La paradoja de la web propia: nunca fue tan fácil ni pareció tan raro
Montar una página personal en 1999 era complicadísimo y absolutamente normal. Hoy es trivial y suena a excentricidad. Sobre cómo se invirtió la ecuación y por qué sigo pagando un dominio.

Mi primera dirección en internet incluía un número de casa. No era una metáfora: GeoCities organizaba a sus usuarios por barrios temáticos, y tu página vivía literalmente en una calle con un número. Si escribías sobre ordenadores te tocaba SiliconValley, si escribías sobre cine ibas a Hollywood, y si te dabas por la ciencia ficción acababas en Area51. Uno no tenía un perfil. Uno tenía un domicilio.
Yo empecé, como casi todos, para enseñar fotos. Estaba pasando unos meses fuera de Bilbao y quería que mi familia viera dónde vivía sin gastarme una fortuna en revelados y sobres. Escaneé una docena de fotografías con un escáner prestado, las metí en una tabla de HTML porque entonces todo se maquetaba con tablas, y subí aquello por FTP a las tres de la mañana, que era cuando la conexión iba medio decente.
Era una página espantosa. Y en 1999 no le pareció rara absolutamente a nadie.
Lo que costaba de verdad tener una página en 1999
Conviene recordar el trabajo que había detrás de aquellos horrores con fondo de estrellas, porque tendemos a contarlo como si fuera fácil. No lo era en absoluto.
Había que aprender HTML a pelo, sin más ayuda que ver el código fuente de otras páginas y copiar lo que parecía funcionar. Había que entender qué demonios era un cliente FTP, conseguir uno, configurarlo con datos que venían en una carta del proveedor y rezar para que la conexión no se cortara a mitad de la subida. Había que optimizar las imágenes a mano hasta dejarlas en cuarenta kilobytes, porque quien te visitaba estaba con un módem de 56k y a lo mejor pagando la llamada por minutos. Había que pelearse con los GIF transparentes, con los espaciadores de un píxel, con Netscape y con Explorer, que interpretaban lo mismo de dos maneras distintas por pura maldad.
Y aun así, con todo eso en contra, tener una página personal era lo más normal del mundo. La tenía el compañero de clase, la peña gastronómica, la asociación de montaña, el aficionado a los trenes, el coleccionista de minerales y el señor que había digitalizado el archivo fotográfico de su pueblo. Nadie preguntaba para qué. La respuesta obvia era: porque puedo.
Y ahora, la parte incómoda
Hagamos la comparación honesta. Hoy, registrar un dominio cuesta menos que una comida en cualquier sitio decente. El alojamiento decente arranca en unos pocos euros al mes, y si te apañas con un generador estático hay opciones gratuitas de sobra. Puedes tener una web publicada, con certificado de seguridad, funcionando en el móvil y cargando en medio segundo, en el tiempo que tardas en tomarte un café.
No hace falta saber HTML. No hace falta un cliente FTP. No hace falta optimizar nada a mano. La barrera técnica, que era la de verdad, se ha desplomado hasta prácticamente desaparecer.
Y sin embargo, tener una página propia hoy suena a excentricidad. A hobby de señor con demasiado tiempo libre. A cosa que hace la gente que también monta ordenadores por piezas o tuesta su propio café.
Ahí está la inversión completa: cuando era difícil, era normal. Ahora que es fácil, es raro. Y si algo se vuelve más sencillo y a la vez menos frecuente, el motivo no puede ser técnico.
Una parte de la explicación es generacional, y de eso ya escribí en La web indie y sus canas: quienes seguimos manteniendo un dominio propio y leyendo RSS tenemos una edad media que ronda los cuarenta y muchos, y no existe ningún relevo organizado porque nadie tiene el menor incentivo en contarle a alguien de veinte años que hay una alternativa. Aquella pregunta era quién sigue aquí dentro.
La de hoy es anterior y me parece más incómoda: por qué dejó de parecernos normal. Porque el cambio no afecta solo a los que llegaron después. Nos afecta a los que estábamos, que también hemos ido interiorizando que un espacio propio necesita una excusa.
La primera pregunta cambió, y con ella todo lo demás
Creo que la clave está en el orden de las preguntas. Antes, la primera pregunta era qué quiero publicar. La respuesta a dónde venía después y era casi administrativa: donde pueda, donde me den espacio, donde tenga sitio.
Ahora la primera pregunta es dónde lo publico. Si son fotos, Instagram. Si es texto profesional, LinkedIn. Si es un vídeo, YouTube o TikTok. Si es una idea suelta, la red de moda de ese trimestre. El formato del contenido determina la plataforma antes incluso de que exista el contenido, y la plataforma determina después la forma, la longitud, el tono y quién lo va a ver.
