El referente que tuve que ir a buscar

Resaca del Día del Orgullo, con la purpurina aún sin barrer, y en lugar de pensar en banderas me acuerdo de un hombre al que no veo desde hace casi treinta años. Lo conocí con veintipocos, por un canal de chat, en un Bilbao sin móviles, y aunque entre nosotros no llegó a haber una historia, fue mi primer referente de verdad. Una reflexión sobre los espejos que se ven desde lejos y los que tenemos al lado.

Un hombre corpulento de espaldas anchas, en vaqueros y camiseta blanca, junto a la ventana de un café en Bilbao.

Ayer terminó el Día del Orgullo, aunque la purpurina nunca se barre del todo y, además, en Madrid y en buena parte de España la fiesta aún está por llegar. Quizá por eso, en lugar de pasar la tarde pensando en banderas, me sorprendí acordándome de Patricio, un hombre al que no veo desde hace casi treinta años y al que, a estas alturas de la vida, le debo bastante más de lo que él llegó a imaginar.

Nos conocimos a mediados de los noventa, en un internet que hoy costaría reconocer: sin móviles, sin apps, sin fotografías que tardaran menos de un minuto en cargar. La puerta de entrada eran los canales de IRC, el Internet Relay Chat, aquellas salas de texto puro en las que uno elegía un apodo y se lanzaba a hablar con desconocidos, línea a línea y en tiempo real. Para un chico que todavía no había salido del armario, aquello fue una pequeña revolución silenciosa: por primera vez podía asomarme a gente como yo sin tener que empujar la puerta de un bar, desde mi propia habitación y al abrigo del anonimato. En uno de esos canales apareció Patricio.

En aquel mundo en el que nadie llevaba un teléfono en el bolsillo, lo natural era intercambiar el número de casa. Yo me apunté su teléfono fijo; el mío, el del piso de mis padres en el que aún vivía, creo que nunca llegué a dárselo. Quedamos por primera vez en el café Iruña, frente a los jardines de Albia. Fué sugerencia suya y me pareció bien: era céntrico, era público y era bonito. Yo tenía la costumbre, antes de cualquier encuentro más íntimo, de vernos primero en un sitio público para hacerme con calma una primera impresión.

Tras un rato de conversación, Patricio me miró y, con un desparpajo que todavía recuerdo, me hizo dos preguntas seguidas: si me gustaba y si me apetecía subir a su casa. Le dije que sí, y se le dibujó una sonrisa enorme. Por dentro yo solo era capaz de pensar una cosa: ¿pero cómo no me ibas a gustar?

El bajo de los techos altos

Vivía a un paso de allí, en un bajo pequeño, de una sola habitación. Sobre el papel no era gran cosa, pero tenía dos virtudes que para mí lo convertían en un palacio. La primera, unos techos altísimos, de esos que solo regalan los edificios viejos del centro y que hacían respirar aquel espacio mínimo como si midiera el doble. La segunda, y más importante: era suyo. Enteramente suyo. Para un chaval de veinte años que seguía durmiendo en el cuarto de casa de sus padres, una vivienda propia era poco menos que ciencia ficción.

Patricio era un hombre contundente. No especialmente musculoso, pero de una constitución imponente: la espalda anchísima dibujando una uve, el pecho enorme, unos brazos que no se abarcaban de una sola mirada. Lo recuerdo siempre en vaqueros y camiseta blanca, esa que le ceñía el pecho y le dejaba los brazos al aire. Me había contado que en el trabajo vestía de traje —aunque nunca llegué a vérselo puesto—, y me bastaba imaginarlo para entender que nadie, al cruzárselo en una oficina, lo habría señalado jamás como homosexual. Era rotundamente masculino, y para el chico que yo era entonces eso lo cambiaba todo, porque rompía de un plumazo la única imagen del hombre gay que me había llegado hasta ese momento.

Y no era solo aquella planta imponente. Patricio sentía pasión por los libros, y una de aquellas tardes sostuvo ante mí —porque pesaba demasiado para apoyarlo en ningún sitio— un enorme volumen de ilustraciones de arte de la editorial Taschen. Aún hoy no sabría decir qué me impresionó más en ese instante: si su bíceps tensándose para aguantar el libraco o la cara de pura ilusión con que me lo mostraba, con una sonrisa un punto bobalicona, de crío enseñando su tesoro. Esa mezcla suya, la del corpachón y la ternura, es la que lo volvía, a mis ojos, alguien a quien querer parecerse.

Tenía, además, una manía que me hacía una gracia tremenda. En la cama guardaba una almohada "de día", puramente decorativa, que retiraba con cuidado y sustituía por otra distinta para dormir o para acostarnos, no fuera a deformarse la primera. Treinta años después es justo ese detalle, tan tonto como tierno, el que me lo devuelve entero. Y recuerdo con nitidez que, en alguna de aquellas tardes, miré a mi alrededor y pensé: esto es lo que yo quiero para mí. No su cuerpo, ni siquiera el momento; su vida. La casa, el trabajo, esa presencia, esa manera de existir sin pedir perdón y sin agachar la cabeza.

