El código abierto no ha muerto, pero ha perdido la inocencia
Buena parte de internet funciona gracias al trabajo generoso de gente que regala su código. Pero cuando los gigantes de la nube hacen negocio con él sin aportar nada, algunos proyectos han decidido cerrar la puerta. Un debate sobre generosidad, abuso y soberanía que nos afecta a todos, aunque nunca hayamos escrito una línea de código.

Más de un amigo me ha contado indignado la misma historia. Están en un centro comercial y ven una de esas máquinas que te imprimen cualquier foto de Instagram en un cuadrito, en un imán o en una taza. Basta con buscar un perfil público, elegir la imagen y pagar. Y la queja siempre va en la misma dirección: yo comparto mis fotos gratis para que las vea quien quiera, no para que una empresa gane dinero con ellas.
Lo interesante es que la queja no va contra quien imprime la foto y se la lleva a casa. Va contra la empresa que se queda con el margen de cada impresión sin haber aportado la materia prima. Quien hizo la foto la regaló, y alguien que no ha puesto nada convierte ese regalo en su negocio.
Pues bien, esa misma sensación de injusticia lleva años sacudiendo un mundo que la mayoría de la gente ni siquiera sabe que existe: el del código abierto. Y lo que está pasando ahí nos afecta a todos, aunque nunca hayamos escrito una línea de código.
El trabajo generoso que sostiene internet
El código abierto es software cuyo código fuente se publica para que cualquiera pueda usarlo, estudiarlo, modificarlo y compartirlo. Detrás de muchos de esos proyectos hay personas que dedican su tiempo libre a construir herramientas que después regalan al mundo, y también empresas que viven de ofrecer servicios alrededor de ese código.
Aunque no lo veamos, está en todas partes. En los servidores que sirven las páginas web que visitamos, en el sistema operativo de la mayoría de los móviles, en las bases de datos que guardan nuestras compras online y en buena parte de las aplicaciones que usamos cada día. No todo es altruismo puro: hay fundaciones, patrocinadores y empresas que pagan sueldos a quienes mantienen estos proyectos, y otras que viven de ofrecer soporte o servicios sobre ellos. Pero en la base de todo sigue habiendo una decisión generosa: poner el trabajo propio a disposición de cualquiera.
Durante décadas, la idea funcionó razonablemente bien. Tú publicabas tu herramienta, otros la mejoraban, algunas empresas pagaban por soporte o por versiones profesionales, y todos salían ganando. Hasta que llegaron los gigantes de la nube.
Cuando el que más gana es el que menos aporta
Empresas como Amazon, Microsoft o Google descubrieron que podían coger esas herramientas gratuitas, instalarlas en sus enormes centros de datos y venderlas como un servicio de pago a millones de clientes. Legalmente no hacían nada malo: las licencias libres lo permitían. Pero el resultado era muy parecido al de la máquina de las fotos. El proyecto original ponía el trabajo y el gigante se quedaba con el negocio, a menudo sin devolver apenas nada a quienes lo habían creado.
Para las pequeñas empresas que vivían de desarrollar ese software la situación era especialmente dura. Competían contra su propio producto, vendido por alguien con infinitamente más recursos, más clientes y más capacidad de marketing. Era como montar un restaurante y descubrir que la cadena de enfrente sirve tus mismas recetas, con tu mismo nombre, y a mitad de precio.
El portazo de las licencias
Algunos decidieron que ya estaba bien. Elasticsearch, una herramienta de búsqueda que usan miles de webs, cambió su licencia en 2021 para impedir que otros la vendieran como servicio. Redis, una base de datos que probablemente interviene en alguna de las aplicaciones de tu móvil, hizo algo parecido en 2024. Y HashiCorp, la empresa detrás de Terraform, una herramienta muy popular para gestionar servidores, cerró su licencia en 2023.
El código de todos ellos seguía siendo visible. Cualquiera podía leerlo y usarlo en su propio negocio. Lo que ya no se podía hacer era coger ese producto y revenderlo como servicio compitiendo con sus creadores. Es lo que en inglés se llama "source available", software de código fuente disponible, y conviene no confundirlo con el código abierto: puedes ver el código, pero no tienes las mismas libertades para usarlo como quieras. Es un poco como si el fotógrafo siguiera enseñando sus fotos en Instagram, pero con un cartel bien grande que dijera que se pueden mirar, compartir y disfrutar, pero no imprimir para vender.
La comunidad no se quedó de brazos cruzados
La reacción fue inmediata. Para muchos usuarios y colaboradores aquello fue una traición: habían contribuido a esos proyectos creyendo que eran de todos, y de repente las reglas cambiaban. Así que hicieron lo que permite el código abierto: copiar la última versión libre y seguir desarrollándola por su cuenta. De Terraform nació OpenTofu, y de Redis nació Valkey, ambos bajo el paraguas de la Linux Foundation.
Aquí la historia tiene su punto de ironía. Detrás de algunos de esos proyectos alternativos estaban precisamente los gigantes de la nube, que no estaban dispuestos a perder un producto que les daba dinero. Amazon ya había creado su propia copia de Elasticsearch años antes, y apoyó Valkey desde el primer momento. Los mismos que habían provocado el problema acabaron presentándose como defensores de la libertad del código.
Y el final, por ahora, no es el que muchos esperaban. En 2024 Elastic añadió una licencia libre, la AGPL, como opción junto a sus licencias restrictivas, y en 2025 Redis hizo algo muy parecido con su versión 8. No es exactamente una vuelta atrás: las licencias restrictivas siguen ahí, y la opción libre que han sumado es más exigente que la original, porque obliga a quien modifica el código y lo ofrece como servicio a compartir también sus cambios. HashiCorp, por su parte, terminó comprada por IBM. Más que la muerte del código abierto, lo que hemos visto es un péndulo: se cerró la puerta, la comunidad protestó y la puerta volvió a abrirse, pero con cerradura.
