El LaserDisc: el formato que perdió la guerra pero inventó el cine en casa
Un disco del tamaño de un vinilo que daba películas, costaba una fortuna y en España solo vimos tras el cristal de El Corte Inglés. Fracasó estrepitosamente y, de paso, inventó casi todo lo que hoy nos gusta del cine en casa.

Nunca he tenido un LaserDisc en la mano. Y creo que eso, más que descalificarme para hablar del tema, es exactamente el punto de vista desde el que se puede contar su historia española: la de un formato que aquí se consumió mirándolo.
Mi recuerdo está en la sección de imagen y sonido de El Corte Inglés, esa planta a la que uno subía sin intención de comprar nada, entre veinte televisores sintonizados en el mismo canal y equipos de música con más luces que el puente de mando del Enterprise. Allí, en una balda, había unos discos enormes con carátula cuadrada. Los miraba con la curiosidad exacta que se le dedica a lo que uno sabe que no va a comprar nunca, y luego me iba a casa a poner una cinta VHS regrabada tres veces, con la imagen temblando en los cortes.
Un vinilo que daba películas
Lo primero que hay que entender del LaserDisc es que era grande. Grande de verdad: treinta centímetros, lo mismo que un LP. No era un DVD antiguo, era un disco de vinilo que en vez de música soltaba cine, leído por un láser en lugar de por una aguja. Cuando llegó el DVD, lo que hizo fue encoger una idea que llevaba veinte años sobre la mesa.
Porque esa es la otra cosa que descoloca: el LaserDisc salió a la venta en 1978. La primera película fue Tiburón, lo cual tiene su gracia, y ocurrió dos años después de que apareciera el VHS y cuatro antes de que existiera el compact disc. Es decir, el formato que muchos recordamos como una rareza de los noventa es en realidad anterior al CD. Imagen nítida, salto instantáneo a cualquier escena, varias pistas de audio a la vez. En 1978, con Suárez en la Moncloa.
El muerto gozaba de excelente salud
Yo tenía la idea de que aquello había durado dos telediarios. Pues no. Siguieron editándose títulos hasta bien entrado el siglo XXI, Pioneer fabricó reproductores hasta 2009 y todavía mantuvo el servicio técnico una década más, hasta que se le acabaron las piezas. Más de treinta años de vida. Ahí es nada para un fracaso.
Y no fracasó en todas partes. En Japón llegó a estar en uno de cada diez hogares, y en Hong Kong era lo que se alquilaba en los videoclubs. ¿El motivo? No el cine: el karaoke. Resulta que el LaserDisc permitía poner las letras sobreimpresas y separar la voz del acompañamiento, así que a principios de los noventa cerca de la mitad de lo que se vendía allí eran discos para cantar. El último LaserDisc que se editó en el mundo, ya en 2007, era precisamente uno de karaoke. Un formato que en Europa era cosa de cinéfilos con posibles y en Japón era el aparato de la tía que se venía arriba en las bodas.
Los tres pecados capitales
Con tantas virtudes, cabe preguntarse por qué no lo compró nadie. La respuesta principal cabe en dos palabras: no grababa. Y grabar era justo lo que la gente quería hacer con un cacharro enchufado a la tele. La gracia del vídeo doméstico en los ochenta no era comprar películas, era pillar la peli del sábado, el capítulo que te perdías, el concierto de madrugada. Un aparato que solo reproducía discos prensados por otros llegaba a un mercado que todavía funcionaba a base de alquilar y de grabar encima de lo anterior.
El segundo pecado era el precio. Un reproductor pasaba tranquilamente de las 150.000 pesetas, cifra que en 1991 daba para irse de vacaciones bastante lejos y volver. Y el tercero, el más doméstico de todos: había que dar la vuelta al disco. Cada cara daba entre media hora y una hora de película, así que en pleno clímax tocaba levantarse, sacar aquel platazo y girarlo. Las películas largas venían en tres caras. El cine en casa incluía intermedio obligatorio, y no en el momento que tú eligieras.
