El romance de verano que no tuvimos
Koldo, la piscina de Deusto y las tardes de una adolescencia en la que los dos sabíamos exactamente lo que éramos y ninguno se atrevió a decirlo en voz alta.

El instituto me enseñó trigonometría, los ríos de la vertiente cantábrica y, sobre todo, a no mirar. Entre los catorce y los diecisiete años dediqué una cantidad absurda de energía a una asignatura que no aparecía en ningún boletín de notas: parecer exactamente lo que se esperaba de mí. Que no se notase. Que nadie tuviera motivos para preguntar.
Porque yo era gay y lo sabía perfectamente. Esa parte nunca estuvo en duda. Lo que estaba en duda, todos los días y a todas horas, era si el resto del mundo iba a enterarse antes de que yo estuviese preparado para contarlo. Y a finales de los ochenta, en un instituto de Bilbao, no estar preparado era la única opción disponible.
Hubo un par de conatos de bullying, algún encierro en el baño y las gracias previsibles de siempre. Nada dramático, la verdad. Comparado con lo que sé que vivieron otros de mi generación, tuve una adolescencia razonablemente tranquila. Pero esa tranquilidad tenía un precio y lo pagué en vigilancia permanente: administrar la mirada, el gesto, el tono de voz, la manera de sentarme en el pupitre. Un trabajo silencioso, constante y agotador que hacía en paralelo a los exámenes de física y del que nadie a mi alrededor tuvo jamás la más mínima sospecha.
Saberlo desde crío, admitirlo mucho más tarde
No hubo revelación, ni momento fundacional, ni gran descubrimiento adolescente. Lo sabía desde crío, mucho antes de tener las palabras para nombrarlo y bastante antes de entender que aquello iba a condicionarme la vida. Otra cosa distinta era reconocerlo. Ahí hay una diferencia que creo que la gente heterosexual no llega a calibrar del todo: saber quién eres y admitir quién eres son dos operaciones separadas, y la segunda puede tardar años en llegar. A veces décadas.
Decirlo a los demás era sencillamente impensable. Pero es que decírmelo a mí mismo, formularlo en voz alta dentro de mi propia cabeza sin que se me acelerase el pulso, tampoco resultaba fácil. Uno crece absorbiendo el clima que le rodea, y el clima de aquellos años no invitaba precisamente a la claridad. Ser gay aparecía en la televisión como chiste o como tragedia, casi nunca como una vida normal y corriente con hipoteca, vacaciones y discusiones sobre quién baja la basura.
Así que aprendí lo que aprendimos casi todos: a gestionar. Y lo curioso del disimulo es que se convierte en una segunda naturaleza tan eficaz que acabas usándolo también contra ti. Pasas tantas horas al día negando hacia fuera que empiezas a negociar hacia dentro, a rebajar, a decirte que igual no es para tanto, que ya se verá, que hay tiempo. Hay tiempo, sí. Pero mientras tanto la adolescencia se te está pasando.
El vestuario, o el examen semanal
El gimnasio era el momento crítico. Ahí se concentraba todo: el miedo a que se notase, el esfuerzo consciente de no mirar más de lo que debía, la coreografía de cambiarse rápido, mirar al suelo y hablar de fútbol para que nadie sospechase nada. Un adolescente heterosexual entra en un vestuario y se cambia de ropa. Yo entraba en un vestuario y ejecutaba un protocolo.
Y el cuerpo, a esa edad, es un chivato pésimo. Siempre dispuesto a delatarte en el peor momento posible, con una lógica propia que no atiende a razones ni a estrategias de supervivencia. Buena parte de aquellos años consistió en gestionar esa contradicción: una cabeza empeñada en pasar desapercibida y un organismo de dieciséis años que iba por libre.
Mientras tanto, en el otro carril de la vida, ocurría lo que le ocurre a todo el mundo a esa edad. Había chicas interesadas. Hubo algún beso inocente, de esos de portal y de nervios, que acepté sin entusiasmo y sin rechazo, más por encajar en el guion que por otra cosa. No me arrepiento de aquellos besos ni creo que hiciese daño a nadie: éramos críos ensayando a ser mayores. Pero recuerdo con precisión la sensación de estar interpretando un papel bastante bien escrito y bastante mal repartido.
Koldo
Koldo iba a mi instituto. No éramos íntimos, pero nos llevábamos bien, con esa amistad adolescente que se construye a base de proximidad y aburrimiento compartido más que de grandes confidencias. Visto con la distancia de los años, estoy convencido de que él estaba exactamente en la misma situación que yo. Con la misma prudencia. Con el mismo arte de ocultación, que era un arte, y de los buenos.
