Por qué me alegra ser gay
Hace diez años un amigo me dijo que le habría gustado no ser gay. No por falta de aceptación, sino porque la vida habría sido más sencilla. Yo le dije que no era mi caso. Hoy, 28 de junio, sigo pensando exactamente lo mismo.

No sé si Jose se acuerda de aquella conversación. Fue hace cosa de diez años, en uno de esos momentos que no recuerdas dónde estaban ni qué estaban haciendo, pero que algo que se dijo se te queda clavado en algún sitio. Me comentó, sin drama y sin que viniera especialmente a cuento, que le hubiera gustado no ser gay.
No era una cuestión de autoaceptación. Jose llevaba su vida sin complicaciones, como yo la mía: fuera del armario desde hacía tiempo, sin dramas ni alardeos, con alguna visita ocasional a locales de ambiente y con parejas que había tenido a lo largo de los años. Era algo más pragmático que eso. La vida, decía, habría sido más sencilla. Habría encajado directamente en lo que se esperaba de él. No habría tenido que pasar por el proceso de aceptarse a sí mismo, de contárselo a su entorno, de encajar algún insulto o algún momento de rechazo que los de nuestra generación, casi todos, hemos tenido que encajar en algún momento.
Lo entendí perfectamente. No era victimismo ni insatisfacción. Era simplemente un balance honesto entre lo que fue y lo que podría haber sido. Ese tipo de reflexión que uno se hace cuando ya tiene suficiente perspectiva para mirar atrás sin que duela, solo para calibrar.
Lo que yo le respondí entonces, y lo que pienso ahora
Mi respuesta fue diferente. Le dije que no era mi caso, que ser gay era parte de quien soy de una manera que no se puede separar del resto. Que había forjado mi carácter. Que era tan inseparable de mi personalidad como mi nombre o mi acento bilbaíno. Que no me imaginaba siendo de otra forma y que tampoco me lo deseaba.
No fue una conversación larga. Ni siquiera especialmente relevante en el momento. El tema cambió, pedimos otra ronda, y seguimos. Pero esa pequeña diferencia de perspectiva entre los dos se me quedó guardada en algún rincón y ha vuelto a florecer cada vez que llega el 28 de junio.
Hoy, diez años después, sigo exactamente en el mismo sitio. No con la ingenuidad de quien nunca ha tenido un mal momento por ser gay, sino con la perspectiva de alguien que ha vivido lo que ha tenido que vivir y que, mirando atrás, no cambiaría nada. Eso es lo que quería poner por escrito hoy, que es el Día del Orgullo, aunque este blog no sea un blog gay ni esta entrada vaya a ser un manifiesto.
Los malos momentos existieron, claro que existieron
Sería deshonesto decir que todo ha sido fácil. Hubo episodios de bullying en el colegio y en el instituto, nada que alcance la categoría de trauma pero tampoco algo que se olvida del todo. Hubo momentos de rechazo familiar, esa tensión sorda que se instala durante años antes de que todo encuentre su lugar natural. Hubo incluso algún episodio de rechazo institucional de esos que te recuerdan que la tolerancia tiene límites que no siempre están donde deberían.
Todo eso ocurrió. Y fue parte del camino.
Pero aquí está la trampa en la que creo que caía el argumento de Jose, y en la que muchos caemos: el ser humano tiene una capacidad casi infinita para boicotearse a sí mismo. Si quitamos la orientación sexual de la ecuación, seguro que habría encontrado otro motivo. Mi carácter introvertido. Mis etapas de sobrepeso. Mi forma de ser, que no siempre encaja con lo que se espera. La adolescencia es una máquina de fabricar razones para sentir que no encajas, y siempre encuentra la materia prima que necesita. La diferencia es que algunas de esas razones te las pone la sociedad desde fuera, y otras las construyes tú desde dentro. Pero el resultado suele ser el mismo: o aprendes a lidiar con ello, o te hundes.
