Olé Olé en el parque de Etxebarria: los diez minutos que tardé treinta y cinco años en contar

Hacia la primavera de 1990, con dieciséis años, fui solo a un concierto gratuito de Olé Olé en el parque de Etxebarria. Fue una tarde apoteósica. Menos diez minutos que llevo cargando desde entonces, y que solo ahora sé poner donde debían haber estado siempre.

Un chaval solo, de espaldas, entre una multitud apretada en un concierto al aire libre en un parque en ladera, con la chimenea de ladrillo de Etxebarria al fondo, bajo la luz dorada de una tarde de primavera de 1990.

Recuerdo un concierto de Olé Olé en el parque de Etxebarria. He intentado ubicar la fecha exacta y no lo he conseguido, así que toca reconstruirla a base de «creo»: creo que yo estaba en el instituto, creo que Gorordo era alcalde —porque era muy de montar esos saraos—, y creo que el parque estaba recién inaugurado, porque lo recuerdo nuevo, con el escenario plantado en el centro y la vieja chimenea de la fundición vigilándolo todo desde atrás. Sumando todos esos «creo», el resultado me da la primavera de 1990, y yo con dieciséis o diecisiete años.

Lo que no se me ha borrado ni un ápice es la tarde en sí, que para un chaval de dieciséis años no era un concierto: era el acontecimiento del año.

Fui solo porque no quería perdérmelo

Por algún motivo que hoy ya no recuerdo, no encontré a nadie de mi cuadrilla que quisiera venir. A esa edad ir solo a algún sitio tenía su punto de exposición, de sentirte un poco raro, pero la alternativa era quedarme en casa y perderme el acontecimiento, y eso sí que no lo soportaba. Así que cogí y me fui solo, tragándome esa pequeña vergüenza adolescente de aparecer sin nadie al lado.

Y allí, empujado por la marea de gente hacia la parte de delante, se me olvidó por completo que había venido solo. El parque era un hervidero. Miles de personas apretadas hombro con hombro en aquella ladera, la chimenea recortada contra el cielo, y la sensación de estar exactamente donde había que estar aquella tarde. Estaba eufórico antes incluso de que empezara a sonar la música.

Apoteósico

Y cuando empezó, fue apoteósico. No encuentro otra palabra. Increíble. De esos momentos en que el cuerpo entero se rinde a la música y a la multitud y dejas de ser un chaval tímido que ha venido solo para convertirte en una gota más de una masa que canta a la vez. Estábamos literalmente pegados unos a otros, sin un centímetro de separación, y esa cercanía formaba parte de la fiesta: todos empujando en la misma dirección, todos coreando lo mismo.

Fue genial de principio a fin. Guardo esa tarde como uno de esos recuerdos que uno saca de vez en cuando y le hacen sonreír. Menos por diez minutos.

Aquellos diez minutos

En un momento dado, un hombre se colocó justo delante de mí. Nada llamativo: de espaldas, en camiseta y pantalón, uno más de los cientos que teníamos pegados por todos lados. Yo seguía a lo mío, disfrutando, hasta que noté algo extraño a la altura de la bragueta. Me aparté un poco entre el gentío y no vi nada. Un tipo de espaldas, la gente apretando. Pensé que era una paranoia mía y volví a la música.

Otra vez. Esta vez me aparté un poco más y entendí lo que estaba pasando. El hombre tenía una mano escondida dentro de su propio pantalón, con la palma girada hacia atrás, hacia mí. Esa mano oculta era lo que me había agarrado la entrepierna dos veces, aprovechando que íbamos todos tan pegados que resultaba imposible saber qué rozaba con qué.

Me quedé de piedra. Hoy sé que debería haberle plantado cara, haber montado un escándalo, haberlo señalado. Pero tenía dieciséis años, estaba solo, y lo único que sentí fue vergüenza. No supe hacer otra cosa que cruzar las manos por delante de la bragueta como un escudo. Así, en los intentos siguientes ya no encontró nada que agarrar, y tras probar un par de veces más se deshizo entre el público y desapareció.

La vergüenza en el sitio equivocado

Seguí en el concierto. Por fuera volví a cantar, a saltar, a disfrutar de la tarde. Pero en una esquina de mi cabeza se había encendido algo que ya no se apagó, y no era rabia hacia aquel hombre. Era vergüenza hacia mí mismo. Y encima, un torbellino de preguntas absurdas: ¿por qué a mí? ¿Había sabido de alguna manera que yo era gay, cuando ni siquiera me lo había confesado a mí mismo todavía? ¿Era algo que se me notaba por fuera? ¿O simplemente había olido al más joven, al que estaba solo, al presa fácil?

Ahí está el veneno de todo esto, y por eso lo escribo treinta y cinco años después. Un adulto había abusado de un crío, y el crío salió de allí cargando con la culpa del adulto. Le dio la vuelta entera a lo ocurrido hasta convertir la agresión de otro en una sospecha sobre sí mismo. No tenía el lenguaje para nombrarlo, no tenía referentes, no tenía a nadie al lado a quien contárselo, y en ese vacío la mente de un adolescente hace lo que puede: se lo queda, se lo traga y se lo reprocha.

Lo que hoy le diría a aquel chaval

Han pasado treinta y cinco años y, lógicamente, mi reacción sería otra muy distinta. No solo si volviera a ser yo la víctima, sino, sobre todo, si en cualquier sitio viera a un pervertido haciéndole eso a un menor. No me quedaría de piedra. No cruzaría las manos en silencio. Ya no.

Pero lo que de verdad me gustaría poder decirle a aquel chaval de dieciséis años que volvía a casa desde Etxebarria con un nudo raro en el estómago es lo único que nadie le dijo entonces: que no tenía absolutamente nada de lo que avergonzarse. Que la vergüenza tenía dueño, y que el dueño no era él. Que ser más joven, o estar solo, o ser gay sin saberlo todavía, no lo convertía en culpable de nada; lo convertía, como mucho, en el objetivo cómodo de un cobarde que escondía la mano.

Aquella tarde fue apoteósica de verdad. Lo sigo pensando. El estreno del parque, la multitud, la música, la ciudad entera de fiesta con su chimenea al fondo. Me niego a que diez minutos me roben el recuerdo entero. Pero también me niego, por fin, a seguir guardando esos diez minutos en el cajón de mis vergüenzas, cuando siempre pertenecieron al cajón de las de otro.

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