DIVX: el disco que caducaba y el reproductor que te delataba
En 1998 una cadena americana vendió películas que dejaban de funcionar a las 48 horas, en reproductores con módem que llamaban de madrugada para informar de lo que habías visto. Duró trece meses. Y describía con bastante precisión el mundo en el que vivimos hoy.

Para cualquiera de mi edad en España, la palabra divx significa una cosa muy concreta: un CD grabado, con la carátula impresa en casa o directamente rotulada a mano, que contenía una película entera y circulaba de mano en mano. Toda una época. Cines enteros de salón montados sobre una torre de discos plateados con títulos escritos en negro.
Pues bien, ese nombre viene de otro sitio. Viene de un formato americano de 1998 que era exactamente lo contrario: el intento más agresivo que se ha hecho nunca de impedir que la gente hiciera con las películas lo que le diera la gana. Que la palabra terminara asociada aquí a los discos pirateados en el ordenador de casa es una de las mayores ironías que ha dado la historia de los formatos.
Cuatro dólares y cuarenta y ocho horas
La idea la puso en marcha Circuit City, una cadena enorme de electrodomésticos, junto a un bufete de abogados del sector del entretenimiento, que ya dice bastante de dónde venía el asunto. El planteamiento era este: comprabas un disco por unos cuatro dólares y medio, bastante menos que un DVD normal, te lo llevabas a casa y a partir del momento en que lo metías en el aparato tenías cuarenta y ocho horas para verlo. Pasado el plazo, el disco dejaba de reproducirse.
No tenías que devolverlo, y ese era el gran argumento de venta. Estamos en la época dorada del videoclub y de los recargos por retraso, así que la promesa era liberadora: alquilas sin devolver y sin multas. El disco se quedaba en tu casa para siempre, eso sí, convertido en un objeto inservible. Circuit City llegó a poner contenedores de reciclaje en sus tiendas, lo cual resume bastante bien la naturaleza del producto.
Si querías volver a verla, pagabas otras cuarenta y ocho horas. Y si te gustaba mucho, podías pagar bastante más para desbloquearla del todo. Es decir, la película que ya tenías físicamente en la mano se compraba en plazos, uno por cada vez que se te ocurriera verla.
El aparato que llamaba por teléfono
La parte que a mí me sigue pareciendo increíble es la logística. Para que todo aquello funcionase, el reproductor tenía que saber qué discos habías puesto y cuándo. Y para saberlo, llevaba un módem dentro.
Sí: comprabas un reproductor de DVD, lo colocabas en el mueble del salón y le conectabas un cable de teléfono a la roseta de la pared. El aparato marcaba periódicamente a una central para registrar lo que habías visto, comprobar tus plazos y cargarte lo que correspondiera. Un cacharro doméstico que llamaba solo, de madrugada, para informar de tus hábitos a una empresa. En 1998, cuando conectarse a internet consistía en oír aquel ruido infernal y ocupar la línea durante media hora.
Encima el reproductor costaba entre cien y ciento cincuenta dólares más que uno normal, y solo se vendía en Circuit City y en cadenas asociadas. Así que la propuesta completa era: paga más por un aparato que solo se compra aquí, conéctalo al teléfono, y a cambio te vendemos películas que se estropean solas.
Lo que en realidad estaban proponiendo
Visto con perspectiva, aquello no era una tontería comercial. Era un ensayo general bastante lúcido de todo lo que iba a pasar después.
Piénsalo por partes. Un contenido que no se posee sino que se licencia por tiempo limitado. Un aparato conectado a la red que informa de lo que consumes. Una biblioteca personal que depende de que la empresa siga encendiendo un servidor. Unos estudios de cine a los que se les ofrece control absoluto sobre cuándo, cómo y a qué precio se ve cada título. Todo eso está en el DIVX de 1998, punto por punto, y todo eso es exactamente el mundo en el que llevamos quince años viviendo sin protestar demasiado.
