El cuadrafónico: cuatro altavoces en busca de una excusa
En 1971 la industria del disco decidió que el futuro era el sonido envolvente en casa. Lanzó tres sistemas incompatibles a la vez, nadie entendió cuál era cuál, y la idea tuvo que esperar veinte años a que llegara el cine en casa para funcionar.

Este formato se murió más o menos cuando yo aprendía a andar, así que no lo viví ni de lejos. Pero me lo imagino perfectamente, porque el escenario sí lo conozco: aquellos salones de los setenta con el mueble bajo, el receptor de aluminio cepillado lleno de botones y agujas, y las dos columnas de madera colocadas con una ceremonia considerable. El equipo era un objeto de estatus y ocupaba en la casa un lugar comparable al de la televisión.
Pues bien, durante unos cinco años la industria intentó convencer a esa gente de que hicieran una cosa más: comprar otros dos altavoces y ponerlos detrás del sofá.
La idea, que era buena
El planteamiento del cuadrafónico era sencillo y bastante seductor. En vez de dos canales, cuatro. En vez de escuchar la música desde fuera, como quien mira un escenario, meterse dentro de ella. Cuatro altavoces en las cuatro esquinas y el oyente en el centro, rodeado. Sobre el papel es un salto tan grande como el que había supuesto pasar del mono al estéreo unos años antes, y ese precedente animaba mucho: si la gente había aceptado duplicar los altavoces una vez, ¿por qué no otra?
Y no era solo teoría comercial. Se grabaron mezclas cuadrafónicas que todavía hoy tienen fama entre los aficionados. Alan Parsons hizo en 1973 una versión en cuatro canales del Dark Side of the Moon, con las monedas de "Money" girando literalmente alrededor de la habitación, y hay quien sostiene que es la mejor manera de escuchar ese disco. Tubular Bells también tuvo su mezcla, y con aquella cantidad de instrumentos superpuestos se entiende que agradeciera el espacio extra. Se llegaron a publicar cientos de títulos.
Así que había buena idea, había catálogo y había músicos interesados. Falló todo lo demás.
Tres sistemas rivales, y a ver quién se aclara
Aquí está el desastre. No hubo un formato cuadrafónico: hubo tres a la vez, incompatibles entre sí, lanzados casi simultáneamente por empresas que competían a muerte.
Por un lado, el SQ, de CBS y Sony, que llegó en 1971. Por otro, el QS, de Sansui. Los dos funcionaban por el mismo principio, llamado matricial: los cuatro canales se codificaban dentro de los dos surcos normales del vinilo mediante juegos de fase, y luego un decodificador los desenredaba en casa. Ventaja evidente: el disco se podía poner en un equipo estéreo corriente y sonaba bien. Desventaja: la separación entre canales era mediocre, y en cuanto la música se ponía densa o alta, aquello se venía abajo y se convertía en un mono grandote.
Y por otro lado estaba el CD-4 de JVC y RCA, que hacía las cosas de verdad. Cuatro canales realmente independientes, grabados mediante una señal adicional de alta frecuencia metida en el surco. Sonaba claramente mejor. El problema es lo que exigía: una aguja especial, diseñada expresamente para esto, un demodulador propio y un equipo preparado. Y algo peor, que era casi poético en su crueldad: la señal de alta frecuencia estaba en la parte más delicada del surco, así que con el uso se iba borrando. Los altavoces traseros se te iban apagando poco a poco a medida que escuchabas el disco.
Ahora ponte en la piel del comprador de 1974 entrando en una tienda. Tres siglas casi idénticas, discos que a simple vista son iguales, aparatos que descodifican unos sí y otros no, y un dependiente que probablemente tampoco lo tiene claro del todo. Muchos receptores acabaron incorporando decodificadores para varios sistemas a la vez, lo cual es la confesión más elocuente posible de que aquello era un caos.
Cuatro altavoces en un piso normal
Aun resolviendo la confusión, quedaba el obstáculo doméstico, que a mí me parece el definitivo. Un equipo cuadrafónico exige cuatro altavoces de calidad parecida colocados en las cuatro esquinas de la habitación, y un oyente sentado exactamente en el centro.
Piensa en un piso español de los setenta. Piensa en dónde estaba el sofá, pegado a la pared. Piensa en el cable que había que llevar desde el equipo hasta las dos esquinas de atrás, cruzando el salón o bordeándolo con grapas. Piensa en la conversación en casa para justificar dos cajas de madera más, y en quién tenía que dar el visto bueno. Y piensa sobre todo en la postura que aquello exigía: sentarse solo, en el sitio exacto, sin hacer nada más, a escuchar un disco entero.
Eso no es escuchar música, es una sesión. Y para una sesión así hace falta una motivación muy potente, porque el resto del tiempo la música en casa suena mientras se cocina, se lee, se habla o se ordena. El estéreo tolera todo eso perfectamente. El cuadrafónico no perdonaba nada.
Volvió veinte años después y arrasó
Y aquí llega el giro que convierte esta historia en algo más que una anécdota de siglas. La industria abandonó el cuadrafónico a mediados de los setenta, con las discográficas soltando el formato una tras otra. Pero la idea no murió: se mudó.
En 1976, con tecnología de la misma familia matricial, el cine empezó a usar sonido multicanal en las salas. De ahí salió el Dolby que todos conocemos y, en los noventa, el salto al salón con el cine en casa y el 5.1. Es decir: exactamente lo mismo que la industria del disco había intentado vender veinte años antes, cuatro o cinco altavoces repartidos por el salón y el espectador en medio, se aceptó sin ninguna resistencia. La gente pasó cables, compró soportes, colocó cajitas en las esquinas y no protestó lo más mínimo.
¿Qué había cambiado? La excusa. Nadie reorganiza su salón por un disco, pero mucha gente lo reorganiza por una película. El sonido envolvente tiene todo el sentido cuando hay una pantalla delante que justifica dónde te sientas y por qué estás quieto. Sin esa pantalla, el cuadrafónico era una tecnología magnífica en busca de un motivo, y no lo encontró.
Aunque conviene no idealizar la segunda oportunidad. Nada más ganar, la idea montó su propia guerra de siglas incompatibles, que duró décadas y que en algunos aspectos todavía colea. Pero esa es otra historia, y merece su propio capítulo.
Es la misma trampa que se comió el videodisco de RCA, aunque por el otro extremo. Allí se resolvió con brillantez un problema que ya no existía; aquí se resolvió con brillantez un problema que todavía no existía. Llegar tarde y llegar pronto se pagan igual de caro.
Lo que sí sobrevivió
Queda un detalle bonito, y es que en este caso el contenido sobrevivió al formato. Aquellas mezclas cuadrafónicas de los setenta se han ido recuperando y reeditando en soportes modernos, en SACD y en Blu-ray, así que hoy se pueden escuchar como estaban pensadas y sin pelearse con un aparato de cincuenta años. Los discos originales, por su parte, son objeto de coleccionismo: en el mercado de segunda mano una edición cuadrafónica en buen estado vale bastante más que la normal.
Que es, si lo piensas, un final coherente con lo que contaba en coleccionar en tiempos de streaming. El vinilo aguanta cualquier cosa, incluso haber sido el soporte de una de las peores decisiones comerciales de la historia de la música. La grabación se salva, el objeto se revaloriza, y del sistema que lo hizo posible solo queda una sigla que ya no significa nada para nadie.


