El día que mi sangre no servía

A los dieciocho años, un autobús de donación en la plaza Circular de Bilbao me dijo en un papel que yo no era válido. Casi nadie recuerda hoy que aquella exclusión existió de verdad, escrita en el BOE.

Autobús de donación de sangre aparcado en una plaza urbana al atardecer, con figura juvenil de espaldas alejándose

Tenía dieciocho años recién cumplidos cuando decidí donar sangre por primera vez. No fue una decisión meditada ni heroica: simplemente me parecía una de esas cosas que una persona decente hace cuando puede. Donar sangre no cuesta nada, no duele apenas, y al otro lado de la aguja hay alguien que la necesita para seguir vivo. Me sentía solidario, y quería que ese impulso se tradujera en algo concreto. Así que un día, al ver el autobús aparcado en la plaza Circular de Bilbao —entonces todavía la llamábamos plaza España—, subí decidido.

Lo que no sabía es que iba a bajar de aquel autobús con una herida que tardaría años en cerrar.

La España de hace treinta y cinco años

Para entender lo que pasó hay que situarse. Hablo del año 1991. Una España que salía del armario colectivo a trompicones, sin referentes públicos, sin personajes televisivos abiertamente gays, sin nada que se pareciera a lo que hoy damos por descontado. La homosexualidad existía, claro, pero existía a media voz, en los márgenes, envuelta en un silencio que era a la vez protección y condena.

Yo estaba en pleno proceso de aceptación de mi propia identidad. Había tenido mis primeras relaciones quizá hacía menos de un año, siempre a escondidas, siempre con la sensación de estar haciendo algo que debía permanecer oculto. Nadie en mi entorno lo sabía. Ni mi familia, ni mis amigos. Ni siquiera yo terminaba de saberlo del todo, porque aceptarse a uno mismo cuando todo a tu alrededor te dice que eres una excepción incómoda es un trabajo lento y solitario.

En ese estado de fragilidad, con las dudas todavía en carne viva, llegué al autobús de la donación. Y allí, lo que tenía que ser un gesto luminoso se convirtió en una de las primeras veces que el mundo exterior me confirmó, por escrito y con sello institucional, que había algo malo en mí.

El papel

Una chica muy amable me atendió. Me dio un papel para leer, de esos que enumeran los motivos por los que uno no puede donar. Cosas razonables, en su mayoría: enfermedades, viajes a determinados países, situaciones de riesgo. Iba bajando por la lista con la tranquilidad de quien sabe que no le afecta nada.

Hasta que llegué a una línea que se me clavó como un mazazo: no podía donar si se era homosexual activo o pasivo.

La frase era demoledora por su precisión. No dejaba resquicios. Recuerdo incluso que, en algún rincón absurdo de mi cabeza, intenté buscar la trampa, el hueco legal: ¿y si soy versátil, entonces puedo? Es un chiste amargo que solo se le ocurre a quien está intentando desesperadamente que la realidad diga otra cosa. Porque la realidad era nítida y no admitía negociación: el Estado, a través de aquel papel, me estaba diciendo que yo no era un donante válido. Que mi sangre no servía.

Y el salto que da la cabeza desde ahí es inmediato y devastador. Si mi sangre no sirve, si mi cuerpo es portador de algo indeseable, entonces hay algo en mí que me hace peor. Mi orientación sexual —eso que todavía estaba aprendiendo a aceptar como parte legítima de quién era— quedaba oficialmente catalogada como un defecto. Una tara. Algo que me situaba en una categoría inferior de ser humano.

La huida

Le dije a la chica que no podía donar, que no cumplía algún criterio. No tuve el valor de decir cuál. No fui capaz de pronunciar la palabra. Inventé una vaguedad, devolví el papel y salí de aquel autobús medio corriendo, con el corazón acelerado y un pánico irracional a que ella adivinara el verdadero motivo.

