Un humano frente a un robot: el mural que por fin viste mi persiana
Después de años de tags ajenos en la persiana de Idenautas, encargué un mural profesional a Okiman. Cuento cómo fue el proceso, desde la propuesta generada con IA hasta el boceto final y el resultado pintado en la calle.

Hace unos meses escribí aquí sobre la persiana como lienzo ajeno: sobre LIOS y el resto de firmas que aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer en los cierres metálicos de Uribarri, sobre un Ayuntamiento que limpia fachadas pero no persianas, y sobre la sensación de que cualquiera con un spray tenía más capacidad de decisión sobre la imagen de mi local que yo mismo. Aquel artículo terminaba con una rutina resignada: mirar el tag, subir la persiana y entrar.
Este es la continuación, y esta vez no va de quejas. Va de lo que ocurre cuando uno decide que, si alguien tiene que elegir el aspecto de su persiana, lo más sensato es que sea él. He encargado un mural profesional para el cierre de Idenautas y quiero contar cómo ha sido el proceso, desde la búsqueda del artista hasta el boceto definitivo, porque por el camino he aprendido bastante sobre qué funciona en una persiana y qué no.
Por qué dejé de esperar una solución
Nada de lo que contaba en aquel primer artículo ha cambiado. El servicio municipal de retirada de pintadas sigue sin tocar las persianas porque son propiedad privada, y las campañas de persianas decoradas que se han hecho en zonas como el Muelle Marzana o la calle Iturribide siguen siendo iniciativas puntuales, elegidas desde arriba, sin ninguna vía para que un comerciante que quiera hacer lo mismo por su cuenta reciba apoyo. Lo único que ha cambiado en estos meses es mi paciencia.
También escribí entonces que, si encargaba un mural, lo más probable era que en seis meses alguien pintara encima. Sigo sin descartarlo. Pero hay una idea bastante extendida en el mundo del graffiti según la cual una pieza bien ejecutada se respeta mucho más que una superficie de metal desnudo, que para quien va a firmar deprisa y de noche es poco más que una hoja en blanco. No sé hasta qué punto es verdad. Lo voy a comprobar en carne propia, y prometo contarlo aquí sea cual sea el resultado.
Y hay un argumento más sencillo todavía. Durante el día, el local tiene la imagen que yo elegí. Por la noche, tenía la que otros decidieron. Aunque el mural no disuadiera a nadie, al menos cambiaría la pregunta: ya no sería qué han pintado en mi persiana, sino qué le han hecho a mi mural.
Cómo encontré a Okiman
El proceso empezó como empieza casi todo hoy en día: buscando en internet. Pedí un par de presupuestos a artistas que trabajan persianas y murales comerciales en Bilbao, y cuando me llamó por teléfono Eriko, conocido en el mundillo como Okiman (abre en ventana nueva), la conversación fluyó de una manera que no siempre se da. Hay proveedores con los que desde la primera frase sabes que os vais a entender, y otros con los que intuyes que cada correo va a ser una negociación. Esta fue de las primeras.
Su trayectoria ayudaba a confiar. Según cuenta en su propia web, lleva apretando un spray desde 2001 y suma más de trescientas piezas como profesional, entre murales, persianas, lettering y obra por encargo. Pero lo que más me convenció fue una idea que repite al presentarse: que cada pieza tiene que funcionar bien en el espacio real y tener impacto a primera vista. En ese momento me pareció una frase razonable de presentación. Unas semanas después entendería que era exactamente la clave de todo el proyecto.
Hay además algo de justicia poética en haber estado esta vez al otro lado. Me paso buena parte de la semana siendo yo quien recibe la idea de un cliente y la traduce a algo que funcione en una pantalla. Encargar un trabajo creativo, en lugar de hacerlo, te recuerda lo importante que es que el profesional te escuche y, sobre todo, que te diga que no cuando lo que pides no tiene sentido.
La tentación de repetir la imagen de siempre
Una vez acordado el precio, empezamos a hablar del diseño, y mi primer planteamiento fue el más obvio. La portada de la web de Idenautas (abre en ventana nueva) tiene una ilustración con una figura que flota entre filamentos de humo y degradados de color, y esa misma imagen es la que cubre el vinilo del escaparate y de la puerta del local. Llevarla también a la persiana cerraba el círculo: el negocio tendría la misma cara de día y de noche.
El problema es que aquella ilustración está llena de detalles finísimos, trazos de humo más delgados que cualquiera de las lamas de una persiana metálica, y transiciones de color pensadas para una pantalla retroiluminada. Reproducir eso con spray sobre una superficie ondulada, con ranuras cada pocos centímetros, era una tarea imposible. Yo lo intuía y Eriko me lo confirmó sin rodeos.