La diferencia es la forma. Lo que hoy es una app y una suscripción mensual, en 1998 era un objeto físico que se moría en tu casa y un cable de teléfono saliendo por detrás del mueble. Y el objeto lo hacía visible. Puedes ver cómo se apaga un disco; no puedes ver cómo desaparece un título de un catálogo mientras duermes.
La gente lo entendió a la primera
La reacción fue de rechazo frontal, y de las pocas veces en que un consumidor colectivo ha leído la letra pequeña sin que nadie se la explicara. En los foros de cine doméstico, que entonces empezaban a ser un poder real, se organizó una campaña en contra de bastante virulencia. Las cadenas rivales, que se habían quedado fuera del negocio, se apuntaron encantadas a la cruzada. Y los estudios fueron descolgándose uno tras otro.
El formato se lanzó en junio de 1998 y se canceló en junio de 1999. Trece meses. Circuit City se comió un cargo de unos ciento catorce millones de dólares para cerrarlo, devolver parte del dinero a quienes habían comprado reproductores y apagar el chiringuito. Los aparatos se actualizaron para funcionar como lectores de DVD normales, que era lo único que la gente había querido desde el principio.
Y aún faltaba el mejor detalle. Los discos que la gente tenía en casa siguieron funcionando un par de años más, hasta que a mediados de 2001 se desconectaron los servidores de autorización. Ese día, todas las películas DIVX del mundo dejaron de existir simultáneamente. No se rompieron, no se rayaron, no se pudrieron como los LaserDisc: simplemente alguien apagó una máquina en una oficina y varios cientos de miles de discos se convirtieron en posavasos.
Circuit City nunca se recuperó del todo del asunto, y aunque tardó casi una década en desaparecer, aquel episodio suele citarse como uno de los primeros clavos de su ataúd.
Tenían razón en todo menos en el momento
Aquí está lo incómodo de esta historia. El DIVX no fracasó por ser una mala idea de negocio: fracasó por llegar diez años antes de que estuviéramos dispuestos a aceptarla. Cuando la misma propuesta volvió sin disco, sin módem y sin cable de teléfono, envuelta en una interfaz agradable y una cuota mensual, la aceptamos todos sin apenas discutirlo. Yo el primero.
Y es la misma pelea de siempre, solo que con las tornas cambiadas. En la historia del DAT, la industria intentaba impedir que copiásemos y perdió; el resultado fue un formato muerto y un impuesto sobre las cintas vírgenes que todavía pagamos. Diez años después lo intentó otra vez con el DIVX y volvió a perder, aún más rápido. Y a la tercera, cuando dejó de pelearse con el objeto y se llevó el objeto entero a un servidor, ganó de calle. No hizo falta convencernos: bastó con quitar de en medio la cosa que se podía tocar.
En el artículo sobre coleccionar en tiempos de streaming me preguntaba por qué el vinilo resucitó y el cine físico no. Esto añade una pieza a la respuesta. La música conservó un objeto que se puede poseer y exhibir; el cine se dejó convencer, poco a poco y por etapas, de que el objeto sobraba. El DIVX fue el primer intento serio de dar ese paso, y lo dio de la manera más torpe imaginable, dejándonos ver el mecanismo entero.
El nombre sobrevivió al invento
Y termino por donde empecé, porque el epílogo es demasiado bueno. Poco después de todo aquello apareció un códec de vídeo que permitía comprimir una película entera hasta hacerla caber en un CD grabable de setecientos megas. Su nombre tomó prestada la palabra DIVX en abierta burla del formato de Circuit City, y esa es la versión que llegó aquí y triunfó.
Así que en España, país donde el DIVX original no se vendió nunca, la palabra acabó significando precisamente lo que aquel formato había nacido para impedir: una película copiada, grabada en casa, sin caducidad, sin permisos y pasando de mano en mano por toda la oficina. Pocas veces un fracaso ha quedado tan bien enterrado y con un epitafio tan burlón.


