Cuando los actores salían estirados al empezar la película

De niño esperaba con ganas los títulos de crédito del principio de las películas, porque la gente salía alargada y flaca y a mí me hacía gracia. Tardé décadas en entender por qué pasaba aquello, y por qué solo pasaba al empezar.

Salón en penumbra de los años ochenta con un televisor de tubo encendido mostrando siluetas humanas estiradas durante los títulos de crédito de una película

Sábado por la tarde, sobremesa de las largas, y en la tele de casa arrancaba una película. No sabría decir cuál —daba igual, casi siempre era una del Oeste o una de romanos—, pero sí recuerdo con una precisión absurda lo que ocurría en cuanto empezaban los títulos del principio. Las personas que iban apareciendo en pantalla, esas sobre las que se superponían los nombres del reparto, salían estiradas. Altas, flacas, espigadas, como si alguien las hubiera agarrado por la cabeza y los pies y hubiera tirado con suavidad hacia los dos lados.

Y a mí aquello me encantaba.

Un juego que solo entendía yo

No era un fastidio, era casi lo mejor del momento. Mientras los demás esperaban a que terminaran «las letras» para que empezara la peli de verdad, yo disfrutaba justo de esa parte. Me quedaba mirando a aquellos vaqueros larguiruchos y aquellas mujeres imposiblemente esbeltas pensando que eran graciosísimos, sin sospechar ni por un segundo que estaba viendo algo que no debería estar pasando. Para mí no era un defecto: era sencillamente cómo se veían los títulos de crédito, una especie de norma del universo televisivo que nadie me había explicado pero que yo daba por buena.

Lo asumí con la misma naturalidad con la que un niño asume cualquier cosa del mundo que le rodea. Las cosas caían hacia abajo, el agua mojaba y la gente salía estirada cuando empezaba una película. Punto. Tardaría muchos años en darme cuenta de que aquel pequeño espectáculo tenía una explicación, y de que era el síntoma visible de un conflicto que se libraba, sin que yo lo supiera, dentro de aquel mueble enorme del salón.

Lo raro es que solo pasaba al principio

Hay un detalle de aquel recuerdo que tardé en colocar en su sitio, y que resulta ser la pieza clave del rompecabezas. El estiramiento se daba sobre todo en los títulos de entrada, los del principio, no tanto en los del final. Y eso, que parece un capricho, tiene todo el sentido del mundo en cuanto sabes lo que estaba ocurriendo.

Los créditos iniciales se montaban encima de imágenes reales: la primera escena de la película, un paisaje, unos personajes caminando, un tren entrando en un pueblo. Letras y acción ocupaban la pantalla a la vez. Los finales, en cambio, eran casi siempre una lista de nombres que subía despacio sobre un fondo negro. Y ahí está la gracia: lo que deformaba a los actores no afectaba a una pantalla en negro, porque un rectángulo oscuro estirado sigue siendo un rectángulo oscuro. Por eso la magia, mi pequeña diversión privada, estaba reservada al arranque de la función. Mi memoria de niño había registrado con exactitud el único lugar donde el truco se delataba.

Para entender aquello, primero hay que recordar la tele

El televisor de entonces no era una lámina colgada de la pared, sino una caja con fondo, un mueble con su buena profundidad porque dentro vivía un tubo de rayos catódicos que necesitaba sitio para funcionar. Reinaba en una esquina del salón, con su tapete encima y sus fotos de familia, y tenía una forma que hoy nos chocaría: casi un cuadrado. Para ser exactos, una proporción de 4:3, cuatro de ancho por tres de alto, con las esquinas un poco redondeadas.

Esa forma cuadrada no era un capricho del fabricante. La televisión había heredado las proporciones que el cine usó en sus primeras décadas, y durante un tiempo todo encajó sin demasiados problemas. Cine y tele hablaban más o menos el mismo idioma de formas. El conflicto, el que me regalaba a mí los actores estirados, llegó cuando el cine decidió crecer a lo ancho y dejó a la pobre tele anclada en su cuadradito de siempre.

El cine se había ido por los lados

A partir de los años cincuenta, el cine quiso diferenciarse de aquel electrodoméstico que empezaba a robarle espectadores, y la respuesta fue ensanchar la pantalla hasta extremos espectaculares. Llegaron el CinemaScope, el Panavision y compañía, con proporciones de 2.35:1, casi el doble de anchas que altas. Paisajes interminables, batallas de lado a lado, una grandeza pensada para la sala oscura.