Su propuesta fue hacer una versión simplificada del mismo motivo, pero cuanto más lo pensaba, menos me convencía. Una versión rebajada de la imagen de Idenautas siempre iba a ser eso, una versión rebajada, y quien conociera el local de día la vería de noche como la edición de saldo del original. Llegué a la conclusión de que, si íbamos a hacer algo distinto, era mejor que fuera totalmente distinto. La identidad de una marca no es un dibujo concreto, sino un tono, una forma de mirar, y una persiana puede tener su propia imagen siempre que hable el mismo idioma que el resto.
Una lluvia de ideas
Así que me puse a darle vueltas, muchas más de las que mucha gente podría imaginar, usando Midjourney como generador de imágenes. Las primeras propuestas fueron ilustraciones planas, casi vectoriales, con pocos colores y siluetas muy limpias. Sobre el papel encajaban con la idea de simplificar, pero en cuanto las comparé con el portfolio de Eriko, lleno de degradados de aerógrafo, brillos marcados y contornos gruesos, vi que me estaba quedando muy corto. Diseñar por debajo de lo que el artista es capaz de hacer es desperdiciar el dinero que le pagas.
Con esa corrección, la estética viró hacia el graffiti de toda la vida: contornos negros potentes, colores saturados, volúmenes resueltos con degradados suaves de spray. Y empecé a explorar motivos. Pasaron por la pantalla bustos, figuras de medio cuerpo, personajes vistos de espaldas e incluso iconos sin personas, como un faro o una escafandra de buzo. Algunas ideas eran muy atractivas, pero todas tropezaban con el mismo obstáculo, que no tenía nada que ver con el estilo y sí mucho con la geometría de mi fachada.
Dos persianas, dos protagonistas
La persiana de Idenautas no es una sola pieza, sino dos hojas independientes. Una mide 170 centímetros de ancho y la otra 150, las dos con 280 de alto, y entre ellas hay un separador metálico de unos diez centímetros que corta en vertical cualquier cosa que se pinte detrás. Además, cada hoja sube y baja por su cuenta, y hay días en los que solo levanto una. Con una única figura en el centro, esos días la calle vería media cara, o un faro partido por la mitad.
La solución fue pensar el mural como un díptico: un protagonista por hoja, de manera que cada persiana pueda contemplarse como una pieza completa por sí sola y que, juntas, cuenten algo más. Aquí apareció un problema técnico curioso. Generar dos imágenes por separado no funciona nunca, porque cada una sale con su propio grosor de línea, su propia temperatura de color y su propia forma de resolver los brillos, y juntas parecen de dos artistas distintos. La alternativa fue generar una sola imagen con la proporción exacta de toda la fachada y buscar una composición en la que el corte del separador, situado aproximadamente al 51,5 % del ancho, cayera siempre sobre elementos secundarios del fondo y nunca sobre una cara.
De todas las parejas posibles, dos se quedaron en la final: un hombre frente a un pulpo estilizado y un hombre frente a un robot de aire retro. El pulpo tenía su encanto y un punto surrealista que me tentó bastante, pero el robot tenía una ventaja que lo decidía todo. Idenautas vive de la tecnología, y aquel robot contaba a primera vista lo que se hace dentro del local.
Un humano mirando a los ojos a la tecnología
El concepto final es sencillo: un hombre y un robot, cara a cara, de perfil, a la misma altura. El robot representa la tecnología en sentido amplio, la inteligencia artificial, internet, todas esas herramientas con las que trabajo cada día. Y el humano no está por debajo ni por encima. No huye ni se rinde; mira. Me gustaba esa idea porque no es ni una declaración de fe tecnológica ni una advertencia apocalíptica, sino algo más cercano a una conversación entre iguales, que es como vivo mi relación con las máquinas en el trabajo.
Llegar a la imagen definitiva tuvo su pequeña odisea. Quise un hombre algo más maduro y un robot menos de chatarrería antigua y más de diseño actual, y ahí descubrí una de las manías de Midjourney: en cuanto describía a un hombre con canas, barba incipiente y arrugas de expresión, el modelo abandonaba la ilustración y me devolvía una fotografía de un señor real delante de un mural. Tuve que aprender a declarar el medio en las primeras palabras de la instrucción, a describir el pelo como trazos de pintura y no como pelo, y a prohibir expresamente el desenfoque y la profundidad de campo. Son batallas pequeñas, pero dicen mucho de cómo ven el mundo estas herramientas.
