Entregarse: la rendición estaba en la mirada
Serie de ilustraciones a carboncillo sobre atmósfera ámbar que persigue el deseo masculino con Bilbao como escenario. Entrega especial: un recorrido por todo el espectro de la rendición, del anillo de compromiso a la sumisión de la celda.

Buscando a Tom en Bilbao se cerró en círculo a lo largo de ocho galerías: la primera mirada, el acercamiento, la ciudad cómplice, la intimidad, la decisión de quedarse, el equilibrio, la tribu y el deseo. Un recorrido que iba de la tensión a la ternura y que, a propósito, nunca se metió en terreno duro. No había sumisión, no había cuero, no había nadie de rodillas. Y estaba bien que así fuera: cada serie tiene su temperatura, y aquella respiraba romanticismo más que apetito.
Pero al terminar el arco me quedé con la sensación de haber dejado una puerta sin abrir. «Entregarse» es lo que había detrás de esa puerta. No es la novena galería del recorrido —el círculo ya estaba cerrado, y reabrirlo por detrás habría sido tramposo—, sino un satélite que rebosó por un lado. Un garabato más del cajón desastre, pero el más hondo de todos.
El nombre, en infinitivo, es de la misma familia que Acercarse, Quedarse o Reconocerse. Llegó a partir de imágenes descartadas para el proyecto inicial y terminé creando un conjunto nuevo de ilustraciones. Es sangre de la misma serie, solo que nacida cuando ya se habían apagado las luces.
El germen fue una sola mirada
Una imagen de un hombre enorme, de los que podrían partir a cualquiera en dos, arrodillado sobre el suelo de un dormitorio del Ensanche con la luz de la mañana colándose por la ventana. Lleva un arnés de cuero y una correa que sube hasta la mano del otro, que permanece de pie sobre él. Y sin embargo, lo que sostiene la imagen no es el cuero, ni la correa, ni la diferencia de tamaño entre los dos. Es la cara. La manera en que mira hacia arriba, con una mezcla de calma y de necesidad que ninguna atadura consigue dibujar por su cuenta.
Cuando esa imagen apareció entre docenas de intentos fallidos, supe que tenía el corazón de algo. No por el arnés —de arneses está lleno el archivo—, sino porque era la primera vez que la rendición se leía en la expresión y no en el atrezzo. El cuero es vocabulario. La mirada es la frase. Y lo que quería contar no cabía en el vocabulario.
A partir de ahí construí el resto con una idea fija: que la entrega no se quedara en un catálogo de correas y hebillas. Que se notara lo que le pasa por dentro a alguien que decide bajar la guardia. Porque lo más interesante de un hombre poderoso no es su poder, sino el instante exacto en que lo suelta. La vulnerabilidad del fuerte es un material que las ocho galerías anteriores apenas habían rozado, y me apetecía meterle mano de una vez.
Del anillo a la celda
Lo que me interesaba de verdad era el espectro completo, porque entregarse no es una sola cosa. Va desde el sí más gozoso —una pedida de mano junto a la ría, un anillo que cambia de mano bajo un puente— hasta la sumisión más extrema, la del que se arrodilla porque una jerarquía entera lo pone de rodillas. El anillo y la celda parecen polos opuestos, y lo son, pero se dicen el uno al otro la misma frase: esto también es entregarse. Una relación que se sella para toda la vida y una rendición que dura una noche son las dos caras de la misma moneda.
Queda una raya fina que conviene nombrar, sobre todo en las escenas más extremas. Debajo de toda entrega, incluso de la más brutal, hay un sí. La fantasía carcelaria clásica, la del guardia y el preso, siempre tuvo en Tom of Finland un guiño de complicidad: los dos quieren estar ahí. Ese sí escondido es lo que convierte el poder en erotismo y no en abuso, y es la línea sobre la que camina toda la galería. Sin él no hay entrega, hay otra cosa que no me interesa dibujar.
La entrega es lo más masculino que existe
Si algo he aprendido dibujando esto es que rendirse no tiene nada de débil. Lo verdaderamente masculino no es dominar, es atreverse a soltar; hace falta mucha más fuerza para arrodillarse eligiéndolo que para permanecer de pie por costumbre. El hombre enorme del germen, el del arnés y la correa, no es menos hombre por mirar hacia arriba. Es más hombre, precisamente porque se ha permitido algo que casi nadie se permite.
Con «Entregarse», creo que voy a dejar descansar una temporada el carboncillo. El círculo de las ocho galerías iniciales quedó cerrado, esta es la pieza que rebosó, y con eso el proyecto respira completo. Si algún día me vuelve el gusanillo de lo carcelario o lo devocional, esas imágenes seguirán esperando en el margen; pero este proyecto no necesita ya de ninguna continuación, y a veces la mejor forma de respetar una obra es saber cuándo cerrarla. Tom of Finland nunca estuvo en Bilbao. Pero de haber venido, sé perfectamente ante quién se habría arrodillado.
Galería extra. 32 ilustraciones originales. Técnica mixta digital: carboncillo y grafito sobre atmósfera bilbaína.