Parece un matiz de orden, pero no lo es. Una página personal empieza con una dirección. Un perfil empieza con una cuenta. Y una dirección y una cuenta son cosas jurídicamente distintas: la primera es un alquiler que tú renuevas, la segunda es un permiso que alguien te concede y puede retirarte sin darte explicaciones, porque lo pone en unas condiciones de uso que aceptaste sin leer.
El 26 de octubre de 2009
Si alguien piensa que esto es alarmismo, hay una fecha que lo zanja.
Yahoo compró GeoCities en 1999 por unos 3.650 millones de dólares. Diez años después decidió que aquello ya no encajaba en su estrategia y anunció el cierre. El 26 de octubre de 2009 formatearon los servidores. No hubo exportación, ni copia de seguridad, ni periodo de gracia largo: se acabó, y lo que estaba allí dejó de ser recuperable. Millones de páginas, quince años de rarezas, aficiones, archivos familiares y fotos de vacaciones desaparecieron en una tarde de mantenimiento.
El mensaje de despedida decía que habían disfrutado alojando aquellas páginas y que estaban orgullosos de la comunidad que habían construido. Es una frase magnífica para poner justo encima del botón de formatear. Se salvó bastante material, pero no gracias a la empresa: lo rescataron a la desesperada el Internet Archive y un grupo de voluntarios que se dedicaron a copiar todo lo que pudieron antes de la fecha límite.
Desde entonces la lista ha seguido creciendo con nombres que también parecían eternos. Y cada vez ocurre lo mismo: el contenido era tuyo, pero el sitio donde vivía no.
Por qué preguntamos "para qué"
Lo que más me llama la atención no es que la gente use plataformas. Las plataformas resuelven problemas reales: son cómodas, inmediatas, no hay que mantener nada y te ponen delante de una audiencia que ya está allí. Sería absurdo despreciarlas, y yo tengo cuentas en varias.
Lo que me llama la atención es que hoy una web propia parezca necesitar una justificación. ¿Para qué quieres una página si ya tienes Instagram? ¿Para qué un blog si puedes publicar un hilo? ¿Para qué pagar un dominio si el perfil es gratis? Nadie preguntaba eso en 1999, cuando montarla costaba diez veces más esfuerzo.
La pregunta esconde una premisa: que el espacio propio tiene que ser rentable de alguna manera, en visitas, en clientes o en oportunidades profesionales. Y yo creo que funciona justo al revés. La utilidad de una página personal es precisamente no depender de que a una empresa le siga pareciendo útil que exista. No es una función más: es la única que las plataformas no pueden ofrecer, por definición.
Lo que hago yo, por si sirve de algo
Mantengo este sitio desde hace años sin ninguna estrategia, y lo digo sin coquetería. Aquí hay relatos de ciencia ficción, artículos de viajes, ilustraciones hechas con inteligencia artificial, quejas sobre trámites administrativos, recuerdos de infancia y notas técnicas que probablemente no lea nadie más que yo dentro de dos años, cuando me vuelva a pasar lo mismo. No hay línea editorial. No hay nicho. No hay calendario de publicación. En cualquier consultoría de marketing digital esto sería un caso de estudio sobre lo que no se debe hacer.
También he hecho limpieza en el otro lado. Cerré Instagram sin dramatismos, más que nada porque me di cuenta de que estaba escribiendo pies de foto para un algoritmo y no para personas. No he montado ninguna cruzada al respecto ni pretendo convencer a nadie: simplemente dejé de encontrarle sentido a producir contenido gratis en un sitio donde ni siquiera controlaba quién lo veía.
Y sigo pagando un dominio y un alojamiento cada año, que es un gasto tan pequeño que ni lo noto y una decisión tan pequeña que casi da vergüenza llamarla decisión. La diferencia es que si mañana esta web desaparece, será porque yo he hecho algo mal. No porque a alguien le haya dejado de encajar en su estrategia.
No es nostalgia, es aritmética
Quiero dejar claro que no echo de menos los GIF animados, ni los contadores de visitas, ni las páginas que sonaban a MIDI al abrirse. Aquello era feo con ganas y funcionaba fatal. La web de ahora es infinitamente mejor en casi todo lo mesurable.
Lo que sí echo de menos es la costumbre. La idea de que ocupar un pequeño rincón propio de la red era lo normal, lo que hacía cualquiera, sin necesidad de tener nada especialmente interesante que contar. Esa costumbre se perdió no porque se volviera difícil, sino porque apareció algo más cómodo, y lo cómodo siempre gana. Es comprensible y probablemente irreversible.
Pero la paradoja sigue ahí, y merece la pena mirarla de frente al menos una vez: en 1999 tenías que aprender HTML, pelearte con un módem y subir archivos a las tres de la mañana, y nadie te preguntaba por qué lo hacías. En 2026 puedes tenerlo todo montado antes de terminarte el café, y lo primero que te preguntan es para qué.
La respuesta, veintisiete años después, sigue siendo exactamente la misma. Porque puedo.