El problema es que esa maravilla no cabía en el cubo del salón. Cuando una de aquellas películas tenía que emitirse por televisión, alguien en la cadena se encontraba con un acertijo geométrico sin solución perfecta: cómo meter una imagen larguísima y estrecha dentro de un marco casi cuadrado. Las matemáticas no perdonan, y por una vía o por otra siempre había que sacrificar algo. Lo único que cambiaba era qué se sacrificaba.

Recortar o aplastar: las dos salidas

La opción más respetuosa habría sido dejar la película tal cual y rellenar el hueco con dos franjas negras arriba y abajo, lo que más tarde aprenderíamos a llamar formato buzón. Pero en su día aquello se veía como un fracaso: el público se quejaba de que le habían robado media pantalla o de que la tele estaba estropeada. Así que la técnica habitual durante toda mi infancia fue otra, mucho más invasiva, conocida en la jerga como pan and scan: quedarse solo con un recorte de 4:3 dentro del fotograma ancho, descartando los extremos, y mover esa ventana de un lado a otro para seguir la acción.

El recorte funcionaba mientras lo importante pasaba por el centro. Pero con los títulos de entrada surgía un problema: los nombres del reparto suelen repartirse a lo ancho de toda la pantalla, pegados a los bordes. Si en ese momento la tele recortaba como siempre, se comía media nómina del equipo. La solución era astuta y, para un niño, profundamente cómica: en lugar de recortar, comprimían. Cogían el fotograma entero y lo aplastaban horizontalmente hasta que cabía en el cuadrado, sin perder una sola letra. ¿El precio de no recortar nada? Deformarlo todo. Y ahí estaban mis actores estirados.

Lo más fácil es verlo. En este esquema, una misma escena pasa por las dos soluciones; fíjate en lo que le ocurre a la persona y a las palabras de los extremos en cada caso:

Comparación entre recorte (pan and scan) y compresión de una imagen panorámica en una pantalla 4:3

Y aquí encaja por fin mi recuerdo. Durante la película, la cadena recortaba, así que las proporciones de la gente eran normales aunque me estuviera perdiendo los bordes del plano sin saberlo. Pero en cuanto llegaban los títulos del principio, superpuestos a esa primera imagen, la tele dejaba de recortar y se ponía a comprimir para no dejar fuera ningún nombre. De golpe, todo el mundo adelgazaba y crecía. Cuando los títulos terminaban y empezaba la acción de verdad, las personas volvían a su anchura normal y la fiesta se acababa. Por eso solo pasaba al empezar.

El malentendido feliz

Lo que más me gusta de esta historia es que fue un equívoco compartido por toda una generación. Asimilamos sin rechistar que la imagen de la tele se comportaba de cierta manera, con sus recortes y sus estiramientos, y lo aceptamos como una ley natural. No sabíamos que estábamos viendo versiones recortadas y deformadas de las películas; creíamos que aquello era, sin más, el cine en casa.

Y nadie nos engañaba con mala intención. Las cadenas hacían lo que podían con la tecnología de la época y con un público que prefería la pantalla llena aunque fuera a costa de la fidelidad. Mientras tanto, un crío en una esquina del sofá disfrutaba de los actores larguiruchos del principio sin sospechar que aquel efecto era una decisión de ingeniería tomada para no recortarle el nombre al director de fotografía. Mi diversión era el residuo de un problema técnico ajeno por completo a mí.

Hoy, con la imagen en su sitio

La paz entre el cine y la tele acabó llegando. Primero con el DVD, que empezó a ofrecer las películas en su formato original, franjas negras incluidas, hasta que dejamos de verlas como un defecto para entenderlas como un signo de respeto. Y después con las pantallas anchas: ese 16:9 que hoy nos parece el orden natural de las cosas es en realidad una solución de compromiso bastante elegante, situada más o menos a medio camino entre el viejo 4:3 y el ancho del cine, de modo que ninguno de los dos sale demasiado malparado. Con las pantallas planas desapareció además aquel mueble profundo y pesado, y con él una época entera.

Ahora veo las películas con la imagen en su sitio, sin recortes ni estiramientos, y está bien que así sea. Pero confieso que cada vez que arrancan unos títulos de entrada perfectamente proporcionados echo de menos a aquellos vaqueros flacos y a aquellas mujeres imposibles que me hacían reír sin saber por qué. Eran un fallo técnico, sí. Pero también fueron una pequeña magia involuntaria de las tardes de sábado, y de eso, por suerte, no se olvida uno nunca.

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