Antes de él, solo había aprendido a qué no parecerme

Porque hasta que llegó Patricio, los pocos homosexuales que yo había conocido no eran modelos, sino advertencias. Me viene a la memoria un vecino, un primo segundo, figuras que en mi infancia me llegaban ya emborronadas por el desdén con que se hablaba de ellos en casa. No eran un "mira, se puede vivir así", sino un "no se te ocurra acabar como ese". Cuesta explicar el daño callado que hace crecer con tus únicos espejos rotos de antemano.

Por eso mi primer referente no lo heredé, lo tuve que ir a buscar. Tuve que salir, ya con dieciocho o veinte años y lejos del radio de mi familia, a rastrear casi a ciegas, a través de una pantalla de fósforo verde, aquello que en casa no solo no me daban, sino que me presentaban como una amenaza. Y lo encontré. No en un libro ni en una sala de cine, sino en un café de los jardines de Albia, con la forma muy concreta de un hombre grande con una camiseta blanca.

Los referentes que salían en la tele llegaron después

Los otros referentes, los de los titulares y los platós, tardarían bastante más en aparecer. Hoy, por fortuna, no escasean: hemos crecido con Jesús Vázquez en la pantalla, tenemos a un ministro como Fernando Grande-Marlaska, a un escritor como Máximo Huerta, por no remontarnos al legado de Lorca; hay actrices como Anabel Alonso, cantantes como María Peláe, y en el mundo trans una genealogía entera que va de un mito como Bibiana Fernández a la generación que hoy encarna Jedet. Su visibilidad es valiosísima, y no seré yo quien lo discuta: para el adolescente que se cree el único raro de su pueblo, encender la tele y encontrarse de pronto con alguien así puede ser, literalmente, una cuerda a la que agarrarse.

Pero esos referentes, por su propia naturaleza, viven lejos. Están en otra pantalla, en otra ciudad, en una vida que desde el sofá se intuye casi irreal. Inspiran, vaya si inspiran, pero no te los cruzas en el portal ni te preguntan si te apetece subir a su casa. Patricio, en cambio, estaba a cinco minutos del Iruña, en un bajo de techos altos, y podía tocarlo. Esa cercanía me enseñó algo que ningún rostro famoso habría podido enseñarme: que aquella no era una vida ajena y de mentira, vista a través de un cristal, sino una vida verdadera, cotidiana y, sobre todo, a mi alcance.

A lo mejor, ahora, el referente lo soy yo

Conviene que aclare una cosa, no vaya a parecer lo que no fue: Patricio no fue mi primer amor, ni siquiera mi primera relación. Para entonces yo ya había tenido unos cuantos encuentros esporádicos, y con él tampoco hubo la intimidad suficiente como para enamorarme. Lo que ocurre es que aquellos otros encuentros solo servían para saciar un deseo puntual y se esfumaban sin dejar poso —de la mayoría no recordaría hoy ni el nombre—, mientras que Patricio me dejó algo que ninguno me había dado: la ilusión de que existía una vida plena, satisfactoria, hasta envidiable, y de que podía llegar a ser la mía. Por eso es él, y no otro, al que treinta años después sigo nombrando. Todo lo que conservo de él es bueno, y no me cuesta imaginar que, en otro momento de mi vida, habría podido enamorarme.

Porque entre nosotros, en realidad, nunca llegó a haber una historia. Media docena de encuentros sueltos y espaciados. La diferencia de edad pesaba, y aunque él hubiera querido algo más —que no lo creo—, yo no estaba en absoluto preparado para una relación. Seguramente fue mejor así, porque me ha permitido conservar el recuerdo intacto, sin desgastarlo. No he vuelto a saber nada de él: igual sigue en el mismo bajo, igual hace años que se marchó a otra ciudad, no tengo forma de saberlo, y a estas alturas tampoco hace falta. Por mi parte solo hubo admiración, y una gratitud que, ya digo, él nunca llegó a sospechar.

Y es esa gratitud la que me ha asaltado este lunes de resaca del Orgullo. Porque treinta años después soy yo el que vive sin esconderse, el que tiene su casa, su gente y su rutina, y al que en el edificio nombran, supongo, como "la pareja gay del segundo". Lo asumo encantado: si a alguien le sirve vernos a mi marido y a mí compartir el ascensor, la compra y los buenos días para intuir que eso también es posible, entonces puede que, sin darme ni cuenta, esté siendo el Patricio de algún chaval del barrio. Esa es la batalla que no sale en ningún telediario y que, sin embargo, lo cambia todo: la de cerca, la de cada día.

Por eso el Orgullo que de verdad importa no es solo el de ayer, el de la pancarta y la carroza, sino el que empieza hoy, el del lunes por la mañana, y continúa los otros trescientos sesenta y cuatro días del año. El de dejarse ver con naturalidad en la mesa familiar, el de arrimar el hombro en lo cercano, el de ser para alguien la prueba viviente de que se puede. Los grandes nombres seguirán abriendo camino desde el altavoz, y bienvenidos sean. Pero el espejo que de verdad salva suele estar mucho más cerca: a veces es un primo, a veces un amigo, a veces el vecino del segundo. Y a veces, incluso, es un hombre grande con una camiseta blanca que, en un viejo café de Bilbao, se atreve a preguntarte si te apetece subir a su casa. Estés donde estés, Patricio: gracias.

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