en el mismo sitio: aquel día no se impartió la lección que figuraba en el temario. Se impartió otra, mucho más eficaz y mucho más duradera: la de que ciertos afectos se castigan. Que hay cariños que se pagan de cara a la pared. Que es mejor no demostrar según qué cosas, no vaya a ser que alguien lo vea y se líe.
No me atrevo a catalogar aquel beso de acto gay, ya lo he dicho. Pero la represalia de Mª Rosa sí fue, sin ninguna duda, una acción homófoba. No hace falta que un niño tenga una orientación definida para que el reflejo homófobo de un adulto se active. Basta con dos niños y un gesto de afecto para que salte el resorte, el "eso no", el pánico. La homofobia no esperó a que yo supiera quién era. Llegó antes que yo.
Y funcionó, supongo, como funcionan estas cosas: dejando un poso. No un trauma con mayúsculas, que no quiero dramatizar una mañana de hace casi cincuenta años. Pero sí una de esas piedrecitas que uno se va encontrando en el zapato a lo largo de la vida, hasta que un día se sienta, se descalza y las cuenta.
Casi cinco décadas sin saber de él
De Paquito no he vuelto a saber nada. Nunca. No lo he visto —al menos conscientemente— en casi cinco décadas. No sé a qué se dedicó, ni dónde vive, ni si la vida le ha tratado bien. No sé si es gay o hetero, ni falta que hace para esta historia. No sé, y esto es lo que más me intriga, si conserva algún recuerdo de aquella mañana o si para él fue un episodio más que el tiempo borró sin dejar marca.
Igual lee esto y se reconoce. Igual no se acuerda de mí en absoluto, y hace bien. Igual su Mª Rosa fue otra persona, en otro recreo, otro día. O igual aquel beso en la mejilla fue, también para él, una de esas piedrecitas. No lo sabré nunca, y me he hecho a la idea.
Lo que sí sé es que aquel crío de cinco años no hizo nada malo. Que el gesto era limpio. Y que, si pudiera volver a aquella lonja, no nos pondría de cara a la pared. Les diría a los dos que sigan jugando, que se den todos los besos que quieran, y que ya habrá tiempo —demasiado— de que el mundo intente convencerles de lo contrario.


