Garabatos con pretensiones: Buscando a Tom en Bilbao
Serie de ilustraciones a carboncillo sobre atmósfera ámbar que persigue el deseo masculino con Bilbao como escenario. El cómo se hizo: el primer intento fallido, el carboncillo que llegó casi por accidente, y por qué Tom of Finland nunca estuvo en Bilbao.

Lo que quería hacer era concreto: una galería de arte homoerótico ambientada en Bilbao. Tom of Finland como referencia —los cuerpos, la tensión, los escenarios cotidianos convertidos en espacios de deseo— pero con un lenguaje visual propio, sin quedarme en el homenaje ni en el pastiche. La ciudad de verdad dentro. El deseo como motor, no como decorado.
El primer intento fue una decepción técnicamente satisfactoria, que es la peor clase de decepción. Los dibujos eran bonitos. El estilo era coherente. Los hombres eran impresionantes. Lo que no había entre ellos era nada.
Le pedí a la máquina deseo y me devolvió oficio. Me quedé con veinte estibadores de mandíbula perfecta y ni una sola mirada cargada de intención. Veinte ilustraciones perfectamente inofensivas.
La decepción no duró mucho. El querer, sí.
Primero la tensión
El problema del primer intento no era el concepto —la idea de trasladar el universo de Tom of Finland a Bilbao sigo pensando que es buena— sino el camino. Había perseguido el estilo antes que la tensión, y terminé con algo técnicamente conseguido y emocionalmente vacío. Para la segunda vuelta lo hice al revés.
Primero la tensión. Primero la mirada. Primero lo que quería que hubiera entre los cuerpos, y después el resto.
El carboncillo llegó casi por accidente. Estaba probando texturas y di con un trazo que tenía exactamente lo que buscaba: sucio, visible, la energía del boceto que no ha limpiado sus propias dudas. El dibujo que todavía se está pensando. Sobre ese trazo, una temperatura cálida —ámbar, sepia, óxido— que daba a cada escena una atmósfera sin necesidad de nombrarla. No blanco y negro puro, no color: algo intermedio que ancla las imágenes en una emoción concreta.
Eso fue la semilla. A partir de ahí, ocho galerías.
La misma fantasía, otra mano
La referencia a Tom of Finland sigue siendo la misma: cuerpos hipermasculinos, miradas cargadas de tensión homoerótica, escenarios cotidianos convertidos en espacios de deseo. Las proporciones también son las suyas: esta galería no pretende ser más sobria ni más realista, los volúmenes son igual de imposibles, igual de deliberadamente exagerados. La diferencia está en la técnica y en el tono. Donde Laaksonen usaba tinta limpia, línea rotunda, negro y blanco contundentes, aquí hay carboncillo y grafito, trazo que duda, temperatura sepia. La misma fantasía hipermasculina dibujada con otra mano y desde otro clima.
Bilbao de verdad
Bilbao está dentro de verdad esta vez. No como decorado: como contexto que cambia el sentido de lo que ocurre.
El flysch de la costa vizcaína —esa roca estratificada que parece sacada de otro planeta— aparece en las escenas del amanecer, cuando los cuerpos y el paisaje comparten la misma rugosidad. El metro de Foster, esas bocas de cristal y acero que ya son escultura antes de ser infraestructura, se convierte en escenario de encuentros breves con la electricidad estática de quien espera algo más que un tren. El Casco Viejo, con sus portales de piedra y sus callejones adoquinados, enmarca figuras que ocupan el espacio con una presencia que es casi declaración. Los muelles del Nervión, las grúas, las azoteas con el skyline de la ciudad industrial entre nubes bajas. El parque de Doña Casilda, donde la serie se permite la ternura.
Si la primera vez Bilbao estaba en el decorado, esta vez está en el aire.
¿Ha salido bien? Sí. Esta vez creo que sí.
No sin reservas: hay imágenes que me gustan más que otras, y el trazo a carboncillo tiene momentos en que lo «sucio como decisión estética» se acerca demasiado a «simplemente sucio». Pero el lenguaje visual funciona de principio a fin: la temperatura cálida, el trazo que no se excusa, la composición que juega con la distancia entre cuerpos como si el espacio entre ellos fuera ya parte del deseo. Aunque al final esto no sea nada más que un añadido a mi colección de garabatos.
La tensión que no siempre grita. La mirada como el elemento más erótico de la imagen. Tom of Finland nunca estuvo en Bilbao. Estas doscientas veinticuatro ilustraciones dicen que debería haber venido.
Las ocho galerías
- La primera mirada — el deseo antes de todo
- Acercarse — el paso valiente
- La ciudad cómplice — juntos en público
- Puertas adentro — la intimidad
- Quedarse — la decisión
- Equilibrio — lo que viene después
- Reconocerse — la tribu, lo colectivo
- Deseo — la energía que atraviesa todo, cierre circular
El epílogo y lo que quedó al margen
El círculo de ocho se cerró ahí arriba. Pero de las mismas sesiones salió más material del que cabía en un arco ya redondo, y ese sobrante se publicó por separado, sin pretender ser una novena galería.
Primero, Entregarse: treinta y dos ilustraciones sobre el espectro completo de la rendición, del anillo de compromiso a la sumisión más extrema. No es parte del círculo —es el satélite que rebosó por un lado—, pero habla de un territorio que las ocho galerías originales dejaron fuera a propósito: el cuero, la jerarquía, la entrega total.
Y luego, sin más ambición que la de existir: veintiocho dibujos que salieron de las mismas sesiones que todo lo demás —el mismo carboncillo, el mismo ámbar, el mismo Bilbao dentro—, pero nunca encontraron galería donde vivir. No son los peores del lote; algunos me gustan más que cosas que sí entraron. Se quedaron en el margen del cuaderno, que al fin y al cabo es de donde salen los garabatos.
Aquí abajo están las doscientas ochenta y cuatro imágenes juntas por primera vez: las ocho galerías, Entregarse y lo que quedó al margen.
284 ilustraciones originales: 224 en ocho galerías, 32 en Entregarse y 28 al margen. Técnica mixta digital: carboncillo y grafito sobre atmósfera bilbaína.