Uno reconoce a los suyos aunque no sepa que los está reconociendo. Hay una manera de mirar hacia otro lado que solo tienen los que están mirando. Una forma de no decir ciertas cosas que es distinta de simplemente no tener nada que decir. No tengo ninguna prueba, nunca hablamos de ello, y a estas alturas no la voy a tener nunca. Pero, con los años, sigo pensando que sí.
Durante una temporada quedábamos por las tardes para ir a la piscina de Deusto. Hacíamos algo de deporte y estoy bastante seguro de que los dos íbamos también por lo otro: por la posibilidad de estar cerca, de ver algo más de piel, de tener una excusa perfectamente legítima para pasar tres horas con un chico en bañador sin que aquello significase nada ante nadie. La piscina era el escenario ideal precisamente porque no exigía ninguna explicación.
Las tardes de agua
Olía a cloro, a suelo mojado y a esa humedad de vestuario que se te queda pegada al pelo hasta la noche. Íbamos dos o tres tardes por semana, después de clase, con la bolsa de deporte colgada del hombro y una conversación tonta sobre exámenes que se apagaba en cuanto entrábamos por la puerta de cristal.
No pasó nada. Nunca. Ni el más mínimo atisbo de nada romántico, ni una conversación con doble fondo, ni un silencio que se estirase demasiado. Creo sinceramente que los dos teníamos demasiado miedo, y que ese miedo funcionaba como un muro que ninguno de los dos iba a saltar jamás.
Lo que sí hubo fueron abrazos de amigos que duraban un segundo de más, empujones dentro del agua, competiciones absurdas a ver quién aguantaba más tiempo sumergido, la excusa de la broma para tocarse el hombro o el cuello. Y hubo también, por mi parte y por la suya —de eso también me acuerdo, y con el tiempo he atado bastantes cabos—, más de un salto repentino al agua para que el cuerpo dejase de decir en alto lo que la boca no pensaba decir. Uno se ríe ahora. Entonces era terror puro.
Aquellas tardes tenían una intensidad que no se correspondía con nada de lo que estaba ocurriendo objetivamente. Dos chavales nadando y haciendo el idiota. Y a la vez toda una vida emocional funcionando a pleno rendimiento por debajo de la línea de flotación, sin salir jamás a la superficie.
Lo que la época nos quitó sin que nos enterásemos
Al llegar a la universidad nos perdimos la pista. Sin dramas ni despedidas, como se pierde la pista de tanta gente a los dieciocho años. No he vuelto a saber nada de él.
Y aquí viene lo único que me duele un poco, aunque duele de una forma muy suave, casi cómoda. No estoy diciendo que Koldo fuese el amor de mi vida. No lo era, y no tengo la más mínima fantasía de que aquello hubiera acabado en nada duradero. Lo que digo es que la presión social de la época y nuestros propios miedos nos quitaron algo mucho más pequeño y mucho más concreto: el típico romance de verano. Ese que las películas les venden a los adolescentes heterosexuales como un derecho adquirido. El tonteo torpe, la primera vez, el corazón roto en septiembre, la anécdota que cuentas veinte años después entre risas.
Nuestros compañeros de clase tuvieron eso. Nosotros tuvimos un protocolo de vestuario y un salto rápido a la piscina. Ellos se estrenaban en el amor; nosotros nos estrenábamos en el disimulo. Esa asimetría, que a los dieciséis años ni siquiera percibes porque crees que el mundo funciona así para todos, se cobra su peaje aunque luego la vida te vaya estupendamente.
Ni arrepentimiento ni herida, solo inventario
Que quede claro: no me arrepiento de nada y no vengo a hacer duelo. He tenido una vida magnífica, relaciones sanas, largas y equilibradas, y una madurez infinitamente más libre que aquella adolescencia. Salí bien parado. Muchos de mi generación no pueden decir lo mismo, y por eso conviene no romantizar demasiado el pasado.
Pero de vez en cuando pienso que este país ha cambiado a una velocidad que a veces se nos olvida valorar, y que ese cambio no es un regalo caído del cielo ni algo garantizado para siempre. Cada chaval de dieciséis años que hoy puede darle la mano a otro en el metro sin hacer el cálculo mental que yo hacía de forma automática está viviendo algo que a nosotros nos habría parecido ciencia ficción. Merece la pena recordar lo que costó, sobre todo ahora que hay quien tiene mucha prisa por hacernos volver.
Ojalá te haya ido bien, Koldo. Ojalá hayas tenido tus propias tardes de agua con quien quisieras y sin necesidad de saltar corriendo a la piscina. Y si nunca te enteraste, o si te enteraste y también preferiste callar, que sepas que en mi cabeza aquellas tardes en Deusto fueron nuestro personal romance de verano.


