Anarcoma llegó veinte años antes que Marvel
Mientras en Nueva York discutían si un superhéroe podía decir que era gay, en Barcelona ya se vendían en el quiosco las historietas de Nazario. La historia de la detective travesti que Europa tradujo y Estados Unidos censuró.

Cuando escribí sobre Northstar y su salida del armario me quedé con una espina clavada. Toda aquella historia gira en torno a un permiso: quién autoriza, qué departamento lo veta, cuántos años tarda un guionista en conseguir que le dejen escribir dos palabras. Y mientras iba tirando del hilo se me apareció una fecha que descoloca el relato entero.
1975, ese es el año en que Nazario autoeditó La Piraña Divina en Barcelona, de forma clandestina, con Franco todavía vivo. Diecisiete años antes de que Marvel se atreviera con lo suyo.
Un maestro que dejó la escuela
Nazario Luque nació en 1944 en Castilleja del Campo, un pueblo de Sevilla, y llegó a Barcelona en 1972 con una plaza de maestro bajo el brazo y la intención firme de dejarla en cuanto pudiera ganarse la vida dibujando. Lo del colegio duró poco. Lo de vivir de los tebeos costó bastante más.
Los años siguientes son los de la Barcelona libertaria y canalla del final del franquismo: pisos compartidos, comunas, tugurios, y una homosexualidad vivida sin demasiados complejos en un país donde todavía existía la Ley de Peligrosidad Social. Ahí empezó a publicar historietas abiertamente gais en el fanzine El Rrollo Enmascarado, y también en Star y en la revista francesa Zinc. La Piraña Divina salió de aquello: edición clandestina, dieciséis páginas dobles, y una segunda edición fotocopiada y pirata en Madrid al año siguiente.
Hay que pararse un segundo en la palabra clandestina. No era una decisión estética ni una pose contracultural. Publicar aquello en 1975 podía costarte un disgusto serio con la autoridad competente.
Ni Modesty Blaise ni un detective de manual
En 1977 Nazario empezó a darle vueltas al personaje que lo cambiaría todo. Quería retratar el ambiente que conocía de primera mano: bares de transformistas, chaperos, chulos, la fauna nocturna de una ciudad que aún no se había puesto guapa para nadie. Y necesitaba a alguien que pudiera moverse por ahí con total libertad.
Su primera idea fue un detective homosexual, pero no le cuadraba. Una heroína al estilo Modesty Blaise o Barbarella tampoco: no la veía entrando en según qué antros. La solución fue Anarcoma, detective travesti, mitad Humphrey Bogart y mitad Lauren Bacall según su propio autor, con impunidad para colarse en cualquier sitio. El nombre sale de fundir anarco con carcoma, que ya dice bastante de por dónde iba el asunto. Hoy mucha gente la reivindica directamente como icono trans, y la discusión sobre cómo etiquetarla sigue viva.
A su alrededor montó un mundo entero: el robot XM2, capaz de matar de placer, creado por un profesor Onliyú que viene a ser un Bacterio enganchado al sexo. La trama es noir delirante, el sexo es explícito hasta lo pornográfico, y por debajo late una comedia bastante gamberra.
La primera portada de El Víbora
Anarcoma apareció de forma intermitente en la revista Rambla, pero su consagración llegó en 1980 con el nacimiento de El Víbora. Nazario dibujó la primera portada de la revista y su detective se convirtió en el personaje emblemático desde el número uno. Las cuarenta y ocho páginas en color de la primera aventura larga se fueron publicando a lo largo de los ocho primeros números.
Y aquí está la anomalía que a mí me parece más gorda de toda la historia. El Víbora era una revista de público mayoritariamente heterosexual, quiosquera, de las que compraba cualquier chaval con ganas de cómic adulto. Las historietas de Nazario eran homosexuales y explícitas. No se armó ningún escándalo. Ninguno. Los lectores las asumieron como una sección más de la casa, igual que asumían a Mariscal, a Max o a Ceesepe.
Piénsalo en paralelo con lo que estaba pasando al otro lado del Atlántico. En esos mismos años, en Marvel funcionaba una política interna que impedía que un personaje fuera abiertamente gay, y a Bill Mantlo le obligaban a convertir el sida de Northstar en un problema de hadas. Aquí, en un país que acababa de salir de cuarenta años de dictadura, la detective travesti se vendía en el quiosco de la esquina sin que nadie pestañeara.
Traducida en media Europa, censurada en Estados Unidos
En 1983 La Cúpula publicó el álbum de Anarcoma y el personaje salió de gira. Ese mismo año se tradujo al inglés en Nueva York, al francés en París y al alemán en Frankfurt. Marc Almond, el de Soft Cell, le dedicó una canción. Una segunda entrega llegaría en 1987.
Y en Estados Unidos la censuraron.
Esa frase merece quedarse sola, porque resume la paradoja completa. El país que exportaba al mundo entero sus superhéroes en mallas, el que llevaba décadas con un código de autocensura vigilando qué se podía dibujar, recibió el cómic español más celebrado del momento y lo apartó. Mientras tanto sus propios lectores esperaban a que un editor diera permiso para que un mutante canadiense dijera dos palabras. En el cómic gay, durante unos cuantos años, ellos fueron la periferia y nosotros el centro.
Lo que significaba tenerlo en el quiosco
Me pilla todo esto un poco de refilón por edad. En 1983 yo tenía nueve años y mi relación con los tebeos pasaba por Mortadelo. Cuando llegué a la edad de merodear el expositor de las revistas adultas, El Víbora llevaba años siendo un clásico y Anarcoma formaba parte del paisaje sin que yo tuviera ni idea de lo que había supuesto.
Y ahí está la otra mitad del asunto. Que el material estuviera disponible no significa que estuviera accesible. Un adolescente de barrio no se planta delante de un quiosco a hojear una revista con dos hombres follando en portada, por muy normalizada que estuviera la publicación en términos de mercado. La libertad editorial iba muy por delante de la libertad de un chaval de dieciséis años en Bilbao para coger algo de un estante. El permiso que faltaba no era el del editor: era el mío.
Lo cual no le quita ningún mérito a Nazario, más bien al contrario. Su generación se peleó por que aquello existiera y estuviera ahí, disponible, esperando. Que unos cuantos tardáramos diez años en atrevernos a mirarlo ya es cosa nuestra y de la época que nos tocó.
Y ahora, el resto de Europa
Con esto queda desmontada la idea de que el cómic gay empezó cuando un superhéroe se decidió a hablar. Empezó bastante antes, en otro sitio y de otra manera, y España tuvo un papel de primera fila.
Pero Nazario no estaba solo. En Alemania había un exaprendiz de carpintero dibujando a dos novios con unas narices imposibles que acabaría vendiendo millones de ejemplares, y en Italia y Francia se estaba cocinando una forma de contar todo esto que no necesitaba ni capas ni underground.