La propuesta que finalmente le envié a Eriko fue esta: un hombre de pelo oscuro y camiseta azul a la izquierda, un robot cromado de ojos redondos a la derecha, y entre ambos unas cintas brillantes rosas y azules sobre manchas naranjas de contorno grueso, con ese aire de pieza de graffiti hecha con calma.

Lo que me devolvió Okiman
Cuando Eriko me devolvió su versión, lo primero que sentí fue alivio, porque la había respetado casi por completo. Los dos perfiles enfrentados siguen en el mismo sitio y con la misma pose, el hombre conserva su tupé y su camiseta azul, y el robot mantiene cada uno de sus rasgos, desde el ojo cian y el disco lateral de la cabeza hasta el cuello articulado y el pequeño piloto naranja del pecho. La paleta de rosa, naranja y azul sobre fondo oscuro también es la misma.
Los cambios están en el acabado y en el fondo. Donde mi propuesta tenía superficies muy brillantes, reflejos cromados y cintas con aspecto casi de plástico, la suya resuelve los volúmenes con zonas de color más definidas y contornos más limpios, y el robot pasa del cromo a un gris más mate. Las manchas naranjas se han convertido en ondas amplias que recorren toda la composición, y entre las dos caras aparece un disco claro, como una luna, acompañado de pequeños puntos flotantes. El hombre, además, luce ahora el pelo en tonos más grisáceos, lo que lo acerca un poco a aquella madurez que Midjourney se resistía a darle.
Que el boceto se parezca tanto a la propuesta tiene, creo, una explicación sencilla. El diseño se había pensado desde el principio para su forma de trabajar, con contornos gruesos, colores saturados y volúmenes rotundos, después de haber descartado todas las ideas que se quedaban por debajo de lo que él sabe hacer. Aquel esfuerzo de mirar su portfolio antes de diseñar nada ha dado su fruto. Y un boceto es solo eso, una guía para trabajar sobre la persiana, así que tengo curiosidad por ver cuánto volumen y cuántos brillos añade luego el spray sobre el metal, que es donde su trabajo luce de verdad.
Aquí vuelve a salir una cifra del primer artículo. Maurice Ravel soporta más de treinta mil vehículos al día, y en aquel texto esa cifra era casi un reproche: tanta gente pasando y nadie ve nada. Ahora es justo lo contrario, un público enorme que pasará por delante de la persiana durante apenas un par de segundos. Por eso me tranquiliza que la idea sea tan fácil de leer: dos caras, una frente a otra, y nada más que distraiga.

La ironía de un robot pintado a mano
Hay algo en todo este proceso que me hace sonreír cada vez que lo pienso. La imagen de un humano mirando cara a cara a una máquina tomó forma en una inteligencia artificial que genera imágenes, y ha terminado en la calle pintada a mano, spray a spray, por alguien que lleva veinticinco años haciéndolo. Aunque, como se verá enseguida, la tecnología también se subió al andamio.
Las máquinas me ayudaron a pensar y a descartar ideas mucho más deprisa de lo que habría podido hacerlo solo. Pero la decisión de qué contar fue mía, y la traducción a un lenguaje que funcione sobre metal ondulado, bajo la lluvia de Bilbao, ha sido de Eriko. Si tuviera que resumir en una frase la relación entre personas y tecnología que quiero que represente el mural, probablemente sería esa.
Si estás pensando en decorar la persiana de tu negocio
Por si a algún otro comerciante de Uribarri, o de cualquier barrio con el mismo problema, le sirve mi experiencia, lo primero que le diría es que mire con calma el portfolio del artista antes de pensar en el diseño. Saber qué es capaz de hacer y cómo resuelve el color te ahorra propuestas que se quedan cortas y propuestas imposibles. Y conviene que el artista participe en la idea desde el principio, porque sabe cosas sobre el soporte que uno no se plantea.
Lo segundo es medir bien la persiana y entender cómo se usa. Si tiene varias hojas, si hay separadores, si algunas se suben por separado, todo eso condiciona la composición mucho más que cualquier preferencia estética. Pensar cada hoja como una pieza que tiene que funcionar sola fue, en mi caso, la decisión que desbloqueó todo lo demás.
Y lo tercero es aceptar que una persiana no es una pantalla. El detalle fino se pierde entre las lamas y a distancia, y lo que manda es un mensaje claro y reconocible en un par de segundos.
El resultado en la calle
Lo primero que me sorprendió fue la velocidad. Entre tres y cuatro horas, y la persiana estaba terminada. Lógicamente, Eriko llegó con todo el trabajo previo hecho y con el material preparado, que es justo lo que uno paga cuando contrata a alguien con oficio: no las horas que pasa delante de la persiana, sino los veinticinco años que le permiten resolverla en una mañana.