Y yo aprendí a lidiar.
Lo que me enseñó ser gay
Aquí está la parte que genuinamente agradezco. Ser gay me obligó a cuestionarme a mí mismo y mi relación con el mundo en una edad en la que muchos niños no tienen esa preocupación. Y eso, aunque suene paradójico, es un regalo.
Te obliga a conocerte. A saber qué quieres. A luchar por ello antes de que nadie te diga que debes luchar por nada. Cuando has tenido que defender tu identidad más básica, el resto de las batallas de la vida se ponen en perspectiva de una manera que no se aprende en los libros.
Y lo más valioso, creo, es que me enseñó a tener la mente abierta de una forma que trabajo activa y conscientemente por mantener. La empatía no es algo que se tiene o no se tiene, es algo que se construye. Haberme sentido diferente, haberme sabido mirado de reojo o tratado de otra manera por algo que no elegí, me hizo mucho más consciente de lo que significa para cualquier persona sentirse así. Soy consciente de que no soy mejor ni peor por haber nacido en un determinado país, por tener un color de piel u otro, por tener una identidad de género distinta. Y esa consciencia no la tengo por ser buena persona, la tengo porque la he vivido en carne propia a una escala mucho más pequeña que muchos otros, y eso fue suficiente para entender.
El activismo silencioso de vivir sin esconderse
Nunca he sido activista. No soy asiduo de los locales de ambiente, no suelo llevar banderas en ningún sentido literal ni figurado, y mi entorno social ha sido casi siempre predominantemente heterosexual porque así han ido las cosas. No reniego del ambiente gay ni de los espacios que la comunidad ha construido, y los he disfrutado en muchas ocasiones, pero tampoco me seduce la idea del gueto, de ese mundo paralelo en el que uno se encierra porque el resto da demasiado trabajo.
Lo que sí he hecho, y lo que sigo haciendo, es vivir sin esconderme. Y eso, que parece poco, no lo es. Cada persona que normaliza su orientación sexual en su entorno cotidiano, que no la convierte en un secreto ni en un drama, que la integra en su vida con la misma naturalidad con la que integra cualquier otra cosa, hace algo. No lo hace para los demás, lo hace porque le corresponde. Pero el efecto colateral es que muchas personas a su alrededor también lo normalizan, a veces sin siquiera darse cuenta.
Este blog no es un blog gay. Es un blog escrito por un gay con demasiadas inquietudes como para reducirlo a una sola. Hay oficio, hay ciencia ficción, hay crítica, hay barrios de Bilbao, hay reflexiones sobre internet y la cultura y el tiempo que pasa. Y también hay esto, de vez en cuando, porque también soy esto y no tengo ningún motivo para que no esté.
Por qué hoy, 28 de junio, me alegra ser quien soy
Entiendo a Jose. Entiendo perfectamente que haya quien haga ese balance y salga con la sensación de que sin ese peso específico la vida habría tenido menos fricción. No le quito razón en lo que dice, porque los obstáculos que describe son reales y los compartimos.
Pero yo no lo viviría así. Ser gay es parte de lo que soy de una manera que ya no sabría separar aunque quisiera. Ha moldeado mi carácter, ha definido mis prioridades, ha ampliado mi forma de ver el mundo y a las personas que lo habitan. Y el camino, con todo lo que tuvo de duro en su momento, mereció la pena.
Si alguna persona joven está leyendo esto y está en ese momento en el que la diferencia pesa más que la perspectiva, lo único que puedo decirle es que el camino tiene salida. Y que al otro lado no hay solamente aceptación: hay conocimiento de uno mismo, hay empatía, hay una forma de estar en el mundo que no todo el mundo tiene la oportunidad de construir con esa profundidad.
Estoy orgulloso de ser gay. No porque sea un mérito ni porque lo haya elegido, sino porque es parte de quien soy. Y eso, finalmente, es suficiente motivo.