Porque ese era el otro peso: no solo me habían dicho que no era válido, sino que confesar por qué habría significado exponerme, salir del armario en mitad de una plaza, ante una desconocida, sin estar mínimamente preparado para ello. Así que hui. Hui del autobús, hui de la pregunta, hui de mí mismo un poco más.

Y aquella tarde sumó una capa más de dificultad a un proceso que ya de por sí era complicado. Después de que una institución pública me dijera que mi cuerpo era de segunda categoría, asumir mi identidad con normalidad me costó bastante más de lo que me habría costado sin aquel episodio.

Lo que nadie recuerda

Aquí viene la parte que durante años me ha resultado más desconcertante. Cada vez que he contado esta historia a algún conocido, la reacción ha sido casi siempre la misma: incredulidad. Eso no es verdad. En España nunca se ha prohibido donar sangre a los homosexuales. Lo he escuchado tantas veces que llegué a dudar de mi propia memoria, a preguntarme si no habría exagerado el recuerdo, si no me lo habría inventado en algún pliegue de la adolescencia.

Pues bien, no me lo inventé. La prohibición existió, estaba escrita, y tiene su rastro en la legislación española.

La normativa que regulaba la donación en aquellos años era el Real Decreto 1945/1985, fruto directo del pánico al sida que recorrió todo Occidente en aquella década. Como ocurrió en Estados Unidos, en Francia y en tantos otros países, España introdujo en sus protocolos una exclusión que no distinguía entre comportamiento de riesgo e identidad: directamente señalaba a una categoría de personas. La terminología de "homosexual activo o pasivo" era característica de aquella mentalidad sanitaria, y también social, que confundía la orientación sexual con la enfermedad.

Lo curioso —y lo que explica por qué tan poca gente lo recuerda— es cómo desapareció. No hubo derogación solemne, ni titulares, ni acto de reparación. Aquel lenguaje se esfumó discretamente en la sucesión de normas que vino después: el Real Decreto 1854/1993, la Orden de 1996 que fijó nuevos criterios de exclusión, y finalmente el Real Decreto 1088/2005, que estableció el marco actual basado en el riesgo individual y no en la pertenencia a un grupo. La discriminación se borró del papel con la misma naturalidad burocrática con la que había entrado: como si fuera apenas una cuestión técnica, no una cuestión de derechos y de dignidad.

Por eso nadie lo recuerda. Porque entró sin ruido y salió sin ruido. Y en ese silencio doble se pierde la memoria de miles de personas que, como yo, leyeron aquella frase en un papel y entendieron el mensaje.

Por qué lo cuento ahora

Sé que, visto con la distancia de los cincuenta años y desde la España actual, puede parecer una nimiedad. Una mera cuestión administrativa de otra época. Y sin embargo, el hecho de que lo recuerde con tanta nitidez tres décadas y media después —la plaza, el autobús, la chica amable, el papel, la huida— me dice que no fue ninguna nimiedad. Fue una de esas marcas que se quedan.

Lo más perverso de aquella discriminación no fue que viniera gritada o agresiva. Fue que llegó en forma de documento neutro, impreso, oficial. Una línea en una lista de criterios médicos. Y eso es, en cierto modo, más difícil de combatir que el insulto directo, porque no hay nadie a quien responderle, no hay cara contra la que defenderse. Solo está el Estado, clasificándote en silencio, decidiendo que tu sangre vale menos.

Lo cuento ahora, en junio, cuando se acerca el Orgullo, porque creo que estas historias pequeñas también forman parte de la memoria colectiva. No todas las batallas del colectivo se libraron en grandes manifestaciones ni en cambios legislativos sonados. Muchas se libraron en silencio, en autobuses aparcados en plazas, en papeles que un chaval de dieciocho años leyó solo y del que salió corriendo sin atreverse a decir por qué.

Y se cuentan también para que, la próxima vez que alguien diga "eso nunca pasó en España", podamos responder que sí, que pasó, que está en el BOE, y que a algunos nos dejó una cicatriz que tardó años en dejar de doler. Mi sangre, por cierto, era perfectamente buena. Solo que entonces nadie quería creerlo. Ni siquiera yo.

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