Lo segundo que me sorprendió fue el orden de trabajo. No empezó por donde yo habría empezado, que es por las caras. Lo primero que apareció sobre el metal fueron las bandas de color, rosas, naranjas y azules, y un dibujo a línea negra con los dos protagonistas apenas insinuados, todo ello sobre una base de grises. Durante un buen rato, la persiana pareció un boceto gigante hecho a mano alzada.

Y ahí llegó la sorpresa del día. Para trasladar el dibujo a la persiana, Eriko trabajó con unas gafas de realidad virtual, que le permitían ver el boceto superpuesto sobre el metal e ir siguiendo sus perfiles con el spray. Técnicamente no es realidad virtual, sino realidad mixta: las cámaras de las gafas le muestran la persiana real y, encima, anclado a ella, el dibujo. Nada de cuadrículas, plantillas ni proyectores; el boceto estaba delante de sus ojos, encajado sobre la superficie, y él solo tenía que recorrerlo. Después, con el trazado ya definido, fue resolviendo el color por secciones, comprobando cada tono en la pantalla del móvil contra el boceto que habíamos acordado.
La segunda fase fue la que más me hizo entender su oficio. Con el fondo ya en negro, resolvió las dos figuras enteras en blancos y grises, como una fotografía en blanco y negro, dejando el volumen construido antes de tocar un solo color de piel. Ahí ya se veía el mural completo, pero en versión nocturna, y confieso que en ese momento hasta me gustaba así.

El color llegó al final, y con él la respuesta a la duda que tenía con el boceto. Aquella versión plana que me había enviado era exactamente eso, una guía. Sobre la persiana, el spray ha recuperado los degradados y los brillos, y el robot ha vuelto a tener el aspecto metálico y pulido que tenía la propuesta original, con su ojo cian encendido en medio de toda esa gama de grises. El hombre, por su parte, ha ganado un pelo con mechones claros que se mueve como si hubiera viento, que es un detalle que no estaba en ningún boceto y que le da a la escena toda la tensión.
El separador central, que tanto me preocupaba, ha quedado resuelto de la forma más elegante posible: cae justo en el espacio que separa las dos miradas, y lo único que lo cruza es alguno de los círculos de colores que flotan en el fondo. Cada hoja funciona por su cuenta, tal como habíamos planeado. Si un día subo solo una, la calle verá a un hombre mirando al vacío o a un robot esperando a alguien, y las dos cosas tienen su gracia.

Hay un último detalle que me hace especial gracia. Arriba a la izquierda, en la esquina de la hoja del hombre, está la firma de Okiman. Después de meses quejándome de las firmas que aparecían en mi persiana, resulta que ahora tiene una. La diferencia es que a esta la he pagado yo, la he pedido yo, y me parece justo que quien ha hecho el trabajo lo firme.
Lo que no había previsto era el efecto que tuvo la persiana mientras se pintaba. Maurice Ravel es una avenida de mucho paso y, durante aquellas horas, casi nadie pasó de largo sin decir algo. Qué bonito lo estáis dejando. Está quedando genial. Gente que no me conoce de nada parándose a ver cómo avanzaba el trabajo, preguntando qué era el robot, comentando los colores. Ni una sola reacción negativa.
Y ahí está, creo, la diferencia de fondo con todo lo que conté en el artículo anterior. Los tags llevaban años acumulándose en esa persiana sin que nadie se parara a mirarlos, porque el ruido visual no invita a detenerse. Bastó una mañana de trabajo bien hecho para que media Uribarri tuviera algo que decir.
Una persiana que vuelve a ser mía
En el primer artículo me preguntaba de dónde saca alguien la legitimidad para decidir la imagen de un negocio que no es suyo. Sigo sin tener respuesta para quien pinta de noche sin permiso, pero al menos en mi persiana la cuestión ha quedado resuelta. La imagen la he elegido yo, la ha pintado alguien que sabe hacerlo, y forma parte de la identidad de Idenautas tanto como el rótulo o el vinilo del escaparate.
Si algún día aparece un tag encima, ya no será una firma sobre metal desnudo, sino sobre el trabajo de otro artista. Y esa es una diferencia que, dentro de la propia cultura del graffiti, no pasa desapercibida.
Mientras tanto, cada noche, cuando bajo la persiana, la identidad del local ya no desaparece. Se queda en la calle un hombre mirando a un robot a los ojos, esperando a que vuelva a subirla por la mañana.