Ah, y por si faltaba algo, se pudrían solos. El fenómeno tenía nombre propio, laser rot: el pegamento que unía las dos mitades del disco se iba degradando, entraba oxígeno, el aluminio de dentro se oxidaba y empezaban a aparecer motas de colores en la imagen hasta que aquello quedaba inservible. Comprabas el objeto definitivo, el que no se desgastaba porque el láser no tocaba nada, y se te estropeaba en la estantería sin haberlo usado.
Aquí lo vimos tras un cristal
La aventura española fue breve y bastante melancólica. En 1991 se sacó un primer catálogo con veinte títulos, se sumaron conciertos, deporte y dibujos, y con eso había que convencer a un país entero de cambiar de aparato. La distribución se concentró casi exclusivamente en El Corte Inglés y en alguna tienda de discos, porque los videoclubs, que eran donde de verdad se decidían estas cosas, no quisieron ni oír hablar del asunto.
Y ahí está la clave de por qué mi recuerdo es el que es. La relación normal con el cine en casa pasaba por bajar al local del barrio un viernes por la tarde, discutir un rato delante de las estanterías y volver con dos películas y una bolsa de algo. Un formato que no entraba en ese ritual no tenía ninguna posibilidad, por mucho que la imagen fuera preciosa. Así que el LaserDisc se quedó donde lo vi yo: en una vitrina, iluminado, carísimo y sin tocar.
El fracaso que inventó el DVD
Y ahora la parte buena, que es la que me ha hecho querer escribir esto. En 1984, una editora llamada Criterion empezó a publicar películas en LaserDisc. Su segundo título fue King Kong, y llevaba dentro algo que no existía hasta entonces: una pista en la que un señor te iba contando la película mientras la veías. Había salido casi por accidente, de las historias que aquel historiador contaba mientras supervisaban el pase a vídeo, y en la editora pensaron que interesaría a cuatro estudiantes de cine.
Ahí nació el comentario del director. Y no fue lo único: también fueron ellos quienes empezaron a poner bandas negras arriba y abajo para respetar el panorámico original en vez de recortar la imagen a lo bestia para llenar la tele cuadrada, y quienes normalizaron los capítulos, los extras, los documentales de rodaje y la idea de que una película en casa podía venir comentada como un libro anotado.
O sea, que el formato que no compró nadie es el que convirtió el cine doméstico en algo que se podía tomar en serio. Llegó el DVD, arrasó, y lo que hizo fue quedarse con todas esas ideas metiéndolas en un disco once veces más pequeño y muchísimo más barato. Ganó el envase, no el invento.
La portada que no encajaba
En coleccionar en tiempos de streaming defendía que el vinilo resucitó y el cine físico no por una cuestión de tamaño: la portada de un LP tiene presencia para ponerla de frente en una estantería, y la cajita de un DVD no. Y mencionaba de pasada el LaserDisc como el caso raro que sí daba la talla.
Volviendo sobre ello, creo que estuvo a un paso y falló en la última pieza. El tamaño era perfecto y en Japón se hicieron ediciones preciosas, con discos serigrafiados y todo. Pero un cartel de cine es vertical y aquella carátula era cuadrada, así que había que recortar o inventar otra imagen. Un desajuste pequeño, y encima el formato desapareció antes de que a nadie por aquí le diera tiempo a montarse una colección presentable.
Me queda la duda de qué habría pasado si el cine en casa se hubiera estandarizado en ese tamaño, con portadas dignas de colgar. A lo mejor las películas físicas habrían aguantado el golpe del streaming igual que lo aguantó el vinilo. O a lo mejor no. Pero explica bastante bien por qué unas estanterías se enseñan a las visitas y otras viven en un armario.
Moraleja
El LaserDisc era mejor que el VHS en casi todo lo que importa para ver una película, y perdió. Perdió por caro, por pesado, por no grabar, por llegar veinte años antes de tiempo y, aquí, por no pisar jamás un videoclub. Los formatos no ganan por ser mejores; ganan por encajar en la vida de la gente, que es una cosa bastante distinta.
Aunque en el fondo ganó por otro lado. Cada vez que alguien pone el comentario del director, elige la versión original o agradece que no le hayan recortado el panorámico, está usando cosas que se inventaron en aquellos discos gigantes que en España solo vimos tras un cristal.