Entiendo a los dos bandos
Confieso que no consigo ponerme del todo de un lado. Entiendo perfectamente a las empresas que cerraron su código. Nadie debería estar obligado a trabajar gratis para que el más grande del mercado se lleve los beneficios. Si el modelo de la generosidad solo sirve para engordar a quien ya es enorme, algo falla.
Pero también entiendo a la comunidad. Cuando usas una herramienta durante años, cuando construyes tu trabajo sobre ella, cuando incluso colaboras para mejorarla, ves cómo se te escapa entre los dedos en cuanto cambian las condiciones. Y esa sensación de pérdida es real, aunque el código siga ahí y puedas seguir usándolo.
Quizá la pregunta de fondo no sea quién tiene razón, sino cómo conseguir que el trabajo generoso no acabe siendo siempre la materia prima gratuita de los monopolios. Y para esa pregunta todavía nadie tiene una respuesta satisfactoria.
Cuando la desconfianza llega sin que cambie nada
A veces no hace falta un cambio de licencia para que algo se rompa. Lo viví con Eleventy, una herramienta para crear páginas web que durante años fue uno de los ejemplos más queridos del código abierto independiente. En 2024 el proyecto pasó a formar parte de Font Awesome, una empresa conocida por su biblioteca de iconos, y este año ha cambiado de nombre a Build Awesome y ha lanzado una versión profesional de pago.
La versión libre sigue funcionando perfectamente y, hasta ahora, nada impide seguir usándola. No puedo decir que me hayan quitado nada. Y, sin embargo, aquello me hizo desconfiar de su futuro y de su deriva hacia la monetización. Cuando una herramienta de la que dependes empieza a hablar de planes profesionales y campañas de financiación, es inevitable preguntarse cuánto tardará la versión gratuita en convertirse en la hermana pobre.
Creo que esa desconfianza es una parte del problema que no suele contarse. El código abierto no solo funciona gracias a las licencias, sino gracias a la confianza. Y la confianza, una vez que se resquebraja, no se arregla con un comunicado.
La soberanía empieza por saber de quién dependes
Todo esto me lleva a una idea que, para mí, es la verdadera conclusión de esta historia: no se trata tanto de si una empresa es buena o mala, sino de saber qué dependencias estamos aceptando. Cada herramienta que usamos, cada servicio en el que guardamos algo y cada plataforma sobre la que construimos nuestro trabajo es una pequeña apuesta de confianza. Y casi nunca nos paramos a pensar qué pasaría si esa confianza dejara de estar justificada.
Pasa con el software, pero también con todo lo digital. Dónde guardamos nuestras fotos y nuestros documentos, qué empresa aloja nuestras webs, en qué red social hemos ido acumulando años de contactos y recuerdos, quién tiene las llaves de nuestro trabajo y quién puede cambiar las condiciones de un día para otro. Casi todos hemos vivido alguna vez ese momento en que un servicio gratuito empieza a cobrar, reduce lo que ofrecía o simplemente desaparece, y descubrimos de golpe hasta qué punto dependíamos de él.
Lo que ha pasado con las licencias es exactamente eso, solo que a una escala enorme. Miles de empresas y personas habían construido su trabajo sobre herramientas que creían de todos, y un buen día descubrieron que las reglas no dependían de ellos. Da igual que el cambio fuera comprensible: la lección es que la dependencia existía, aunque nadie la hubiera mirado de frente.
En mi caso, esa reflexión me ha llevado a intentar depender de proveedores europeos y no de grandes empresas estadounidenses. Por eso, por ejemplo, trabajo con Codeberg, una plataforma europea sin ánimo de lucro para alojar código, en lugar de con GitHub, que pertenece a Microsoft. No es una cruzada contra nadie, sino una forma de diversificar mis dependencias, repartir los riesgos y mantener vivas alternativas que, si nadie las usa, acabarán desapareciendo.
Al final, el debate sobre las licencias es también un debate sobre soberanía, y no solo la de los países o las grandes empresas, sino la de cada uno de nosotros. Si el código abierto era una forma de que la tecnología fuera de todos, cerrar ese código o dejar que se lo queden unos pocos son dos caras del mismo riesgo: perder el control sobre las herramientas que usamos. Y la mejor defensa no es desconfiar de todo, sino saber en quién estamos confiando y tener siempre un plan por si esa confianza falla.
Seguir regalando, pero con los ojos abiertos
Nada de esto me ha quitado las ganas de compartir. He publicado cosas como código abierto y pienso seguir haciéndolo. De hecho, tengo entre manos un proyecto bastante ambicioso que espero poder publicar en unos meses. Sigo creyendo que regalar lo que haces para que otros lo mejoren es una de las mejores ideas que ha dado internet.
Pero ya no lo veo con la inocencia de antes. Hoy, quien publica código abierto tiene que pensar qué licencia elige, a quién está regalando realmente su trabajo y qué pasará si alguien enorme decide convertirlo en su negocio. Es triste que haga falta pensarlo, pero es mejor hacerlo antes que después.
Y para quienes nunca han escrito una línea de código, quizá baste con recordar la máquina de las fotos del centro comercial. La próxima vez que una aplicación gratuita os haga la vida más fácil, pensad que detrás hay alguien que decidió regalar su trabajo. Lo mínimo que merece es que no sea otro el que se quede con el beneficio.


